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Soy un clon. - Leyó
Alberto en voz alta involuntariamente. – Estreno. Estaba
anunciado con aquellas horribles letras Courier que tanto detestaba. Ciencia
ficción, obviamente, pensó. Bajó la vista y sus ojos volvieron a
divagar por las páginas del diario. No leía. Estaba demasiado tenso. Sólo
fingía ser uno más que dejaba pasar el tiempo sentado en un parque.
Aquella larga espera le había permitido finalmente tomar una decisión.
Pasarían por alguna cafetería y de ahí seguirían para el cine.
Probablemente a este mismo que ahora tenía delante. Quince minutos habían
transcurrido desde la hora acordada. Cerró el diario y dejó de
disimular. Podía llegar por cualquier parte. Podía ser cualquiera. Él sólo
debía esperar a que alguien que se sentara a su lado le pidiese el periódico.
Unas impertinentes gotas comenzaron a caerle encima. Pero de aquí no
me muevo, se dijo con
firmeza. Era lo único que faltaba, su primera cita en meses y el tiempo
se bajaba con aquella jugarreta impía. Una ráfaga de viento que le
arrancó el periódico de las manos, y un trueno que le hizo saltar en el
banco lo sacaron de su empecinamiento. En pocas zancadas cruzó la calle y
se sitió bajo la marquesina del cine. Las siete en punto y el aguacero en
su apogeo. Los pies encharcados y un frío que le aguijoneaba la carne. ¿Qué
hacer? No había manera humanamente digna de salir airoso de aquella
trampa de los elementos.
El equipo de rastreo
estaba desorientado. Aquellos artefactos podían ser muy sofisticados,
pero una tormenta eléctrica era una tormenta eléctrica. Habían perdido
contacto con el satélite y los planos electrónicos daban coordenadas
inexistentes. En el Instituto cundió la alarma. Se activaron sirenas y
luces rojas por todo el edificio. Por primera vez después de años de
ensayos y simulacros la junta de directivos se reunió con carácter
urgente para establecer el estado de emergencia que con tanta minuciosidad
se había programado desde el momento en que el proyecto tuvo luz verde.
Pero en este caso con una agravante. El jefe no estaba allí para
guiarlos. Tendrían que tomar decisiones solos y asumir solos
responsabilidades.
La película era bastante mediocre en la opinión del Ingeniero Alberto.
Si bien era cierto que no le faltaba rigor científico, la historia en sí
era bastante predecible. Definitivamente Hollywood estaba en un
atolladero. La temperatura había bajado; se zafó el suéter de la
cintura y lo tiró encima de sus hombros. A penas podía mantener los párpados
abiertos. El cansancio era más fuerte que su voluntad. Bien podía haber
decidido tomarse aquel día de descanso durmiendo en casa, pero algo desde
lo más salvaje de sus instintos lo había empujado a la calle. Tal vez la
necesidad de andar por su ciudad, de ver gente. Aquel Proyecto había
terminado con su vida privada. Hacía meses que comía, dormía, se bañaba
en el laboratorio. Apenas salía a no ser por motivos de trabajo. La
soledad lo estaba consumiendo vivo. Sin poder evitarlo se quedó rendido.
Llevaba demasiadas noches sin pegar un ojo. Soñó que estaba frente a un
espejo y que su propia imagen le tendía una mano y lo invitaba a salir al
otro lado de la realidad. Cuando despertó pasaban en la pantalla las últimas
escenas.
La lluvia amainó y los equipos de rastreo volvieron a sus parámetros
normales. En el plano electrónico una figura diminuta se movía despacio
por las líneas que representaban las calles de la ciudad. Les volvió el
alma al cuerpo. Un suspiro de alivio unánime conmovió a todo el equipo.
El portal del cine se
quedó vacío. Alberto echó a andar junto a la muchedumbre. Tenía deseos
de llorar. Se sentía el ser más infeliz del mundo. Atrás quedaron el
parque con su banco y el periódico mojado. Se detuvo frente al espejo de
una tienda y trató de acomodarse un poco el pelo con las manos. En el
espejo su imagen le hacía un guiño de burla.
Este
aguacero ha echado abajo nuestros planes. El banco está vacío, por
supuesto, y el periódico en el suelo. Se marchó. Por lo menos debí
decirle cómo vendría vestido. Ese asunto de una cita a ciegas puede
haberlo puesto nervioso. Creo que fui demasiado atrevido. Tal vez hasta me
rechace porque piense que soy un aventurero. Si supiera que desde que lo
conocí me volví loco por él. Si supiera que no fue una simple llamada
equivocada. Soy un clon. Estreno. Parece que se acabó la tanda. No hay
mucho que hacer. Mañana lo llamo de nuevo y le cuento quien soy.
Una camisa de cuadros rojos y blancos fue lo primero que divisara el
Ingeniero Alberto, luego bajó la vista y vio unos jeans apretados. Más
tarde unos enormes ojos negros que lo miraban tras el cristal. Ya había
olvidado la última vez que había tenido sexo con alguien.
Inconscientemente sus ojos quedaron enganchados de aquellos que lo
observaban desde afuera y que ahora le sonreían como si lo conocieran de
toda la vida. No pudo evitar tener una erección. Con temblores en las
piernas avanzó hasta traspasar las puertas del cine. Para disimular su
excitación sacó el diario que llevaba en un bolsillo del pantalón y
comenzó a fingir que lo leía.
¿Me prestas el periódico?
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del concurso Soy un clon
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