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"La televisión y las letras":

Cuento elegido por El Escriba

 

Los dones de Karen

de Jorge Frosa, Ciudad de Buenos Aires, Argentina.

 

Cuando cursábamos séptimo grado Karen pisó los umbrales de la fama: apareció en el programa de televisión de más audiencia como una niña prodigio, capaz de resolver mentalmente complejos cálculos aritméticos y en menos tiempo que adultos auxiliados por máquinas de calcular.

Era un don. No había hecho más que la escuela primaria y, sin embargo, no se arredraba ante los entresijos de las matemáticas, materia que era mi pesadilla porque yo soñaba con ser corresponsal extranjero y escribir para el National Geographic.

Mientras cursamos el secundario, Karen descubrió que podía entender y expresarse en varios idiomas. La lectura de un artículo en una revista le permitía, con la ayuda de un diccionario, asimilar el vocabulario y la sintaxis; media hora de charla con algún nativo de otras tierras le afinaba el oído y le permitía mantener una conversación fluida.

Además de estos dones, Karen terminó el secundario con medalla de oro, fue reina de belleza en un festival de primavera, descolló en el coro como solista y bailaba con tal gracia que sus amigos le formábamos rueda y la aplaudíamos boquiabiertos. En la fiesta de egresados anunció que iba a estudiar física nuclear y ahí nuestros caminos comenzaron a bifurcarse.

Myrna, su amiga y compinche, le escribió a la más famosa conductora de televisión una carta en la que le decía: “¿Te acordás de Karen Sánchez, la flacucha con aparatos de ortodoncia que hace seis años resolvía en tu programa cálculos complejos de memoria? Ahora tiene el aspecto de una diosa, terminó el secundario con medalla de oro, habla varios idiomas y va a estudiar física nuclear. Merece que la invites otra vez”.

Los productores del programa atendieron el pedido: revisaron las grabaciones de la presentación de Karen, investigaron y, finalmente, llegaron a la conclusión de que la muchacha era fotogénica y desenvuelta, apta para presentarla en TV como un fenómeno de belleza e inteligencia. Acordaron pagarle una suma de dinero para sus estudios superiores y regalarle el vestuario y la bisutería que luciría frente a las cámaras.

Los padres de Karen estuvieron renuentes y le señalaron que no le convenía meterse en ese ambiente que podía seducirla con sus embelecos. Además, esos raros dones que ella exhibía con tanta naturalidad, un día podían desaparecer de la misma repentina forma en que llegaron.

Lo más sensato, le decían, era que se enfrascase en sus estudios, porque la belleza exterior no era eterna y era obvio que ella les interesaba a los de la televisión por su aspecto.

Karen los calmó diciéndoles que tal vez esta invitación fuese su última gran diversión antes de ingresar a la universidad y consiguió su aprobación. Se le iluminó la cara recordando la experiencia de seis años atrás, cuando después de aparecer un ratito en la tele todo el mundo la reconocía por la calle. La fama había durado una semana y luego se olvidaron de ella, pero fueron siete días durante los cuales se sintió la reina del universo.

Los productores planearon un programa en dos partes. En la primera, muy breve, Karen resolvería una serie de cálculos. En la otra dialogaría con los embajadores o delegados de varios países, hablando en sus respectivos idiomas. No quisieron arriesgarse con una presentación en vivo y el programa saldría grabado, con subtítulos en castellano para que la teleaudiencia pudiera entender lo que se hablaba.

También le propusieron que preparase una canción y, como gran final, que desfilara frente a los invitados cantando una estrofa en el idioma de cada uno. Iba a ser un pastiche pero, si se mostraba graciosa, podía resultar simpático.

El programa tuvo buen rating, se retransmitió por Eurovisión con subtítulos en el idioma de cada país y Karen Sánchez recibió invitaciones para presentarse en la televisión europea y becas para perfeccionarse en distintos idiomas; la gira se extendió dos años que pospusieron su ingreso a la universidad. Cuando volvió a su casa, los planes de ingreso habían cambiado y debió enfrentarse a un año de cursos con exámenes parciales de materias que la aburrían. Se sentía desubicada entre compañeros dos años menores que ella, con nada de mundo y poco glamorosos; a los seis meses se puso a pensar la forma de hacer carrera en la televisión nacional y abandonó la idea de entrar a la universidad. Con su experiencia europea y sus talentos: belleza, desenvoltura, hermosa voz y dominio de tantos idiomas, podía ofrecerse para empezar en algún programa de la tarde. Sería una gran vidriera para hacerse conocer y aspirar a la fama.

Llamó al productor con el que había trabajado más cerca y le contó sus proyectos.

—Mirá, Karen, entrar por esa puerta no es tan fácil como vos te imaginás. Te puedo ofrecer algo que no tiene nada que ver con lo que vos sabés: arrojar al aire los sobres que envían los televidentes para los concursos de distintos programas del canal. En las bateas hay chicas que estudian locución, teatro o en la universidad y están a la espera de una oportunidad para hacer algo artístico o periodístico. Es para tener un pie adentro y hacerte ver por los pasillos del canal, nada más.

—¿Pero, y todo lo que yo sé? ¿Y mi experiencia europea…?

—Eso ya fue. Se agotó en el programa que hicimos hace dos años. Las matemáticas son un plomo, todo el mundo sabe inglés y los demás idiomas no interesan. Hoy necesitamos belleza y mucha piel a la vista. Buscá a un fotógrafo para que te  haga un “book” y empezá a promoverte en los canales y agencias. No veo otra forma.

Ayer estaba esperando para entrevistar a un político cuando en el televisor gigante del lobby del hotel  reconocí a  Karen. Desfilaba semidesnuda, yendo y viniendo  por la pasarela tan espléndida y segura de sí misma como en los tiempos del secundario, cuando compañeras maliciosas trataban infructuosamente de zaherirla llamándola “la chica con dones”. Un cartel sobreimpreso en la pantalla indicaba, como en las ferias de ganado fino, su nombre, edad, medidas y peso. El  desfile terminó con una placa que rezaba: “Moda TV – Contrataciones: Interno 1201”. Era una transmisión por circuito cerrado de un programa que graban allí para un canal de cable.

Desde una cabina llamé al interno y pregunté por Karen. Vino al teléfono y me dijo que subiera al salón donde estaban grabando.

Nos abrazamos con la emoción de un reencuentro al cabo de cinco años y le pregunté si seguía con las matemáticas y los idiomas; me contestó con cierta melancolía:

—De las matemáticas me aburrí, están “off”; seguí con el inglés y el portugués, los idiomas del mundo “fashion”, ¿vistes? (Sí, dijo “vistes”).

—¿Y te va bien?

—No es tan “cool” como creía pero no me quejo. Estos desfiles en bolas para la tele me los pagan bien. Además me venden como ningún otro medio para explotar otros dones que me producen buena guita.

—¿Aprendiste actuación?

Karen lanzó una carcajada que me sonó tan vulgar como su manera de expresarse; había una rara incongruencia entre su aspecto fulgurante y su lenguaje parecido a un esperanto —o, mejor, un esperpento— procaz. Mientras revolvía su bolso de cosméticos, sus herramientas de trabajo, me explicó:

—No, bolú; los pasajeros que te piden para un show privado: Don Antonio, industrial metalúrgico, Don Carlos, productor agropecuario…

Desparramó el variopinto contenido del bolso sobre la mesa; con manos que me parecieron nerviosas abrió una especie de monedero y me invitó:

—¿Querés una línea? Sin unos “sniffs” este laburo es “intólerabel”, ¿vistes?

Entre los cosméticos, el frasquito del polvo blanco y los accesorios para aspirarlo, brilló el celofán de una caja de condones.

 

 

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