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Jaime
no recordaba desde cuándo llevaba colgada la llave al cuello. Era una
llave ordinaria. De aluminio, para que no pesara ni se oxidara. De color
azul metalizado. De esas nuevas que hacen en 5 minutos en cualquier rincón
de cualquier gran almacén. Otros niños llevaban medallas y otros,
crucifijos. Su madre le había dicho que un día él también llevaría
una medalla o un crucifijo, pero que ahora era preferible que llevara la
llave al cuello para que no la perdiera. Tenía un cordón de cuero largo,
con un amarre que se podía extender y recoger a su antojo.
Cuando
le dieron la llave sus padres lo hicieron en una gran ceremonia: hijo, ya
eres mayor y es hora de que entres y salgas de la casa a tu antojo, cuando
llegues, sin que dependas de nadie. Así podrás aprender a ser
responsable, que es lo que hay que ser en la vida, una persona
responsable.
Jaime
lo asumió con la certeza de que diez años es una edad suficiente para
estar maduro, conocer los peligros de la vida y afrontar los nuevos retos
sin que nadie de los mayores, especialmente los que no pertenecían al círculo
familiar, le fueran diciendo lo que tenía que hacer.
Los
primeros días, cuando Jaime estrenaba la llave, deseaba que llegara el
final de las clases.
Llegaba
a la urbanización en la que vivía a las afueras de Sevilla montado en el
pequeño autobús que cubría su ruta en compañía de otros niños, que
no eran tan mayores como él, porque no tenían llave al cuello. Sólo tenían
medallas o crucifijos. Pero no tenían llaves ni siquiera en el bolsillo.
Sintió
el temor inicial de que la llave no funcionara. Alguien en el colegio le
había dicho que no siempre las llaves aceptan que se les hagan copias y
que expresan su venganza negándose a abrir las cerraduras. Pero no tuvo
problemas: separó con cuidado los dos nudos corredizos con los que se
cerraba el cordón de cuero que sujetaba la llave e inmediatamente ésta
estuvo a punto para ser introducida en la cerradura.
Al
primer momento, la casa le pareció silenciosa, pero al momento le
llegaron los olores de la normalidad. Quedaba un resto de olor a tostada
quemada, desde por la mañana; de la cocina también le llegó el áspero
olfato de platos resecos en el fregadero. Había en el ambiente restos de
betún de los zapatos, de colonia de su padre, de pintalabios de su madre,
de calcetines sudados, de lavadora sin poner. Pero también había olor a
pantalla de televisión.
El
olor a pantalla de televisión tiene muchos colores, pero sobre todo huele
a color rojo, y a color amarillo, pero no al olor de los plátanos, sino
al olor del sol cuando pasa a través de las ventanas, al verde de las
hojas de los libros; al azul del agua de las piscinas. Las televisiones
huelen al polvo que desprenden todos los objetos cuando se usan y un poco
a tinta de bolígrafo.
Se
le aprisionaron todos los olores en un momento, porque Jaime pensaba en
toda su casa de golpe. Era la primera vez que llegaba y abría con su
llave sin llamar al timbre y no encontraba a nadie. Y sintió apelotonados
todos los cuartos, y el salón y los platos y la ropa y la lavadora. Todo
en un momento. Y aprendió a distinguirlos para conocer por el olfato todo
lo que se escondía detrás de cada mota de olor.
En
el ambiente escuchó todos los sonidos de la nada: nada en el cuarto de
sus padres, nada en el cuarto de baño, nada en el salón. Sólo había
quedado el rastro sonoro de una persiana cerrándose, el sonoro crujido
del cajón de una cómoda, el muelle de una cerradura y el resto de
campanilla del microondas de la mañana.
Sin
novedad a la vista, ni al olfato ni al oído, Jaime cruzó el pasillo y
entró en la cocina para percibir el olor del silencio. Blanco el frigorífico,
blanco el lavavajillas, blanca la lavadora. Todo blanco. Al principio
sintió un poco de frío blanco entre las costillas.
Abrió
la nevera y encontró un papel blanco, frío, con instrucciones de
merienda, pero se comió un sobao blandito mientras bebía yogur liquido
directamente de la botella. Cada trago le resonaba en la garganta con la
crudeza de los huesos. Un ligero sabor a propiedad le inundó el cuerpo.
No quedaban apenas rastros de infancia, ni de colegio. Su cuerpo se
esparció por toda la casa: al fondo del pasillo su dormitorio; el baño
propio; el cuarto de ordenador y juegos, al que su padre llamaba (hasta
ahora) su despacho. No se atrevió a inundar con su cuerpo el dormitorio
de sus padres. Lo conocía y sentía como propio, pero decidió no tomar
posesión por el momento. La casa era grande, pero había tiempo, mucho
tiempo.
Entró
al salón con despreocupación. No tenía zapatos, habían quedado en la
cocina. En los labios tenía una ligera sonrisa ampliada con los restos
del yogur liquido a los que no llegaba la lengua. En la pared amplia, como
un cuadro, estaba el plasma.
Sus
amigos, aquellos que habían acudido algún fin de semana a su casa o que
habían compartido el ultimo cumpleaños, le envidiaban el televisor. Ese
tan grande por el que un día, les había contado, vio caer un poco de
tela de araña mientras ponían Spiderman. El realismo era absoluto. Se
había tenido que esforzar mucho en aprender a manejar cada uno de los
mandos que formaban todo el entramado televisivo: el mando del volumen, el
de la pantalla, el del video, el del canal satélite... Cada mando tenía
que apuntar a un sitio, cada mando tenía una función, pero todos juntos
reunían la magia de la televisión.
Fue encendiendo cada uno de los aparatos y esperó a que todos
juntos le ofrecieran la imagen que quería ver esa tarde. Cambió de canal
cuatro veces, cambio el volumen tres veces, puso los pies en el sofá y
permaneció inmóvil hasta que todos los recuerdos del día le obligaron a
cerrar los ojos.
No
tuvo miedo, porque una voz lejana, mientras dormía, acariciaba sus sueños.
La voz le dio las buenas tardes, le acarició el pelo, le preguntó si había
merendado y le contó un cuento.
Cuando
sus padres llegaron lo encontraron dormido en el sofá. Soñaba que sus
padres le cogían en brazos, le cambiaban el pijama y lo metían en la
cama. Soñó que dormía toda la noche mientras su madre le contaba un
cuento. Por la mañana, la voz de su madre le despertó.
Levantó
su mano todavía entumecida por el sueño y tocó la llave que llevaba al
cuello. Y encontró seguridad.
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del concurso "La televisión y las letras"
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