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El director de la revista El Perseguidor, Diego Vinisarsky, vivió cuarenta
años que valen por muchos más, por el doble podríamos decir. Llamó El
Perseguidor a la revista cultural que editó desde 1995, como homenaje a
aquel cuento homónimo de Cortázar que narra una escena en la vida de un
músico de jazz, en el momento en que lo va a visitar un crítico. Este
cuento trabaja sobre la noción de tiempo; hay un relato dentro del
relato a partir del que Johnny se pregunta cómo ha recordado tantas
cosas (de su infancia) en el tiempo entre dos estaciones de subte. La
duración de la trama en el tiempo subjetivo de un relato, es un concepto
que pone en juego Viniarsky no solo en sus preocupaciones como crítico
literario. Creo que la vida de Diego estuvo determinada por la intensidad
puesta en juego por su grave enfermedad, que lo hacía pensar de este modo
extremo, aunque practicara el humor y el dadaísmo. Tal vez no corresponde
que hablemos de eso ahora que la muerte simplemente lo libró de esa
atadura, pero la enfermedad que tuvo desde niño lo deterioró. Desde chico
se desplazaba en una silla de ruedas, con movilidad mínima en las manos.
La palabra "perseguidor" implica, además, un gesto activo; una forma que
no está en términos de víctima. En el primer editorial, escribió que el
nombre de la revista tiene que ver "lamentablemente con ... ciertos
aspectos oscuros de la cultura argentina, porque me parece que justamente
es la manera crítica de plantear la realidad que es esa especie de
tradición paranoica que inclusive Ricardo Piglia la lee en la propia
literatura argentina. Él habla de la ficción paranoica como una
categoría que tiene que ver con esta dialéctica del perseguidor y el
perseguido...".
hestimados hamigos: hestan hinbitados ha huna de mis hescacisimas
haparisiones pubicas (haora e desidido cer un hescritor ohculto),
decía el mail que envió un mes antes de que volcara la camioneta en que
viajaba.
Unos años atrás le había preguntado por qué, según su opinión, Cortázar
había incluido ese hecho tan terrible en una novela que no parece trágica,
que es la muerte del hijo de la Maga, el bebé Rocamadour. Le dije
que pese a esa mujer que no desea ser madre, el chico empieza a existir y
que es un acto de crueldad, no sólo un detalle más de la vida
desarreglada, esa muerte infantil que no tiene justificación argumental,
salvo que envía a la Maga a un suicidio.
Diego me respondió que "es inevitable que en un texto literario se
muera alguien o algo, es imprescindible. Si no, no hay literatura",
dijo. "Yo te contestaría con algo que dice el propio Oliveira en
otra parte de Rayuela, como si se pudiera elegir en el amor, o como
si se pudiera elegir en la muerte. Yo creo que no se puede elegir y que en
la literatura uno es un poco un juguete de las palabras. Perras negras,
las llama Oliveira, perras negras que te muerden: ellas te persiguen".
Diego Viniarsky encontraba en Cortázar un sistema novelístico que se
define por el encuentro y desencuentro entre dos personajes. Definía a
Rayuela como un sistema de azares y causas relacionado con la
propuesta de su autor, esa posibilidad de vivenciar la escritura y
de escribir la vida.
Organizó charlas que no abandonaban lo alternativo pese a los nombres
convocados. Para presentar la revista, solían acompañarlo algunas figuras
canónicas del intelecto local como Casullo, Arturo Carrera, Jorge Dubatti,
y muchas voces universitarias que relumbraban diferente al quedar
descentradas del ámbito académico. Como director, corría hacia cierto
margen, ese artificio coral de coincidencias que es una revista cultural.
Dejaba hablar; disfrutaba sentirse parte. A escritores desconocidos,
también les abrió espacios, de publicación, de lectura, o en la Fundación
Rogelio Couto, que le hizo un sitio.
Capaz para desarrollar todos los temas de diálogo literario, no pudo
escribir sobre ese de la discapacidad física. Tal vez por eso lo llamaban
testarudo; porque no quiso pensar ni hablar mucho de su enfermedad (lo que
no se dice, aparece de una forma imprevista, él mismo lo decía). Pero
Diego había decidido ser, en el sentido hamletiano y principesco
del término.
Practicó el buen humor. En las editoriales de la revista El Perseguidor
jugaba con las vanguardias. Habló en DADÁ, como un niño que balbucea un
lenguaje que falta inventar. Su surrealismo fue, más que un arte del
esoterismo al estilo de los años veinte, una táctica para resistir la
contingencia.
Tal vez por esos atributos lo eligió una mujer, Noemí Galarza, alma mater
de la revista, y la madre de sus hijos. Ella acompañaba las presentaciones
e incluso armaba una mesa y vendía ejemplares. Llamo a su casa para
expresar las condolencias a Noemí y atiende Flor, la hija, de 11 años; le
pregunto cómo está. Me contesta, después de un largo silencio: "Nosotros
estamos tratando de reponernos". Y pienso como Flor que será difícil
reponerse, siempre es difícil y estoy segura de que son pocos los hombres
como Diego Viniarsky.
Diego logró que la enfermedad no fuera un freno para ser, y no
resignarse a una posición de víctima demasiado fácil. En lugar de llamarlo
resistente, alguien lo llamó cabeza dura (alguien con poco sentido del
humor o del amor), como si esto fuera ser obsecuente, como si se le
pidiera que abdique; en cambio se inventó a sí mismo y la forma de hallar
constancia.
Cuando tuvo que tratar con un indecible, como una enfermedad ferozmente
devastadora –no porque no se deba decir sino porque la vitalidad de
un proyecto o de un texto, para algunos de nosotros, se nutre de lo
opuesto: de la sensualidad, del afecto– no se resignó a hacer de su
escritura una receta o una queja, sino que eligió ese encuentro imposible
que se llamó surrealismo.
Retoma la utopía cortazariana de "transformación del hombre a partir de la
escritura".
Podemos agregar que ofrece ciertas claves de lectura que se descifrarán en
el futuro.
La última vez que hablé con Diego me comentó que había estado al borde de
la muerte e incluso bromeó: “Casi no me ibas a encontrar, porque no iba a
estar más de este lado”. También envió un mail diciendo que se estaba
convirtiendo en un autor secreto. No sé si fue un autor secreto. Quizás
fue el autor de un secreto que se divulgó con la forma de una literatura.
Su único libro de poemas (en prosa) es Lo cierto y lo edita Perse
(fue el segundo libro de esta editorial que él dirigía; el primero fue un
libro de su amigo Jorge Madrazo); poemas de profunda desazón, son una
despedida de la vida, un deseo de muerte. Allí escribe: "Inmóvil caigo al
abismo de mi inmovilidad... Y no deseo sino la muerte, aunque no sé si la
muerte no será la misma vida vista desde afuera, o si este verme caer al
abismo, inmovilizado en vida, no será la misma muerte".
Creo que elegía a Cortázar por lo fantástico de su construcción, como un
punto de escape, un sitio imposible, un habitar que sólo se halla a salvo
en el espacio vacío, en el cruce, nunca en alguno de ambos extremos.
Diego Viniarsky, escritor y crítico a partir de Julio Cortázar, no lo
explica; lo complementa. |