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"Soy un clon":

Cuento elegido por El Escriba

 

 

MIRÉ AL OTRO

por Esteban Hernán Costa, de Ciudad de Buenos Aires

 

   -“Soy un clon”- repetía insistentemente entre sollozos la famosa diva,  conductora octogenaria de los mediodías de la televisión argentina, frente a un sínodo de cámaras y flashes, que acudían ante tan ingrata noticia.

 El recinto de semejante declaración pública no podía ser menos importante. Era el propio salón oval del ex Congreso de la Nación, donde una comisión bicameral dependiente del senado de los Estados Unidos de Toda América, asesorada por un destacado plantel de científicos internacionales, sesionaba desde hacía una semana.

   Mientras su imagen desdibujada se proyectaba a través de los distintos televisores de la estación C.Pellegrini de la línea D del subterráneo, entré al vagón llevado por la marea humana que se aglutinaba alrededor del andén. Algunos de los pasajeros llevaban consigo los últimos ejemplares agotados de la edición vespertina del   “Buenos Aires Times”, el único periódico de la ciudad.

     A pesar de los codazos y manos que volaban hiperbólicamente, pude leer los títulos de la primera página, por encima del hombro de una obesa mujer, que incrustaba a cada rato su cartera contra mi falsa costilla.

    En la misma se reseñaban todas las instancias por las que se llegó al hallazgo del Patrón genético Gbx-12, que determinaba la imposibilidad  de la existencia de los gemelos monovitelinos o idénticos, procedentes de un solo huevo, por lo tanto los mismos no eran fruto de un proceso natural, sino de la intervención de una droga secreta para desdoblar genes. Esta se había esparcido por el mundo hacia principios del siglo veinte a través de sustancias tan inocuas como el aceite de ricino y la leche de magnesia.

    Por un instante pensé : ¿en qué podía afectar esto a la humanidad?, pero al seguir leyendo constaté que uno de los gemelos, “el clon” consumía mayor cantidad de aire y agua que un ser humano normal, produciendo mayor cantidad de monóxido de carbono, enrareciendo la atmósfera............ “¡Hasta podría ser uno de los factores decisivos por el cual, aumentaba día a día el agujero en la  capa de ozono!”- rezaba el artículo.

   Cuando el subte llegó a la estación Pueyrredón, pude distenderme un poco más y hasta sentarme. Mientras me reclinaba levemente sobre el diminuto asiento, se me vinieron a la mente tantos gemelos famosos, siendo examinados por distintos jurys al estilo Mac Carthy”.

   Me imaginaba a las hermanas Kessler siendo acusadas de fraude, a Pili y Mili, a los hermanitos Osmonds (ahora cincuentones) ,tan sanitos que parecían, a las Gabor, ¿quién sería la clonada?,¿ Zsa Zsa?

  Al abrirse las puertas automáticas en la siguiente estación, observé que una pequeña multitud se convocaba alrededor de uno de los televisores, el que señalaba con exageradas letras que había sido descubierto el segundo patrón genético, el Gbx-13b, indetectable ante un estudio del genoma humano ordinario, el cual determinaba que : “los hemofílicos, los cardioinjertados, los insulinodependientes y los que tenían incompatibilidad de factores en la sangre”,( como ser mi caso), eran el “grupo-clónico” de mayor riesgo, “¡SIENDO NECESARIA SU RAPIDA DETECCION Y AISLAMIENTO DEL RESTO DE LA POBLACION!”- anunciaba sin la menor vehemencia el spot televisivo, seguido de “¡IMPORTANTE NOSOCOMIO FUE REQUIZADO POR AMNESTY INTERNATIONAL!”.

Mientras escuchaba con cierto estupor este último anuncio, arremetió la nueva oleada humana, reciclando a la anterior y violando el menor espacio vacío a su alrededor. Un clima de mutua sospecha había enrarecido el aire.

 Con el vagón completamente enajenado de manos y piernas anquilosadas por la estaticidad de la situación, traté inútilmente de reacomodarme y dirigirme hacia la puerta de salida; observé miradas de desconfianza mientras me abría paso, cuando por fin llegamos a la próxima estación, salí como expulsado por la turba. Una vez afuera   traté de subir por la única escalera común dado que todas las teletransportables estaban fuera de servicio. En la calle había una extraña calma, caminé muy rápido por Agüero hasta Paraguay, y luego instintivamente me dejé llevar por un impulso hacia el sanatorio “Otamendi y Miroli” donde nací hace más de cuarenta años.

En ese momento sentí el peso de la crucifixión social, “¿por qué yo?, ¿que pasó?” de la mañana a la noche me transformé en la nueva atrofia sub-humana, la cucaracha kafkiana del siglo veintiuno, ¿a quién recurriría?. ¿A un psicoanalista jüngiano? ¿dónde estaría mi grupo de contención y autoayuda?, ¿en el Malbrán?, ¿sería excomulgado por la iglesia católico romana, por resultar antinatural?                         

  De pronto tuve la impresión de que alguien me seguía, sus pasos se sentían al compás de los míos, una sensación de frío espasmódico me invadió al llegar a la próxima esquina. Lo miré de reojo y constaté que llevaba anteojos negros y un gorro de lana cubriendo su cabeza  y grán parte de su rostro. Dejándome llevar por un arranque completamente impulsivo decidí increparlo :

- ¡Qué quiere! - le dije mientras trataba de contener mis palpitaciones.                                 

-          Perdóneme pero sé lo que le pasa – me contestó

-          ¿Y usted que sabe?- le respondí

-          Sé que se dirige al sanatorio Otamendi - me dijo con un tono de silenciosa seguridad.

-          ¡Usted está loco!, ¿por qué, no me deja en paz! – le grité mientras lo tomaba de la solapa con mis temblorosas manos.

-          Si me suelta le explicaré quien soy – me dijo pausadamente – ¿por qué no vamos a un bar?

Mientras lo liberaba, observé que tenía dos manchas en los lóbulos de las orejas al igual que yo, parecidas a las perforaciones que dejan los aros ( siempre fueron objeto de burlas por parte de mis compañeritos de la primaria, me llamaban Miriam Mackeba ).

-          ¿Usted usa aros? - le pregunté

-          Se lo contesto en el bar de enfrente, aquí nos estamos exponiendo mucho- me dijo con un tono más decidido.

Era uno de los pocos lugares en los que se podía conversar, sin escuchar los malditos flashes televisivos obligatorios en todo recinto público.

-          Hace dos años que vivo esta pesadilla, yo era miembro activo de Greenpeace, cuando recibí el informe de “los patrones genéticos Gbx”, allí también pude enterarme que todos teníamos un sello genético inconfundible que nos aglutinaba; las “pequeñas pecas” en los lóbulos. Desde entonces trate infructuosamente de sacármelas a través de todo tipo de cirugías, pero reaparecen al mes de cualquier intervención. También intenté robar mi historia clínica y mi partida de nacimiento, pero para mi sorpresa los sanatorios Otamendi y Güemes están monitoreados y controlados por el pentágono hace tres años.

-          Y, ahora, ¿que está haciendo? - le pregunté casi consternado.

-          De Greenpeace, pedí el retiro voluntario, aduciendo la necesidad de un año sabático, desde entonces durante el día ando por las calles, haciendo mi propio sondeo, acerca de mis pares clónicos. Y por la noche duermo en el subsuelo de un garaje abandonado en el “China Town” del ex bajo Belgrano, regenteado por una familia rumana.  

-          Y....¿ que piensa hacer?, ¿fundar la comunidad clónica?- acoté de manera ácida.  

-          No se da cuenta que estamos en sumo peligro!- me reprimió secamente.

-          Ya vengo, le dije – sin dar explicaciones

Me levanté de la mesa, y me fui al baño, justo en ese momento escuché el ruido de una  frenada muy brusca, acompañada de golpes de puertas, y la voz de mi interlocutor gritando desesperadamente pidiendo ayuda, e implorando misericordia. Repentinamente una fuerza interior me impulsó a treparme hasta el ventilete y salté al patio lindante, luego empecé a  treparme hasta la terraza vecina, y desde allí vi su cuerpo extendido sobre el pavimento, mientras una camioneta 4x 4, huía a gran velocidad.

   Hasta muy entrada la noche me quedé inmóvil observándolo, en ningún momento se acercó alguien a brindarle asistencia, la calle lucía una incierta soledad.

   Finalmente decidí bajar y constatar si aún estaba con vida, a medida que me acercaba, noté que un gran charco de sangre rodeaba su costado izquierdo. Pero cuando estuve a menos de un metro, una revelación porfiadamente aterradora me invadió, en ese instante sentí que el tiempo había sido burlado y que el sentido común era apenas una ilusión, porque quién yacía en la calle tenía mi mismo rostro y la misma cicatriz en la ceja izquierda, que me hice a los nueve años cuando me caí de la bicicleta.

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