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Esperaba que aquellos hombres
terminaran de cavar y apareciera el féretro con su muerto. La tierra floja
por lo reciente del enterramiento facilitaba el trabajo, hasta que por fin
el ataúd salió a la luz y los policías eran un enjambre ávido que se
abalanzaba hacia el lugar. Mi fotógrafo preparó la cámara como un arma a
punto de ser disparada sobre la sorpresa prometida. Pero mejor empezar por
el principio, en el ilusorio caso que las historias tengan principio y
final.
Mi nombre es Eugenio Krausosky. Fui
enviado a la ciudad de Córdoba como corresponsal de un diario que sus
enemigos califican de amarillo. Me tocaba trabajar sobre un extraño y
escabroso caso, mis especialidades periodísticas. La noticia podría
titularse: “Un muerto en fuga”.
Un féretro, conteniendo el cadáver de
un joven, había desaparecido durante el fin de semana de un depósito del
cementerio San Vicente mientras aguardaba su destino de ser cremado o
archivado tras una lápida. El siguiente lunes, sus familiares se
encontraron con la insólita novedad.
De los empleados del cementerio, sólo
pude recoger sus perplejidades. Aún los más viejos no recordaban un caso
similar.
En el Registro Civil se me informó
que el certificado de defunción no había sido expedido por carecer el
joven fallecido de documentos, lo que demoró el trámite de la inhumación.
En el precinto policial debí
permanecer en un pasillo tenebroso y húmedo. Me acompañaba un hombre
extremadamente delgado, con bigotes de una oscuridad sospechosa de
tintura. Vestido de negro y con modales ceremoniosos que me hacían pensar
en un empleado de pompas fúnebres.
–Las esperas en estos lugares son
tediosas para ciudadanos decentes que sólo vienen para algún trámite de
certificación como es mi caso y seguramente el suyo, conozco a la gente
con verla. Pero son menos desagradables al encontrar a alguien educado.
¿No es de Córdoba, verdad?
–No, soy porteño. Llegué esta mañana
y estaré aquí sólo unos días por razones de trabajo.
–Disculpe la intromisión pero supongo
que tendrá lugar para alojarse.
–No –mentí–, mi equipaje quedó en
depósito. Me ocuparé de buscar donde dormir mas tarde.
–Si me permite, le recomiendo el Gran
Córdoba, es un lugar ideal para una persona como usted.
En la oficina averigüé que Ernesto
Cabrera, de veinte años, murió de un balazo en el corazón, disparado por
el propietario de una casa donde entró a robar. Luego del examen forense,
fue reconocido por los familiares y pasó al depósito del cementerio de
donde desapareció.
Conseguí también (evitaré divulgar el
modo), datos sobre la familia del occiso y salí del despacho.
–Adiós, señor Krausosky –me dijo el
hombre de negro, con una reverencia–. Feliz estadía.
Los familiares del muerto, tras
intentar sacarme dinero, me preguntaron si tenía conexiones con la
televisión, pues sabían que era la que mejor paga las exclusividades.
Prometiendo demandar al municipio me confirmaron sin dudas la identidad
del cuerpo que vieron en la morgue.
Volví a mi hotel. Ordené los apuntes
y me contacté con el diario. Luego comuniqué al conserje que cenaría allí
en caso de que alguien me buscara y salí para hacer ciertas
averiguaciones.
Solamente había comido algo de pie
durante todo el día, por lo que sentía un apetito atroz cuando regresé.
Sin embargo, antes de entrar al restaurante del hotel vigilé su interior
por una ventana. Como me imaginaba, una figura conocida ocupaba una mesa
en un rincón oculto. El delgado caballero de negro fingía leer el diario
mientras vigilaba las dos puertas de ingreso. Decidí ser yo quien lo
sorprendiera entrando por la puerta que daba al lobby y sentándome en la
misma mesa.
–Señor Krausosky, vaya sorpresa.
–No creo que esté sorprendido en lo
más mínimo. Dígame por qué me sigue.
–Por favor, no me decepcione. Usted
es una persona educada, no levante la voz así. Córdoba no es tan grande.
Encontrarnos en dos lugares distintos un mismo día es extraño pero no
inexplicable.
–Lo que es inexplicable es que por
segunda vez ha mencionado mi apellido. No recuerdo haberme presentado.
Además, trató de informarse sobre mi alojamiento y de inducirme a un lugar
donde pudiera localizarme y donde ha averiguado si estaba. Lo acabo de
confirmar.
–Debe disculpar mi grosería. Mi
nombre es Eugenio Dublais. Es verdad que he tratado de indagar algunas
cosas, pero no se preocupe. Ya sé quién es y qué hace en esta ciudad. Mi
búsqueda ahora está encaminada a invitarlo a una reunión. Alguien muy
importante desea verlo.
–Importante ¿Para quién?
–Para mí, porque es la persona para
la que trabajo. Para usted por la misma razón.
–Mis patrones están en Buenos Aires.
–Sus patrones visibles. La reunión
tiene que ver con el caso que investiga y le será provechosa. El señor
Pasquini lo espera mañana a las 10. Yo en persona me encargaré de su
traslado.
La mañana era luminosa y ya se sentía
el rigor del sol de Febrero, sin embargo Dublais no perdía la costumbre de
la ropa negra y formal.
Me llevó en auto a las afueras de la
ciudad, hasta un chalet caro y de pésimo gusto. Al llegar me condujo hasta
una terraza. El mantel blanco de una mesa servida con diversos tragos
refulgía al sol. Un hombre mayor me esperaba, tendiéndome amable su mano.
–Bienvenido, señor Krausosky, espero
no molestarlo demasiado distrayéndolo un momento de su trabajo. Creo que
puedo ofrecerle ciertos datos que van a serle de mucha utilidad.
Instintivamente, el calor me hizo
buscar con la mirada algún lugar con agua. Abajo, en medio de un parque
rodeado de pinos el ojo azul de una piscina me hipnotizaba tanto como la
dorada piel de la joven que, tras emerger, se extendía al sol.
–Una belleza, ¿verdad?
–Sí, es una hermosa pileta.
–Me refería a la mujer, es mi esposa;
algunas veces pienso que es demasiado linda. Con la edad nos ponemos
celosos. Si gusta podemos postergar la charla y para darse un chapuzón.
–No, le agradezco, preferiría que me
contara cuanto antes de que se trata.
–Desde hace unas horas soy el
principal accionista del diario donde trabaja.
–¿Piensa renovar el plantel de
periodistas que no es de su agrado?
–No, y en todo caso si eso ocurriera
sería usted el último en irse. Me gusta su estilo y lo que es más
importante: le gusta a los lectores. Quiero hablarle sobre Ernesto
Cabrera. Trabajaba para mí. Tener indocumentados a cargo puede producir
algunas incomodidades, pero es siempre importante el aporte de gente que
legalmente no existe. Para el trabajo sucio que le llaman.
Evidentemente el hombre sobreactuaba
el papel de mafioso, enfatizando sus lugares comunes.
–Era buen chico, pero proclive a
travesuras. Y cuando uno tiene muchos años y una esposa joven, puede haber
situaciones enojosas. Por desgracia o por suerte su destino fue morir en
una andanza por cuenta propia. Pero recuerde Krasousky, lo suyo no es la
crónica policial sino el misterio.
–¿Sólo para decirme eso me citó?
–No, le entregaré algo importante
antes que se vaya. Seguiremos la charla durante el almuerzo si me permite.
Hoy tenemos cazuela de mariscos, especialidad de nuestra cocinera.
–Se lo agradezco pero tengo especial
repugnancia por los mariscos.
La sola idea de una cazuela con
semejante calor me recordaba al infierno.
–De acuerdo, pero le pediré solamente
que admire estos frutos de mar, tal vez cambie de opinión.
Entramos a la casa, siempre seguidos
por Dublais, para pararnos frente a un freezer. Pasquini levantó la tapa
haciendo un ademán con la otra mano, como quien muestra un tesoro.
Mi gesto de repugnancia hizo que se
cruzaran las miradas burlonas de los otros dos.
–Disculpe nuestras sonrisas, pero
acaba de poner la misma cara de mi mujer cuando se lo mostramos. Ella
también odia estas monstruosidades marinas.
Sentí un ingobernable deseo de irme.
De la manera más cortés posible, aduje citas impostergables y pregunté qué
tenía para mí. Me entregó un papel.
–Es el sitio y el momento en que
Cabrera será desenterrado. Habrá una sorpresa cuando abran el ataúd. Será
el único periodista presente, de modo que lleve un buen fotógrafo.
Me estrechó la mano con más fuerza
que al presentarse y mirándome fijo a los ojos me sermoneó:
–Recuerde un consejo saludable, no
pierda la cabeza buscando certezas, a la gente le gusta el misterio. La
verdad suele ser decepcionante. ¿Está seguro de no querer entrar a la
pileta?
No recuerdo haberle contestado. El
deseo de irme cuanto antes me superaba. Hasta creo que la compañía de
Dublais en el camino de regreso no me pareció tan desagradable.
La pala hizo tope en una superficie
que sonaba a oquedad. Poco tiempo después el cajón salía a superficie. Al
abrir la tapa quedó al descubierto un cuerpo decapitado. Sobre el tronco,
con las manos que parecían sostenerla al modo de un basquetbolista posando
para la foto, vi por segunda vez la cabeza de Ernesto Cabrera. Los
mafiosos están cada día más sutiles en sus mensajes. Dejé que el fotógrafo
se saciara de imágenes hasta el hartazgo. Mi tarea en Córdoba había
terminado. Sólo faltaba elaborar una hipótesis atrayente que hablara de
ritos de alguna secta siniestra o extraterrestres en búsqueda de cuerpos
humanos para ser estudiados. Es decir, lo que los lectores del diario
esperan de mí. ¿Para qué contar la verdad?: Un matón celoso que condena a
muerte a un empleado por una “travesura” imposible de perdonar. Una
persona cualquiera se le adelanta y lo mata al intentar robar en su casa.
Que el ejecutor fuera otro no significaba problema alguno ya que Pasquini
no exigía exclusividad. El inconveniente estaba en la situación de
indocumentado del muerto. Quién podía asegurarle que se trataba de la
misma persona y no de un sustituto en un intento de sus allegados para
salvarlo. En la morgue sólo permitirían la presencia de familiares para
reconocerlo. La solución era una sola, el secuestro momentáneo del cuerpo,
un delito menor. La mutilación era apenas un detalle agregado. Un delicado
mensaje. Confieso que en algún momento se me ocurrió escribir una crónica
con toda la verdad. Entonces recordé el saludable consejo de Pasquini al
despedirme (No pierda la cabeza…) y se me representó la escena en que
levantaba la tapa del freezer, como hacía instantes lo hicieron con la del
ataúd. Fue el momento en que vi, entre pulpos y calamares, por primera vez
la cabeza de Ernesto Cabrera.
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