Principal
Qué es El Escriba
Talleres
Concursos de El Escriba
Notas
Textos seleccionados
Frases sobre escritura y creación
Informacion y concursos
Ejercicios de escritura
Dicen los escribas
Corresponsales
Suscripciones
Servicios de redacción
Contenidos
Los libros de EL ESCRIBA
Contacto

"Soy un clon":

Cuento elegido por El Escriba

 

 

EL OTRO LADO DEL ESPEJO

por Jorge Alberto González Fernández, de La Habana, Cuba

 

Soy un clon. - Leyó Alberto en voz alta involuntariamente. – Estreno.  Estaba anunciado con aquellas horribles letras Courier que tanto detestaba. Ciencia ficción, obviamente, pensó. Bajó la vista y sus ojos volvieron a divagar por las páginas del diario. No leía. Estaba demasiado tenso. Sólo fingía ser uno más que dejaba pasar el tiempo sentado en un parque. Aquella larga espera le había permitido finalmente tomar una decisión. Pasarían por alguna cafetería y de ahí seguirían para el cine. Probablemente a este mismo que ahora tenía delante. Quince minutos habían transcurrido desde la hora acordada. Cerró el diario y dejó de disimular. Podía llegar por cualquier parte. Podía ser cualquiera. Él sólo debía esperar a que alguien que se sentara a su lado le pidiese el periódico. Unas impertinentes gotas comenzaron a caerle encima. Pero de aquí no me muevo,  se dijo con firmeza. Era lo único que faltaba, su primera cita en meses y el tiempo se bajaba con aquella jugarreta impía. Una ráfaga de viento que le arrancó el periódico de las manos, y un trueno que le hizo saltar en el banco lo sacaron de su empecinamiento. En pocas zancadas cruzó la calle y se sitió bajo la marquesina del cine. Las siete en punto y el aguacero en su apogeo. Los pies encharcados y un frío que le aguijoneaba la carne. ¿Qué hacer? No había manera humanamente digna de salir airoso de aquella trampa de los elementos.

El equipo de rastreo estaba desorientado. Aquellos artefactos podían ser muy sofisticados, pero una tormenta eléctrica era una tormenta eléctrica. Habían perdido contacto con el satélite y los planos electrónicos daban coordenadas inexistentes. En el Instituto cundió la alarma. Se activaron sirenas y luces rojas por todo el edificio. Por primera vez después de años de ensayos y simulacros la junta de directivos se reunió con carácter urgente para establecer el estado de emergencia que con tanta minuciosidad se había programado desde el momento en que el proyecto tuvo luz verde. Pero en este caso con una agravante. El jefe no estaba allí para guiarlos. Tendrían que tomar decisiones solos y asumir solos responsabilidades.

La película era bastante mediocre en la opinión del Ingeniero Alberto. Si bien era cierto que no le faltaba rigor científico, la historia en sí era bastante predecible. Definitivamente Hollywood estaba en un atolladero. La temperatura había bajado; se zafó el suéter de la cintura y lo tiró encima de sus hombros. A penas podía mantener los párpados abiertos. El cansancio era más fuerte que su voluntad. Bien podía haber decidido tomarse aquel día de descanso durmiendo en casa, pero algo desde lo más salvaje de sus instintos lo había empujado a la calle. Tal vez la necesidad de andar por su ciudad, de ver gente. Aquel Proyecto había terminado con su vida privada. Hacía meses que comía, dormía, se bañaba en el laboratorio. Apenas salía a no ser por motivos de trabajo. La soledad lo estaba consumiendo vivo. Sin poder evitarlo se quedó rendido. Llevaba demasiadas noches sin pegar un ojo. Soñó que estaba frente a un espejo y que su propia imagen le tendía una mano y lo invitaba a salir al otro lado de la realidad. Cuando despertó pasaban en la pantalla las últimas escenas.

La lluvia amainó y los equipos de rastreo volvieron a sus parámetros normales. En el plano electrónico una figura diminuta se movía despacio por las líneas que representaban las calles de la ciudad. Les volvió el alma al cuerpo. Un suspiro de alivio unánime conmovió a todo el equipo.

El portal del cine se quedó vacío. Alberto echó a andar junto a la muchedumbre. Tenía deseos de llorar. Se sentía el ser más infeliz del mundo. Atrás quedaron el parque con su banco y el periódico mojado. Se detuvo frente al espejo de una tienda y trató de acomodarse un poco el pelo con las manos. En el espejo su imagen le hacía un guiño de burla.

Este aguacero ha echado abajo nuestros planes. El banco está vacío, por supuesto, y el periódico en el suelo. Se marchó. Por lo menos debí decirle cómo vendría vestido. Ese asunto de una cita a ciegas puede haberlo puesto nervioso. Creo que fui demasiado atrevido. Tal vez hasta me rechace porque piense que soy un aventurero. Si supiera que desde que lo conocí me volví loco por él. Si supiera que no fue una simple llamada equivocada. Soy un clon. Estreno. Parece que se acabó la tanda. No hay mucho que hacer. Mañana lo llamo de nuevo y le cuento quien soy.

Una camisa de cuadros rojos y blancos fue lo primero que divisara el Ingeniero Alberto, luego bajó la vista y vio unos jeans apretados. Más tarde unos enormes ojos negros que lo miraban tras el cristal. Ya había olvidado la última vez que había tenido sexo con alguien. Inconscientemente sus ojos quedaron enganchados de aquellos que lo observaban desde afuera y que ahora le sonreían como si lo conocieran de toda la vida. No pudo evitar tener una erección. Con temblores en las piernas avanzó hasta traspasar las puertas del cine. Para disimular su excitación sacó el diario que llevaba en un bolsillo del pantalón y comenzó a fingir que lo leía.

¿Me prestas el periódico?

Volver a la página del concurso Soy un clon