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"Cuentos sobre periodistas":

Cuento seleccionado por El Escriba

Un consejo saludable

por Mario Alberto Román, Ciudad de Córdoba, Argentina.

Esperaba que aquellos hombres terminaran de cavar y apareciera el féretro con su muerto. La tierra floja por lo reciente del enterramiento facilitaba el trabajo, hasta que por fin el ataúd salió a la luz y los policías eran un enjambre ávido que se abalanzaba hacia el lugar. Mi fotógrafo preparó la cámara como un arma a punto de ser disparada sobre la sorpresa prometida. Pero mejor empezar por el principio, en el ilusorio caso que las historias tengan principio y final.

Mi nombre es Eugenio Krausosky. Fui enviado a la ciudad de Córdoba como corresponsal de un diario que sus enemigos califican de amarillo. Me tocaba trabajar sobre un extraño y escabroso caso, mis especialidades periodísticas. La noticia podría titularse: “Un muerto en fuga”.

Un féretro, conteniendo el cadáver de un joven, había desaparecido durante el fin de semana de un depósito del cementerio San Vicente mientras aguardaba su destino de ser cremado o archivado tras una lápida. El siguiente lunes, sus familiares se encontraron con la insólita novedad.

De los empleados del cementerio, sólo pude recoger sus perplejidades. Aún los más viejos no recordaban un caso similar.

En el Registro Civil se me informó que el certificado de defunción no había sido expedido por carecer el joven fallecido de documentos, lo que demoró el trámite de la inhumación.  

 En el precinto policial debí permanecer en un pasillo tenebroso y húmedo. Me acompañaba un hombre extremadamente delgado, con bigotes de una  oscuridad sospechosa de tintura. Vestido de negro y con modales ceremoniosos que me hacían pensar en un empleado de pompas fúnebres.

–Las esperas en estos lugares son tediosas para ciudadanos decentes que sólo vienen para algún trámite de certificación como es mi caso y seguramente el suyo, conozco a la gente con verla. Pero son menos desagradables al encontrar a alguien educado. ¿No es de Córdoba, verdad?

–No, soy porteño. Llegué esta mañana y estaré aquí sólo unos días por razones de trabajo.

–Disculpe la intromisión pero supongo que tendrá lugar para alojarse.      

–No –mentí–, mi equipaje quedó en depósito. Me ocuparé de buscar donde dormir mas tarde.

–Si me permite, le recomiendo el Gran Córdoba, es un lugar ideal para una persona como usted.

En la oficina averigüé que Ernesto Cabrera, de veinte años, murió de un balazo en el corazón, disparado por el propietario de una casa donde entró a robar. Luego del examen forense, fue reconocido por los familiares y pasó al depósito del cementerio de donde desapareció.

Conseguí también (evitaré divulgar el modo), datos sobre la familia del occiso y salí del despacho.

–Adiós, señor Krausosky –me dijo el hombre de negro, con una reverencia–. Feliz estadía.

Los familiares del muerto, tras intentar sacarme dinero, me preguntaron si tenía conexiones con la televisión, pues sabían que era la que mejor paga las exclusividades. Prometiendo demandar al municipio me confirmaron sin dudas la identidad del cuerpo que vieron en la morgue.

Volví a mi hotel. Ordené los apuntes y me contacté con el diario. Luego comuniqué al conserje que cenaría allí en caso de que alguien me buscara y salí para hacer ciertas averiguaciones.

Solamente había comido algo de pie durante todo el día, por lo que sentía un apetito atroz cuando regresé. Sin embargo, antes de entrar al restaurante del hotel vigilé su interior por una ventana. Como me imaginaba, una figura conocida ocupaba una mesa en un rincón oculto. El delgado caballero de negro fingía leer el diario mientras vigilaba las dos puertas de ingreso. Decidí ser yo quien lo sorprendiera entrando por la puerta que daba al lobby y sentándome en la misma mesa.

–Señor Krausosky, vaya sorpresa.

–No creo que esté sorprendido en lo más mínimo. Dígame por qué me sigue.

–Por favor, no me decepcione. Usted es una persona educada, no levante la voz así. Córdoba no es tan grande. Encontrarnos en dos lugares distintos un mismo día es extraño pero no inexplicable.

–Lo que es inexplicable es que por segunda vez ha mencionado mi apellido. No recuerdo haberme presentado. Además, trató de informarse sobre mi alojamiento y de inducirme a un lugar donde pudiera localizarme y donde ha averiguado si estaba. Lo acabo de confirmar.

–Debe disculpar mi grosería. Mi nombre es Eugenio Dublais. Es verdad que he tratado de indagar algunas cosas, pero no se preocupe. Ya sé quién es y qué hace en esta ciudad. Mi búsqueda ahora está encaminada a invitarlo a una reunión. Alguien muy importante desea verlo.  

–Importante ¿Para quién?

–Para mí, porque es la persona para la que trabajo. Para usted por la misma razón.

–Mis patrones están en Buenos Aires.

–Sus patrones visibles. La reunión tiene que ver con el caso que investiga y le será provechosa. El señor Pasquini lo espera mañana a las 10. Yo en persona me encargaré de su traslado.  

La mañana era luminosa y ya se sentía el rigor del sol de Febrero, sin embargo Dublais no perdía la costumbre de la ropa negra y formal.

Me llevó en auto a las afueras de la ciudad, hasta un chalet caro y de pésimo gusto. Al llegar me condujo hasta una terraza. El mantel blanco de una mesa servida con diversos tragos refulgía al sol. Un hombre mayor me esperaba, tendiéndome amable su mano.

–Bienvenido, señor Krausosky, espero no molestarlo demasiado distrayéndolo un momento de su trabajo. Creo que puedo ofrecerle ciertos datos que van a serle de mucha utilidad.

Instintivamente, el calor me hizo buscar con la mirada algún lugar con agua. Abajo, en medio de un parque rodeado de pinos el ojo azul de una piscina me hipnotizaba tanto como la dorada piel de la joven que, tras emerger, se extendía al sol.

–Una belleza, ¿verdad?

–Sí, es una hermosa pileta.

–Me refería a la mujer, es mi esposa; algunas veces pienso que es demasiado linda. Con la edad nos ponemos celosos. Si gusta podemos postergar la charla y para darse un chapuzón.

–No, le agradezco, preferiría que me contara cuanto antes de que se trata.

–Desde hace unas horas soy el principal accionista del diario donde trabaja.

–¿Piensa renovar el plantel de periodistas que no es de su agrado?

–No, y en todo caso si eso ocurriera sería usted el último en irse. Me gusta su estilo y lo que es más importante: le gusta a los lectores. Quiero hablarle sobre Ernesto Cabrera. Trabajaba para mí. Tener indocumentados a cargo puede producir algunas incomodidades, pero es siempre importante el aporte de gente que legalmente no existe. Para el trabajo sucio que le llaman.

Evidentemente el hombre sobreactuaba el papel de mafioso, enfatizando sus lugares comunes.

–Era buen chico, pero proclive a travesuras. Y cuando uno tiene muchos años y una esposa joven, puede haber situaciones enojosas. Por desgracia o por suerte su destino fue morir en una andanza por cuenta propia. Pero recuerde Krasousky, lo suyo no es la crónica policial sino el misterio.

–¿Sólo para decirme eso me citó?

–No, le entregaré algo importante antes que se vaya. Seguiremos la charla durante el almuerzo si me permite. Hoy tenemos cazuela de mariscos, especialidad de nuestra cocinera.   

–Se lo agradezco pero tengo especial repugnancia por los mariscos.

La sola idea de una cazuela con semejante calor me recordaba al infierno.

–De acuerdo, pero le pediré solamente que admire estos frutos de mar, tal vez cambie de opinión.

Entramos a la casa, siempre seguidos por Dublais, para pararnos frente a un freezer. Pasquini levantó la tapa haciendo un ademán con la otra mano, como quien muestra un tesoro.

Mi gesto de repugnancia hizo que se cruzaran las miradas burlonas de los otros dos.

–Disculpe nuestras sonrisas, pero acaba de poner la misma cara de mi mujer cuando se lo mostramos. Ella también odia estas monstruosidades marinas.

Sentí un ingobernable deseo de irme. De la manera más cortés posible, aduje citas impostergables y pregunté qué tenía para mí. Me entregó un papel.

–Es el sitio y el momento en que Cabrera será desenterrado. Habrá una sorpresa cuando abran el ataúd. Será el único periodista presente, de modo que lleve un buen fotógrafo.

Me estrechó la mano con más fuerza que al presentarse y mirándome fijo a los ojos me sermoneó:

–Recuerde un consejo saludable, no pierda la cabeza buscando certezas, a la gente le gusta el misterio. La verdad suele ser decepcionante. ¿Está seguro de no querer entrar a la pileta?

No recuerdo haberle contestado. El deseo de irme cuanto antes me superaba. Hasta creo que la compañía de Dublais en el camino de regreso no me pareció tan desagradable.

La pala hizo tope en una superficie que sonaba a oquedad. Poco tiempo después el cajón salía a superficie. Al abrir la tapa  quedó al descubierto un cuerpo decapitado. Sobre el tronco, con las manos que parecían sostenerla al modo de un basquetbolista posando para la foto, vi por segunda vez la cabeza de Ernesto Cabrera. Los mafiosos están cada día más sutiles en sus mensajes. Dejé que el fotógrafo se saciara de imágenes hasta el hartazgo. Mi tarea en Córdoba había terminado. Sólo faltaba elaborar una hipótesis atrayente que hablara de ritos de alguna secta siniestra o extraterrestres en búsqueda de cuerpos humanos para ser estudiados. Es decir, lo que los lectores del diario esperan de mí. ¿Para qué contar la verdad?: Un matón celoso que condena a muerte a un empleado por una “travesura” imposible de perdonar. Una persona cualquiera se le adelanta y lo mata al intentar robar en su casa. Que el ejecutor fuera otro no significaba problema alguno ya que Pasquini no exigía exclusividad. El inconveniente estaba en la situación de indocumentado del muerto. Quién podía asegurarle que se trataba de la misma persona y no de un sustituto en un intento de sus allegados para salvarlo. En la morgue sólo permitirían la presencia de familiares para reconocerlo. La solución era una sola, el secuestro momentáneo del cuerpo, un delito menor. La mutilación era apenas un detalle agregado. Un delicado mensaje. Confieso que en algún momento se me ocurrió escribir una crónica con toda la verdad. Entonces recordé el saludable consejo de Pasquini al despedirme (No pierda la cabeza…) y se me representó la escena en que levantaba la tapa del freezer, como hacía instantes lo hicieron con la del ataúd. Fue el momento en que vi, entre pulpos y calamares, por primera vez la cabeza de Ernesto Cabrera.

 

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