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"Un amor de verano":

Cuento elegido por El Escriba

 

 

EL RUBÍ

por Pablo Bicego, de Ciudad de Mendoza

 

Cintas grabadas al revés, mate con yuyos correntinos, pebetes con aderezos especiales…estos fueron algunos de los inventos que Domingo, el camionero extremadamente tímido, había implementado en sus viajes para conquistar el corazón de alguna mujer. Pero ninguno de esos planes funcionó. Después de magros resultados, Domingo se había dado por vencido. Hasta que una noche, una maestra le hizo dedo…

Es raro encontrar un camionero que sea tímido. Pero Domingo Manfredi lo era. Y demasiado. No era gordo como casi todos. Él era más bien flaco y bastante feo. Tenía un mentón que le sobresalía unos cinco centímetros más allá del extremo de su larga nariz. Pero lo compensaba, con una voz que se comparaba con el rugir del poderoso motor de su Scania 112. No vestía las habituales ojotas, ni las musculosas y los jeans a media raya de la nalga. Él era un camionero elegante. Porque él se consideraba un romántico. Pero su introversión y su asumida fealdad no le permitían poner en práctica su alma apasionada.  El interior de la cabina lo había decorado con fotos de hermosas mujeres y algunos versos de poetas como Benedetti o Pablo Neruda. En la parte de atrás del acoplado el mejor fileteador de Buenos Aires le había escrito una frase con la cual se sentía muy identificado: “ Las mujeres son como las chapas, si uno no las sabe clavar se vuelan” y más abajo casi llegando al paragolpes había colocado una chapa para otra frase un poco más trascendental: “Yo sé de mi partida, Dios de mi regreso”. En sus interminables viajes de verano entre Porto Alegre y Justo Daract, Domingo empezó a buscarle alguna solución a ese problema que le impedía relacionarse hasta con sus colegas del volante. Reclinado en el asiento de su poderoso camión y mirando un punto fijo que siempre lo encontraba justo cuando la ruta parecía desaparecer, imaginaba la forma de conquistar a una mujer sin tener que decir ni media palabra. Quería ahorrarse lo que muchos habían dado en llamar: “hacer el filo”. El primer invento fue un asiento especial que emitía vibraciones ultra sensoriales que según sus cuentas la persona se relajaba y quedaba en total estado de somnolencia. Éste no funcionó justamente porque la primera mujer que se subió quedó totalmente dormida y durante el viaje no pudo cruzar ni media palabra. Sólo se escucharon ronquidos a lo largo de 180 km. La segunda genialidad fue colocar una cinta de audio grabada con varias canciones en sentido inverso. Supuestamente el efecto era lograr un estado hipnótico de absoluto dominio. Lástima que a la mujer le gustó tanto la música lograda tras ese experimento que le rogó le dijera quién era ese grupo y dónde había comprado ese casete. En un tercer viaje, un conocido le pidió que llevara a su sobrina hasta Río Cuarto. Pobre chica. A ella le tocaron los pebetes con mayonesa de girasol. El efecto fue una reacción alérgica con numerosas manchas negras en toda la cara. No tuvo otra que detenerse en una cabina de peaje y comprar tres litros de alcohol para terminar con esa prueba devenida en un caos dermatológico. Esto fue lo último que intentó. Domingo dijo: -¡Basta! Se dio cuenta de que no podía andar arriesgando la vida de sus posibles novias, esposas o amantes con extrañas ocurrencias.

Un 24 de enero salió de Porto Alegre no sin antes pasar por la bruja de turno que le leía la borra del café y todos los restos que un ser humano era capaz de dejar después de comer o beber algo. Las predicciones eran buenas. Pero, llegando a Corrientes la noche, el viento y la lluvia le iban quitando las esperanzas de encontrase con alguien. “¿Quién va a ser dedo con este tiempo?” se preguntaba mientras frotaba con un trapo los vidrios empañados. De pronto, alcanzó a ver algo que desde el costado de la ruta le hacía señas. Sin saber de qué se trataba disminuyó la velocidad y cuando se fue acercando se dio cuenta de que era una mujer. Sin dudarlo ni un instante presionó a fondo el freno con una desesperación tal que todas las bananas que traía en el acoplado se aplastaron sobre un mismo lado destruyéndose prácticamente toda la carga. Pero el viaje parecía no estar perdido. Detuvo el camión en la banquina. Estiró su brazo y abrió la puerta del acompañante. Mientras miraba por el espejo cómo la mujer se acercaba, él se lamentaba de no tener un nuevo invento que le pemitiera, aunque sea por ultísima vez, conquistar desde su propio puesto de mando el deseo de una mujer. Ella subió. Tenía el pelo largo y enrulado. El agua se lo había aplastado sobre su cuerpo. Vestía un delantal blanco y lo único que llevaba era un portafolio y un mapa enrollado de Argentina, para dictar la clase de geografía en la escuela rural Napoleón Uriburu, de Villa Sarmiento. Domingo le acercó una toalla y la maestra comenzó a secarse el pelo mientras le agradecía el hecho de haberla salvado de ese vendaval. Mientras conducía, él pensaba que esa era su oportunidad final. Le había llegado la hora de entablar una conversación sin que mediara ningún aparatejo. Entonces, comenzó preguntándole el nombre, la edad, si era casada, el porqué de ser maestra rural, si pensaba seguir ejerciendo siempre en esa escuela, si no le gustaría dar clases en una ciudad, si tenía hermanos, con quién vivía, cuántos alumnos tenía…y las inquietudes iban surgiendo y el diálogo se iba extendiendo cada vez más. Había logrado más de cinco horas ininterrumpidas de preguntas y respuestas olvidándose de esa suerte de enfermedad que él se la imaginaba como un gran paredón que lo aislaba de todo el mundo. Pero como todo lo bueno parece durar menos, tuvo que frenar porque habían llegado al lugar donde ella tenía que bajarse. Nunca un viaje se le había hecho tan corto. La despedida fue un “chau” y luego un “hasta pronto y muchas gracias”. Desde ese entonces, Domingo se las arreglaba para pasar a la misma hora y el mismo día por el mismo lugar donde la había dejado. Pero nunca más pudo volver a encontrarla. Fue entonces cuando decidió dejar el camión y jubilarse. Con unos pesos que tenía ahorrados en concepto de su retiro de la vida activa, decidió darse una última oportunidad e inventar lo que él consideraba su última ilusión para conquistar el corazón y si era posible todo el resto del cuerpo de una mujer. En el mismo lugar donde una tarde dejó a la maestra decidió levantar un cabaret. Pero un cabaret exclusivo para camioneros. Tenía una característica poco usual para este tipo de lugares. Su construcción se asimilaba a una escuela. Tenía una amplia entrada justo al medio, y hacia ambos lados de la misma cincos ventanales. La cubría un gran techo a dos aguas de tejas españolas. En la parte de atrás tenía un patio y una cancha de fútbol. Un detalle que terminaba de confirmar su parecido con una institución educativa era la presencia de un mástil al frente del establecimiento. Pero ese rendido homenaje que Domingo le había hecho a esa maestra, que según él le había cambiado la vida, llegaba a tal extremo que las “alumnas” –tal como él las llamaba a las quince ruteras entre las que se encontraban brasileras, paraguayas y peruanas- todas las mañanas formaban una fila, tomaban distancia y al son de “alta en el cielo, un águila guerrera…” una de las alumnas pasaba a izar primero una bandera de Argentina y luego otra de la Asociación Argentina de Profesionales de los Grandes Volantes. Era un solemne acto que duraba sólo diez minutos. Para las chicas pasaba inadvertido, pero para Domingo era el momento donde le volvían a su mente esas cinco horas del que había sido el mejor viaje de su carrera por las rutas argentinas. El viaje con el que había logrado saltar ese gran paredón de la máxima introversión. Después de este diario homenaje a la insignia de la patria, las chicas iban a sus puestos de trabajo. Domingo había ideado un sistema que él lo había denominado como “agitamiento”. El mismo consistía en colocar a las alumnas en una franja de terreno que estaba entre la ruta y el frente del establecimiento, pero para mayor seguridad un poco más alejado de la banquina. Ubicadas unas de otras cada dos metros, daban inicio al “agitamiento”. Vestidas con impecables delantales blancos y con una banderita de Argentina donde el sol había sido reemplazado por el escudo de la Asociación, comenzaban a agitar desesperadamente las banderas cuando veían un camión que se acercaba. El camionero que había sido tentado a interrumpir su trayecto era acompañado por la alumna elegida hasta alguna de las “aulas”. Este ritual se realizaba todos los días de la semana.

De esta historia sólo queda un viejo cartel al frente de lo que fue esa suerte de escuela del pasatiempo. Un cartel que tiene la forma oval del típico escudo. La única diferencia con los originales que se ubicaban en las verdaderas escuelas, es el nombre. Este dice: “El Rubí, un establecimiento para vencer la timidez”

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