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"Cuentos políticos":

Cuento seleccionado por El Escriba

 

En la primavera del 70

de Francisca Rivera Pardo, Santiago de Chile.

 

La visita del líder, Daniela, atraía a los sectores de menos ingresos. Todos acudían a ese “navío”.  Como hijas de obreros, Soledad, Margarita y yo, clasificábamos en aquellos estratos.  Junto a esas dos compañeras de universidad, intentaba enganchar con algún “navegante”.

Las “escotillas” se encontraban abiertas desde muy temprano. La gente se agrupaba frente al “buque” de la rotonda.

A media tarde había “marea baja”.

“¡Mantengan el orden!”, vociferaron los “marinos”. Nadie se opuso. Formamos una fila frente al “puente”.

Los “marineros” bloquearon la entrada con rejas de fierro. Uno de ellos se ubicó enfrente de nosotros.  Nos dejó pasar de uno en uno. Avancé por la pasarela. Un perro se me atravesó.   Le convidé la mitad de una marraqueta con mantequilla.  

El “océano” empezó a encresparse.

Por la radio informaban que una “orquesta de mujeres” golpeaba la “batería” en una “isla”.   “¡Plaf! ¡Plaf!”, remedaron unos.  “¡Denles mierda a esas viejas”, añadieron.   Después cada cual volvió a ocuparse de sí mismo.

“Esto tiene un parecido con la barcaza de los refugiados –comenté–, es como aquélla que trajo a los españoles“.

“No exageres –me respondió la Margarita–. Quizás qué destino le espera”.

“¿Qué idea es ésa?”, acoté.

“¿Qué pasaría si en un tiempo más hubiera otros ´colores´?”, opinó.

“¿Qué podría ocurrir?”, replicó la Soledad.

La Margarita se quedó callada.

Antes, Daniela, se oía a la “hinchada” gritando “¡gol!”. Después se oyeron las voces de los “detenidos” mascullando “milicos, hijos de puta”.

Entramos. Fuimos a sentarnos. El sitio fue repletándose. “Tomaba existencia propia como un gran corazón”.

Irrumpió un rubio cantante de la “vieja guardia”. Se descolgó rápidamente de un “velamen”.   Saludó con señas. Saltó al escenario. Los “hombres de a bordo” lo felicitaron. El del jopo dorado comenzó a interpretar su tema más famoso. Se contorsionaba al compás del estribillo.  Las quinceañeras trataron de abalanzársele. Los “grumetes” lo impidieron. Entonó otra canción conocida.  Los “tripulantes” se balancearon como si el “barco” hubiera zarpado.

El artista se encasquetó una gorra naviera. “Quién sabe si en añoranza o en repudio de los marines de su patria”.

Descendió de la tarima. Fue rodeado por las adolescentes. Hubo griterío y empujones.  Aparecieron los “guardiamarinas”. El ídolo desapareció en medio de esa muchedumbre.

Detrás nuestro se escucharon unos silbidos de admiración. Volteamos. Un moreno nos sonreía. “¿Por qué siendo tan lindas no están acompañadas?”, nos preguntó con acento argentino.

“¿Qué te trajo por acá?”, inquirió la Margarita.

“Quería conocer en persona al verdadero adalid de América Latina”, dijo. “Me disgusta aquél que se marchó al Caribe”.

“¡Qué manera de referirte a tu compatriota!”, exclamó ella.

“Tengo mis razones”, agregó él. “¿Puedo sentarme con ustedes?”.

“De acuerdo –expresó la Margarita–, acá hay un asiento”.

Compartimos los bocadillos. Me embadurné con el manjar blanco. Él se atragantó con la masa. Yo le ofrecí una bebida. Le costó recuperarse.

El sol se asomaba en el “estribor”. Eché de menos mi visera. Me protegí con un cuaderno.

El aire fue invadido por un pregón. El morenazo compró helados y jugos.

En el estrado se presentó el personaje que habíamos ido a ver. El himno patrio sacudió nuestros cuerpos.

Nos saludó. Todos aplaudimos.

“He “navegado” mucho para arribar al lugar que ocupo”, declaró.

Los vítores dieron paso a un vocerío que repetía su apellido. Después el bullicio se fue debilitando.

“Ustedes, ciudadanos, tienen los pies en la tierra y la mente en un sueño”, declamó. “Yo lucharé para que ese sueño se concrete y zarpen hacia una vida mejor”.

Todos, Daniela, lo vitoreamos con el lema que ya aprendiste.

Aguardó hasta que se produjo el silencio. Después habló de sus planes y metas. A mí se me cerró la garganta. “Por fin tendré aquello”, murmuré dentro de mí.

La Margarita voceó su nombre. Él le dirigió una mirada. Nos tentamos de la risa. Continuó el discurso.  Los “escoltas de la nave” nos miraban.   Dejamos de reír.

Finalizó la oratoria.   El ambiente se llenó de vivas.   Miles de pañuelos blancos fueron agitados.   Banderas chilenas flamearon con banderolas rojas y verdes.

Después cantaron unos barbones con ponchos negros.   Al ritmo de guitarras, quenas y zampoñas, pidieron que entrelazáramos las manos.   Todos nos unimos.

Los dedos del trasandino se atenazaron con los míos.   Mis piernas eran “un temblor grado cuatro”.   Giré.   Él no apretujaba a la Soledad.

Los barbudos atacaron con los sones de la cantata inspirada en la “escuelita del norte”.

Después otro músico inició un cántico con charango.

Los “encargados del maderamen” se alejaron del tablado.

Una serie de brazos en alto se movían rítmicamente.  Después vino el aplauso.

Oscurecía.   El cielo se tiñó de colores.   Cayeron serpentinas y papel picado.   La estela de pólvora se mezcló con el humo del tabaco.

Nos retiramos en medio de aclamaciones y risotadas al viento.   Nuestro “vecino” no se despegaba de mi lado.

Se agitaron las “olas”.

Había pasado el horario de pasaje escolar en los “micros”.  No teníamos dinero para movilizarnos.  Nuestro conocido se ofreció para llevarnos.

Subió el “oleaje”.

Aceptamos de inmediato.   A mí me pidió que me acomodara en el asiento de adelante.   Era un Fiat 600.   El volante al costado derecho fue la novedad.   Nuestro “salvavidas” me guiñó el ojo izquierdo.   Yo no sabía qué hacer.   Las muchachas se percataron.

           Arrancamos a toda velocidad.  Ahora aquello era un “monstruo blanco”.   Estaba cercado de “pacos”.   Ya no se parecía al “Winnipeg”.

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