|
Da la casualidad que este año las elecciones se hicieron cerca de
las fiestas patronales. El patrono de mi pueblo es Santo Domingo de Guzmán,
o sea el 4 de Agosto y las elecciones comunales fueron, en la primera
vuelta, el domingo 7. La contienda política prometía ser, cuando menos,
ardorosa. Cuatro listas de candidatos se enfrentaban en un revuelo de
plataformas electorales casi similares y los pretendientes al poder
supremo de la comunidad se devanaban las molleras buscando diferenciarse
unos de otros. Así surgieron propuestas de todos los tipos. Había
quienes pregonaban las obras que harían, otros prometían trabajo,
educación y salud, aquellos que simplemente ofrecían dinero a cambio del
voto y los últimos que no ofrecían nada, ni hacer obras, ni crear
fuentes de trabajo ni tampoco dinero, quedando esta lista relegada al último
lugar en las encuestas.
La cuestión es que con toda la parafernalia de publicidad política
instalada en el pueblo y quedando
muy pocas cosas para inventar o de las que hablar, uno de los candidatos
tuvo una idea genial, por lo menos así lo creía él. Algo con lo que se
diferenciaría de todos los demás de una vez y para siempre. Las promesas
de arreglar calles y veredas, de podar árboles u organizar el tránsito
quedarían olvidadas o relegadas a cuestiones de menor importancia ante lo
que planeaba hacer.
Debía convencer a un hombre que contaba con muchos
seguidores para que lo apoyara y esto no era precisamente una tarea fácil,
ya que no se dejaría convencer así nomás. Cuando lo lograra, si lo
lograba, el camino hacia el triunfo electoral quedaría allanado. Debía
convencer, nada más y nada menos que al cura párroco.
–El padre Pedro siempre anda a la pesca de colaboraciones y
ayudas para la parroquia y más ahora que se acercan las fiestas
patronales. Démosle lo que necesita, pero que colabore, ¡qué joder!-
puntualizó el candidato.
Hubo muchas objeciones entre los integrantes y colaboradores
de la lista pero, finalmente, triunfó la tozudez y el empeño del
candidato. Se formó una comisión para ir a hablar con el cura y se
preparó concienzudamente lo que debía decirse. El encargado de
expresarlo sería Pablo, el candidato a Presidente Comunal, como máximo
representante del partido, mientras que los demás darían su apoyo,
patotero si era necesario, para la consecución del fin.
Pablo leyó y releyó innumerables veces las palabras que debía
decir, preparadas por un colaborador que manejaba muy bien los escritos,
pues era bibliotecario. Unos días después, y cuando se sintieron lo
suficientemente seguros, el grupo se apersonó en la puerta de la sacristía.
–Buenas tardes, hermanos –los saludo sonriente el párroco–,
¿qué los trae por acá? –quiso saber.
–Queremos hablar con usted de cuestiones que le competen
–arrancó Pablo.
Ante la falta de respuesta por parte del cura que ni siquiera
alzó una ceja en señal de sorpresa, siguió hablando.
–Venimos a colaborar con la parroquia.
–¡Ahh!, sean bienvenidos entonces, pasen adentro así
hablamos tranquilos.
–Gracias –contestó Pablo y siguió al cura que se
adentraba en la casa.
Hizo sentar a algunos en las pocas sillas que tenía mientras
que el resto se quedó parado, escuchando, y cuando estuvieron acomodados
se dispuso a escuchar lo que venían a proponerle.
–Nosotros queremos colaborar con la parroquia… –volvió
a decir el vocero y candidato.
–Son bien recibidos por ello –se apresuró a decir el
padre Pedro.
–…Pero necesitamos que usted también colabore con
nosotros…
–Bien sabéis que la iglesia no participa en política…
–Esta es una cuestión de excepción. –Pablo se arrimó
al cura y, en tono de confidencia le dijo–: Debemos cambiar muchas cosas
en este pueblo y necesitamos de su apoyo para ello.
–Es cierto que muchas cosas deben cambiar, pero no
pretenderán que desde el púlpito haga arengas políticas en vuestro
favor…
–No, claro que no. Le parece bien una colaboración de, digamos,
¿mil pesos?
–Hijos míos, sin duda el señor estará muy contento con su
generosidad. Pero más lo estaría si fuesen por lo menos dos mil. Ya
sabes, hay que pintar el interior de la capilla, y arreglar unas goteras
muy incómodas que hay en mi habitación…
–De la pintura nos encargaremos nosotros, no se preocupe. Mañana
comenzaremos y estará listo en pocos días. Cuente nomás con ese dinero.
Ahora vayamos a lo nuestro. Cuando le pedí que colaborara con nosotros no
pretendía que usted desde el púlpito hablara en nuestro favor. Eso
quedaría mal, pero hay algo que, sin hablar, usted puede hacer y que nos
ayudaría muchísimo.
El padre Pedro, a quien todavía le daban vuelta los ojos de
la alegría que sentía al recibir tan importante colaboración, lo alentó
a seguir, dispuesto a hacer lo que sea, y así se lo dijo.
–Hijo, puedes pedirme lo que sea. Estoy seguro de que el Señor
mirará con buenos ojos lo que yo haga por vosotros. Adelante, dime qué
quieres que haga…
–Muy sencillo, padre. Lea esta nota, ahí explica lo que
queremos. Creemos que eso nos ayudaría…
El cura comenzó a leer la nota y fue poniéndose cada vez más
blanco.
–¡¡Padre!! –gritó el candidato mientras trataba de
alcanzar al cura que se iba deslizando desde la silla donde estaba sentado
hasta el suelo, desmayado.
Un rato después, mientras se retiraban cabizbajos por haber
fracasado en la misión, tras hacerlo reaccionar al párroco iban
comentando y a la vez preguntándose en qué habían fallado:
–Al fin de cuentas no era tan difícil –dijo el
candidato–. Lo único que tenía que hacer era ponerse la sotana bordada
que le preparamos…
–Se ve que no le gustó el bordado… –acotó uno.
–Capaz que le frase no era la correcta… –dijo otro.
–¿Cómo que no era correcta? ¡Era justa! “VOTE A
PABLO”, ¿qué mejor? Yo creí que lo que no le iba a gustar era eso de
poner a Santo Domingo en la entrada de la iglesia con los votos nuestros
en la mano…
Volver a la página
del concurso "Cuentos políticos"
|