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"¿Están de acuerdo con que el profesor
Montero me acompañe como candidato a vicegobernador?", preguntó
aquella tarde el viejo Herrera, un sexagenario solterón, a quien
consideraba mi padrino político. Yo respondí que sí, como los demás
integrantes del comité ejecutivo del partido, pese a mis deseos de
gritarle: "¡Viejo falluto, vos me habías asegurado que yo sería
candidato a vicegobernador, y ahora me salís con esto!".
Después, siguiendo el ejemplo de los demás, me levanté y saludé
al obsecuente de Montero, quien fingía estar sorprendido. Terminadas las
felicitaciones, el viejo volvió a hablar: "En cuanto a las demás
candidaturas, también quiero el pronunciamiento democrático del partido.
Eso sí, los que actualmente sean diputados o concejales, y hayan cumplido
con el partido, tendrán un lugar preferencial en las listas".
Concluida la reunión, y aprovechando que los demás se agrupaban frente a
Herrera, abandoné el comité sin poder explicarme el por qué de mi
reemplazo por Montero, un
semianalfabeto que a duras penas había terminado la escuela primaria,
pese a lo cual lo habían nombrado profesor de educación física
en algunas escuelas de la
provincia, tarea que realizaba de traje y corbata, y sin sacarse el
sombrero.
A pesar de las quejas de Patricia, mi mujer, esa
noche no paré de dar vueltas en la cama, ya que la decisión de Herrera
significaba el derrumbe de
mi estrategia, justo cuando estaba a punto de ser vicegobernador,
ya que nuestro triunfo en las elecciones era seguro. No me imaginaba, ya
próximo a cumplir los 45, estancado otros cuatro años en una banca de
diputado provincial, cuando había pensado en usar la vicegobernación
como trampolín para alcanzar el sillón de gobernador. Noches después,
solo en el dormitorio matrimonial, ya que Patricia había optado por
dormir en otra habitación, se me ocurrió la idea que impidió que
enloqueciera ante la falta de sueño. El plan imaginado no era sencillo, y
debía encontrar colaboradores para llevarlo a cabo. Así, luego de
barajar varios nombres, me decidí por Berardi, un abogado joven y
muy capaz, pero
desaprovechado por el partido.
"La idea es la siguiente:", le dije días
después a Berardi, "hay que negociar
con Herrera, la candidatura a vicegobernador ahora, o un puesto en
su gabinete luego de ganar las elecciones. Si lo presionamos, aceptará
cualquier cosa". "¿Y por qué está tan seguro, doctor?",
me preguntó Berardi. "Porque todos tenemos algo grave que ocultar, y
Herrera no debe ser una excepción. Entonces
habrá que averiguar qué hubo de cierto en los rumores que lo
involucraron, porque mire que se dijeron cosas de él...".
Berardi me recordó que nunca se había probado
nada, y destacó que se corría el riesgo de no obtener ningún resultado.
Yo lo tranquilicé diciéndole que él ganaría de cualquier forma, ya que
le garantizaba un lugar en la lista de candidatos a diputados
provinciales.
"Va
a ser un trabajo arduo para el que necesitaría tres
colaboradores...", me dijo.
Luego de asegurarle también tres candidaturas a concejal, Berardi
me preguntó sobre el plazo para realizar la investigación. "Terminándola
a fin del mes que viene, tendría tiempo para pelear la candidatura a
vicegobernador; de lo
contrario, habría que finalizar antes de que asuma Herrera para poder
negociar mi inclusión en el gabinete". "¿Le interesa algún
ministerio en particular?", me preguntó entonces Berardi. "El
de gobierno, ya que desde
allí se controla a la policía, a través de la cual se puede conocer
vida y milagros de medio mundo, eso, en política, es de gran valor".
La semana siguiente Berardi y sus colaboradores
comenzaron a investigar sobre la coima que el viejo habría recibido por
el asunto de la ley de promoción minera. Esta ley, impulsada por un
gobierno anterior, y a la que nuestro partido se había opuesto tenazmente
(más por obstruccionismo que por principios), beneficiaba sólo a
empresas mineras nacionales. Como el oficialismo no tenía mayoría en la
Cámara de Diputados para aprobarla, Herrera ofreció el apoyo de nuestra
bancada a cambio de incluir a las empresas extranjeras entre las
beneficiarias de la ley. ¡Para qué! La xenofobia de la población afloró
inmediatamente. "A Herrera lo bancan empresas extranjeras que quieren
expoliar las riquezas de la provincia", afirmaba un veterano
dirigente sindical. "Herrera, Herrera, los yanquis te veneran",
coreaba un grupo de
estudiantes frente a la casa del viejo. No faltó quien dijera haber visto
a Herrera recibir miles de dólares de un emisario de las empresas
extranjeras, pero aquél, haciendo caso omiso de los rumores, defendió
tenazmente la modificación propuesta, la que al final fue aprobada.
Tiempo después, de las numerosas empresas extranjeras que, según se
dijo, aprovecharían las grandes ventajas de la ley para radicarse en la
provincia, lo hizo sólo una, otra, que también había pensado
instalarse, desistió de hacerlo ante la enorme coima que le pidieron funcionarios del
gobierno.
"No hay nada", me informó Berardi dos
semanas después. "El viejo sólo tiene cuenta en el Banco
Provincial, donde el movimiento de los últimos años no indica nada raro.
Además, no tiene caja de seguridad, ni cuentas bancarias
en el exterior". "Habrá que buscar por otro lado",
le dije, "pero ahora vamos, que el acto es a las diez, y tenemos 40
minutos de viaje".
Más tarde, y ya en el acto de lanzamiento de la
campaña del partido, presenté al viejo Herrera destacando su integridad
como ciudadano, pero sobre todo como médico. Berardi, a pocos pasos de mí,
apenas pudo disimular una sonrisa: esa noche, camino al acto, le había
encargado que averiguara sobre los chismes que decían que Herrera había
sido unos de los aborteros más famosos de la provincia. Pero, según me
comunicó Berardi a la semana siguiente,
las autoridades del Colegio Médico negaron tal posibilidad, lo
mismo que otros médicos consultados, y no faltó el
malicioso que dijera que Herrera debía ser uno de los pocos ginecólogos
que no había incurrido en tal práctica.
Desalentado, le encargué entonces a Berardi que averiguara sobre
el rumor que decía que el viejo había mantenido relaciones íntimas con
una sobrina 30 años menor
que él, y a la que habría
sometido a aberrantes prácticas sexuales.
Al mismo tiempo que yo acompañaba a Herrera en
una gira por el interior de la provincia, en la que resaltábamos su hombría
de bien, Berardi se ocupaba de la investigación encomendada que, como las
anteriores, dio resultado negativo.
"Tiene que haber algo", dije con rabia,
"no es posible que este tipo no tenga vicios, sea de una honradez a
todo prueba, y haya tenido una vida profesional intachable. Algo debe
ocultar, algo bien grave, y usted tiene que descubrirlo Berardi, apelando
incluso a procedimientos que podrían repugnar a nuestra condición de
verdaderos demócratas. Haga lo que estime necesario,
mándelo seguir, intercepte su correspondencia, pínchele el teléfono,
pero encuentre algo, que el tiempo apremia". Pero los días
pasaron y Berardi no dio señales de vida, hasta que el destino
cambió totalmente mis
planes.
No bien entré en casa, y vi el rostro demudado
de Patricia, comprendí que algo serio había ocurrido. "Murió el
doctor Herrera, parece que le dio un ataque", me dijo. Poco después,
ya recuperado del aturdimiento provocado por la noticia, comprendí
que ésta era la oportunidad
que tanto había esperado, así que di media vuelta y me dirigí al comité
central del partido, donde,
viendo que ninguno de los integrantes del comité ejecutivo
tenía la menor idea de lo que había que hacer, propuse que veláramos
al viejo en el comité central, me ofrecí para despedir sus restos en el
cementerio, y mocioné para que luego del sepelio eligiéramos a
los nuevos candidatos a gobernador y vice, todo lo cual fue
aprobado por unanimidad.
Los acontecimientos de los días siguientes se
desarrollaron tal cual lo había previsto. En las fotos y filmaciones del
velorio mi figura fue la más destacada del partido. Además, mi discurso
en el cementerio fue el que más emocionó a los presentes. Así, a nadie
extrañó que el comité ejecutivo aprobara por unanimidad una moción de
Montero, aunque sugerida por mí, para que yo fuera candidato a
gobernador.
"Por supuesto que estoy contento",
les respondí a los periodistas que me esperaban en la puerta del
comité central del partido, abriéndome paso entre el gentío que coreaba
mi nombre. Pero no lo estaba, ya que la victoria había sido más estrecha
de lo esperado, al punto de no haber ganado todas las bancas de diputado
previstas, entre ellas la de Berardi. Por eso lo eludí discretamente esa
noche, aunque no pude negarme a atenderlo cuando me telefoneó
el lunes a mediodía, justo cuando llegaba a casa.
"Buenas tardes, señor gobernador",
respondió Berardi a mi "Hola". "Gracias, Berardi, y
lamento no poder decirle señor diputado", me disculpé. "No se
preocupe, doctor, otra vez será", me dijo, y
agregó, "ahí le mandé parte de la última investigación
que hicimos, usted estaba en lo cierto, Herrera tenía algo grave que
ocultar...".
Sin esperar a que Berardi dijera algo más, y con
malsana curiosidad, abrí rápidamente el sobre ubicado sobre mi
escritorio, y extraje su contenido: una foto y una carta. La foto mostraba
a Herrera entrando en un hotel por horas, acompañado por una mujer cuya
peluca rubia y anteojos negros no alcanzaban a disimular las reconocibles
facciones de Patricia. Y en la carta, escrita en papel con membrete de la
comisión legislativa que presido, Patricia, que firmaba
"Patito", se dirigía a Herrera, a quien llamaba ''mi potro
salvaje'', quejándose por el escaso tiempo que le dedicaba últimamente.
Una mezcla de sorpresa y rabia me impidió hablar durante algunos
segundos. Después, algo recuperado,
dije, "Está bien, Berardi, ahora vamos a tirar esto que ya no tiene
ningún valor". Él se limitó a decir que sí, después de lo cual
conversamos de diferentes temas, para terminar hablando de mis posibles
colaboradores. Más tarde, cuando colgué el teléfono, el gabinete que me
acompañaría en mi gestión de gobernador tenía un integrante seguro:
Berardi sería ministro de gobierno.
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del concurso "Cuentos políticos"
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