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Últimos acordes de la orquesta. El
final del concierto se aproxima. El público aplaude. Sorpresa. No es
Mozart quien gira su cuerpo para recibirlos. Es el Director. A su manera,
condujo los instrumentos tras la lectura de esa historia. Ya no le
pertenece al autor. Los dioses se apoderaron de su creación. Ellos son
sus dueños. La materia musical ha sido tomada en préstamo por el
Director. Debe devolverla.
Antonio baja de su pedestal,
inclina su cuerpo. Su mano izquierda conduce los elogios hacia los músicos.
Anónimos, ignorados. Apretados en grupos de instrumentos análogos.
Una figura se acerca a pedido del
Director. Es la solista en flauta traversa. Por imperativo de los dioses
narró su propio relato. Alexandra
también se inclina. Agradece.
Antonio vive en Roma con su esposa.
La Eterna registra a todos sus ciudadanos. Del Norte o del Sur. Dos
italianos diferentes. Antonio Brunetti pertenece a estos últimos. Nadie
lo puede negar. Bajo, de abundante pelo negro, de piel oscura y un
inconfundible bigote.
Todo estaba bajo el mismo orden que
dejó al partir. En su estudio lo esperan para ser leídas infinidad de
cartas, postales, revistas.
Una es la que busca: la de Varsovia, firmada por Alexandra. Algo tiene esta rescatada carta que la singulariza: hace
temblar las manos que la sostienen. El gran ojo circular del matasellos.
Un hombre o una mujer con movimientos entorpecidos por la rutina, grabaron
sobre la estampilla. Lee la fecha de su despacho: setenta y dos horas
antes. Terminaba diciendo: “el año próximo en Jerusalén”. La guardó
en su bolsillo sin leerla por completo. Se propuso hacerlo en la soledad
de la noche. Cenó con su familia en silencio.
Un diario estaba desplegado sobre
una silla. Miró la fecha. Era exactamente de tres días antes. Pensó en
la carta. Coincidía con la del matasellos.
“ALEMANES INVADEN POLONIA”. El
gran titular.
Luego de su concierto en el
Metropolitan se hospedó junto con Alexandra en un hotel neoyorkino. Al día
siguiente partirían rumbo a París.
Vientos de guerra soplaban por
Europa. Allí participaron de
una gran manifestación. Reclamaban famosos personajes de la familia artística
europea. Abrazados. Bailarines, actores, escritores, pintores de renombre,
filósofos, científicos, repudiaban
la guerra. Exigían de los gobiernos propuestas
antimilitaristas. Firmaron manifiestos que se publicaron en los
periódicos de todo el mundo. Tanto Antonio
como Alexandra figuraban en esas listas. A pesar de esa convulsión
exterior, ambos hallaban la paz en su habitación del hotel.
Se dispuso a leer esa carta. Le pedía
urgente que escapara para Suiza. En la lista negra de los servicios
secretos figuraban ambos. Ella ya lo estaba haciendo vía Dinamarca.
Esa invocación a Jerusalén era
una clave extraída de la Torah.
En Italia su familia era
prescindente de lo político. Católicos por tradición. El poder exigía definiciones a sus ciudadanos. Antonio
consiguió un salvoconducto para viajar a Suiza. Presentó un precontrato
de la Embajada en Roma. Ofrecería un concierto en Berna.
El avión cruzaba los altos picos
de los Alpes. Dejaba atrás
esquemas introducidos a la fuerza por
dictaduras “populares”. Odio a los
opositores al sistema, xenofobias, demagogias y un destino de
muerte y desolación. Antonio pudo escapar de todo eso.
Una doble vida lo esperaba en
Berna: la formal de un hombre casado y con hijos y la de un amor
prohibido. Dos soledades que se amparan. Consienten en encontrarse en las sombras furtivas.
Para Antonio el nuevo país sería como un áncora. Preservaría
su buque de los vaivenes ideológicos. Aún así siguió navegando en las
aguas de lo universal: la música.
Con ella refrescaba; enfriaba los
sentidos.
No sucedía lo mismo con Alexandra.
Se hallaba expuesta a la catarata violenta, caótica, disparatada, de los
hechos registrados en su querida Polonia. No la conformaba su extrema
devoción por la sabiduría profética
del libro sagrado. Ni siquiera la valentía de aquél Moisés que
osaba volver la espalda a los dioses de los egipcios. Cuando ella escapó
del barrio judío de Varsovia, ya había sido bombardeado. Ese
registro de destrucción y muerte, lastimó sus sentimientos.
Congeló su sangre caliente. Todo siniestro y trágico. Se simbolizó en
su mente como un profundo pozo. Se convirtió en la comunicación con la
estancia de los muertos. Eco cavernoso de sus lamentos. Se mantuvo
solidaria con ese pozo desde donde ya no podría salir.
Antonio preparó su concierto en
Berna. Eligió una sala pequeña como para ejecuciones de cámara. Allí
interpretaría la 8ª de Beethoven. Había elegido esta llamada “pequeña
sinfonía”. Alegre y breve. Suponía un público lleno de temores y
desencantos. Los dioses permitieron esta intromisión a sus pertenencias.
Los músicos eran locales.
Alexandra fue citada por él. Durante el primer ensayo Antonio, tan
preparados sus oídos a la armonía de una obra, notó algo extraño en
ese primer movimiento “Allegro vivace e con brío”. Una flauta
traversa sonaba lastimera. Desgarradora. Detuvo la orquesta. Mandó salir
a Alexandra. Se apartaba del “tempo” impuesto por el autor.
La vieron salir del teatro con la
cabeza baja. Cuando el Director consideró que todo estaba correcto partió para la
pensión donde se hospedaba Alexandra. Golpeó a su puerta. Nadie contestó.
El conserje se aproximó. Le indicó que la pasajera había partido. Una
carta.
Se sentó en un bar y leyó con
atención:
“Querido Antonio: No vivo en paz
lejos de mis compatriotas. Están ahora luchando y
sufriendo. Me siento cobarde. Volveré con ellos.
Con los que compartimos ideologías, ilusiones y la fe en Dios. Fuimos
avasallados muchas veces. Todos
pretendieron robarnos nuestra cultura. Nuestros sentimientos. Hoy no puedo
terminar esta carta como siempre lo hice: “el año próximo en Jerusalén”.
No estoy segura de ello. ALEXANDRA”.
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del concurso "Cuentos políticos"
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