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Por el
dormitorio de la anciana, se extiende
la penumbra del
atardecer. Su joven sobrina ha
notado que a
esta hora siempre hace
lo mismo; se sienta en la cama y contempla melancólica el rayo de sol que
penetra por las entornadas
hojas de la ventana, alcanza el cristal del búcaro y se detiene en
una flor de
mariposa. Sus
viejos ojos se llenan
de lágrimas, mientras murmura:
- ¡Hola,
querido! Ya estás ahí, siempre tan bello y tan
joven. ¡Quién fuera como tú!
Dejando
escapar un suspiro, se recuesta en las
almohadas, para sorber
con languidez el café de la tarde.
Habitualmente, la muchacha no pregunta nada; ya se acostumbró
a las extrañas
visiones de su tía y a las vagas respuestas que
da cuando se
le interroga. Pero
hoy, de
nuevo le asalta
la curiosidad:
- Tía,
¿quién estaba en la ventana?
Por
toda respuesta, la
anciana le alarga la taza vacía con un gesto de
fastidio:
-
Deberías ayudarme a pasar al sillón; en esta cama me ahogo
de calor.
Solícita, la joven acomoda el
frágil cuerpo
entre los
almohadones, cubriéndole las piernas con una sábana. Con hábil
movimiento, vuelve
el sillón de ruedas
hacia la
puerta; la protesta no
se hace esperar:
-
¿A dónde me llevas? Yo no quiero salir a ninguna parte.
¡Vira el sillón! Quiero mirar las flores.
- ¿Esas
flores? Ya las viste por la mañana. Ahora vamos al patio, a respirar aire
fresco. Allí sí que hay montones de flores.
-
No quiero montones, ¡quiero esas! - la voz se le quiebra en
un ruego - Por favor, hijita, ¡ déjame verlas!
Su mirada se vuelve a posar sobre las mariposas. Parece
tranquila y en sus secos labios juguetea una sonrisa. La sobrina,
echada en
un cojín a sus pies,
apoya la cabeza en sus rodillas y
se abandona a las
caricias de los flacos dedos entre sus cabellos. Con voz melosa,
insiste:
- ¿Qué
es, tía? ¿Quién está ahí?
La
respuesta escapa en un suspiro:
- Es
él... el indio... el de Rita Longa.
- ¿Cómo?
Lo que está ahí, ¿es una estatua de madera?
La
explicación le llega muy pausada, como goteando las palabras:
-
Sí...y no. Es la misma forma esbelta y ligera; viene
como un sonido
musical... como si
flotara. Ahí está, con
sus largos cabellos,
su piel dorada y sus
ojos profundos. ¿Sabes, hijita?, nunca
pude escapar al embrujo de su belleza, aunque la razón
me diga que es solo una escultura. Está viva, ¡eso sí!, pero con
el cerebro vacío de pasiones.
Dentro
del tejido de esa fantasía, la muchacha presiente un fondo de verdad; por
eso intenta buscar el hilo:
- ¿Cómo
lo conociste, tía? Es decir, ¿cuándo lo viste por primera vez?
La mirada de la
anciana se pierde en el vacío, persiguiendo el
recuerdo:
-
Por aquellos años, todavía yo trabajaba y tú aún ibas al
pre-escolar. Comenzaba el verano y entre todos los compañeros
de mi cátedra
organizamos una excursión. El vivía allí, entre el
aire, la hierba y el
agua. Intentaba cazar un pez con una
especie de arpón.
Fue a primera vista; me cautivó no sabes como.
¡Claro!, lo había
hecho una mujer, ¿comprendes? Estaba hecho de
amor de mujer.
Alguien dijo que parecía
vivo y que bastaba con
soplar para reanimarlo.
-
Tía, pero eso es una historia muy antigua; le
llaman "Efecto Pigmaleón".
-
Siii...así le dicen al viejo truco de dar vida a las
estatuas. Yo no creía en él. ¡Te juro que soplé por pura broma!
- Y él,
¿hizo algo? ¿Te sonrió o algo así?
-
No lo sé. No me fijé
entonces. Por la tarde regresamos a
La Habana y me olvidé de él por completo - baja la voz en
un susurro -
Hijita, ya anocheció. ¿Pudieras
cerrar la
ventana? Ahora tengo frío.
-
Está bien,
enseguida me ocupo - se levanta
con agilidad y
cierra la
ventana, para regresar presta a su
postura anterior -
Bien, ahora dime: ¿cuándo lo viste de nuevo?
- Se
sentaba en el último asiento de la fila derecha, del lado de las persianas, dónde daba el sol. Era el primero en llegar y
el último en irse.
- ¿Iba
a tus conferencias?
-
También era el que más preguntaba. Quería saberlo todo: si
los tiburones no
duermen nunca, si las picúas del norte son
ciguatas porque comen manzanilla, si los cambios climáticos acabarán
con los camarones...
- Tía,
¿qué edad tenías entonces?
-
Pasaba de los...eso a ti no te importa. Todos decían que aún me veía
muy bien.
-
Pasabas de cincuenta, ¿verdad?
-
¡Cállate, criatura
impertinente! Pero tú también vas
a ser vieja algún día, ¡ya verás! - agitada, sus manos se
crispan en la sábana - ¿Por
qué los jóvenes son tan crueles? ¿Qué
te costaba decir:
"pasabas de los cuarenta"?
- ¡Qué
más da! De todos modos, podías ser su madre.
Hay un
silencio incómodo. Por fin, la muchacha se decide a romper la tensión:
-
El...¿se te declaró?
-
¡Ah! -
mueve la cabeza contrariada y
responde en tono
de reproche - No fue tan vulgar así. Después de las clases,
siempre se quedaba. Hablábamos mucho; decía que le gustaba
oirme.. Descubrimos muchos
gustos comunes: los buenos
libros,
los cuadros, las películas...Pero fue el amor a la naturaleza
lo que verdaderamente nos unió. Le fascinaba el mar, con todo lo
que contiene: los peces, los
corales, las algas...para él, todo
lo que yo
decía era importante,
desde los
copépodos hasta
las ballenas.
- No,
tía, eso si que no me lo trago. No me vengas con el
cuento de que solo hablaban de ballenas.
- Y tú,
no seas tan chismosa.
Enfurruñada, parece que no va a contar nada más. Pero
la joven sabe cómo
tratarla; le toma las manos y se las acaricia, mientras la
mira a hurtadillas, en mudo ruego.
La anciana,
conmovida, regresa al mundo de la evocación:
- Un día
me dijo que yo era una mujer interesante. No le di importancia, porque eso
me lo ha dicho mucha gente. ¿Sabes?, nadie
me dijo nunca: ¡eres hermosa! Dime, ¿a tí te lo han dicho alguna vez?
-
Varias veces, pero siempre la misma persona.
- Es
hasta mejor; señal de que él
te quiere muchísimo.
Hay
una pausa de meditación entre ambas mujeres. Después, la tía vuelve a
lo suyo:
-
También me preguntó si vivía sola,
si no tenía
compromisos. Otro día quiso saber si me gustaba la
música, ¡y me invitó a un concierto!
Sus cansadas pupilas brillan de entusiasmo, mientras sentencia con
respeto:
-
Hijita, ¡la música de Lecuona es preciosa!
- ¿Te
acompañó esa noche hasta la casa?
-
Dejarme venir sola hubiera sido una falta
de caballerosidad. Sí, vino esa noche y...
-...se
quedó hasta el día siguiente, en este mismo cuarto.
-
Hasta el
siguiente atardecer.
Entonces se
paró ahí
completamente desnudo,
entre el rayo de sol y
las flores,
y desapareció cuando entraron las sombras.
- Pero
antes, ¿qué pasó?
-
Entró en mi alma, en mi vida y en mi cuerpo. ¡Dios mío!
¿Cómo olvidar sus
manos y su boca? Cada
una de sus líneas era digna
del cincel de un escultor. Pero no resultó, hijita. Lo amé tanto, que no
lo amé nada; por eso volvió a ser de madera.
- No te entiendo; ¿acaso
no fuiste feliz con él?
-
Te voy
a confesar algo: Dios me castigó por pactar
con el diablo.
Divertida,
la sobrina le sigue el juego:
- ¿Con
el diablo? ¡Claro! Le
pediste una apariencia más joven, a cambio de tu alma.
-
No exactamente; a
pesar de mis años, no me veía tan mal.
Le pedí una
mente renovada, dónde mi verdadera edad cayera
en el olvido. Yo
pensaba que comportándome como una mujer
más joven, iba
a estar más a tono con la situación. Pero el maldito
diablo exageró: ¡me convirtió en una virgen!
La muchacha
no puede contener la risa. Con aire
culpable, se tapa
la boca
con la palma de la mano y trata
de mantener
la compostura, pero el asunto le parece demasiado ridículo. La
vieja tía, comprensiva, espera paciente que se calme para continuar con
un dejo de tristeza:
-
Parece muy gracioso, pero así tuve el infierno en vida. Porque, vamos a
ver, ¿qué buscaba él en un cuerpo ya marchito?
Observa expectante a su sobrina, adivinando la respuesta
que no se atreve a
salir de sus labios, todavía risueños:
-
Eso mismo que estás
pensando: nada, ¡absolutamente nada! En
realidad, solo estaba
interesado en la experiencia de la
mujer madura. ¿Qué
podía importarle
la angustia ignorante
de una virgen, con más
otoños que abriles?
La
joven siente cómo la inunda una gran compasión. Percibe
que una vieja herida se está reabriendo en ese cuerpo gastado, con
el mismo dolor maligno de
veinte años atrás:
- Pero
¿cómo te pasó eso? Te pusiste muy nerviosa, ¿cierto?
- Como
si fuera la primera vez. No supe qué hacer, ni qué
decir. Al final,
le dejé toda la
iniciativa. ¡Tanto
que soñé
con aquella noche!
-
Seguro fueron sueños muy bonitos ¡Cuentámelos, tía! Dime,
¿qué soñabas cuándo...cuándo lo soñabas?
-
El venía
como una sombra... y también como
una luz:
se encendía, se
apagaba, se volvía a iluminar. En
el sueño,
me ceñía con sus
largos brazos y me decía: ¡te quiero solo a ti!
Y no me importan tus años,
ni lo que
piense la gente. ¡Eres tan hermosa! - por sus ajadas
mejillas ruedan
dos lágrimas - ¿Por qué la vida fue
tan cruel conmigo?
¿Qué le costaba
decirme esas palabras, aunque
fuesen mentira? Pagué
un precio demasiado alto, solo
por querer
atrasar el reloj.
-
No llores, tía. Ya
todo pasó y de algún modo, ese amor
fue bello.
-
También eso es verdad. A fin de cuentas, se es más feliz amando que
siendo amada.
¡Extraño
juicio! La joven salta como si la hubiesen pinchado:
- ¿Cómo
así? No puede ser mejor dar que recibir.
-
Sí lo es y te lo voy
a demostrar. A ver, ¿cuándo te sientes más
realizada: con un hombre que te adora pero no te gusta, o con el que tú
amas, aunque estés segura de que no te quiere?
Las ahora
muy brillantes pupilas, taladran los
ojos juveniles. Con
aire confundido, la sobrina
desvía la mirada:
-
Deja, no sigas.
Se recuesta de nuevo en las rodillas de la enferma y se aprieta
los párpados con
los dedos, como tratando de espantar
una imagen molesta. Luego, en voz baja, concede:
-
Lo peor es que tienes razón. Pero dime, ¿qué fue de él?
-
Ya te dije: prometió volver... y nunca lo hizo.
Mira, hijita, las estatuas de madera no sienten, solo desean. Hacen
el amor sin amor y una vez
saciados, se vuelven a inanimar. No pueden compensar la entrega.
- O
sea, no sabes qué ha sido de su vida.
-
Lo vi al año
siguiente, en un comercial. Estaba a la orilla del agua, con una cotorra en el hombro. A su lado
sonreía una dama pelirroja, con aires de turista.
-
Pero, tía, ¿ni siquiera telefoneó?
-
Me gustaría tener fuerzas, juntar unos dólares y volver
allí. ¿Quién sabe
si la magia se repita?
A lo mejor
basta con
un pequeño soplo...¡lástima ser tan vieja!
La
anciana rompe en sollozos, rechazando los afanes de la
joven para consolarla:
- ¡Cálmate,
tía, por favor! No me apartes, que no me voy a ir. Te haces daño, ¡no
te pongas así!...espera, aquí hay un poco de agua y...
sí, por allí hay
también una pastilla. ¡Vamos, tómalo!
... tranquilízate ... así ...
Por fin,
logra que reaccione. Temblorosa, la anciana
seca sus lágrimas con
los dedos y apura el vaso de agua, mientras trata
de controlarse:
- De
todos modos, su imagen aparece cada tarde en la ventana. ¡Y va a estar ahí
siempre, mientras yo viva! Ya no te preocupes más, hijita; me siento
mucho mejor.
Una hora después, la blanca cabeza se confunde con las almohadas.
Su respiración es serena y
la expresión de su cara refleja
una dulce placidez,
como si estuviese viviendo en
los más
gratos sueños.
La joven se retira en puntillas, temerosa de hacer ruido.
Llega hasta la
mesa del comedor, donde yace abandonado
un libro
de poemas. Lo
revisa con cuidado, hasta que de sus hojas
cae una fotografía:
- Así
que me parezco mucho a tu antigua profesora... solo que un poco más bonita y un poco menos culta... ¡hombre de
madera! Dime, ¿a quién estás
amando en mi cuerpo?
Un llanto
silencioso la
invade, mientras
hace pedazos
la cartulina.
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del concurso "Un amor de verano"
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