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Indudablemente, la televisión es educativa.
Un gato negro se cruzó delante mío. No es que yo sea
prejuiciosa pero me dio un escalofrío. Había hecho este camino cientos
de veces. Siempre de noche, de vuelta del bar adonde trabajo. Conocía
cada puerta. Conocía cada adoquín suelto y cada farol quemado. Siempre
sentí predilección por los gatos. De cualquier color. Pero esta vez
presentí algo extraño.
Empecé a canturrear la última canción de Sabina. No
sabía toda la letra. Lo suficiente como para sentirme acompañada en la
negrura de las 2 de la madrugada. Estaba cansada, muy cansada. Había sido
un día terrible, de esos en que los clientes se ponen pesados, ruidosos y
mal hablados. Más de lo acostumbrado. Y yo ya no quería más. Necesitaba
el calor conocido de mi cama, mi salto de cama color manzana, una taza de
leche caliente con cognac y una película de miedo en la tele. Esas cosas
siempre me permitían dormir con placidez.
Faltaban dos cuadras para mi casa. Y al llegar a la
primera esquina me sorprendió la aparición de un bulto oscuro e
indefinido. No me dio tiempo a nada. El tipo, desmesurado como un
container, alzó dos potentes garfios de cinco dedos cada uno que
aprisionaron mis brazos. Yo, siempre preparada para una eventualidad como
esa, con mi spray de pimienta en un bolsillo, mi navaja automática en el
cierre exterior de mi cartera y mi rodilla derecha virtualmente dirigida
como flecha a sus testículos, me quedé estática y con la mente en
blanco. Secuestrada por el miedo. Con una mano, no sé cuál, me tiro del
pelo hacia atrás y me pasó una lengua cremosa por la cara. El asco me
atravesó como un rayo y con mi mano derecha liberada no sé cómo ni cuándo,
lo golpeé en la garganta, creo. De ahí en más, sólo atiné a salir
corriendo. Volaba. No sentí que mis pies tocaran el piso. Mi mano derecha
golpeaba cada tanto la pared o una puerta, pero por primera vez en la
vida, me parecía que era liviana como algodón. No creo haber emitido ni
un sonido, muda voladora. Sólo quería desaparecer, como si hubiese hecho
algo pecaminoso. Escuchaba gritos detrás de mí, golpes de botas,
retumbar de tambores…
A las 3 cuadras, todo el ruido fue disminuyendo y me
di cuenta de que el tum tum era el de mi corazón todavía aterrado. Por
supuesto, había dejado atrás mi casa, que siempre estaba con el
televisor encendido para que todos creyeran que había alguien. Ingenua
seguridad de entrecasa. No quería que él supiera adónde era. Me escondí
en un zaguán que conocía al pasar cuando iba al parque, generalmente a
la luz del sol. Y esperé. Y esperé. Y esperé. Y cuando mis tambores
cesaron me senté en el piso de baldosas frías. Ahí me parecía seguro.
Madrugó. Tengo mi cartera, no estoy lastimada, me
dije. La rodilla no la utilicé, la pimienta y la navaja podrán servir
para otra vez. Eran las 5. Volví a mi casa y dormí hasta el día
siguiente. Sobreviví.
Todavía me estoy preguntando de qué película de
Chuck Norris o Van Damme saqué el magnífico y potente golpe de mano en
la tráquea. Sí. La televisión es educativa al fin y al cabo.
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del concurso "La televisión y las letras"
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