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Estabamos
sentadas en el mismo sillón de dos cuerpos. A mí me correspondía la
mitad izquierda y a ella la mitad derecha. Las imágenes se sucedían una
tras otra (enmarcadas sobriamente por las 20 pulgadas Grundig) y así
nuestros comentarios. Nunca
me había sentado en otro sillón de dos cuerpos antes. Siempre tres
cuerpos. O uno. El sillón-de-dos-cuerpos, por impráctico, había sufrido
años atrás un destierro de mi mente clasificadora. Éste era cómodo y
había suficiente espacio para las dos.
Aquel cortometraje en plano general era empalagosamente bizarro, a
pesar suyo. Ambientado en el sector de la Reserva Ecológica más cercano
al Río de la Plata, intentaba infructuosamente recrear los colores y
personajes de una playa cualquiera de Miami. La cámara picada tomaba al
unísono a la mujer en traje de baño dorado que pretendía copiar los
inconfundibles gestos de las modelos publicitarias y el recorrido de una
pelota que iba de las manos de un pecoso con bermudas fucsia a los pies de
su amiguito, también con bermudas pero turquesa.
Ella
parecía concentrada en la pantalla. O eso creía yo. En realidad, no tenía
demasiadas chances de distraerse ya que los alumnos que habían filmado
ese corto estaban un poco más al fondo del aula, mirando ensimismados su
creación. No quería ser dura con sus comentarios pero, cada vez que podía,
me miraba por lo bajo buscando mi complicidad para desacreditarlo. El
primer día de clases me había parecido una mujer frágil, pero sus
apreciaciones contundentes para enseñar ciertos temas hicieron que pronto
cambiara de idea. Me resultaba extraño que la profesora me pusiera de “su
lado” y más extraña aún su proximidad corporal. Como un insecto (o
bien una hormiga roja, o bien un mosquito de verano) que se escabulle por
debajo de una manga de remera, se escabulló su mano por entre mis muslos
(desautorizando a mi rutina, yo tenía una moderna falda alilada y medias
can-can).
Pero es
cierto que un insecto que se cuela con impertinencia entre las ropas suele
ser más que invasor. Se convierte en molestias antes de que cante un
gallo. Tanto la hormiga como el mosquito originan picazones eternas,
ronchas antiestéticas y ganas de ejercitar la agudeza visual del
damnificado a fin de extirpar a estos mínimos representantes del reino
animal de cualquier región dérmica. (La fantasía del exhibicionista, se
desmorona pues con facilidad).
Debo
admitir que, más allá del vulgar paralelismo insecto/mano, nada de esto
percibí cuando ella me tocó. Su
mano izquierda comenzó a juguetear con los pliegues de mis medias.
El
amiguito de las bermudas turquesa corría hacia el agua (en el aula un
murmullo de desaprobación rechazaba unánimemente la falta de ética del
realizador que ponía en riesgo la integridad física de la infantil
promesa al sumergirlo en aguas contaminadas). El Río de la Plata debe
estar lleno de hormigas rojas y mosquitos de verano, pensé yo.
Esas
medias can-can eran nuevas. Las había comprado el año anterior en un
bolichito de Les Halles. ¿Le gustará sentir la tibieza o simplemente es
otra de las tantas cosas que tenemos en común? En efecto, la estridencia
de colores era lo que me había decidido a gastar los 80 francos,
destinados en un comienzo al fondo común en el que depositábamos el
dinero extra de cada día para poder comprar la onerosa entrada al Dome.
Su vestuario y el mío, aunque diferentes, denotaban para cualquier
persona acostumbrada a los colores anodinos una fuerte relación de
parentesco, o subordinación, o pertenencia.
Su mano
abandonó una media. Como un chubasco, de súbito mis dudas se
desvanecieron. Ahora se empeñaba
con mi falda. Circunstancialmente.
El
amiguito de las bermudas turquesa sacudía entre espasmos su pie derecho.
En apariencia algo había sucedido con el pie. Los futuros realizadores
demostraron haber agenciado la magistral sugerencia: “Siempre estén
atentos a los recursos que el entorno facilita. No olviden las lecciones
del Neorrealismo italiano”. Y rápidamente un pano-travelling descubrió
la efímera extensión de la Reserva Ecológica.
La mujer (la de malla enteriza dorada) corría, la cara
transfigurada, en dirección a la orilla. Había que socorrer al amiguito.
Parece que se clavo algo en serio, se dijo. Junto a la reposera, las
amarillentas hojas de un amarillento ejemplar de Cosmopolitan chillaban,
sacudidas por el viento. A esa altura, el Grundig desbordaba histrionismo
con las pantomimas de la actriz, quien en su rol de madre playera, había
conseguido que la escena alcanzara algo así como “un agudo nivel de
dramatismo”. Gritos, trotecitos, manos que se balanceaban al estilo
salticando con brazos, atrás se fundían con las convulsiones del
amiguito que continuaba señalando con énfasis, como si se tratase de una
película muda, su pie malherido.
-¿Leíste
Carver?- susurró cálidamente en mi oído. -Muy poco- respondí en autómata
para luego agregar -Me gusta Beckett- a fin de no mostrarme como una
iletrada cualquiera. -La nada,- dijo. -Carver también la explora-. Y así
volvió a explorar mis medias por segunda vez, aunque esta vez con mayor
profundidad de campo. No entendía bien qué quería referirme con su
descontextualizado comentario sobre Carver, pero tampoco entendía qué
hacía su mano en mi contexto. Me quedé pensando y recordé que alguna
vez alguien me había preguntado “¿Leíste Ferdydurke?” para luego
revelarme que durante su adolescencia esa había sido su pregunta filtro
para decidir si debía o no salir con tal o cual chico. ¿Vendría Carver
a sustituir a Gombrowicz? Ferdydurke me había gustado. Su mano viajaba
desde el borde de mi falda hasta comienzos de la entrepierna. De pronto
percibí el instante en que la mano se transformó en dedos. Cinco.
Independientes. Y el mayor interceptó la intersección que quedaba
pendiente.
Un plano
detalle de la mano de ella ocupaba las 20 pulgadas. En off, los gritos del
amiguito desviaban la atención fuera del campo. La mano se afanaba,
frotaba, sacudía, hurgaba en la inmensidad creciente de la roncha que,
por efectos del zoom, oscilaba entre el rosa y el bermejo pálido. –Fue
la hormiga colorada- decía el amiguito de las bermudas fucsia de modo
apenas perceptible ya que un crujido prefabricado ascendía desde los
grados más bajos de la escala de decibeles, hasta llegar a un primer
plano sonoro en obvia concordancia con el primer plano de la roncha.
De
repente, casi como en un espasmo, la mano se transfiguró, se redujo a un
frío metálico. A medida que la mano se contorneaba fui dándome cuenta
de que su anillo era exclusivamente de metal. Yo nunca usaría un anillo
de metal. Mi material es el acrílico
-Carver, por lo poco que he leído, no explora más que la
estupidez.
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del concurso "Un amor de verano"
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