Principal
Qué es El Escriba
Talleres
Concursos de El Escriba
Notas
Textos seleccionados
Frases sobre escritura y creación
Informacion y concursos
Ejercicios de escritura
Dicen los escribas
Corresponsales
Suscripciones
Servicios de redacción
Contenidos
Los libros de EL ESCRIBA
Contacto

"La televisión y las letras":

Cuento elegido por El Escriba

 

Aprendizaje

de Lidia B. Castro Hernando, Mar del Plata, Provincia de Buenos Aires, Argentina.

 

Indudablemente, la televisión es educativa.

Un gato negro se cruzó delante mío. No es que yo sea prejuiciosa pero me dio un escalofrío. Había hecho este camino cientos de veces. Siempre de noche, de vuelta del bar adonde trabajo. Conocía cada puerta. Conocía cada adoquín suelto y cada farol quemado. Siempre sentí predilección por los gatos. De cualquier color. Pero esta vez presentí algo extraño.

Empecé a canturrear la última canción de Sabina. No sabía toda la letra. Lo suficiente como para sentirme acompañada en la negrura de las 2 de la madrugada. Estaba cansada, muy cansada. Había sido un día terrible, de esos en que los clientes se ponen pesados, ruidosos y mal hablados. Más de lo acostumbrado. Y yo ya no quería más. Necesitaba el calor conocido de mi cama, mi salto de cama color manzana, una taza de leche caliente con cognac y una película de miedo en la tele. Esas cosas siempre me permitían dormir con placidez.

Faltaban dos cuadras para mi casa. Y al llegar a la primera esquina me sorprendió la aparición de un bulto oscuro e indefinido. No me dio tiempo a nada. El tipo, desmesurado como un container, alzó dos potentes garfios de cinco dedos cada uno que aprisionaron mis brazos. Yo, siempre preparada para una eventualidad como esa, con mi spray de pimienta en un bolsillo, mi navaja automática en el cierre exterior de mi cartera y mi rodilla derecha virtualmente dirigida como flecha a sus testículos, me quedé estática y con la mente en blanco. Secuestrada por el miedo. Con una mano, no sé cuál, me tiro del pelo hacia atrás y me pasó una lengua cremosa por la cara. El asco me atravesó como un rayo y con mi mano derecha liberada no sé cómo ni cuándo, lo golpeé en la garganta, creo. De ahí en más, sólo atiné a salir corriendo. Volaba. No sentí que mis pies tocaran el piso. Mi mano derecha golpeaba cada tanto la pared o una puerta, pero por primera vez en la vida, me parecía que era liviana como algodón. No creo haber emitido ni un sonido, muda voladora. Sólo quería desaparecer, como si hubiese hecho algo pecaminoso. Escuchaba gritos detrás de mí, golpes de botas, retumbar de tambores…

A las 3 cuadras, todo el ruido fue disminuyendo y me di cuenta de que el tum tum era el de mi corazón todavía aterrado. Por supuesto, había dejado atrás mi casa, que siempre estaba con el televisor encendido para que todos creyeran que había alguien. Ingenua seguridad de entrecasa. No quería que él supiera adónde era. Me escondí en un zaguán que conocía al pasar cuando iba al parque, generalmente a la luz del sol. Y esperé. Y esperé. Y esperé. Y cuando mis tambores cesaron me senté en el piso de baldosas frías. Ahí me parecía seguro.

Madrugó. Tengo mi cartera, no estoy lastimada, me dije. La rodilla no la utilicé, la pimienta y la navaja podrán servir para otra vez. Eran las 5. Volví a mi casa y dormí hasta el día siguiente. Sobreviví.

Todavía me estoy preguntando de qué película de Chuck Norris o Van Damme saqué el magnífico y potente golpe de mano en la tráquea. Sí. La televisión es educativa al fin y al cabo.

 

Volver a la página del concurso "La televisión y las letras"