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"Cuentos políticos":

Cuento seleccionado por El Escriba

 

Algo grave que ocultar

por José Eduardo González, Ciudad de San Juan, Argentina.

 

"¿Están de acuerdo con que el profesor Montero me acompañe como candidato a vicegobernador?", preguntó aquella tarde el viejo Herrera, un sexagenario solterón, a quien consideraba mi padrino político. Yo respondí que sí, como los demás integrantes del comité ejecutivo del partido, pese a mis deseos de gritarle: "¡Viejo falluto, vos me habías asegurado que yo sería candidato a vicegobernador, y ahora me salís con esto!".  Después, siguiendo el ejemplo de los demás, me levanté y saludé al obsecuente de Montero, quien fingía estar sorprendido. Terminadas las felicitaciones, el viejo volvió a hablar: "En cuanto a las demás candidaturas, también quiero el pronunciamiento democrático del partido. Eso sí, los que actualmente sean diputados o concejales, y hayan cumplido con el partido, tendrán un lugar preferencial en las listas". Concluida la reunión, y aprovechando que los demás se agrupaban frente a Herrera, abandoné el comité sin poder explicarme el por qué de mi reemplazo por  Montero, un semianalfabeto que a duras penas había terminado la escuela primaria,  pese a lo cual lo habían nombrado profesor de educación física en algunas  escuelas de la provincia, tarea que realizaba de traje y corbata, y sin sacarse el sombrero.

A pesar de las quejas de Patricia, mi mujer, esa noche no paré de dar vueltas en la cama, ya que la decisión de Herrera  significaba el derrumbe  de  mi estrategia, justo cuando estaba a punto de ser vicegobernador, ya que nuestro triunfo en las elecciones era seguro. No me imaginaba, ya próximo a cumplir los 45, estancado otros cuatro años en una banca de diputado provincial, cuando había pensado en usar la vicegobernación como trampolín para alcanzar el sillón de gobernador. Noches después, solo en el dormitorio matrimonial, ya que Patricia había optado por dormir en otra habitación, se me ocurrió la idea que impidió que enloqueciera ante la falta de sueño. El plan imaginado no era sencillo, y debía encontrar colaboradores para llevarlo a cabo. Así, luego de barajar varios nombres, me decidí por Berardi, un abogado joven y  muy capaz,  pero desaprovechado por el partido.

"La idea es la siguiente:", le dije días después a Berardi, "hay que negociar  con Herrera, la candidatura a vicegobernador ahora, o un puesto en su gabinete luego de ganar las elecciones. Si lo presionamos, aceptará cualquier cosa". "¿Y por qué está tan seguro, doctor?", me preguntó Berardi. "Porque todos tenemos algo grave que ocultar, y Herrera no debe ser una excepción.  Entonces habrá que averiguar qué hubo de cierto en los rumores que lo involucraron, porque mire que se dijeron cosas de él...".

Berardi me recordó que nunca se había probado nada, y destacó que se corría el riesgo de no obtener ningún resultado. Yo lo tranquilicé diciéndole que él ganaría de cualquier forma, ya que le garantizaba un lugar en la lista de candidatos a diputados provinciales.

 "Va a ser un trabajo arduo para el que necesitaría tres colaboradores...", me dijo.

         Luego de asegurarle también tres candidaturas a concejal, Berardi me preguntó sobre el plazo para realizar la investigación. "Terminándola a fin del mes que viene, tendría tiempo para pelear la candidatura a vicegobernador;  de lo contrario, habría que finalizar antes de que asuma Herrera para poder negociar mi inclusión en el gabinete". "¿Le interesa algún ministerio en particular?", me preguntó entonces Berardi. "El  de gobierno, ya que  desde allí se controla a la policía, a través de la cual se puede conocer vida y milagros de medio mundo, eso, en política, es de gran valor".

La semana siguiente Berardi y sus colaboradores comenzaron a investigar sobre la coima que el viejo habría recibido por el asunto de la ley de promoción minera. Esta ley, impulsada por un gobierno anterior, y a la que nuestro partido se había opuesto tenazmente (más por obstruccionismo que por principios), beneficiaba sólo a empresas mineras nacionales. Como el oficialismo no tenía mayoría en la Cámara de Diputados para aprobarla, Herrera ofreció el apoyo de nuestra bancada a cambio de incluir a las empresas extranjeras entre las beneficiarias de la ley. ¡Para qué! La xenofobia de la población afloró inmediatamente. "A Herrera lo bancan empresas extranjeras que quieren expoliar las riquezas de la provincia", afirmaba un veterano dirigente sindical. "Herrera, Herrera, los yanquis te veneran", coreaba un  grupo de estudiantes frente a la casa del viejo. No faltó quien dijera haber visto a Herrera recibir miles de dólares de un emisario de las empresas extranjeras, pero aquél, haciendo caso omiso de los rumores, defendió tenazmente la modificación propuesta, la que al final fue aprobada. Tiempo después, de las numerosas empresas extranjeras que, según se dijo, aprovecharían las grandes ventajas de la ley para radicarse en la provincia, lo hizo sólo una, otra, que también había pensado instalarse, desistió de hacerlo  ante la enorme coima que le pidieron funcionarios del gobierno.

"No hay nada", me informó Berardi dos semanas después. "El viejo sólo tiene cuenta en el Banco Provincial, donde el movimiento de los últimos años no indica nada raro. Además, no tiene caja de seguridad, ni cuentas bancarias  en el exterior". "Habrá que buscar por otro lado", le dije, "pero ahora vamos, que el acto es a las diez, y tenemos 40 minutos de viaje".

Más tarde, y ya en el acto de lanzamiento de la campaña del partido, presenté al viejo Herrera destacando su integridad como ciudadano, pero sobre todo como médico. Berardi, a pocos pasos de mí, apenas pudo disimular una sonrisa: esa noche, camino al acto, le había encargado que averiguara sobre los chismes que decían que Herrera había sido unos de los aborteros más famosos de la provincia. Pero, según me comunicó Berardi a la semana siguiente,  las autoridades del Colegio Médico negaron tal posibilidad, lo mismo que otros médicos consultados, y no faltó el  malicioso que dijera que Herrera debía ser uno de los pocos ginecólogos que no había incurrido en tal práctica.  Desalentado, le encargué entonces a Berardi que averiguara sobre el rumor que decía que el viejo había mantenido relaciones íntimas con una sobrina  30 años menor que él, y  a la que habría sometido a aberrantes prácticas sexuales.

Al mismo tiempo que yo acompañaba a Herrera en una gira por el interior de la provincia, en la que resaltábamos su hombría de bien, Berardi se ocupaba de la investigación encomendada que, como las anteriores, dio resultado negativo.

"Tiene que haber algo", dije con rabia, "no es posible que este tipo no tenga vicios, sea de una honradez a todo prueba, y haya tenido una vida profesional intachable. Algo debe ocultar, algo bien grave, y usted tiene que descubrirlo Berardi, apelando incluso a procedimientos que podrían repugnar a nuestra condición de verdaderos demócratas. Haga lo que estime necesario,  mándelo seguir, intercepte su correspondencia, pínchele el teléfono, pero encuentre algo, que el tiempo apremia". Pero los días  pasaron y Berardi no dio señales de vida, hasta que el destino cambió totalmente  mis planes.

No bien entré en casa, y vi el rostro demudado de Patricia, comprendí que algo serio había ocurrido. "Murió el doctor Herrera, parece que le dio un ataque", me dijo. Poco después,  ya recuperado del aturdimiento provocado por la noticia, comprendí que ésta era la  oportunidad que tanto había esperado, así que di media vuelta y me dirigí al comité central del partido,  donde, viendo que ninguno de los integrantes del comité ejecutivo  tenía la menor idea de lo que había que hacer, propuse que veláramos al viejo en el comité central, me ofrecí para despedir sus restos en el cementerio, y mocioné para que luego del sepelio eligiéramos a  los nuevos candidatos a gobernador y vice, todo lo cual fue aprobado por unanimidad.

Los acontecimientos de los días siguientes se desarrollaron tal cual lo había previsto. En las fotos y filmaciones del velorio mi figura fue la más destacada del partido. Además, mi discurso en el cementerio fue el que más emocionó a los presentes. Así, a nadie extrañó que el comité ejecutivo aprobara por unanimidad una moción de Montero, aunque sugerida por mí, para que yo fuera candidato a gobernador.

 "Por supuesto que estoy contento",  les respondí a los periodistas que me esperaban en la puerta del comité central del partido, abriéndome paso entre el gentío que coreaba mi nombre. Pero no lo estaba, ya que la victoria había sido más estrecha de lo esperado, al punto de no haber ganado todas las bancas de diputado previstas, entre ellas la de Berardi. Por eso lo eludí discretamente esa noche, aunque no pude negarme a atenderlo cuando me telefoneó  el lunes a mediodía, justo cuando llegaba a casa.

"Buenas tardes, señor gobernador", respondió Berardi a mi "Hola". "Gracias, Berardi, y lamento no poder decirle señor diputado", me disculpé. "No se preocupe, doctor, otra vez será", me dijo, y  agregó, "ahí le mandé parte de la última investigación que hicimos, usted estaba en lo cierto, Herrera tenía algo grave que ocultar...".

Sin esperar a que Berardi dijera algo más, y con malsana curiosidad, abrí rápidamente el sobre ubicado sobre mi escritorio, y extraje su contenido: una foto y una carta. La foto mostraba a Herrera entrando en un hotel por horas, acompañado por una mujer cuya peluca rubia y anteojos negros no alcanzaban a disimular las reconocibles facciones de Patricia. Y en la carta, escrita en papel con membrete de la comisión legislativa que presido, Patricia, que firmaba "Patito", se dirigía a Herrera, a quien llamaba ''mi potro salvaje'', quejándose por el escaso tiempo que le dedicaba últimamente. Una mezcla de sorpresa y rabia me impidió hablar durante algunos segundos. Después, algo  recuperado, dije, "Está bien, Berardi, ahora vamos a tirar esto que ya no tiene ningún valor". Él se limitó a decir que sí, después de lo cual conversamos de diferentes temas, para terminar hablando de mis posibles colaboradores. Más tarde, cuando colgué el teléfono, el gabinete que me acompañaría en mi gestión de gobernador tenía un integrante seguro: Berardi sería ministro de gobierno.

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