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"Yo, Presidente":

Cuento elegido por El Escriba

 

 

 

 

NO RENUNCIARÉ

por Raúl Rubén Campos, Ushuaia, Tierra del Fuego, Argentina.

 

     ¡Yo presidente!. ¡No más de dos años atrás jamás hubiera pensado en serlo.

     Tampoco podía imaginar alguna vez, sentirme tan sólo en esta enorme mansión rosada, en este momento.

     Es cierto que veo todavía rondando sin sentido a los empleados administrativos o funcionarios de algún rango y de carrera por pasillos antes llenos de animadas conversaciones, risas y plena actividad.

     Ahora sólo circulan algunos susurros casi protocolares y bocanadas de silencio como si toda la gran casa no fuera otra cosa que una gran bóveda de Recoleta.

     Es sabido que estar en el poder no garantiza otra cosa que soledad pero en este instante histórico, me siento aislado como un mísero átomo de hidrógeno perdido en el espacio interestelar. No hubiera imaginado jamás, cuando leía esos artículos de astronomía que tanto me gustaban que en algún momento podría llegar a comprender ese contraste entre la grandiosidad conteniendo tanto vacío.

     ¿En qué lugar de mi memoria quedaron aquellas primeras asambleas barriales, mis primeros pasos de participación pública?. ¡Aquel movimiento espontáneo que brotó como un sarampión en la cara de los politosaurios!

     Sí, es probable que estallásemos porque nos confiscaran los ahorros pero aquello fue único, estábamos todos unidos; nosotros de la clase media, los desocupados y hasta los prestamistas hipotecarios.

     Allí empezó todo, el gran cambio en este país. La verdad yo comencé a participar porque me robaron los pocos ahorros que tenía por la indemnización  de aquel despido en el banco. Si no lo hacía igual reventaba de un infarto. Tampoco tenía mucho que hacer con aquel corretaje sin ventas ni cobranzas.

     ¡Cuántas marchas, escarches, martillazos a puertas de bancos, cacerolas vacías pero sonoras!

     ¡Qué alegría y sorpresa cuando me nombraron los vecinos, presidente de la asamblea del barrio!. Para algo me sirvió mi don de decir siempre lo justo para revolver el ambiente y lo que aprendí en el arte de vender.

     ¡Los políticos no entendieron que se armaba una movida que los barrería del mapa!. Nunca pensaron que la gente verdaderamente quería que se fueran todos como les gritábamos.

     ¡Sin embargo, lo que más rabia les dio fue que les ganáramos la elección por tan poco!.

     ¡El pueblo me eligió a mi como una persona que representaba al hombre común argentino, harto de tanta corrupción!. ¡A mi, un despedido bancario del barrio de Caballito, hincha de Ferro y solamente Perito Mercantil!

     A mí que fui víctima de todos los males juntos de esa época; la desocupación, el corralito y la deuda hipotecaria. Nadie podía reunir tantos requisitos de bronca, sufrimiento y marginación.

     Nadie podía conocer mejor que yo lo que pasaba en aquella sociedad devastada y por lo tanto reunir las condiciones reales para conducir el cambio que todos pedían.

     ¡Qué lindos fueron aquellos primeros momentos en mi presidencia, rodeado del cariño de toda la buena gente!

     ¡No podrán decir nunca que no cumplí con lo prometido, siempre hice lo que el pueblo quería!

     ¡Querían que rompiera con el Fondo y rompí!. Nos arreglamos con lo que producimos nosotros porque tenemos de todo.

     ¡Antes no había consumo interno, ahora hay poco pero comemos todos!. Por eso me acusaron de castrista y de que nadie nos compraba nada en el exterior.

     ¿Qué nos importa si este país es rico en recursos?

     ¡Recuperé los ahorros de toda la gente que fue estafada y me señalaron como culpable de que se fundieran casi todos los bancos y que mis compañeros bancarios quedaran si empleo.

     ¡Claro, los empleados no pueden reubicarse en otras actividades que le hagan caer el status!. Los bancos ahora son casi todos cooperativos y le prestan plata a cualquiera. Después empezaron con que el dólar subía todos los días.

     ¿Qué nos importaba si sólo se usaba para el turismo?. ¿No estábamos fuera del mundo?.

     Cuando salieron con que se iban todos los capitales extranjeros y no vendría nadie más a invertir, les dije que no importaba, que nosotros nos arreglaríamos con la tecnología que produjéramos.

     ¡Si, claro hubo atraso, faltaron insumos, proliferaron los medicamentos alternativos pero se desarrolló el ingenio argentino y hubo trabajo para todos!

     ¡Bajamos la desocupación a los índices de los países que están en el mundo, en menos de dos años!

     ¿De qué sirvió hacer todo eso?. ¿Todo lo que la gente dijo que nos iba a salvar?

     ¿Dónde está ese pueblo cacerolero, mi pueblo?. ¡Ni uno hay en la Plaza de Mayo hoy!

     Está bien, yo los comprendo, también les tendría miedo a una invasión de marines, al lado de nuestros tanques. Mi gabinete tampoco está claro, renunciaron todos y se rajaron al exterior. No les tengo rencor, fueron leales conmigo, menos el tarado del canciller.

     ¿Quién me manda a nombrar un canciller que se llama Mendieta?

     Ah.. ya se oyen ruidos de fierros afuera. Bueno la historia dirá que yo no renuncié y que me tuvieron que sacar con sillón incluido.

     Para algo me sirvió la experiencia de aquellas protestas. Allí aprendí a encadenarme como ahora lo estoy al sillón de Rivadavia.

     Ya lo hice una vez a un cajero automático del Banco que me afanó y me despidió

 

 

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