Principal
Qué es El Escriba
Talleres
Concursos de El Escriba
Notas
Textos seleccionados
Frases sobre escritura y creación
Informacion y concursos
Ejercicios de escritura
Dicen los escribas
Corresponsales
Suscripciones
Servicios de redacción
Contenidos
Los libros de EL ESCRIBA
Contacto

"Cuentos sobre periodistas":

Cuento seleccionado por El Escriba

Chíngate al gringo

por Teresa Vizcaíno de Ortuño, Guadalajara, México.

Un zumbido como de abejas llenó el espacio, por instantes crecía cada vez más fuerte. La mesilla de noche se iluminó con una luz tenue; pareciera  que temblara harta del ruido. Pasó casi un minuto entero antes  que una  mano, salida de entre  las cobijas tomara el teléfono celular y apretara un botón. El silencio de nuevo empantanó la habitación, pasó otro minuto, dos. De pronto las cobijas de la cama salieron volando en el aire impulsadas  por las piernas de John que saltó disparado hacia el baño. Se le hacía  tarde. Mientras se restregaba la cara bajo el chorro de la regadera  forjaba la  lista  de todos los documentos  que tenía que llevar a su viaje; Pasaporte, boletos de avión, reservaciones del hotel  y desde luego sus credenciales de periodista del   Manhatan  Morning  para el cual trabajaba. Sería su primer reportaje fuera del  país.

  El le pidió a su jefe que lo enviara  a Irak, quería hacer reportajes  de guerra. 

–Mira, John –le dijo su jefe–, apenas eres un aprendiz y no tienes la experiencia para irte a una guerra  de verdad, pero aquí tienes tu oportunidad de foguearte, te voy a mandar a México,  recibimos un aviso de nuestro cónsul que en un pueblo llamado Tlacoyán como a seis horas de la capital hay varios grupos de rijosos que han tomado el lugar. Amenazan con iniciar una revolución. “México, lo único que sé es que está lleno de indios dormidos y charros con caballos y pistolas; será divertido el paseo, dicen que la comida es exquisita”.  Y así, con la intrepidez de sus veintidós años decidió cumplir con la misión encomendada.

John llegó a Tlacoyán, cargando sus cámaras y credenciales. Con el corazón henchido de contento, y con un hueco en el estómago  por la expectación de la aventura. Quizá le tocara presenciar una confrontación real, con balazos y todo. Tal vez él, como periodista de Estados Unidos de América, podría dialogar con los indígenas del lugar y concretar la paz en ese pequeño pueblo.

El asombro colmó la cabeza del periodista americano. En lugar del pequeño pueblo que tenía en su mente, se encontró con  una ciudad  moderna  con edificios antiguos; construidos con cantera y mármoles de la región. Lo que más le sorprendía era la belleza de los balcones de hierro forjado.  En vez de hombres a caballo, se topó con la invasión de coches de todas las marcas; en un tráfico nutrido que llenaban el aire de bocinazos.

En  taxi se dirigió al centro de la ciudad, ahí se topó con las calles tomadas por los rebeldes, bloqueadas por barricadas que impedían el paso, llenas solo de silencio, puertas cerradas y coches quemados ya en el abandono. Había, rezumadas también por los poros de los muros, las palabras que venía viendo desde su llegada al aeropuerto de Tlacoyán.

                                           “FUERA MÁXIMO, GOBERNADOR ASESINO”

De pronto y sin saber por dónde, el ruido de la metralla empezó a zumbar. El fuego se hizo cruzado. De las ventanas salían destellos de pólvora quemada, la gente escondida hasta entonces se empezó a mover corriendo de un lugar a otro como  poseídos por un afán incomprensible para John; con su cámara en mano intentaba filmar lo sucedido.

Del otro lado de la calle alcanzó a ver a unos hombres que corriendo se metieron en un callejón. “Ese es Triponcio, el líder de los guerrilleros, está más gordo que en la foto, estoy seguro que si hablo con él, todo este caos se termina”.

En un espacio de silencio entre una bala y otra, parecía que el tiempo no corría, los combatientes se habían detenido, el aire se impregnó de suspenso, lleno de sonidos recordados con resabio de muerte.  El olor del  fulminante dio paso a un hedor más fuerte que emanaba de los hombres agazapados detrás de las  barricadas. Era el tufo acre del miedo lo que por instantes predominaba.

John vio la coyuntura, se lanzó a toda carrera por entre los coches quemados, algunos todavía humeantes,  estaba sólo a unos cuantos trancos del callejón donde creía estaba el líder, cuando la metralla  empezó de nuevo a zumbar, las balas pasaban cerca de su cabeza las escuchaba silbar junto a  él, dejando su estela de muerte, con su cámara insistía en documentar  todo el escenario.

Del otro lado del callejón Triponcio, con los ojos  hundidos  entre  grasa y pelambre de la sucia cabellera, se dio cuenta de que el periodista estaba filmando toda la trifulca, de inmediato supo que eso  podría volverse a su favor si es que lograba que la prensa extranjera presionara  también al gobierno.

Con la boca seca por la urgencia dio la orden a su chalán: “Bafo, chíngate al gringo”.

A la mitad de la zancada, John sintió de pronto la camisa mojada sobre su estómago, los instantes se le hicieron largos, el tiempo se detuvo cuando vio que una mancha roja se extendía despacio  hacia su pecho, tan lento como el reflejo de las nubes en el agua. La mancha inundaba ya el letrero impreso en su camiseta:

“01.20.09 BUSH’S LAST DAY”.

Con desesperación buscó dónde cubrirse. De un brinco se puso atrás de un coche quemado, las balas parecían que lo acosaban como si él fuera imán atrayéndolas. Se arrastró  sobre su espalda y se metió debajo del  vehículo  humeante, su cuerpo se llenó de un hormigueo igual al que le invadía cuando se lanzaba del avión en el que practicaba paracaidismo, se dio cuenta de que él era el blanco, su sorpresa fue más grande que su temor. “¿Por qué tiran contra mí?  A la mejor no saben que soy periodista americano”.  Reconfortado por sus pensamientos, empezó a dar de voces pidiendo auxilio.

El Bafo vio que la presa se le escapaba, tapando su arma corrió hacia el caído gritando, ¡ayúdenme a salvar al gringo! Con otros tres hombres lo sacaron y lo llevaron de prisa a la ambulancia que estaba lista en la esquina.

La sensación de sentirse a salvo opacó  un poco el dolor  que lo cubría, John, extendió la mano para darle las gracias a su salvador. Sus ojos azules se cruzaron con la mirada oscura que con los ojos achicados le sonreían.  Fue entonces que el miedo  paralizó al periodista. Supo que los ojos que ahora se alegraban pertenecían al mismo que instantes antes le había disparado.

John nunca pudo expulsar el grito que se le atoró en la garganta, la pistola recargada sobre su corazón interrumpió de golpe todos los sonidos.

PARTICIPA DE NUESTROS TALLERES DE ESCRITURA A DISTANCIA

Volver a la página del concurso "Cuentos sobre periodistas"