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La
botella marrón de ginebra se desliza por la vieja madera jugando con el
desnivel de una de las patas, haciendo equilibrio por los bordes mientras
en la sucia habitación los parlantes devuelven la inconfundible y etílica
voz de Tony Bennett cantando “I can’t believe that you are in love
with me” mezclada con la fritura que agrega el disco de pasta que se
resiste a morir.
Sobre
la mesa y como suerte de obstáculo para la larga botella hay una cabeza.
La cabeza grasosa y canosa de un hombre que desde hace rato duerme vencido
por el alcohol y el abandono. A un lado de la cabeza, colgando a un
costado del cuerpo, dos pesados brazos permanecen guachos e
imperturbables.
A
un lado de la mesa y sentado sobre una crujiente silla hay un hombre de
unos sesenta y pico que de alguna manera descansa con el cuerpo hacia
delante y la cabeza apoyada sobre la mesa. Está desnudo y por su espalda
se desliza una gota de transpiración.
El
reloj marca las 23.53 de un jueves perdido en el inmenso almanaque del año
2002.
A
través de las ventanas cerradas apenas puede verse al interior del
departamento. Pero no son los vidrios los que impiden la visión sino un
denso humo que parece ganarlo todo. Hay un escritorio desordenado con
papeles, libros y cds; una silla arrumbada en el suelo; y en el ambiente
flota la forzada voz de Bob Marley cantando “One Love”. El escritorio
está justo debajo de la ventana. Un poco más atrás y a un costado hay
una cama de una plaza desecha. Sobre el colchón sin funda hay un puñado
de sábanas echas un bollo. A un
lado de la cama hay una mesa de luz con dos cajones abiertos, sobre la
mesita un velador encendido que proporciona la única luminosidad al
ambiente. Dentro de uno los cajones sobresale nítidamente sobre el resto
de los objetos una libretita con anotaciones en color rojo; en el otro cajón
la competencia es más sana, lo único que hay es el libro “El castillo
de los destinos cruzados” de Italo Calvino.
En
el minúsculo baño que tiene el departamento del lado izquierdo si uno
ingresa por la puerta o del lado derecho si tomamos como referencia la
ventana hay un joven sentado sobre el inodoro. Su cuerpo desnudo descansa
en el sillón imaginario que le ofrece la tabla baja y los azulejos
blancos que tiene a sus espaldas. El ambiente está a oscuras y la poca
luz que hay la suministran el velador de la pieza y el rojo que se hace más
intenso después de cada pitada. Apretado en la mano derecha de ese joven
de pelo corto y ojos hinchados hay un cigarrillo de marihuana.
El
reloj marca las 23.53 de un jueves perdido en el inmenso almanaque del año
2002.
Laura
tiene veintitrés años y una vida sin demasiados sobresaltos. Recostada
sobre una cama de dos plazas dibuja garabatos en su diario haciendo fuerza
con sus ojos. El dormitorio está en penumbras, apenas iluminado por el
televisor encendido y sin volumen. En el ambiente, reina el silencio,
apenas cortado por una imperceptible música. La joven está recostada
boca abajo con su cuerpo hacia el televisor, hacia los pies de la cama.
Mueve el pie izquierdo al compás de la música. En sus oídos pueden
verse auriculares, y en el walkman girar un casete de La Portuaria. La
inconfundible voz de Diego Frenkel susurra “Escenas de la vida
amorosa”. Lo único que lleva puesto la joven es una bombacha de algodón
blanca con motivos infantiles, sus pequeños pero erguidos pechos rozan
tan involuntaria como sistemáticamente la sábana de seda gris.
No
presta atención a la televisión, cada tanto levanta la vista y observa
las personas que pueblan la pantalla, esa acción la hace sentir menos
sola. Muchas veces pensó en comprarse un gato negro.
La
ventana de la habitación permanece cerrada, odia abrirla, odia no poder
ver nada y que entre tanto edificio no pueda siquiera adivinarse una mísera
estrella.
El
reloj marca las 23.53 de un jueves perdido en el inmenso almanaque del año
2002.
El
reloj marca mucho más que las 23.53 de un jueves perdido en el inmenso
almanaque del año 2002. Marca un día menos en la vida de tres personas
que no se conocen y desconocen el uno del otro pese a vivir en el mismo
edificio. Un gran edificio con muchas puertas, con muchas ventanas, con
muchas personas, con tanto de mucho que es tanto que al fin de cuentas
termina siendo nada, nada en una inmensa ciudad, nada en un inmenso
edificio, nada en la vida de tres personas perdidas en la noche de un
jueves cualquiera mientras el reloj marca las 23.53 de un día más del
almanaque del año 2002, de un año más.
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del concurso "Música y Literatura"
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