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"La televisión y las letras":

Cuento elegido por El Escriba

 

A las siete

de Marcelo Luis Bianchi, Boulogne, Provincia de Buenos Aires, Argentina.

 

La fase final de la enfermedad duró tres semanas. Fase final, además, no lejana del propio anuncio de la enfermedad. De modo que Elba, si bien pudo sospechar en algún momento que aquella sería la forma de su muerte, difícilmente creyera tan próximo el final.  Durante su agravamiento, dos veces al día la visitaba  una enfermera, y la médica cada dos o tres días. La misma médica que explicó a José que la situación no mejoraría con una internación. José decidió que permanecerían en su casa, tuvo que pedir en la fábrica que le adelantaran las vacaciones.

Él también fue rápido con la enfermedad, la aceptó pronto. Las dificultades con el  hijo o el vacío matrimonial, para él  no significaban nunca, más que la necesidad de despreocuparse y seguir con su vida. Bastante problema era el trabajo, con sus doce horas de lunes a viernes y medio día de los sábados. Nadie podía negarle que siempre supo cuidar el trabajo que le permitía mantener su familia. Sus lujos eran ir a la excursión de pesca el primer fin de semana de cada mes y los domingos a la tarde jugar al truco por  monedas en el bar del club vecinal.

En aquella licencia obligada, como en las largas vacaciones de febrero de cada año, a José le sobraba el tiempo. Sufría el exceso de  tiempo disponible.  Por la mañana le avisaba a Elba que iba a la esquina a buscar el diario y ella lo miraba  lejana. Cuando volvía  preparaba el té con limón y galletitas de agua para Elba, la ayudaba a tomarlo  y después se llevaba el mate y el diario al lado del ventanal de la cocina, leía hasta media mañana. Pese a  su gravedad, Elba requería cuidados mínimos, las tomas de los medicamentos, el control de la sonda y poco más. Buscando qué hacer hasta la hora del almuerzo,  encontró bueno y sano dar caminatas alrededor del patio del fondo.

La médica les había anunciado a los dos que la enfermedad era grave y a José por separado que era terminal. No había hablado de un plazo de vida definido.  Los días posteriores al anuncio no fueron diferentes de la vida que vivían últimamente. Elba soportaba los moderados dolores –sufría desde hacía algún tiempo leves síntomas– como soportaba las tareas domésticas y José trabajaba todo el día. Pero fue entonces  que  Elba empeoró repentinamente, como si respondiera obediente al dictamen médico. Pronto fue como un accidente geográfico de la cama, casi inmóvil. Un domingo hacia la tarde se descompuso, padeció vómitos y cólicos toda la noche y ya no se levantó más. José les comentaba a los vecinos que se acercaban a preguntar “andaba con problemas desde hacía unos meses, el domingo se descompuso  y se vino abajo, está ahí tirada en la cama como un trapo, casi ni hablar”. Fue entonces ese lunes  que José tomó licencia en el trabajo y llamó por teléfono a Julio, el único hijo de la familia, que vivía en España desde hacía seis  años. De las tres semanas que vivió Elba desde que la enfermedad hiciera crisis ese domingo, durante la primera permaneció casi todo el tiempo hundida en el sueño.

Debía acostumbrarse José a aquella nueva vida sin Elba andando por la casa.  Retomó sus prácticas culinarias (había trabajado como cocinero en su juventud). Obligado a permanecer en la casa, mataba parte del tiempo disponible en el ejercicio de recetas abundantes en carnes, cebollas y condimentos. Muchas veces probaba y aunque le gustara el plato tiraba la mayor parte, porque en aquel tiempo andaba sin apetito y porque Elba no tomaba más que el te y alguna sopa con queso y fideos.

Entre aquellas rutinas del diario, las caminatas, las comidas, conservaba su vieja rutina, su único hábito televisivo: el noticiero de las ocho de la noche, al que podía sumar ahora el del mediodía. La familia siempre supo que esa hora requería silencio. Durante esa hora, las únicas voces posibles en la casa eran las de los locutores del informativo y la de algún comentario del padre, que madre e hijo escuchaban sin  opinar.

El estado de Elba permaneció estable toda aquella semana. Hacia el atardecer del lunes siguiente, mientras releía el diario en la cocina, José escuchó que Elba lo llamaba: “ viejo son las siete”. No creyó lo que oía, hasta que Elba lo llamó por segunda vez. Se acercó al cuarto lentamente y se asomó por la puerta entreabierta. Elba tenía los ojos bien abiertos. José se sentó al borde la cama, aún perplejo. Vio que el reloj despertador de la mesa de luz marcaba las siete en punto. “Viejo, ¿podrás traer la tele a la pieza?, a estar hora empieza la novela que yo miro”. José dijo “sí la traigo ¿cómo no?, ¿pero qué novela ves vos?”. Elba le contestó que que era una novela  que estaban repitiendo, que ella ya había visto hacía unos años. José asintió como si entendiera, debió esforzarse para levantarse de la cama y se dirigió a la cocina pensando cómo haría llegar el cable hasta el dormitorio.

Siete y cinco estaba sintonizado el canal de la telenovela. Elba fijó la atención en el televisor y otra vez parecía ausente. José le ofreció un té y fue a prepararlo a la cocina. Lo sirvió en la mesita portátil y se sentó en el borde la cama. En ese momento la novela ofrecía el clásico momento de tensión entre los que deberían ser los protagonistas de la historia. Resuelta la tensión, José intentó el primer acercamiento al drama: “¿por qué le dijo eso el tipo?”. Elba mientras seguía otro diálogo en la pantalla, le explicó brevemente. José siguió sentado durante dos bloques más, al siguiente se levantó con un bufido y fue a la cocina a calentar agua para el mate.

Después de aquel día, a diferencia de la semana anterior, Elba permanecía despierta toda la mañana. A la mañana siguiente le preguntó al marido por el hijo. Por la tarde despertó de la siesta y, luego de mirar por unos instantes un adorno de porcelana de la mesa de luz, preguntó por una prima a la que no veía desde hacía años. José dudaba si ella escuchaba lo que él le contestaba, porque después de preguntar desviaba la mirada. Por momentos José creyó que Elba, de alguna manera,  volvía de aquel profundo sueño.  Sin que José entendiera cómo, toda la semana –y también la siguiente– Elba nunca demoró su siesta más allá de las siete. Lo mismo el sábado y el domingo, pero como esos días no se emitía la telenovela,  tomaba el té y  luego se dormía.

Por las mañanas o durante algún corte comercial de la telenovela  Elba repetía –con ligeras variantes– las preguntas sobre el hijo y la prima.   En esos días, esas pocas palabras que pronunciaba  eran casi todas sus palabras. Para medir la lucidez de su esposa, José se interiorizaba y le preguntaba sobre el melodrama, ella respondía esas preguntas concisa y coherente. Las preguntas por la trama, los viejos recursos (nuevos para él) de la vieja telenovela y sobretodo, quizás, los grandes ojos negros de la protagonista hicieron presa de José. Supo que la prima de la heroína jugaba un rol central en la historia a partir de un engaño. Creyó entender las preguntas de Elba por su prima, aunque no podía entender.

Elba había reincidido en  la novela el lunes. Bastaron ese lunes y el martes para que la telenovela venciera a José. Cada día –hasta el viernes de la siguiente semana– ubicaba la silla al lado de la cama y atento seguía el desarrollo de la historia.

Nunca se hubiese dicho José, ese miércoles, que esperaba la hora de la telenovela. Él se decía que debía acompañar a su mujer. Inconfesablemente lo asaltaron durante su caminata matinal, imágenes de los protagonistas, intuía un conflicto y lo intrigaba su resolución. Cierta impaciencia lo ganó al acercarse la hora y antes de las siete cargó la bandejita anaranjada con el mate para él y el té para Elba y se acomodó al borde de la cama. De algún modo, disfrutaba los cortos diálogos  con su esposa sobre aquella historia, que ella le explicara, lacónica, pormenores de la trama que él aún no entendía. Ya no lo inquietaban, en algunos cortes, las consabidas preguntas sobre el hijo y la prima, que a veces ni contestaba.

Durante dos semanas se repitió el cuadro del matrimonio frente al televisor: el mate y el té sobre la bandeja, algunos diálogos y algunas preguntas conocidas, a la vez que   se repetían en la novela ciertos encuentros y desencuentros que empezaban de decepcionar a José. Como fuera, durante dos semanas compartieron la telenovela.

Elba murió el domingo a las nueve de la mañana, poco después de que la enfermera le aplicara una inyección. Al día siguiente, antes del entierro llegó el hijo. Dijo que no se imaginaba que la situación fuera tan grave. El padre no quiso contestarle que en la última llamada él le había explicado que la situación era grave.

Julio volvería a España al día siguiente por la mañana. José le contó en pocas palabras cómo fue la convalecencia de la madre. El hijo habló de lo bien que estaba en España, de su nuevo trabajo como programador de sistemas en una importante empresa de Barcelona, de su novia española Luz. A las siete  José preparó la cena, abrió una lata de sardinas que mezcló con cebollas y después horneó milanesas con papas. Se sentaron a la mesa y no encontraban qué decirse. José encendió el televisor (otra vez en la cocina) con el control remoto. Recorrió los canales, el hijo le preguntó si buscaba el noticiero, José le dijo que no, que el informativo empezaba a las ocho. Pasó por el canal de la telenovela y se detuvo unos instantes, hasta que notó que el hijo lo miraba desde el otro extremo de la mesa. Le explicó: “tu madre miraba esta telenovela, se estaba muriendo pero no se la perdía, yo a  veces la acompañaba”. Julio volvió a mirar el televisor y le dijo “no te puedo creer, vos sabés que en España dieron esta novela hace un par de años, era un éxito, la veía medio Barcelona. Luz también la seguía, y yo de tanto cenar con la novela me enganché. Bueno, la verdad es que está bastante buena ¿o no viejo?”, le preguntó sonriente. El padre alzó las cejas con indiferencia. Los dos quedaron pensativos y después de un instante César dijo “no te puedo creer, si yo hubiese venido unos días antes, por ahí los tres nos íbamos a sentar a ver la novela”. El padre miraba el vacío,  alzó otra vez las cejas, se paró y se puso a levantar los platos, bostezó y le dijo al hijo que lavaba los platos y se iba a dormir, que al otro día se tenían que levantar temprano.

 

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