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"Cuentos sobre periodistas":

Cuento seleccionado por El Escriba

Paula

por Guillermo Battaglia, Ciudad de Buenos Aires, Argentina.

Tarde de personajes de viernes en el centro. Paula cruza la calle en diagonal a mitad de la cuadra y en contramano. Tal como si atesorara un enfoque espectral, surge desde el velo de la tarde con su figura de heroína. Natural, cubierta con un buzo sobre su espalda, pantalón de gimnasia y zapatillas. Su mochila de estudiante de academia oprimiendo su hombro izquierdo. Ella viene murmurando por su celular. Quizás anulando alguna cita en virtud de la entrevista que debía dar, y esas fotografías que la fastidiarían hasta el cansancio. El paso a contramano por la calle Lavalle hacia mí. Emplaza mi atención esa variedad de cortesana en extinción, con aire sereno y despojado, su rostro blanqueado, sin maquillaje. Su pelo mineral, expandido y apasionado, completaba con especial resultado su figura precisa y arrogante con incitantes redondeces, celebrando su graciosa y sensual distinción. A su armónico caminar; meneando sus caderas como lo hiciera sobre la pasarela del desfile aquel, donde la vi por primera vez; llegaban como pértigas de fuego las miradas de los perezosos personajes de aquella tarde. Alineaba un pie frente al otro con el cuidado que le consentía el beneficio de su rutilante  lozanía. Su apariencia; distante de la de esas chicas de tapas de revistas de modas y aún ante lo moderado de sus ropajes; reclamaba la curiosidad de todos los que nos registramos en ese oscuro atardecer sobre la calle Lavalle. Era un día en que los bares del centro, advertían contaminarse de insignificantes futboleros inmovilizados frente a los televisores del lugar, siguiendo el clásico de turno. Se dirigió atrevida hasta el bar donde negociamos el encuentro. Mientras ella regalaba sus últimos pasos y ante el inminente encuentro, me escurrí de semejante disturbio hacia la calle. Resolví en una fracción de segundo saltar del bullicio aquel y lanzarme a su encuentro, antes que ese puterío de hombres acalorados por once boludos corriendo tras una pelota, la acobardase y perdiese mi nota. “¡Paula!”, exclamé. Y ella, al dar un vuelco sobre sí, cerrando la tapa del celular, clavó esos enormes ojos esmaltados, color brisa, sobre los míos; dejándome sin aire en los pulmones, paralizando mis latidos. Millones de pensamientos incontrolables sacudieron mis neuronas, hasta que logré articular las primeras palabras. Al distinguir el bullicio de tanta gente, la propuesta inevitable llegó de repente. “Salgamos de aquí –le dije–, esto no es adecuado”. Caminamos por Lavalle hasta San Martín y convinimos en la intimidad correcta de un sitio sereno y refinado. Pidió un té con leche fría y tostadas; se la notaba ansiosa, cansada, quizás hambrienta también. Conversamos unos minutos de simplezas hasta que el mesero se retiró, y recreando la vibración de no ser fastidiados, mereció el tiempo del experto que conquista, y tiró a matar con la primera pregunta. Paula ensayó estar al tanto desde el inicio, si la revista le tenía preparado un cuestionario, y ante mi negativa, suplicó que no hablemos de su vida privada. Para dominar el camino que Paula concedía a la nota, sobrevino plantearle que dialoguemos sin parámetro fijos de las materias a su agrado, a cambio de permitirme grabar la charla. Accedió a condición de apagarlo en el momento que dijera algo inconveniente, y fue ese el paso inaugural de los síntomas que revelaban en esa mujer, de unos esplendidos treinta y tantos años, la encrucijada de extenderse generosa consintiendo también que la palabrería se escurriese por oscuros callejones sin fin; o conforme el desarrollo, mantener la defensa en alto y protegerse del qué pasará. Aun cuando ella tratase pasar en silencio algunos aspectos de su vida, y sin siquiera madurarlo y con el grabador conectado, nos relacionamos en contenidos espinosos e inesperados de cada uno de nosotros. Meneó la cuchara con la elegancia de una reina en su taza de té, cargándola hasta las márgenes de sus labios asimilando un sorbo frágil, hasta bautizar su garganta rasgada por los nervios del momento que no podía disimular. Sin limitar su mirada desde esos ojos nítidos; provoca mis sentidos insinuándose por encima de la taza que abrigaba en sus manos. El solo observar los deliciosos movimientos de sus labios y sus ojos, y a pesar de sus delgados dedos, ordenando enredados cabellos rojizos sobre su rostro perfecto; fue suficiente para imaginar que Paula tendría mucho por decir y más por ocultar de lo que mi cinta pudiera registrar. Intentó ensayar relatos aislados sobre su entusiasmo artístico. Paula no quiso esforzarse en descubrir su vida. Cerca de dos horas en aquel lugar, lejos de alcanzar algo de una entrevista profesional, fuimos conteniéndonos ante terrenos pantanosos, desde donde costaba regresar al tema central. Nuestras manos se tocaron sin querer y se enlazaron con fuerza después. La cinta resbalando dentro de la cajita, luchaba por suspender la áspera fatiga del grabador. Me brotaba por los ojos el deseo por estar fuerte y a la vez descubrir en Paula cómo fueron sus pasos como bailarina del Coliseo de Madrid. Sus ausencias cotidianas trajinando por el mundo, correr el velo de los amores y los hombres que la conocieron como así también esa presencia solitaria cargada de secretos por descubrir. Me tropecé sin darme cuenta, o acaso de ex profeso, frente a un torrente de historias que surgían, empezando por el intento de aquella Paula hermética todavía, masticando una verborragia admirable y astuta; falsificando historias suntuosas y definidas, colmadas de pasiones y hurtos, regadas por las lágrimas de esta mujer que sintiera alguna vez haber sido una reina devenida en mendigo. La propuesta inevitable surgió sin hacerse esperar. Nuestras ilusiones imaginaban pasar el resto de la noche juntos sin pensar en el final. La happy hour del lugar nos abordó por la espalda con parvas de gentes, que por dar una vuelta por el lugar en busca de un par de cervezas o dos tragos al precio de uno nos estimuló a tomarlos. Tomamos unas copas declarando antiguas patrañas, desventuras y sufrimientos. Comenzamos a mirarnos enrarecidos, con un brillo cósmico en los ojos. Le propuse imperioso compartir a esas horas la cena, y continuar con nuestra entrevista. Paula evadió el compromiso sin matarme en el ensayo de la insolencia, y la oferta renovada llegó sin salirnos del camino. Por momentos decaía pensando que todo se desvanecería entre la bruma de los cigarrillos. Moría por abreviar la distancia que imponía la coqueta mesa que nos separaba. Seducida por la oferta, Paula instó por robarme unos veinte minutos para partir hasta su hogar a solo dos cuadras del lugar y vestirse con un estilo más prudente y meritorio. Reclamé por derecho noble acompañarla y hacer antesala en la puerta de su edificio. Al llegar a la entrada, con la gentileza de una cortesana convincente por sí misma y con la ayuda regalada por una tenaz llovizna, Paula no admitió de manera alguna esperarla en la calle. “Por favor dijo Paula en tono exigente–, subamos, solo tardo veinte minutos”. La escasez del elevador nos ubicó frente a frente, permitiéndonos por un instante eterno respirar el mismo aire y explorar el aroma de nuestros cuerpos. “En la cocina podés preparar café dijo–, yo también tomo”. Desde su cuarto y con voz firme, me dice: “No te preocupes por mi café, lo tomo casi frío”. Podía recordar el sonido de su respiración excitada retumbando en mis oídos en la estrechez del ascensor y sus cabellos hormigueando en mis mejillas. Esos veinte minutos fueron quince y parecieron miles. Al lucirse soberbia en el despojado living del distinguido departamento, mientras esperaba provocado a tomarla en mis brazos, acomodado en el único y colosal sillón de la sala, mis palpitaciones alcanzaban para hacer vibrar la brillante pinotea del piso. Traía el cabello encumbrado en alterado rodete. Labios púrpura suavemente delineados, ojos encerrados en una nube del color de sus verdes pupilas viéndome insistentes, concluyeron en desarticular mis estructuras. Forjada en un vestido negro adherido al cuerpo cubriéndola hasta los tobillos, sugiriendo la riqueza de sus caderas y sus senos, llevaron mis pensamientos a suponerme en el umbral de una muerte impensada y misteriosa. Pensé que no era una imagen real, creí estar estimulando la ilusión por los efectos del alcohol. Quedé cegado por ese retrato fantástico, que se merecía explorar. Sin embargo era Paula, la misma que me concedió una entrevista en el bar de la calle Lavalle. Esa mujer indiferente a su envoltura, despojada y desordenada. Esa que cuatro horas antes me había sorprendido cruzando en diagonal y a contramano la calle. Esa que lejos de mi nota, arrasaba contra todos mis sentidos. Esa Paula que con voz quebrada y seductora, dijo: “Llueve; olvidemos la cena, dejemos todo eso de lado, no querrás que se arruine mi vestido. Quedémonos aquí, de todos modos. ¿Cuándo sale la nota?”.

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