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Tarde de personajes de viernes en el centro. Paula cruza la calle en
diagonal a mitad de la cuadra y en contramano. Tal como si atesorara un
enfoque espectral, surge desde el velo de la tarde con su figura de
heroína. Natural, cubierta con un buzo sobre su espalda, pantalón de
gimnasia y zapatillas. Su mochila de estudiante de academia oprimiendo su
hombro izquierdo. Ella viene murmurando por su celular. Quizás anulando
alguna cita en virtud de la entrevista que debía dar, y esas fotografías
que la fastidiarían hasta el cansancio. El paso a contramano por la calle
Lavalle hacia mí. Emplaza mi atención esa variedad de cortesana en
extinción, con aire sereno y despojado, su rostro blanqueado, sin
maquillaje. Su pelo mineral, expandido y apasionado, completaba con
especial resultado su figura precisa y arrogante con incitantes redondeces,
celebrando su graciosa y sensual distinción. A su armónico caminar;
meneando sus caderas como lo hiciera sobre la pasarela del desfile aquel,
donde la vi por primera vez; llegaban como pértigas de fuego las miradas
de los perezosos personajes de aquella tarde. Alineaba un pie frente al
otro con el cuidado que le consentía el beneficio de su rutilante
lozanía. Su apariencia; distante de la de esas chicas de tapas de
revistas de modas y aún ante lo moderado de sus ropajes; reclamaba la
curiosidad de todos los que nos registramos en ese oscuro atardecer sobre
la calle Lavalle. Era un día en que los bares del centro, advertían
contaminarse de insignificantes futboleros inmovilizados frente a los
televisores del lugar, siguiendo el clásico de turno. Se dirigió atrevida
hasta el bar donde negociamos el encuentro. Mientras ella regalaba sus
últimos pasos y ante el inminente encuentro, me escurrí de semejante
disturbio hacia la calle. Resolví en una fracción de segundo saltar del
bullicio aquel y lanzarme a su encuentro, antes que ese puterío de hombres
acalorados por once boludos corriendo tras una pelota, la acobardase y
perdiese mi nota. “¡Paula!”, exclamé. Y ella, al dar un vuelco sobre sí,
cerrando la tapa del celular, clavó esos enormes ojos esmaltados, color
brisa, sobre los míos; dejándome sin aire en los pulmones, paralizando mis
latidos. Millones de pensamientos incontrolables sacudieron mis neuronas,
hasta que logré articular las primeras palabras. Al distinguir el bullicio
de tanta gente, la propuesta inevitable llegó de repente. “Salgamos de
aquí –le dije–, esto no es adecuado”. Caminamos por Lavalle hasta San
Martín y convinimos en la intimidad correcta de un sitio sereno y
refinado. Pidió un té con leche fría y tostadas; se la notaba ansiosa,
cansada, quizás hambrienta también. Conversamos unos minutos de simplezas
hasta que el mesero se retiró, y recreando la vibración de no ser
fastidiados, mereció el tiempo del experto que conquista, y tiró a matar
con la primera pregunta. Paula ensayó estar al tanto desde el inicio, si
la revista le tenía preparado un cuestionario, y ante mi negativa, suplicó
que no hablemos de su vida privada. Para dominar el camino que Paula
concedía a la nota, sobrevino plantearle que dialoguemos sin parámetro
fijos de las materias a su agrado, a cambio de permitirme grabar la
charla. Accedió a condición de apagarlo en el momento que dijera algo
inconveniente, y fue ese el paso inaugural de los síntomas que revelaban
en esa mujer, de unos esplendidos treinta y tantos años, la encrucijada de
extenderse generosa consintiendo también que la palabrería se escurriese
por oscuros callejones sin fin; o conforme el desarrollo, mantener la
defensa en alto y protegerse del qué pasará. Aun cuando ella tratase pasar
en silencio algunos aspectos de su vida, y sin siquiera madurarlo y con el
grabador conectado, nos relacionamos en contenidos espinosos e inesperados
de cada uno de nosotros. Meneó la cuchara con la elegancia de una reina en
su taza de té, cargándola hasta las márgenes de sus labios asimilando un
sorbo frágil, hasta bautizar su garganta rasgada por los nervios del
momento que no podía disimular. Sin limitar su mirada desde esos ojos
nítidos; provoca mis sentidos insinuándose por encima de la taza que
abrigaba en sus manos. El solo observar los deliciosos movimientos de sus
labios y sus ojos, y a pesar de sus delgados dedos, ordenando enredados
cabellos rojizos sobre su rostro perfecto; fue suficiente para imaginar
que Paula tendría mucho por decir y más por ocultar de lo que mi cinta
pudiera registrar. Intentó ensayar relatos aislados sobre su entusiasmo
artístico. Paula no quiso esforzarse en descubrir su vida. Cerca de dos
horas en aquel lugar, lejos de alcanzar algo de una entrevista
profesional, fuimos conteniéndonos ante terrenos pantanosos, desde donde
costaba regresar al tema central. Nuestras manos se tocaron sin querer y
se enlazaron con fuerza después. La cinta resbalando dentro de la cajita,
luchaba por suspender la áspera fatiga del grabador. Me brotaba por los
ojos el deseo por estar fuerte y a la vez descubrir en Paula cómo fueron
sus pasos como bailarina del Coliseo de Madrid. Sus ausencias cotidianas
trajinando por el mundo, correr el velo de los amores y los hombres que la
conocieron como así también esa presencia solitaria cargada de secretos
por descubrir. Me tropecé sin darme cuenta, o acaso de ex profeso, frente
a un torrente de historias que surgían, empezando por el intento de
aquella Paula hermética todavía, masticando una verborragia admirable y
astuta; falsificando historias suntuosas y definidas, colmadas de pasiones
y hurtos, regadas por las lágrimas de esta mujer que sintiera alguna vez
haber sido una reina devenida en mendigo. La propuesta inevitable surgió
sin hacerse esperar. Nuestras ilusiones imaginaban pasar el resto de la
noche juntos sin pensar en el final. La
happy
hour del lugar nos abordó por la espalda con parvas de
gentes, que por dar una vuelta por el lugar en busca de un par de cervezas
o dos tragos al precio de uno nos estimuló a tomarlos. Tomamos unas copas
declarando antiguas patrañas, desventuras y sufrimientos. Comenzamos a
mirarnos enrarecidos, con un brillo cósmico en los ojos. Le propuse
imperioso compartir a esas horas la cena, y continuar con nuestra
entrevista. Paula evadió el compromiso sin matarme en el ensayo de la
insolencia, y la oferta renovada llegó sin salirnos del camino. Por
momentos decaía pensando que todo se desvanecería entre la bruma de los
cigarrillos. Moría por abreviar la distancia que imponía la coqueta mesa
que nos separaba. Seducida por la oferta, Paula instó por robarme unos
veinte minutos para partir hasta su hogar a solo dos cuadras del lugar y
vestirse con un estilo más prudente y meritorio. Reclamé por derecho noble
acompañarla y hacer antesala en la puerta de su edificio.
Al llegar a la entrada, con la gentileza de una cortesana convincente por
sí misma y con la ayuda regalada por una tenaz llovizna, Paula no admitió
de manera alguna esperarla en la calle. “Por favor
–dijo
Paula en tono exigente–,
subamos, solo tardo veinte minutos”. La escasez del elevador nos ubicó
frente a frente, permitiéndonos por un instante eterno respirar el mismo
aire y explorar el aroma de nuestros cuerpos. “En la cocina podés preparar
café
–dijo–,
yo también tomo”. Desde su cuarto y con voz firme, me dice: “No te
preocupes por mi café, lo tomo casi frío”. Podía recordar el sonido de su
respiración excitada retumbando en mis oídos en la estrechez del ascensor
y sus cabellos hormigueando en mis mejillas. Esos veinte minutos fueron
quince y parecieron miles. Al lucirse soberbia en el despojado living del
distinguido departamento, mientras esperaba provocado a tomarla en mis
brazos, acomodado en el único y colosal sillón de la sala, mis
palpitaciones alcanzaban para hacer vibrar la brillante pinotea del piso.
Traía el cabello encumbrado en alterado rodete. Labios púrpura suavemente
delineados, ojos encerrados en una nube del color de sus verdes pupilas
viéndome insistentes, concluyeron en desarticular mis estructuras. Forjada
en un vestido negro adherido al cuerpo cubriéndola hasta los tobillos,
sugiriendo la riqueza de sus caderas y sus senos, llevaron mis
pensamientos a suponerme en el umbral de una muerte impensada y
misteriosa. Pensé que no era una imagen real, creí estar estimulando la
ilusión por los efectos del alcohol. Quedé cegado por ese retrato
fantástico, que se merecía explorar. Sin embargo era Paula, la misma que
me concedió una entrevista en el
bar de la calle Lavalle. Esa mujer indiferente a su envoltura, despojada y
desordenada. Esa que cuatro horas antes me había sorprendido cruzando en
diagonal y a contramano la calle.
Esa que lejos de mi nota,
arrasaba contra todos mis sentidos. Esa Paula que con voz
quebrada y seductora, dijo: “Llueve; olvidemos la cena, dejemos todo eso
de lado, no querrás que se arruine mi vestido. Quedémonos aquí, de todos
modos. ¿Cuándo sale la nota?”.
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