|
La
fase final de la enfermedad duró tres semanas. Fase final, además, no
lejana del propio anuncio de la enfermedad. De modo que Elba, si bien pudo
sospechar en algún momento que aquella sería la forma de su muerte, difícilmente
creyera tan próximo el final. Durante
su agravamiento, dos veces al día la visitaba
una enfermera, y la médica cada dos o tres días. La misma médica
que explicó a José que la situación no mejoraría con una internación.
José decidió que permanecerían en su casa, tuvo que pedir en la fábrica
que le adelantaran las vacaciones.
Él
también fue rápido con la enfermedad, la aceptó pronto. Las
dificultades con el hijo o el
vacío matrimonial, para él no
significaban nunca, más que la necesidad de despreocuparse y seguir con
su vida. Bastante problema era el trabajo, con sus doce horas de lunes a
viernes y medio día de los sábados. Nadie podía negarle que siempre
supo cuidar el trabajo que le permitía mantener su familia. Sus lujos
eran ir a la excursión de pesca el primer fin de semana de cada mes y los
domingos a la tarde jugar al truco por
monedas en el bar del club vecinal.
En
aquella licencia obligada, como en las largas vacaciones de febrero de
cada año, a José le sobraba el tiempo. Sufría el exceso de
tiempo disponible. Por
la mañana le avisaba a Elba que iba a la esquina a buscar el diario y
ella lo miraba lejana. Cuando
volvía preparaba el té con
limón y galletitas de agua para Elba, la ayudaba a tomarlo
y después se llevaba el mate y el diario al lado del ventanal de
la cocina, leía hasta media mañana. Pese a
su gravedad, Elba requería cuidados mínimos, las tomas de los
medicamentos, el control de la sonda y poco más. Buscando qué hacer
hasta la hora del almuerzo, encontró
bueno y sano dar caminatas alrededor del patio del fondo.
La médica
les había anunciado a los dos que la enfermedad era grave y a José por
separado que era terminal. No había hablado de un plazo de vida definido.
Los días posteriores al anuncio no fueron diferentes de la vida
que vivían últimamente. Elba soportaba los moderados dolores –sufría
desde hacía algún tiempo leves síntomas– como soportaba las tareas
domésticas y José trabajaba todo el día. Pero fue entonces
que Elba empeoró
repentinamente, como si respondiera obediente al dictamen médico. Pronto
fue como un accidente geográfico de la cama, casi inmóvil. Un domingo
hacia la tarde se descompuso, padeció vómitos y cólicos toda la noche y
ya no se levantó más. José les comentaba a los vecinos que se acercaban
a preguntar “andaba con problemas desde hacía unos meses, el domingo se
descompuso y se vino abajo,
está ahí tirada en la cama como un trapo, casi ni hablar”. Fue
entonces ese lunes que José
tomó licencia en el trabajo y llamó por teléfono a Julio, el único
hijo de la familia, que vivía en España desde hacía seis
años. De las tres semanas que vivió Elba desde que la enfermedad
hiciera crisis ese domingo, durante la primera permaneció casi todo el
tiempo hundida en el sueño.
Debía
acostumbrarse José a aquella nueva vida sin Elba andando por la casa.
Retomó sus prácticas culinarias (había trabajado como cocinero
en su juventud). Obligado a permanecer en la casa, mataba parte del tiempo
disponible en el ejercicio de recetas abundantes en carnes, cebollas y
condimentos. Muchas veces probaba y aunque le gustara el plato tiraba la
mayor parte, porque en aquel tiempo andaba sin apetito y porque Elba no
tomaba más que el te y alguna sopa con queso y fideos.
Entre
aquellas rutinas del diario, las caminatas, las comidas, conservaba su
vieja rutina, su único hábito televisivo: el noticiero de las ocho de la
noche, al que podía sumar ahora el del mediodía. La familia siempre supo
que esa hora requería silencio. Durante esa hora, las únicas voces
posibles en la casa eran las de los locutores del informativo y la de algún
comentario del padre, que madre e hijo escuchaban sin
opinar.
El
estado de Elba permaneció estable toda aquella semana. Hacia el atardecer
del lunes siguiente, mientras releía el diario en la cocina, José escuchó
que Elba lo llamaba: “ viejo son las siete”. No creyó lo que oía,
hasta que Elba lo llamó por segunda vez. Se acercó al cuarto lentamente
y se asomó por la puerta entreabierta. Elba tenía los ojos bien
abiertos. José se sentó al borde la cama, aún perplejo. Vio que el
reloj despertador de la mesa de luz marcaba las siete en punto. “Viejo,
¿podrás traer la tele a la pieza?, a estar hora empieza la novela que yo
miro”. José dijo “sí la traigo ¿cómo no?, ¿pero qué novela ves
vos?”. Elba le contestó que que era una novela
que estaban repitiendo, que ella ya había visto hacía unos años.
José asintió como si entendiera, debió esforzarse para levantarse de la
cama y se dirigió a la cocina pensando cómo haría llegar el cable hasta
el dormitorio.
Siete
y cinco estaba sintonizado el canal de la telenovela. Elba fijó la atención
en el televisor y otra vez parecía ausente. José le ofreció un té y
fue a prepararlo a la cocina. Lo sirvió en la mesita portátil y se sentó
en el borde la cama. En ese momento la novela ofrecía el clásico momento
de tensión entre los que deberían ser los protagonistas de la historia.
Resuelta la tensión, José intentó el primer acercamiento al drama: “¿por
qué le dijo eso el tipo?”. Elba mientras seguía otro diálogo en la
pantalla, le explicó brevemente. José siguió sentado durante dos
bloques más, al siguiente se levantó con un bufido y fue a la cocina a
calentar agua para el mate.
Después
de aquel día, a diferencia de la semana anterior, Elba permanecía
despierta toda la mañana. A la mañana siguiente le preguntó al marido
por el hijo. Por la tarde despertó de la siesta y, luego de mirar por
unos instantes un adorno de porcelana de la mesa de luz, preguntó por una
prima a la que no veía desde hacía años. José dudaba si ella escuchaba
lo que él le contestaba, porque después de preguntar desviaba la mirada.
Por momentos José creyó que Elba, de alguna manera,
volvía de aquel profundo sueño.
Sin que José entendiera cómo, toda la semana –y también la
siguiente– Elba nunca demoró su siesta más allá de las siete. Lo
mismo el sábado y el domingo, pero como esos días no se emitía la
telenovela, tomaba el té y
luego se dormía.
Por
las mañanas o durante algún corte comercial de la telenovela
Elba repetía –con ligeras variantes– las preguntas sobre el
hijo y la prima. En
esos días, esas pocas palabras que pronunciaba
eran casi todas sus palabras. Para medir la lucidez de su esposa,
José se interiorizaba y le preguntaba sobre el melodrama, ella respondía
esas preguntas concisa y coherente. Las preguntas por la trama, los viejos
recursos (nuevos para él) de la vieja telenovela y sobretodo, quizás,
los grandes ojos negros de la protagonista hicieron presa de José. Supo
que la prima de la heroína jugaba un rol central en la historia a partir
de un engaño. Creyó entender las preguntas de Elba por su prima, aunque
no podía entender.
Elba
había reincidido en la
novela el lunes. Bastaron ese lunes y el martes para que la telenovela
venciera a José. Cada día –hasta el viernes de la siguiente semana–
ubicaba la silla al lado de la cama y atento seguía el desarrollo de la
historia.
Nunca
se hubiese dicho José, ese miércoles, que esperaba la hora de la
telenovela. Él se decía que debía acompañar a su mujer.
Inconfesablemente lo asaltaron durante su caminata matinal, imágenes de
los protagonistas, intuía un conflicto y lo intrigaba su resolución.
Cierta impaciencia lo ganó al acercarse la hora y antes de las siete cargó
la bandejita anaranjada con el mate para él y el té para Elba y se
acomodó al borde de la cama. De algún modo, disfrutaba los cortos diálogos
con su esposa sobre aquella historia, que ella le explicara, lacónica,
pormenores de la trama que él aún no entendía. Ya no lo inquietaban, en
algunos cortes, las consabidas preguntas sobre el hijo y la prima, que a
veces ni contestaba.
Durante
dos semanas se repitió el cuadro del matrimonio frente al televisor: el
mate y el té sobre la bandeja, algunos diálogos y algunas preguntas
conocidas, a la vez que se
repetían en la novela ciertos encuentros y desencuentros que empezaban de
decepcionar a José. Como fuera, durante dos semanas compartieron la
telenovela.
Elba
murió el domingo a las nueve de la mañana, poco después de que la
enfermera le aplicara una inyección. Al día siguiente, antes del
entierro llegó el hijo. Dijo que no se imaginaba que la situación fuera
tan grave. El padre no quiso contestarle que en la última llamada él le
había explicado que la situación era grave.
Julio
volvería a España al día siguiente por la mañana. José le contó en
pocas palabras cómo fue la convalecencia de la madre. El hijo habló de
lo bien que estaba en España, de su nuevo trabajo como programador de
sistemas en una importante empresa de Barcelona, de su novia española
Luz. A las siete José preparó
la cena, abrió una lata de sardinas que mezcló con cebollas y después
horneó milanesas con papas. Se sentaron a la mesa y no encontraban qué
decirse. José encendió el televisor (otra vez en la cocina) con el
control remoto. Recorrió los canales, el hijo le preguntó si buscaba el
noticiero, José le dijo que no, que el informativo empezaba a las ocho.
Pasó por el canal de la telenovela y se detuvo unos instantes, hasta que
notó que el hijo lo miraba desde el otro extremo de la mesa. Le explicó:
“tu madre miraba esta telenovela, se estaba muriendo pero no se la perdía,
yo a veces la acompañaba”.
Julio volvió a mirar el televisor y le dijo “no te puedo creer, vos sabés
que en España dieron esta novela hace un par de años, era un éxito, la
veía medio Barcelona. Luz también la seguía, y yo de tanto cenar con la
novela me enganché. Bueno, la verdad es que está bastante buena ¿o no
viejo?”, le preguntó sonriente. El padre alzó las cejas con
indiferencia. Los dos quedaron pensativos y después de un instante César
dijo “no te puedo creer, si yo hubiese venido unos días antes, por ahí
los tres nos íbamos a sentar a ver la novela”. El padre miraba el vacío,
alzó otra vez las cejas, se paró y se puso a levantar los platos,
bostezó y le dijo al hijo que lavaba los platos y se iba a dormir, que al
otro día se tenían que levantar temprano.
Volver a la página
del concurso "La televisión y las letras"
|