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Cuando cursábamos séptimo grado Karen pisó los
umbrales de la fama: apareció en el programa de televisión de más
audiencia como una niña prodigio, capaz de resolver mentalmente complejos
cálculos aritméticos y en menos tiempo que adultos auxiliados por máquinas
de calcular.
Era un don. No había hecho más que la escuela
primaria y, sin embargo, no se arredraba ante los entresijos de las matemáticas,
materia que era mi pesadilla porque yo soñaba con ser corresponsal
extranjero y escribir para el National Geographic.
Mientras cursamos el secundario, Karen descubrió que
podía entender y expresarse en varios idiomas. La lectura de un artículo
en una revista le permitía, con la ayuda de un diccionario, asimilar el
vocabulario y la sintaxis; media hora de charla con algún nativo de otras
tierras le afinaba el oído y le permitía mantener una conversación
fluida.
Además de estos dones, Karen terminó el secundario
con medalla de oro, fue reina de belleza en un festival de primavera,
descolló en el coro como solista y bailaba con tal gracia que sus amigos
le formábamos rueda y la aplaudíamos boquiabiertos. En la fiesta de
egresados anunció que iba a estudiar física nuclear y ahí nuestros
caminos comenzaron a bifurcarse.
Myrna, su amiga y compinche, le escribió a la más
famosa conductora de televisión una carta en la que le decía: “¿Te
acordás de Karen Sánchez, la flacucha con aparatos de ortodoncia que
hace seis años resolvía en tu programa cálculos complejos de memoria?
Ahora tiene el aspecto de una diosa, terminó el secundario con medalla de
oro, habla varios idiomas y va a estudiar física nuclear. Merece que la
invites otra vez”.
Los productores del programa atendieron el pedido:
revisaron las grabaciones de la presentación de Karen, investigaron y,
finalmente, llegaron a la conclusión de que la muchacha era fotogénica y
desenvuelta, apta para presentarla en TV como un fenómeno de belleza e
inteligencia. Acordaron pagarle una suma de dinero para sus estudios
superiores y regalarle el vestuario y la bisutería que luciría frente a
las cámaras.
Los padres de Karen estuvieron renuentes y le señalaron
que no le convenía meterse en ese ambiente que podía seducirla con sus
embelecos. Además, esos raros dones que ella exhibía con tanta
naturalidad, un día podían desaparecer de la misma repentina forma en
que llegaron.
Lo más sensato, le decían, era que se enfrascase en
sus estudios, porque la belleza exterior no era eterna y era obvio que
ella les interesaba a los de la televisión por su aspecto.
Karen los calmó diciéndoles que tal vez esta
invitación fuese su última gran diversión antes de ingresar a la
universidad y consiguió su aprobación. Se le iluminó la cara recordando
la experiencia de seis años atrás, cuando después de aparecer un ratito
en la tele todo el mundo la reconocía por la calle. La fama había durado
una semana y luego se olvidaron de ella, pero fueron siete días durante
los cuales se sintió la reina del universo.
Los productores planearon un programa en dos partes.
En la primera, muy breve, Karen resolvería una serie de cálculos. En la
otra dialogaría con los embajadores o delegados de varios países,
hablando en sus respectivos idiomas. No quisieron arriesgarse con una
presentación en vivo y el programa saldría grabado, con subtítulos en
castellano para que la teleaudiencia pudiera entender lo que se hablaba.
También le propusieron que preparase una canción y,
como gran final, que desfilara frente a los invitados cantando una estrofa
en el idioma de cada uno. Iba a ser un pastiche pero, si se mostraba
graciosa, podía resultar simpático.
El programa tuvo buen rating, se retransmitió por
Eurovisión con subtítulos en el idioma de cada país y Karen Sánchez
recibió invitaciones para presentarse en la televisión europea y becas
para perfeccionarse en distintos idiomas; la gira se extendió dos años
que pospusieron su ingreso a la universidad. Cuando volvió a su casa, los
planes de ingreso habían cambiado y debió enfrentarse a un año de
cursos con exámenes parciales de materias que la aburrían. Se sentía
desubicada entre compañeros dos años menores que ella, con nada de mundo
y poco glamorosos; a los seis meses se puso a pensar la forma de hacer
carrera en la televisión nacional y abandonó la idea de entrar a la
universidad. Con su experiencia europea y sus talentos: belleza,
desenvoltura, hermosa voz y dominio de tantos idiomas, podía ofrecerse
para empezar en algún programa de la tarde. Sería una gran vidriera para
hacerse conocer y aspirar a la fama.
Llamó al productor con el que había trabajado más
cerca y le contó sus proyectos.
—Mirá, Karen, entrar por esa puerta no es tan fácil
como vos te imaginás. Te puedo ofrecer algo que no tiene nada que ver con
lo que vos sabés: arrojar al aire los sobres que envían los televidentes
para los concursos de distintos programas del canal. En las bateas hay
chicas que estudian locución, teatro o en la universidad y están a la
espera de una oportunidad para hacer algo artístico o periodístico. Es
para tener un pie adentro y hacerte ver por los pasillos del canal, nada más.
—¿Pero, y todo lo que yo sé? ¿Y mi experiencia
europea…?
—Eso ya fue. Se agotó en el programa que hicimos
hace dos años. Las matemáticas son un plomo, todo el mundo sabe inglés
y los demás idiomas no interesan. Hoy necesitamos belleza y mucha piel a
la vista. Buscá a un fotógrafo para que te
haga un “book” y empezá a promoverte en los canales y
agencias. No veo otra forma.
Ayer estaba esperando para entrevistar a un político
cuando en el televisor gigante del lobby del hotel reconocí a Karen.
Desfilaba semidesnuda, yendo y viniendo
por la pasarela tan espléndida y segura de sí misma como en los
tiempos del secundario, cuando compañeras maliciosas trataban
infructuosamente de zaherirla llamándola “la chica con dones”. Un
cartel sobreimpreso en la pantalla indicaba, como en las ferias de ganado
fino, su nombre, edad, medidas y peso. El
desfile terminó con una placa que rezaba: “Moda TV –
Contrataciones: Interno 1201”. Era una transmisión por circuito cerrado
de un programa que graban allí para un canal de cable.
Desde una cabina llamé al interno y pregunté por
Karen. Vino al teléfono y me dijo que subiera al salón donde estaban
grabando.
Nos abrazamos con la emoción de un reencuentro al
cabo de cinco años y le pregunté si seguía con las matemáticas y los
idiomas; me contestó con cierta melancolía:
—De las matemáticas me aburrí, están “off”;
seguí con el inglés y el portugués, los idiomas del mundo
“fashion”, ¿vistes? (Sí, dijo “vistes”).
—¿Y te va bien?
—No es tan “cool” como creía pero no me quejo.
Estos desfiles en bolas para la tele me los pagan bien. Además me venden
como ningún otro medio para explotar otros dones que me producen buena
guita.
—¿Aprendiste actuación?
Karen lanzó una carcajada que me sonó tan vulgar
como su manera de expresarse; había una rara incongruencia entre su
aspecto fulgurante y su lenguaje parecido a un esperanto —o, mejor, un
esperpento— procaz. Mientras revolvía su bolso de cosméticos, sus
herramientas de trabajo, me explicó:
—No, bolú; los pasajeros que te piden para un show
privado: Don Antonio, industrial metalúrgico, Don Carlos, productor
agropecuario…
Desparramó el variopinto contenido del bolso sobre la
mesa; con manos que me parecieron nerviosas abrió una especie de monedero
y me invitó:
—¿Querés una línea? Sin unos “sniffs” este
laburo es “intólerabel”, ¿vistes?
Entre los cosméticos, el frasquito del polvo blanco y
los accesorios para aspirarlo, brilló el celofán de una caja de
condones.
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del concurso "La televisión y las letras"
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