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"Un amor de verano":

Cuento elegido por El Escriba

 

 

UN PEQUEÑO SOPLO

por Ida Mitrani Arenal, de La Habana, Cuba

 

   Por  el  dormitorio de la anciana, se extiende  la  penumbra  del atardecer.  Su  joven  sobrina ha notado que  a  esta  hora siempre hace lo mismo; se sienta en la cama y contempla melancólica el rayo de sol que penetra por  las entornadas  hojas de la ventana, alcanza el cristal del búcaro y se detiene en  una flor  de  mariposa.  Sus   viejos ojos  se  llenan  de  lágrimas, mientras murmura:

- ¡Hola, querido! Ya estás ahí, siempre tan bello y tan  joven. ¡Quién fuera como tú!

Dejando  escapar un suspiro, se recuesta en las  almohadas,  para sorber con languidez el café de la tarde.

   Habitualmente,  la muchacha no pregunta nada; ya se acostumbró  a las  extrañas visiones de su tía y a las vagas respuestas que  da cuando   se  le  interroga.  Pero  hoy,  de  nuevo  le asalta  la curiosidad:

- Tía, ¿quién estaba en la ventana?

Por  toda  respuesta, la anciana le alarga la taza vacía  con  un gesto de fastidio:

-  Deberías ayudarme a pasar al sillón; en esta cama me ahogo  de calor.

   Solícita, la joven acomoda el  frágil  cuerpo  entre   los almohadones,  cubriéndole las piernas con una sábana.  Con  hábil movimiento,  vuelve  el  sillón de ruedas  hacia  la  puerta;  la protesta no se hace esperar:

-  ¿A dónde me llevas? Yo no quiero salir a ninguna parte.  ¡Vira el sillón! Quiero mirar las flores.

- ¿Esas flores? Ya las viste por la mañana. Ahora vamos al patio, a respirar aire fresco. Allí sí que hay montones de flores.

-  No quiero montones, ¡quiero esas! - la voz se le quiebra en  un ruego - Por favor, hijita, ¡ déjame verlas!

   Su mirada se  vuelve a posar sobre las mariposas. Parece  tranquila y en sus secos labios juguetea una sonrisa. La sobrina, echada  en  un  cojín a sus pies, apoya la cabeza en sus  rodillas  y  se abandona  a las caricias de los flacos dedos entre sus  cabellos. Con voz melosa,  insiste:

- ¿Qué es, tía? ¿Quién está ahí?

La respuesta escapa en un suspiro:

- Es él... el indio... el de Rita Longa.

- ¿Cómo? Lo que está ahí, ¿es una estatua de madera?

La explicación le llega muy pausada, como goteando las palabras:

-  Sí...y no. Es la misma forma esbelta y ligera; viene  como  un sonido  musical... como  si  flotara. Ahí  está,  con  sus  largos cabellos,  su  piel dorada y sus ojos profundos. ¿Sabes, hijita?, nunca  pude escapar al embrujo de su belleza, aunque la razón  me diga que es solo una escultura. Está viva, ¡eso sí!, pero con  el cerebro vacío de pasiones.

 Dentro del tejido de esa fantasía, la muchacha presiente un fondo de verdad; por eso  intenta buscar el hilo:

- ¿Cómo lo conociste, tía? Es decir, ¿cuándo lo viste por primera vez?

   La  mirada de la anciana se pierde en el vacío,  persiguiendo  el recuerdo:

-  Por aquellos años, todavía yo trabajaba y tú aún ibas al pre-escolar. Comenzaba el verano y entre todos los compañeros  de  mi cátedra organizamos una excursión. El vivía allí, entre el  aire, la  hierba y el agua. Intentaba cazar un pez con una  especie  de arpón.  Fue a primera vista; me cautivó no sabes como.   ¡Claro!, lo  había hecho una mujer, ¿comprendes? Estaba hecho de  amor  de mujer.  Alguien  dijo que parecía vivo y que bastaba  con  soplar para reanimarlo.

-  Tía, pero eso es una historia muy antigua; le  llaman  "Efecto Pigmaleón".

- Siii...así le dicen al viejo truco de dar vida a las  estatuas. Yo no creía en él. ¡Te juro que soplé por pura broma!

- Y él, ¿hizo algo? ¿Te sonrió o algo así?

-  No  lo sé. No me fijé entonces. Por la tarde regresamos  a  La Habana  y  me olvidé de él por completo - baja la  voz  en  un susurro  -  Hijita, ya anocheció. ¿Pudieras  cerrar  la  ventana? Ahora tengo frío.

-  Está  bien,  enseguida me ocupo - se levanta  con  agilidad  y cierra  la  ventana, para regresar presta a su  postura  anterior - Bien, ahora dime: ¿cuándo lo viste de nuevo?

- Se sentaba en el último asiento de la fila derecha, del lado de las  persianas, dónde daba el sol. Era el primero en llegar y  el último en irse.

- ¿Iba a tus conferencias?

- También era el que más preguntaba. Quería saberlo todo: si  los tiburones  no  duermen nunca, si las picúas del norte son  ciguatas porque  comen manzanilla, si los cambios climáticos acabarán  con los camarones...

- Tía, ¿qué edad tenías entonces?

- Pasaba de los...eso a ti no te importa. Todos decían que aún me veía muy bien.

- Pasabas de cincuenta, ¿verdad?

-  ¡Cállate,  criatura impertinente! Pero tú también  vas  a  ser vieja algún día, ¡ya verás! - agitada, sus manos se crispan en la sábana  - ¿Por qué los jóvenes son tan crueles? ¿Qué  te  costaba decir: "pasabas de los cuarenta"?

- ¡Qué más da! De todos modos, podías ser su madre.

Hay un silencio incómodo. Por fin, la muchacha se decide a romper la tensión:

- El...¿se te declaró?

-  ¡Ah!  -  mueve la cabeza contrariada y  responde  en  tono  de reproche - No fue tan vulgar así. Después de las clases,  siempre se quedaba. Hablábamos mucho; decía que le gustaba oirme.. Descubrimos  muchos  gustos comunes: los  buenos  libros,  los cuadros, las películas...Pero fue el amor a la naturaleza  lo que verdaderamente nos unió. Le fascinaba el mar, con todo lo que contiene:  los peces, los corales, las algas...para él,  todo  lo que  yo  decía  era importante, desde  los  copépodos  hasta  las ballenas.

- No, tía, eso si que no me lo trago. No me vengas con el  cuento de que solo hablaban de ballenas.

- Y tú, no seas tan chismosa.

   Enfurruñada,  parece que no va a contar nada más. Pero  la  joven sabe cómo tratarla; le toma las manos y se las acaricia, mientras la  mira  a hurtadillas, en mudo ruego.  La  anciana,  conmovida, regresa al mundo de la evocación:

- Un día me dijo que yo era una mujer interesante. No le di importancia, porque eso me lo ha dicho mucha gente. ¿Sabes?, nadie  me dijo nunca: ¡eres hermosa! Dime, ¿a tí te lo han  dicho alguna vez?

- Varias veces, pero siempre la misma persona.

- Es hasta mejor; señal de que  él   te quiere muchísimo.

 Hay una pausa de meditación entre ambas mujeres. Después, la tía vuelve a lo suyo:

- También me preguntó si vivía sola,  si  no tenía compromisos. Otro día quiso saber si me gustaba la  música, ¡y me invitó a un concierto!

   Sus cansadas pupilas brillan de entusiasmo, mientras sentencia con respeto:

 - Hijita, ¡la música de Lecuona es preciosa!

- ¿Te acompañó esa noche hasta la casa?

-  Dejarme venir sola hubiera sido una falta  de  caballerosidad. Sí, vino esa noche y...

-...se quedó hasta el día siguiente, en este mismo cuarto.

-   Hasta   el  siguiente  atardecer.  Entonces   se   paró   ahí completamente  desnudo,  entre  el rayo de sol y  las  flores,  y desapareció cuando entraron las sombras.

- Pero antes, ¿qué pasó?

-  Entró en mi alma, en mi vida y en mi cuerpo. ¡Dios mío!  ¿Cómo olvidar  sus manos y su boca?   Cada una de sus líneas era  digna del cincel de un escultor. Pero no resultó, hijita. Lo amé tanto, que no lo amé nada; por eso volvió a ser de madera.

       -  No te entiendo; ¿acaso no fuiste feliz con él?

-  Te  voy  a confesar algo: Dios me castigó por  pactar  con  el diablo.

Divertida, la sobrina le sigue el juego:

- ¿Con el diablo?  ¡Claro! Le pediste una apariencia más joven, a cambio de tu alma.

-  No  exactamente; a pesar de mis años, no me veía tan  mal.  Le pedí  una  mente renovada, dónde mi verdadera edad cayera  en  el olvido.  Yo pensaba que comportándome como una mujer  más  joven, iba  a estar más a tono con la situación. Pero el maldito  diablo exageró: ¡me convirtió en una virgen!

   La  muchacha  no puede contener la risa. Con aire  culpable,  se tapa  la  boca  con la palma de la mano y trata  de  mantener  la compostura, pero el asunto le parece demasiado ridículo. La vieja tía, comprensiva, espera paciente que se calme para continuar con un dejo de tristeza:

- Parece muy gracioso, pero así tuve el infierno en vida. Porque, vamos a ver, ¿qué buscaba él en un cuerpo ya marchito?

   Observa expectante a su sobrina, adivinando la respuesta  que  no se atreve a salir de sus labios, todavía risueños:

-  Eso  mismo que estás pensando: nada, ¡absolutamente  nada!  En realidad,  solo estaba interesado en la experiencia de  la  mujer madura.  ¿Qué  podía  importarle  la angustia  ignorante  de  una virgen, con más otoños que abriles?

 La joven siente  cómo la inunda una gran compasión. Percibe  que una vieja herida se está reabriendo en ese cuerpo gastado, con el mismo dolor  maligno de veinte años atrás:

- Pero ¿cómo te pasó eso? Te pusiste muy nerviosa, ¿cierto?

- Como si fuera la primera vez. No supe qué hacer, ni qué  decir. Al  final,  le  dejé toda la iniciativa.  ¡Tanto   que  soñé  con aquella noche!

- Seguro fueron sueños muy bonitos ¡Cuentámelos, tía! Dime,  ¿qué soñabas cuándo...cuándo lo soñabas?

-  El  venía  como  una sombra... y  también  como  una  luz:  se encendía,  se  apagaba, se volvía a iluminar. En  el  sueño,  me ceñía  con sus largos brazos y me decía: ¡te quiero solo a ti!  Y no  me importan tus años,  ni lo  que  piense la gente. ¡Eres tan hermosa! - por  sus  ajadas mejillas  ruedan  dos lágrimas - ¿Por qué la vida fue  tan  cruel conmigo?  ¿Qué  le costaba decirme esas palabras,  aunque  fuesen mentira?  Pagué  un precio demasiado alto, solo  por  querer  atrasar  el reloj.

-  No  llores, tía. Ya todo pasó y de algún modo,  ese  amor  fue bello.

- También eso es verdad. A fin de cuentas, se es más feliz amando que siendo amada.

 ¡Extraño juicio! La joven salta como si la hubiesen pinchado:

- ¿Cómo así? No puede ser mejor dar que recibir.

-    lo es y te lo voy a demostrar. A ver, ¿cuándo  te  sientes más realizada: con un hombre que te adora pero no te gusta, o con el que tú amas, aunque estés segura de que no te quiere?

   Las  ahora  muy brillantes pupilas, taladran los  ojos  juveniles. Con aire confundido, la  sobrina desvía la mirada:

- Deja, no sigas.

   Se recuesta de nuevo en las rodillas de la enferma y se aprieta  los párpados  con  los dedos, como tratando de espantar  una imagen molesta. Luego, en voz baja, concede:

 - Lo peor es que tienes razón. Pero dime, ¿qué fue de él?

-  Ya te dije: prometió volver... y nunca lo hizo.  Mira,  hijita, las estatuas de madera no sienten, solo desean. Hacen el amor sin amor y  una vez saciados, se vuelven a inanimar. No pueden compensar la entrega.

- O sea, no sabes qué ha sido de su vida.

-  Lo  vi al año siguiente, en un comercial. Estaba a  la orilla del agua, con una cotorra en el hombro. A su lado  sonreía una dama pelirroja, con aires de turista.

-  Pero, tía, ¿ni siquiera telefoneó?

-  Me gustaría tener fuerzas, juntar unos dólares y volver  allí. ¿Quién  sabe  si  la magia se repita? A lo  mejor  basta  con  un pequeño soplo...¡lástima ser tan vieja!

La  anciana rompe en sollozos, rechazando los afanes de la  joven para consolarla:

- ¡Cálmate, tía, por favor! No me apartes, que no me voy a ir. Te haces daño, ¡no te pongas así!...espera, aquí hay un poco de agua y...  sí,  por allí hay también una pastilla. ¡Vamos,  tómalo!  ... tranquilízate ... así ...

   Por  fin,  logra que reaccione. Temblorosa, la anciana  seca  sus lágrimas con los dedos y apura el vaso de agua, mientras trata  de controlarse:

- De todos modos, su imagen aparece cada tarde en la ventana. ¡Y va a estar ahí siempre, mientras yo viva! Ya no te preocupes más, hijita; me siento mucho mejor.

   Una hora después, la blanca cabeza se confunde con las almohadas. Su  respiración es serena y la expresión de su cara  refleja  una dulce  placidez,  como si estuviese viviendo en  los  más  gratos sueños.

   La joven se retira en puntillas, temerosa de hacer ruido.  Llega hasta  la  mesa del comedor, donde yace abandonado  un  libro  de poemas.  Lo  revisa con cuidado, hasta que de sus hojas  cae  una fotografía:

- Así que me parezco mucho a tu antigua profesora... solo que  un poco más bonita y un poco menos culta... ¡hombre de madera!  Dime, ¿a quién estás amando en mi cuerpo?

   Un  llanto  silencioso  la  invade,  mientras  hace  pedazos   la cartulina.

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