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"Un amor de verano":

Cuento elegido por El Escriba

 

 

ROAD BOOK

por Natalia María Ledesma, de Ciudad de Buenos Aires

 

El viaje: proveedor de metáforas para definir la vida, el aprendizaje, las búsquedas de saberes como crisis y no como dogmas. Lo incierto.

Aníbal Ford. “Rodar tierra, rodar sentido”.

 

Tarde de calor. El jean y la remera no disimulaban mi condición de lady. Por fin llegaba el micro: era la última parada antes de salir de la ciudad. En la rotonda quieta, con algunos árboles que recuerdan el mar que se está dejando.

Subí. El micro volvió a arrancar antes de que terminara de instalarme. No pude hacerlo: había alguien dormido en mi asiento, junto a la ventanilla. Un pibe. Y dormía como un angelito. Pobrecito, no iba a despertarlo. Me quedé con el otro asiento, del lado del pasillo. Ya estábamos en plena ruta. Se seguían viendo los árboles. Todo era azul y silencio. ¿Sería por las cortinas?

Leí algunos cuentos cortos, de aquellos que se editan por colecciones. En algún momento me pareció que el pibe abría los ojos, sin dejar de dormir. No pasó nada. Los imaginé verdes y apoyé el libro sobre la hebilla de mi cinturón.

Nunca me resultó fácil dormir en la ruta. No sé por qué. Entonces, la luz verde activó la perilla del imaginario. El cuello delicado de su lady, poro por poro. Dilatados y abiertos por las humedades bronceadas del sol. Y su melena rea despeinada. Los hombros comenzaban a rozarse, se meneaban suaves con el rodar del micro sobre el pavimento.

El micro entraba en todos y cada uno de los pueblos. Personas subían y bajaban. Un par de horas, tres. Un cuento más. Y empezábamos a perder el sentido. De no saber en qué lugar estábamos; era como no saber ni cómo nos llamábamos. Y compartir visiones inventando otros significados.

Cuando el pibe finalmente abrió los ojos, vi que no eran verdes. Eran más castaños que una almendra.

-          ¿Sabés dónde estamos?

Corrió la cortinita y miramos por la ventanilla. Era un pueblo muy pobre en pleno campo, pero tenía un video club.

-          No tengo idea.

Desparramados otra vez en las butacas, cerramos los ojos y desatamos imágenes: el transcurrir, el tiempo, los lugares. Las rodillas se pegaron sin golpearse y parecíamos envueltos por el mismo sueño. Ficciones construidas por el movimiento de la ruta. Armoniosamente discontinuo.

Entonces el micro se detuvo. Era la parada de quince minutos en un autoservicio. Bajamos al baño y yo me compré una gaseosa con pajita. Volví a tomarla al micro y esta vez me quedé con mi asiento. El se quedó fumando un cigarrillo a la sombra. Parecía un macho-pig. Un rudo tierno con cara de dormido. El también se quedó con su asiento.

-          ¿Querés seguir de este lado?

-          No, está bien.

Pero hubo un desperfecto con los frenos y tuvimos que permanecer en el servicio un rato más. Hacía mucho calor. Volvimos a bajar.

El pibe tomó un sandwich y una lata. Yo fui a mojarme el pelo. Caminábamos como deambulando entre las sombras, entre las columnas de la galería. El cielo era azul puro, había una fuentecita. El pibe fue a mirarla y cuando sintió su frescura se dio vuelta porque yo lo estaba viendo, a la distancia.

Desde lejos, cruzamos por primera vez los ojos. Fundimos un recuerdo, quedó intacto. Fue como entender todo de golpe: la tarde con su tiempo abierto; el sol y el cielo sin dueño, que se ofrecían a quedarse para siempre en ese lugar sin nombre, sin nada ni nadie conocido. Todo estaba para ser simbolizado en ese movimiento suelto que no tenía frenos.

***

Y cuando estaba mirando pasar mis perfiles por la ventana del alojamiento, sentí sus manos sobre la hebilla de mi cinturón y otro torso apoyándose en mi espalda: miramos los perfiles como ajenos, intentando reconstruir nuestras identidades.

Me di vuelta. Los ojos eran castaños como las almendras. Los besos, profundos como el mar. Nos estábamos queriendo como nunca antes se había querido nadie, con un querer que no tenía nombre. Flotaba una pasión desabrochada que reptaba desde las entrañas, navegaba por las venas e inundaba las sábanas baratas. Violentamente suave, perforamos todos los sentidos posibles. Y ya no había mapas. No teníamos recorridos a seguir.

Él incrustó su espalda al algodón y estaba arqueando las cejas hacia arriba, desviando las gotas de sudor, cuando caí y se mezclaron las melenas. Sintió un leve cosquilleo en la nariz, corrió mi pelo y volvió a rodear mi cintura, frente con frente, para quedar entredormidos.

Y recorrer... Recorrer. Una tranquilidad intensa y espumosa. No era una ensoñación, era un dejar pasar, dejar llevarse el tiempo.

-          Mmm. Ya están subiendo al micro.

Otra vez el micro arrancó sin esperar a que yo me acomodara. Cuando lo hice, él ya había caído rendido. Dormimos un rato más, cayó la tarde.

My lady. Brazos se hundían bajo las espaldas. Noche cerrada. Un incendio en los bosques distrajo unos instantes nuestros nuevos significantes. Este pibe.

Estábamos entrando en la ciudad.

Primera parada. El pibe se bajó con su mochila al hombro. Yo me quedé. Pobrecita, no iba a despertarme. Estaba durmiendo como un angelito.

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