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"Cuentos políticos":

Cuento seleccionado por El Escriba

 

Los dioses se apoderan de la creación humana

por Alberto Fernández, San Antonio de Padua, Provincia de Buenos Aires, Argentina.

 

Últimos acordes de la orquesta. El final del concierto se aproxima. El público aplaude. Sorpresa. No es Mozart quien gira su cuerpo para recibirlos. Es el Director. A su manera, condujo los instrumentos tras la lectura de esa historia. Ya no le pertenece al autor. Los dioses se apoderaron de su creación. Ellos son sus dueños. La materia musical ha sido tomada en préstamo por el Director. Debe devolverla.

Antonio baja de su pedestal, inclina su cuerpo. Su mano izquierda conduce los elogios hacia los músicos. Anónimos, ignorados. Apretados en grupos de instrumentos análogos.

Una figura se acerca a pedido del Director. Es la solista en flauta traversa. Por imperativo de los dioses narró su propio relato.  Alexandra también se inclina. Agradece.

Antonio vive en Roma con su esposa. La Eterna registra a todos sus ciudadanos. Del Norte o del Sur. Dos italianos diferentes. Antonio Brunetti pertenece a estos últimos. Nadie lo puede negar. Bajo, de abundante pelo negro, de piel oscura y un inconfundible bigote.

Todo estaba bajo el mismo orden que dejó al partir. En su estudio lo esperan para ser leídas infinidad de cartas, postales,  revistas. Una es la que busca: la de Varsovia, firmada por Alexandra.  Algo tiene esta rescatada carta que la singulariza: hace temblar las manos que la sostienen. El gran ojo circular del matasellos. Un hombre o una mujer con movimientos entorpecidos por la rutina, grabaron sobre la estampilla. Lee la fecha de su despacho: setenta y dos horas antes. Terminaba diciendo: “el año próximo en Jerusalén”. La guardó en su bolsillo sin leerla por completo. Se propuso hacerlo en la soledad de la noche. Cenó con su familia en silencio.

Un diario estaba desplegado sobre una silla. Miró la fecha. Era exactamente de tres días antes. Pensó en la carta. Coincidía con la del matasellos.

“ALEMANES INVADEN POLONIA”. El gran titular.

Luego de su concierto en el Metropolitan se hospedó junto con Alexandra en un hotel neoyorkino. Al día siguiente partirían rumbo a París.

Vientos de guerra soplaban por Europa.  Allí participaron de una gran manifestación. Reclamaban famosos personajes de la familia artística europea. Abrazados. Bailarines, actores, escritores, pintores de renombre, filósofos, científicos,  repudiaban la guerra. Exigían de los gobiernos propuestas  antimilitaristas. Firmaron manifiestos que se publicaron en los periódicos de todo el mundo. Tanto  Antonio como Alexandra figuraban en esas listas. A pesar de esa convulsión exterior, ambos hallaban la paz en su habitación del hotel.

Se dispuso a leer esa carta. Le pedía urgente que escapara para Suiza. En la lista negra de los servicios secretos figuraban ambos. Ella ya lo estaba haciendo vía Dinamarca.

Esa invocación a Jerusalén era una clave extraída de la Torah.

En Italia su familia era prescindente de lo político. Católicos por tradición.  El poder exigía definiciones a sus ciudadanos. Antonio consiguió un salvoconducto para viajar a Suiza. Presentó un precontrato de la Embajada en Roma. Ofrecería un concierto en Berna.

El avión cruzaba los altos picos de los Alpes.  Dejaba atrás esquemas introducidos a la fuerza  por dictaduras “populares”. Odio a los  opositores al sistema, xenofobias, demagogias y un destino de muerte y desolación. Antonio pudo escapar de todo eso.

Una doble vida lo esperaba en Berna: la formal de un hombre casado y con hijos y la de un amor prohibido. Dos soledades que se amparan. Consienten en encontrarse  en las sombras furtivas.

 Para Antonio el nuevo país sería como un áncora. Preservaría su buque de los vaivenes ideológicos. Aún así siguió navegando en las aguas de lo universal: la música.

Con ella refrescaba; enfriaba los sentidos.

No sucedía lo mismo con Alexandra. Se hallaba expuesta a la catarata violenta, caótica, disparatada, de los hechos registrados en su querida Polonia. No la conformaba su extrema devoción por la sabiduría  profética  del libro sagrado. Ni siquiera la valentía de aquél Moisés que osaba volver la espalda a los dioses de los egipcios. Cuando ella escapó del barrio judío de Varsovia, ya había sido bombardeado. Ese  registro de destrucción y muerte, lastimó sus sentimientos. Congeló su sangre caliente. Todo siniestro y trágico. Se simbolizó en su mente como un profundo pozo. Se convirtió en la comunicación con la estancia de los muertos. Eco cavernoso de sus lamentos. Se mantuvo solidaria con ese pozo desde donde ya no podría salir.

Antonio preparó su concierto en Berna. Eligió una sala pequeña como para ejecuciones de cámara. Allí interpretaría la 8ª de Beethoven. Había elegido esta llamada “pequeña sinfonía”. Alegre y breve. Suponía un público lleno de temores y desencantos. Los dioses permitieron esta intromisión a sus pertenencias.

Los músicos eran locales. Alexandra fue citada por él. Durante el primer ensayo Antonio, tan preparados sus oídos a la armonía de una obra, notó algo extraño en ese primer movimiento “Allegro vivace e con brío”. Una flauta traversa sonaba lastimera. Desgarradora. Detuvo la orquesta. Mandó salir a Alexandra. Se apartaba del “tempo” impuesto por el autor.

La vieron salir del teatro con la cabeza baja. Cuando el Director consideró que todo estaba  correcto partió para  la pensión donde se hospedaba Alexandra. Golpeó a su puerta. Nadie contestó. El conserje se aproximó. Le indicó que la pasajera había partido. Una carta.

Se sentó en un bar y leyó con atención:

“Querido Antonio: No vivo en paz lejos de mis compatriotas. Están ahora luchando y sufriendo. Me siento cobarde. Volveré con ellos. Con los que compartimos ideologías, ilusiones y la fe en Dios. Fuimos avasallados muchas veces.  Todos pretendieron robarnos nuestra cultura. Nuestros sentimientos. Hoy no puedo terminar esta carta como siempre lo hice: “el año próximo en Jerusalén”. No estoy segura de ello. ALEXANDRA”.

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