|
Un zumbido como de abejas llenó el
espacio, por instantes crecía cada vez más fuerte. La mesilla de noche se
iluminó con una luz tenue; pareciera que temblara harta del ruido. Pasó
casi un minuto entero antes que una mano, salida de entre las cobijas
tomara el teléfono celular y apretara un botón. El silencio de nuevo
empantanó la habitación, pasó otro minuto, dos. De pronto las cobijas de
la cama salieron volando en el aire impulsadas por las piernas de John
que saltó disparado hacia el baño. Se le hacía tarde. Mientras se
restregaba la cara bajo el chorro de la regadera forjaba la lista de
todos los documentos que tenía que llevar a su viaje; Pasaporte, boletos
de avión, reservaciones del hotel y desde luego sus credenciales de
periodista del Manhatan Morning para el cual trabajaba. Sería su
primer reportaje fuera del país.
El le pidió a su jefe que lo
enviara a Irak, quería hacer reportajes de guerra.
–Mira, John –le dijo su jefe–, apenas
eres un aprendiz y no tienes la experiencia para irte a una guerra de
verdad, pero aquí tienes tu oportunidad de foguearte, te voy a mandar a
México, recibimos un aviso de nuestro cónsul que en un pueblo llamado
Tlacoyán como a seis horas de la capital hay varios grupos de rijosos que
han tomado el lugar. Amenazan con iniciar una revolución. “México, lo
único que sé es que está lleno de indios dormidos y charros con caballos y
pistolas; será divertido el paseo, dicen que la comida es exquisita”. Y
así, con la intrepidez de sus veintidós años decidió cumplir con la misión
encomendada.
John llegó a Tlacoyán, cargando sus
cámaras y credenciales. Con el corazón henchido de contento, y con un
hueco en el estómago por la expectación de la aventura. Quizá le tocara
presenciar una confrontación real, con balazos y todo. Tal vez él, como
periodista de Estados Unidos de América, podría dialogar con los indígenas
del lugar y concretar la paz en ese pequeño pueblo.
El asombro colmó la cabeza del
periodista americano. En lugar del pequeño pueblo que tenía en su mente,
se encontró con una ciudad moderna con edificios antiguos; construidos
con cantera y mármoles de la región. Lo que más le sorprendía era la
belleza de los balcones de hierro forjado. En vez de hombres a caballo,
se topó con la invasión de coches de todas las marcas; en un tráfico
nutrido que llenaban el aire de bocinazos.
En taxi se dirigió al centro de la
ciudad, ahí se topó con las calles tomadas por los rebeldes, bloqueadas
por barricadas que impedían el paso, llenas solo de silencio, puertas
cerradas y coches quemados ya en el abandono. Había, rezumadas también por
los poros de los muros, las palabras que venía viendo desde su llegada al
aeropuerto de Tlacoyán.
“FUERA MÁXIMO, GOBERNADOR ASESINO”
De pronto y sin saber por dónde, el
ruido de la metralla empezó a zumbar. El fuego se hizo cruzado. De las
ventanas salían destellos de pólvora quemada, la gente escondida hasta
entonces se empezó a mover corriendo de un lugar a otro como poseídos por
un afán incomprensible para John; con su cámara en mano intentaba filmar
lo sucedido.
Del otro lado de la calle alcanzó a
ver a unos hombres que corriendo se metieron en un callejón. “Ese es
Triponcio, el líder de los guerrilleros, está más gordo que en la foto,
estoy seguro que si hablo con él, todo este caos se termina”.
En un espacio de silencio entre una
bala y otra, parecía que el tiempo no corría, los combatientes se habían
detenido, el aire se impregnó de suspenso, lleno de sonidos recordados con
resabio de muerte. El olor del fulminante dio paso a un hedor más fuerte
que emanaba de los hombres agazapados detrás de las barricadas. Era el
tufo acre del miedo lo que por instantes predominaba.
John vio la coyuntura, se lanzó a
toda carrera por entre los coches quemados, algunos todavía humeantes,
estaba sólo a unos cuantos trancos del callejón donde creía estaba el
líder, cuando la metralla empezó de nuevo a zumbar, las balas pasaban
cerca de su cabeza las escuchaba silbar junto a él, dejando su estela de
muerte, con su cámara insistía en documentar todo el escenario.
Del otro lado del callejón Triponcio,
con los ojos hundidos entre grasa y pelambre de la sucia cabellera, se
dio cuenta de que el periodista estaba filmando toda la trifulca, de
inmediato supo que eso podría volverse a su favor si es que lograba que
la prensa extranjera presionara también al gobierno.
Con la boca seca por la urgencia dio
la orden a su chalán: “Bafo, chíngate al gringo”.
A la mitad de la zancada, John sintió
de pronto la camisa mojada sobre su estómago, los instantes se le hicieron
largos, el tiempo se detuvo cuando vio que una mancha roja se extendía
despacio hacia su pecho, tan lento como el reflejo de las nubes en el
agua. La mancha inundaba ya el letrero impreso en su camiseta:
“01.20.09 BUSH’S LAST DAY”.
Con desesperación buscó dónde
cubrirse. De un brinco se puso atrás de un coche quemado, las balas
parecían que lo acosaban como si él fuera imán atrayéndolas. Se arrastró
sobre su espalda y se metió debajo del vehículo humeante, su cuerpo se
llenó de un hormigueo igual al que le invadía cuando se lanzaba del avión
en el que practicaba paracaidismo, se dio cuenta de que él era el blanco,
su sorpresa fue más grande que su temor. “¿Por qué tiran contra mí? A la
mejor no saben que soy periodista americano”. Reconfortado por sus
pensamientos, empezó a dar de voces pidiendo auxilio.
El Bafo vio que la presa se le
escapaba, tapando su arma corrió hacia el caído gritando, ¡ayúdenme a
salvar al gringo! Con otros tres hombres lo sacaron y lo llevaron de prisa
a la ambulancia que estaba lista en la esquina.
La sensación de sentirse a salvo
opacó un poco el dolor que lo cubría, John, extendió la mano para darle
las gracias a su salvador. Sus ojos azules se cruzaron con la mirada
oscura que con los ojos achicados le sonreían. Fue entonces que el miedo
paralizó al periodista. Supo que los ojos que ahora se alegraban
pertenecían al mismo que instantes antes le había disparado.
John nunca pudo expulsar el grito que
se le atoró en la garganta, la pistola recargada sobre su corazón
interrumpió de golpe todos los sonidos.
PARTICIPA DE NUESTROS TALLERES DE
ESCRITURA A DISTANCIA
Volver
a la página del concurso "Cuentos sobre periodistas"
|