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"La televisión y las letras":

Cuento elegido por El Escriba

 

La llave

de Isidro Cuberos, Madrid, España.

 

Jaime no recordaba desde cuándo llevaba colgada la llave al cuello. Era una llave ordinaria. De aluminio, para que no pesara ni se oxidara. De color azul metalizado. De esas nuevas que hacen en 5 minutos en cualquier rincón de cualquier gran almacén. Otros niños llevaban medallas y otros, crucifijos. Su madre le había dicho que un día él también llevaría una medalla o un crucifijo, pero que ahora era preferible que llevara la llave al cuello para que no la perdiera. Tenía un cordón de cuero largo, con un amarre que se podía extender y recoger a su antojo.

Cuando le dieron la llave sus padres lo hicieron en una gran ceremonia: hijo, ya eres mayor y es hora de que entres y salgas de la casa a tu antojo, cuando llegues, sin que dependas de nadie. Así podrás aprender a ser responsable, que es lo que hay que ser en la vida, una persona responsable.

Jaime lo asumió con la certeza de que diez años es una edad suficiente para estar maduro, conocer los peligros de la vida y afrontar los nuevos retos sin que nadie de los mayores, especialmente los que no pertenecían al círculo familiar, le fueran diciendo lo que tenía que hacer.

Los primeros días, cuando Jaime estrenaba la llave, deseaba que llegara el final de las clases.

Llegaba a la urbanización en la que vivía a las afueras de Sevilla montado en el pequeño autobús que cubría su ruta en compañía de otros niños, que no eran tan mayores como él, porque no tenían llave al cuello. Sólo tenían medallas o crucifijos. Pero no tenían llaves ni siquiera en el bolsillo.

Sintió el temor inicial de que la llave no funcionara. Alguien en el colegio le había dicho que no siempre las llaves aceptan que se les hagan copias y que expresan su venganza negándose a abrir las cerraduras. Pero no tuvo problemas: separó con cuidado los dos nudos corredizos con los que se cerraba el cordón de cuero que sujetaba la llave e inmediatamente ésta estuvo a punto para ser introducida en la cerradura.

Al primer momento, la casa le pareció silenciosa, pero al momento le llegaron los  olores de la normalidad. Quedaba un resto de olor a tostada quemada, desde por la mañana; de la cocina también le llegó el áspero olfato de platos resecos en el fregadero. Había en el ambiente restos de betún de los zapatos, de colonia de su padre, de pintalabios de su madre, de calcetines sudados, de lavadora sin poner. Pero también había olor a pantalla de televisión.

El olor a pantalla de televisión tiene muchos colores, pero sobre todo huele a color rojo, y a color amarillo, pero no al olor de los plátanos, sino al olor del sol cuando pasa a través de las ventanas, al verde de las hojas de los libros; al azul del agua de las piscinas. Las televisiones huelen al polvo que desprenden todos los objetos cuando se usan y un poco a tinta de bolígrafo.

Se le aprisionaron todos los olores en un momento, porque Jaime pensaba en toda su casa de golpe. Era la primera vez que llegaba y abría con su llave sin llamar al timbre y no encontraba a nadie. Y sintió apelotonados todos los cuartos, y el salón y los platos y la ropa y la lavadora. Todo en un momento. Y aprendió a distinguirlos para conocer por el olfato todo lo que se escondía detrás de cada mota de olor.

En el ambiente escuchó todos los sonidos de la nada: nada en el cuarto de sus padres, nada en el cuarto de baño, nada en el salón. Sólo había quedado el rastro sonoro de una persiana cerrándose, el sonoro crujido del cajón de una cómoda, el muelle de una cerradura y el resto de campanilla del microondas de la mañana.

Sin novedad a la vista, ni al olfato ni al oído, Jaime cruzó el pasillo y entró en la cocina para percibir el olor del silencio. Blanco el frigorífico, blanco el lavavajillas, blanca la lavadora. Todo blanco. Al principio sintió un poco de frío blanco entre las costillas.

Abrió la nevera y encontró un papel blanco, frío, con instrucciones de merienda, pero se comió un sobao blandito mientras bebía yogur liquido directamente de la botella. Cada trago le resonaba en la garganta con la crudeza de los huesos. Un ligero sabor a propiedad le inundó el cuerpo. No quedaban apenas rastros de infancia, ni de colegio. Su cuerpo se esparció por toda la casa: al fondo del pasillo su dormitorio; el baño propio; el cuarto de ordenador y juegos, al que su padre llamaba (hasta ahora) su despacho. No se atrevió a inundar con su cuerpo el dormitorio de sus padres. Lo conocía y sentía como propio, pero decidió no tomar posesión por el momento. La casa era grande, pero había tiempo, mucho tiempo.

Entró al salón con despreocupación. No tenía zapatos, habían quedado en la cocina. En los labios tenía una ligera sonrisa ampliada con los restos del yogur liquido a los que no llegaba la lengua. En la pared amplia, como un cuadro, estaba el plasma.

Sus amigos, aquellos que habían acudido algún fin de semana a su casa o que habían compartido el ultimo cumpleaños, le envidiaban el televisor. Ese tan grande por el que un día, les había contado, vio caer un poco de tela de araña mientras ponían Spiderman. El realismo era absoluto. Se había tenido que esforzar mucho en aprender a manejar cada uno de los mandos que formaban todo el entramado televisivo: el mando del volumen, el de la pantalla, el del video, el del canal satélite... Cada mando tenía que apuntar a un sitio, cada mando tenía una función, pero todos juntos reunían la magia de la televisión.

Fue  encendiendo cada uno de los aparatos y esperó a que todos juntos le ofrecieran la imagen que quería ver esa tarde. Cambió de canal cuatro veces, cambio el volumen tres veces, puso los pies en el sofá y permaneció inmóvil hasta que todos los recuerdos del día le obligaron a cerrar los ojos.

No tuvo miedo, porque una voz lejana, mientras dormía, acariciaba sus sueños. La voz le dio las buenas tardes, le acarició el pelo, le preguntó si había merendado y le contó un cuento.

Cuando sus padres llegaron lo encontraron dormido en el sofá. Soñaba que sus padres le cogían en brazos, le cambiaban el pijama y lo metían en la cama. Soñó que dormía toda la noche mientras su madre le contaba un cuento. Por la mañana, la voz de su madre le despertó.

Levantó su mano todavía entumecida por el sueño y tocó la llave que llevaba al cuello. Y encontró seguridad.

 

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