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Cintas
grabadas al revés, mate con yuyos correntinos, pebetes con aderezos
especiales…estos fueron algunos de los inventos que Domingo, el
camionero extremadamente tímido, había implementado en sus viajes para
conquistar el corazón de alguna mujer. Pero ninguno de esos planes
funcionó. Después de magros resultados, Domingo se había dado por
vencido. Hasta que una noche, una maestra le hizo dedo…
Es
raro encontrar un camionero que sea tímido. Pero Domingo Manfredi lo era.
Y demasiado. No era gordo como casi todos. Él era más bien flaco y
bastante feo. Tenía un mentón que le sobresalía unos cinco centímetros
más allá del extremo de su larga nariz. Pero lo compensaba, con una voz
que se comparaba con el rugir del poderoso motor de su Scania 112. No vestía
las habituales ojotas, ni las musculosas y los jeans a media raya de la
nalga. Él era un camionero elegante. Porque él se consideraba un romántico.
Pero su introversión y su asumida fealdad no le permitían poner en práctica
su alma apasionada. El
interior de la cabina lo había decorado con fotos de hermosas mujeres y
algunos versos de poetas como Benedetti o Pablo Neruda. En la parte de atrás
del acoplado el mejor fileteador de Buenos Aires le había escrito una
frase con la cual se sentía muy identificado: “ Las mujeres son como
las chapas, si uno no las sabe clavar se vuelan” y más abajo casi
llegando al paragolpes había colocado una chapa para otra frase un poco más
trascendental: “Yo sé de mi partida, Dios de mi regreso”. En sus
interminables viajes de verano entre Porto Alegre y Justo Daract, Domingo
empezó a buscarle alguna solución a ese problema que le impedía
relacionarse hasta con sus colegas del volante. Reclinado en el asiento de
su poderoso camión y mirando un punto fijo que siempre lo encontraba
justo cuando la ruta parecía desaparecer, imaginaba la forma de
conquistar a una mujer sin tener que decir ni media palabra. Quería
ahorrarse lo que muchos habían dado en llamar: “hacer el filo”. El
primer invento fue un asiento especial que emitía vibraciones ultra
sensoriales que según sus cuentas la persona se relajaba y quedaba en
total estado de somnolencia. Éste no funcionó justamente porque la
primera mujer que se subió quedó totalmente dormida y durante el viaje
no pudo cruzar ni media palabra. Sólo se escucharon ronquidos a lo largo
de 180 km. La segunda genialidad fue colocar una cinta de audio grabada
con varias canciones en sentido inverso. Supuestamente el efecto era
lograr un estado hipnótico de absoluto dominio. Lástima que a la mujer
le gustó tanto la música lograda tras ese experimento que le rogó le
dijera quién era ese grupo y dónde había comprado ese casete. En un
tercer viaje, un conocido le pidió que llevara a su sobrina hasta Río
Cuarto. Pobre chica. A ella le tocaron los pebetes con mayonesa de
girasol. El efecto fue una reacción alérgica con numerosas manchas
negras en toda la cara. No tuvo otra que detenerse en una cabina de peaje
y comprar tres litros de alcohol para terminar con esa prueba devenida en
un caos dermatológico. Esto fue lo último que intentó. Domingo dijo: -¡Basta!
Se dio cuenta de que no podía andar arriesgando la vida de sus posibles
novias, esposas o amantes con extrañas ocurrencias.
Un 24 de enero
salió de Porto Alegre no sin antes pasar por la bruja de turno que le leía
la borra del café y todos los restos que un ser humano era capaz de dejar
después de comer o beber algo. Las predicciones eran buenas. Pero,
llegando a Corrientes la noche, el viento y la lluvia le iban quitando las
esperanzas de encontrase con alguien. “¿Quién va a ser dedo con este
tiempo?” se preguntaba mientras frotaba con un trapo los vidrios empañados.
De pronto, alcanzó a ver algo que desde el costado de la ruta le hacía
señas. Sin saber de qué se trataba disminuyó la velocidad y cuando se
fue acercando se dio cuenta de que era una mujer. Sin dudarlo ni un
instante presionó a fondo el freno con una desesperación tal que todas
las bananas que traía en el acoplado se aplastaron sobre un mismo lado
destruyéndose prácticamente toda la carga. Pero el viaje parecía no
estar perdido. Detuvo el camión en la banquina. Estiró su brazo y abrió
la puerta del acompañante. Mientras miraba por el espejo cómo la mujer
se acercaba, él se lamentaba de no tener un nuevo invento que le
pemitiera, aunque sea por ultísima vez, conquistar desde su propio puesto
de mando el deseo de una mujer. Ella subió. Tenía el pelo largo y
enrulado. El agua se lo había aplastado sobre su cuerpo. Vestía un
delantal blanco y lo único que llevaba era un portafolio y un mapa
enrollado de Argentina, para dictar la clase de geografía en la escuela
rural Napoleón Uriburu, de Villa Sarmiento. Domingo le acercó una toalla
y la maestra comenzó a secarse el pelo mientras le agradecía el hecho de
haberla salvado de ese vendaval. Mientras conducía, él pensaba que esa
era su oportunidad final. Le había llegado la hora de entablar una
conversación sin que mediara ningún aparatejo. Entonces, comenzó
preguntándole el nombre, la edad, si era casada, el porqué de ser
maestra rural, si pensaba seguir ejerciendo siempre en esa escuela, si no
le gustaría dar clases en una ciudad, si tenía hermanos, con quién vivía,
cuántos alumnos tenía…y las inquietudes iban surgiendo y el diálogo
se iba extendiendo cada vez más. Había logrado más de cinco horas
ininterrumpidas de preguntas y respuestas olvidándose de esa suerte de
enfermedad que él se la imaginaba como un gran paredón que lo aislaba de
todo el mundo. Pero como todo lo bueno parece durar menos, tuvo que frenar
porque habían llegado al lugar donde ella tenía que bajarse. Nunca un
viaje se le había hecho tan corto. La despedida fue un “chau” y luego
un “hasta pronto y muchas gracias”. Desde ese entonces, Domingo se las
arreglaba para pasar a la misma hora y el mismo día por el mismo lugar
donde la había dejado. Pero nunca más pudo volver a encontrarla. Fue
entonces cuando decidió dejar el camión y jubilarse. Con unos pesos que
tenía ahorrados en concepto de su retiro de la vida activa, decidió
darse una última oportunidad e inventar lo que él consideraba su última
ilusión para conquistar el corazón y si era posible todo el resto del
cuerpo de una mujer. En el mismo lugar donde una tarde dejó a la maestra
decidió levantar un cabaret. Pero un cabaret exclusivo para camioneros.
Tenía una característica poco usual para este tipo de lugares. Su
construcción se asimilaba a una escuela. Tenía una amplia entrada justo
al medio, y hacia ambos lados de la misma cincos ventanales. La cubría un
gran techo a dos aguas de tejas españolas. En la parte de atrás tenía
un patio y una cancha de fútbol. Un detalle que terminaba de confirmar su
parecido con una institución educativa era la presencia de un mástil al
frente del establecimiento. Pero ese rendido homenaje que Domingo le había
hecho a esa maestra, que según él le había cambiado la vida, llegaba a
tal extremo que las “alumnas” –tal como él las llamaba a las quince
ruteras entre las que se encontraban brasileras, paraguayas y peruanas-
todas las mañanas formaban una fila, tomaban distancia y al son de
“alta en el cielo, un águila guerrera…” una de las alumnas pasaba a
izar primero una bandera de Argentina y luego otra de la Asociación
Argentina de Profesionales de los Grandes Volantes. Era un solemne acto
que duraba sólo diez minutos. Para las chicas pasaba inadvertido, pero
para Domingo era el momento donde le volvían a su mente esas cinco horas
del que había sido el mejor viaje de su carrera por las rutas argentinas.
El viaje con el que había logrado saltar ese gran paredón de la máxima
introversión. Después de este diario homenaje a la insignia de la
patria, las chicas iban a sus puestos de trabajo. Domingo había ideado un
sistema que él lo había denominado como “agitamiento”. El mismo
consistía en colocar a las alumnas en una franja de terreno que estaba
entre la ruta y el frente del establecimiento, pero para mayor seguridad
un poco más alejado de la banquina. Ubicadas unas de otras cada dos
metros, daban inicio al “agitamiento”. Vestidas con impecables
delantales blancos y con una banderita de Argentina donde el sol había
sido reemplazado por el escudo de la Asociación, comenzaban a agitar
desesperadamente las banderas cuando veían un camión que se acercaba. El
camionero que había sido tentado a interrumpir su trayecto era acompañado
por la alumna elegida hasta alguna de las “aulas”. Este ritual se
realizaba todos los días de la semana.
De
esta historia sólo queda un viejo cartel al frente de lo que fue esa
suerte de escuela del pasatiempo. Un cartel que tiene la forma oval del típico
escudo. La única diferencia con los originales que se ubicaban en las
verdaderas escuelas, es el nombre. Este dice: “El Rubí, un
establecimiento para vencer la timidez”
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del concurso "Un amor de verano"
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