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La
visita del líder, Daniela, atraía a los sectores de menos ingresos.
Todos acudían a ese “navío”. Como
hijas de obreros, Soledad, Margarita y yo, clasificábamos en aquellos
estratos. Junto a esas dos
compañeras de universidad, intentaba enganchar con algún
“navegante”.
Las
“escotillas” se encontraban abiertas desde muy temprano. La gente se
agrupaba frente al “buque” de la rotonda.
A
media tarde había “marea baja”.
“¡Mantengan
el orden!”, vociferaron los “marinos”. Nadie se opuso. Formamos una
fila frente al “puente”.
Los
“marineros” bloquearon la entrada con rejas de fierro. Uno de ellos se
ubicó enfrente de nosotros. Nos
dejó pasar de uno en uno. Avancé por la pasarela. Un perro se me atravesó.
Le convidé la mitad de una marraqueta con mantequilla.
El
“océano” empezó a encresparse.
Por
la radio informaban que una “orquesta de mujeres” golpeaba la “batería”
en una “isla”. “¡Plaf!
¡Plaf!”, remedaron unos. “¡Denles
mierda a esas viejas”, añadieron.
Después cada cual volvió a ocuparse de sí mismo.
“Esto
tiene un parecido con la barcaza de los refugiados –comenté–, es como
aquélla que trajo a los españoles“.
“No
exageres –me respondió la Margarita–. Quizás qué destino le
espera”.
“¿Qué
idea es ésa?”, acoté.
“¿Qué
pasaría si en un tiempo más hubiera otros ´colores´?”, opinó.
“¿Qué
podría ocurrir?”, replicó la Soledad.
La
Margarita se quedó callada.
Antes,
Daniela, se oía a la “hinchada” gritando “¡gol!”. Después se
oyeron las voces de los “detenidos” mascullando “milicos, hijos de
puta”.
Entramos.
Fuimos a sentarnos. El sitio fue repletándose. “Tomaba existencia
propia como un gran corazón”.
Irrumpió
un rubio cantante de la “vieja guardia”. Se descolgó rápidamente de
un “velamen”. Saludó
con señas. Saltó al escenario. Los “hombres de a bordo” lo
felicitaron. El del jopo dorado comenzó a interpretar su tema más
famoso. Se contorsionaba al compás del estribillo.
Las quinceañeras trataron de abalanzársele. Los “grumetes” lo
impidieron. Entonó otra canción conocida.
Los “tripulantes” se balancearon como si el “barco” hubiera
zarpado.
El
artista se encasquetó una gorra naviera. “Quién sabe si en añoranza o
en repudio de los marines de su patria”.
Descendió
de la tarima. Fue rodeado por las adolescentes. Hubo griterío y
empujones. Aparecieron los
“guardiamarinas”. El ídolo desapareció en medio de esa muchedumbre.
Detrás
nuestro se escucharon unos silbidos de admiración. Volteamos. Un moreno
nos sonreía. “¿Por qué siendo tan lindas no están acompañadas?”,
nos preguntó con acento argentino.
“¿Qué
te trajo por acá?”, inquirió la Margarita.
“Quería
conocer en persona al verdadero adalid de América Latina”, dijo. “Me
disgusta aquél que se marchó al Caribe”.
“¡Qué
manera de referirte a tu compatriota!”, exclamó ella.
“Tengo
mis razones”, agregó él. “¿Puedo sentarme con ustedes?”.
“De
acuerdo –expresó la Margarita–, acá hay un asiento”.
Compartimos
los bocadillos. Me embadurné con el manjar blanco. Él se atragantó con
la masa. Yo le ofrecí una bebida. Le costó recuperarse.
El
sol se asomaba en el “estribor”. Eché de menos mi visera. Me protegí
con un cuaderno.
El
aire fue invadido por un pregón. El morenazo compró helados y jugos.
En
el estrado se presentó el personaje que habíamos ido a ver. El himno
patrio sacudió nuestros cuerpos.
Nos
saludó. Todos aplaudimos.
“He
“navegado” mucho para arribar al lugar que ocupo”, declaró.
Los
vítores dieron paso a un vocerío que repetía su apellido. Después el
bullicio se fue debilitando.
“Ustedes,
ciudadanos, tienen los pies en la tierra y la mente en un sueño”,
declamó. “Yo lucharé para que ese sueño se concrete y zarpen hacia
una vida mejor”.
Todos,
Daniela, lo vitoreamos con el lema que ya aprendiste.
Aguardó
hasta que se produjo el silencio. Después habló de sus planes y metas. A
mí se me cerró la garganta. “Por fin tendré aquello”, murmuré
dentro de mí.
La
Margarita voceó su nombre. Él le dirigió una mirada. Nos tentamos de la
risa. Continuó el discurso. Los
“escoltas de la nave” nos miraban.
Dejamos de reír.
Finalizó
la oratoria. El
ambiente se llenó de vivas. Miles
de pañuelos blancos fueron agitados.
Banderas chilenas flamearon con banderolas rojas y verdes.
Después
cantaron unos barbones con ponchos negros.
Al ritmo de guitarras, quenas y zampoñas, pidieron que entrelazáramos
las manos. Todos nos
unimos.
Los
dedos del trasandino se atenazaron con los míos. Mis piernas eran “un temblor grado cuatro”.
Giré. Él no
apretujaba a la Soledad.
Los
barbudos atacaron con los sones de la cantata inspirada en la “escuelita
del norte”.
Después
otro músico inició un cántico con charango.
Los
“encargados del maderamen” se alejaron del tablado.
Una
serie de brazos en alto se movían rítmicamente. Después vino el aplauso.
Oscurecía.
El cielo se tiñó de colores.
Cayeron serpentinas y papel picado.
La estela de pólvora se mezcló con el humo del tabaco.
Nos
retiramos en medio de aclamaciones y risotadas al viento.
Nuestro “vecino” no se despegaba de mi lado.
Se
agitaron las “olas”.
Había
pasado el horario de pasaje escolar en los “micros”. No teníamos dinero para movilizarnos. Nuestro conocido se ofreció para llevarnos.
Subió
el “oleaje”.
Aceptamos
de inmediato. A mí me
pidió que me acomodara en el asiento de adelante.
Era un Fiat 600. El
volante al costado derecho fue la novedad.
Nuestro “salvavidas” me guiñó el ojo izquierdo.
Yo no sabía qué hacer.
Las muchachas se percataron.
Arrancamos a toda velocidad. Ahora
aquello era un “monstruo blanco”.
Estaba cercado de “pacos”.
Ya no se parecía al “Winnipeg”.
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del concurso "Cuentos políticos"
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