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"Cuentos políticos":

Cuento seleccionado por El Escriba

 

La colaboración

por Eduardo Crespo, Bombal, Santa Fe, Argentina

 

            Da la casualidad que este año las elecciones se hicieron cerca de las fiestas patronales. El patrono de mi pueblo es Santo Domingo de Guzmán, o sea el 4 de Agosto y las elecciones comunales fueron, en la primera vuelta, el domingo 7. La contienda política prometía ser, cuando menos, ardorosa. Cuatro listas de candidatos se enfrentaban en un revuelo de plataformas electorales casi similares y los pretendientes al poder supremo de la comunidad se devanaban las molleras buscando diferenciarse unos de otros. Así surgieron propuestas de todos los tipos. Había quienes pregonaban las obras que harían, otros prometían trabajo, educación y salud, aquellos que simplemente ofrecían dinero a cambio del voto y los últimos que no ofrecían nada, ni hacer obras, ni crear fuentes de trabajo ni tampoco dinero, quedando esta lista relegada al último lugar en las encuestas.

             La cuestión es que con toda la parafernalia de publicidad política instalada en el pueblo y quedando muy pocas cosas para inventar o de las que hablar, uno de los candidatos tuvo una idea genial, por lo menos así lo creía él. Algo con lo que se diferenciaría de todos los demás de una vez y para siempre. Las promesas de arreglar calles y veredas, de podar árboles u organizar el tránsito quedarían olvidadas o relegadas a cuestiones de menor importancia ante lo que planeaba hacer.

Debía convencer a un hombre que contaba con muchos seguidores para que lo apoyara y esto no era precisamente una tarea fácil, ya que no se dejaría convencer así nomás. Cuando lo lograra, si lo lograba, el camino hacia el triunfo electoral quedaría allanado. Debía convencer, nada más y nada menos que al cura párroco.

–El padre Pedro siempre anda a la pesca de colaboraciones y ayudas para la parroquia y más ahora que se acercan las fiestas patronales. Démosle lo que necesita, pero que colabore, ¡qué joder!- puntualizó el candidato.

Hubo muchas objeciones entre los integrantes y colaboradores de la lista pero, finalmente, triunfó la tozudez y el empeño del candidato. Se formó una comisión para ir a hablar con el cura y se preparó concienzudamente lo que debía decirse. El encargado de expresarlo sería Pablo, el candidato a Presidente Comunal, como máximo representante del partido, mientras que los demás darían su apoyo, patotero si era necesario, para la consecución del fin.

Pablo leyó y releyó innumerables veces las palabras que debía decir, preparadas por un colaborador que manejaba muy bien los escritos, pues era bibliotecario. Unos días después, y cuando se sintieron lo suficientemente seguros, el grupo se apersonó en la puerta de la sacristía.

–Buenas tardes, hermanos –los saludo sonriente el párroco–, ¿qué los trae por acá? –quiso saber.

–Queremos hablar con usted de cuestiones que le competen –arrancó Pablo.

Ante la falta de respuesta por parte del cura que ni siquiera alzó una ceja en señal de sorpresa, siguió hablando.

–Venimos a colaborar con la parroquia.

–¡Ahh!, sean bienvenidos entonces, pasen adentro así hablamos tranquilos.

–Gracias –contestó Pablo y siguió al cura que se adentraba en la casa.

Hizo sentar a algunos en las pocas sillas que tenía mientras que el resto se quedó parado, escuchando, y cuando estuvieron acomodados se dispuso a escuchar lo que venían a proponerle.

–Nosotros queremos colaborar con la parroquia… –volvió a decir el vocero y candidato.

–Son bien recibidos por ello –se apresuró a decir el padre Pedro.

–…Pero necesitamos que usted también colabore con nosotros…

–Bien sabéis que la iglesia no participa en política…

–Esta es una cuestión de excepción. –Pablo se arrimó al cura y, en tono de confidencia le dijo–: Debemos cambiar muchas cosas en este pueblo y necesitamos de su apoyo para ello.

–Es cierto que muchas cosas deben cambiar, pero no pretenderán que desde el púlpito haga arengas políticas en vuestro favor…

            –No, claro que no. Le parece bien una colaboración de, digamos, ¿mil pesos?

            –Hijos míos, sin duda el señor estará muy contento con su generosidad. Pero más lo estaría si fuesen por lo menos dos mil. Ya sabes, hay que pintar el interior de la capilla, y arreglar unas goteras muy incómodas que hay en mi habitación…

            –De la pintura nos encargaremos nosotros, no se preocupe. Mañana comenzaremos y estará listo en pocos días. Cuente nomás con ese dinero. Ahora vayamos a lo nuestro. Cuando le pedí que colaborara con nosotros no pretendía que usted desde el púlpito hablara en nuestro favor. Eso quedaría mal, pero hay algo que, sin hablar, usted puede hacer y que nos ayudaría muchísimo.

El padre Pedro, a quien todavía le daban vuelta los ojos de la alegría que sentía al recibir tan importante colaboración, lo alentó a seguir, dispuesto a hacer lo que sea, y así se lo dijo.

–Hijo, puedes pedirme lo que sea. Estoy seguro de que el Señor mirará con buenos ojos lo que yo haga por vosotros. Adelante, dime qué quieres que haga…

–Muy sencillo, padre. Lea esta nota, ahí explica lo que queremos. Creemos que eso nos ayudaría…

El cura comenzó a leer la nota y fue poniéndose cada vez más blanco.

–¡¡Padre!! –gritó el candidato mientras trataba de alcanzar al cura que se iba deslizando desde la silla donde estaba sentado hasta el suelo, desmayado.

Un rato después, mientras se retiraban cabizbajos por haber fracasado en la misión, tras hacerlo reaccionar al párroco iban comentando y a la vez preguntándose en qué habían fallado:

–Al fin de cuentas no era tan difícil –dijo el candidato–. Lo único que tenía que hacer era ponerse la sotana bordada que le preparamos… 

–Se ve que no le gustó el bordado… –acotó uno.

–Capaz que le frase no era la correcta… –dijo otro.

–¿Cómo que no era correcta? ¡Era justa! “VOTE A PABLO”, ¿qué mejor? Yo creí que lo que no le iba a gustar era eso de poner a Santo Domingo en la entrada de la iglesia con los votos nuestros en la mano…

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