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"Un amor de verano":

Cuento elegido por El Escriba

 

 

UN AMOR DE VERANO

por Silvana Lopa, de Ciudad de Buenos Aires

 

Estabamos sentadas en el mismo sillón de dos cuerpos. A mí me correspondía la mitad izquierda y a ella la mitad derecha. Las imágenes se sucedían una tras otra (enmarcadas sobriamente por las 20 pulgadas Grundig) y así nuestros comentarios.  Nunca me había sentado en otro sillón de dos cuerpos antes. Siempre tres cuerpos. O uno. El sillón-de-dos-cuerpos, por impráctico, había sufrido años atrás un destierro de mi mente clasificadora. Éste era cómodo y había suficiente espacio para las dos.  Aquel cortometraje en plano general era empalagosamente bizarro, a pesar suyo. Ambientado en el sector de la Reserva Ecológica más cercano al Río de la Plata, intentaba infructuosamente recrear los colores y personajes de una playa cualquiera de Miami. La cámara picada tomaba al unísono a la mujer en traje de baño dorado que pretendía copiar los inconfundibles gestos de las modelos publicitarias y el recorrido de una pelota que iba de las manos de un pecoso con bermudas fucsia a los pies de su amiguito, también con bermudas pero turquesa.

Ella parecía concentrada en la pantalla. O eso creía yo. En realidad, no tenía demasiadas chances de distraerse ya que los alumnos que habían filmado ese corto estaban un poco más al fondo del aula, mirando ensimismados su creación. No quería ser dura con sus comentarios pero, cada vez que podía, me miraba por lo bajo buscando mi complicidad para desacreditarlo. El primer día de clases me había parecido una mujer frágil, pero sus apreciaciones contundentes para enseñar ciertos temas hicieron que pronto cambiara de idea.  Me resultaba extraño que la profesora me pusiera de “su lado” y más extraña aún su proximidad corporal. Como un insecto (o bien una hormiga roja, o bien un mosquito de verano) que se escabulle por debajo de una manga de remera, se escabulló su mano por entre mis muslos (desautorizando a mi rutina, yo tenía una moderna falda alilada y medias can-can).

Pero es cierto que un insecto que se cuela con impertinencia entre las ropas suele ser más que invasor. Se convierte en molestias antes de que cante un gallo. Tanto la hormiga como el mosquito originan picazones eternas, ronchas antiestéticas y ganas de ejercitar la agudeza visual del damnificado a fin de extirpar a estos mínimos representantes del reino animal de cualquier región dérmica. (La fantasía del exhibicionista, se desmorona pues con facilidad).

Debo admitir que, más allá del vulgar paralelismo insecto/mano, nada de esto percibí cuando ella me tocó.  Su mano izquierda comenzó a juguetear con los pliegues de mis medias.

El amiguito de las bermudas turquesa corría hacia el agua (en el aula un murmullo de desaprobación rechazaba unánimemente la falta de ética del realizador que ponía en riesgo la integridad física de la infantil promesa al sumergirlo en aguas contaminadas). El Río de la Plata debe estar lleno de hormigas rojas y mosquitos de verano, pensé yo.

Esas medias can-can eran nuevas. Las había comprado el año anterior en un bolichito de Les Halles. ¿Le gustará sentir la tibieza o simplemente es otra de las tantas cosas que tenemos en común? En efecto, la estridencia de colores era lo que me había decidido a gastar los 80 francos, destinados en un comienzo al fondo común en el que depositábamos el dinero extra de cada día para poder comprar la onerosa entrada al Dome. Su vestuario y el mío, aunque diferentes, denotaban para cualquier persona acostumbrada a los colores anodinos una fuerte relación de parentesco, o subordinación, o pertenencia.

Su mano abandonó una media. Como un chubasco, de súbito mis dudas se desvanecieron.  Ahora se empeñaba con mi falda. Circunstancialmente.

El amiguito de las bermudas turquesa sacudía entre espasmos su pie derecho. En apariencia algo había sucedido con el pie. Los futuros realizadores demostraron haber agenciado la magistral sugerencia: “Siempre estén atentos a los recursos que el entorno facilita. No olviden las lecciones del Neorrealismo italiano”. Y rápidamente un pano-travelling descubrió la efímera extensión de la Reserva Ecológica.  La mujer (la de malla enteriza dorada) corría, la cara transfigurada, en dirección a la orilla. Había que socorrer al amiguito. Parece que se clavo algo en serio, se dijo. Junto a la reposera, las amarillentas hojas de un amarillento ejemplar de Cosmopolitan chillaban, sacudidas por el viento. A esa altura, el Grundig desbordaba histrionismo con las pantomimas de la actriz, quien en su rol de madre playera, había conseguido que la escena alcanzara algo así como “un agudo nivel de dramatismo”. Gritos, trotecitos, manos que se balanceaban al estilo salticando con brazos, atrás se fundían con las convulsiones del amiguito que continuaba señalando con énfasis, como si se tratase de una película muda, su pie malherido.

-¿Leíste Carver?- susurró cálidamente en mi oído. -Muy poco- respondí en autómata para luego agregar -Me gusta Beckett- a fin de no mostrarme como una iletrada cualquiera. -La nada,- dijo. -Carver también la explora-. Y así volvió a explorar mis medias por segunda vez, aunque esta vez con mayor profundidad de campo. No entendía bien qué quería referirme con su descontextualizado comentario sobre Carver, pero tampoco entendía qué hacía su mano en mi contexto. Me quedé pensando y recordé que alguna vez alguien me había preguntado “¿Leíste Ferdydurke?” para luego revelarme que durante su adolescencia esa había sido su pregunta filtro para decidir si debía o no salir con tal o cual chico. ¿Vendría Carver a sustituir a Gombrowicz? Ferdydurke me había gustado. Su mano viajaba desde el borde de mi falda hasta comienzos de la entrepierna. De pronto percibí el instante en que la mano se transformó en dedos. Cinco. Independientes. Y el mayor interceptó la intersección que quedaba pendiente.

Un plano detalle de la mano de ella ocupaba las 20 pulgadas. En off, los gritos del amiguito desviaban la atención fuera del campo. La mano se afanaba, frotaba, sacudía, hurgaba en la inmensidad creciente de la roncha que, por efectos del zoom, oscilaba entre el rosa y el bermejo pálido. –Fue la hormiga colorada- decía el amiguito de las bermudas fucsia de modo apenas perceptible ya que un crujido prefabricado ascendía desde los grados más bajos de la escala de decibeles, hasta llegar a un primer plano sonoro en obvia concordancia con el primer plano de la roncha.

De repente, casi como en un espasmo, la mano se transfiguró, se redujo a un frío metálico. A medida que la mano se contorneaba fui dándome cuenta de que su anillo era exclusivamente de metal. Yo nunca usaría un anillo de metal. Mi material es el acrílico   -Carver, por lo poco que he leído, no explora más que la estupidez.

 

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