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El
viaje: proveedor de metáforas para definir la vida, el aprendizaje, las
búsquedas de saberes como crisis y no como dogmas. Lo incierto.
Aníbal
Ford. “Rodar tierra, rodar sentido”.
Tarde de
calor. El jean y la remera no disimulaban mi condición de lady. Por fin
llegaba el micro: era la última parada antes de salir de la ciudad. En la
rotonda quieta, con algunos árboles que recuerdan el mar que se está
dejando.
Subí.
El micro volvió a arrancar antes de que terminara de instalarme. No pude
hacerlo: había alguien dormido en mi asiento, junto a la ventanilla. Un
pibe. Y dormía como un angelito. Pobrecito, no iba a despertarlo. Me quedé
con el otro asiento, del lado del pasillo. Ya estábamos en plena ruta. Se
seguían viendo los árboles. Todo era azul y silencio. ¿Sería por las
cortinas?
Leí
algunos cuentos cortos, de aquellos que se editan por colecciones. En algún
momento me pareció que el pibe abría los ojos, sin dejar de dormir. No
pasó nada. Los imaginé verdes y apoyé el libro sobre la hebilla de mi
cinturón.
Nunca me
resultó fácil dormir en la ruta. No sé por qué. Entonces, la luz verde
activó la perilla del imaginario. El cuello delicado de su lady, poro por
poro. Dilatados y abiertos por las humedades bronceadas del sol. Y su
melena rea despeinada. Los hombros comenzaban a rozarse, se meneaban
suaves con el rodar del micro sobre el pavimento.
El micro
entraba en todos y cada uno de los pueblos. Personas subían y bajaban. Un
par de horas, tres. Un cuento más. Y empezábamos a perder el sentido. De
no saber en qué lugar estábamos; era como no saber ni cómo nos llamábamos.
Y compartir visiones inventando otros significados.
Cuando
el pibe finalmente abrió los ojos, vi que no eran verdes. Eran más castaños
que una almendra.
-
¿Sabés dónde
estamos?
Corrió
la cortinita y miramos por la ventanilla. Era un pueblo muy pobre en pleno
campo, pero tenía un video club.
-
No tengo idea.
Desparramados
otra vez en las butacas, cerramos los ojos y desatamos imágenes: el
transcurrir, el tiempo, los lugares. Las rodillas se pegaron sin golpearse
y parecíamos envueltos por el mismo sueño. Ficciones construidas por el
movimiento de la ruta. Armoniosamente discontinuo.
Entonces
el micro se detuvo. Era la parada de quince minutos en un autoservicio.
Bajamos al baño y yo me compré una gaseosa con pajita. Volví a tomarla
al micro y esta vez me quedé con mi asiento. El se quedó fumando un
cigarrillo a la sombra. Parecía un macho-pig. Un rudo tierno con cara de
dormido. El también se quedó con su asiento.
-
¿Querés
seguir de este lado?
-
No, está bien.
Pero
hubo un desperfecto con los frenos y tuvimos que permanecer en el servicio
un rato más. Hacía mucho calor. Volvimos a bajar.
El pibe
tomó un sandwich y una lata. Yo fui a mojarme el pelo. Caminábamos como
deambulando entre las sombras, entre las columnas de la galería. El cielo
era azul puro, había una fuentecita. El pibe fue a mirarla y cuando sintió
su frescura se dio vuelta porque yo lo estaba viendo, a la distancia.
Desde
lejos, cruzamos por primera vez los ojos. Fundimos un recuerdo, quedó
intacto. Fue como entender todo de golpe: la tarde con su tiempo abierto;
el sol y el cielo sin dueño, que se ofrecían a quedarse para siempre en
ese lugar sin nombre, sin nada ni nadie conocido. Todo estaba para ser
simbolizado en ese movimiento suelto que no tenía frenos.
***
Y cuando
estaba mirando pasar mis perfiles por la ventana del alojamiento, sentí
sus manos sobre la hebilla de mi cinturón y otro torso apoyándose en mi
espalda: miramos los perfiles como ajenos, intentando reconstruir nuestras
identidades.
Me di
vuelta. Los ojos eran castaños como las almendras. Los besos, profundos
como el mar. Nos estábamos queriendo como nunca antes se había querido
nadie, con un querer que no tenía nombre. Flotaba una pasión
desabrochada que reptaba desde las entrañas, navegaba por las venas e
inundaba las sábanas baratas. Violentamente suave, perforamos todos los
sentidos posibles. Y ya no había mapas. No teníamos recorridos a seguir.
Él
incrustó su espalda al algodón y estaba arqueando las cejas hacia
arriba, desviando las gotas de sudor, cuando caí y se mezclaron las
melenas. Sintió un leve cosquilleo en la nariz, corrió mi pelo y volvió
a rodear mi cintura, frente con frente, para quedar entredormidos.
Y
recorrer... Recorrer. Una tranquilidad intensa y espumosa. No era una ensoñación,
era un dejar pasar, dejar llevarse el tiempo.
-
Mmm. Ya están
subiendo al micro.
Otra vez
el micro arrancó sin esperar a que yo me acomodara. Cuando lo hice, él
ya había caído rendido. Dormimos un rato más, cayó la tarde.
My lady.
Brazos se hundían bajo las espaldas. Noche cerrada. Un incendio en los
bosques distrajo unos instantes nuestros nuevos significantes. Este pibe.
Estábamos
entrando en la ciudad.
Primera
parada. El pibe se bajó con su mochila al hombro. Yo me quedé.
Pobrecita, no iba a despertarme. Estaba durmiendo como un angelito.
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del concurso "Un amor de verano"
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