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"Música y Literatura":

Cuento elegido por El Escriba

 

 

 

 

 

No puedo creer que estés enamorada de mí

de Flavio Mogetta, Gonnet, Buenos Aires, Argentina.

 

La botella marrón de ginebra se desliza por la vieja madera jugando con el desnivel de una de las patas, haciendo equilibrio por los bordes mientras en la sucia habitación los parlantes devuelven la inconfundible y etílica voz de Tony Bennett cantando “I can’t believe that you are in love with me” mezclada con la fritura que agrega el disco de pasta que se resiste a morir. 

Sobre la mesa y como suerte de obstáculo para la larga botella hay una cabeza. La cabeza grasosa y canosa de un hombre que desde hace rato duerme vencido por el alcohol y el abandono. A un lado de la cabeza, colgando a un costado del cuerpo, dos pesados brazos permanecen guachos e imperturbables.

A un lado de la mesa y sentado sobre una crujiente silla hay un hombre de unos sesenta y pico que de alguna manera descansa con el cuerpo hacia delante y la cabeza apoyada sobre la mesa. Está desnudo y por su espalda se desliza una gota de transpiración.

El reloj marca las 23.53 de un jueves perdido en el inmenso almanaque del año 2002.

 

A través de las ventanas cerradas apenas puede verse al interior del departamento. Pero no son los vidrios los que impiden la visión sino un denso humo que parece ganarlo todo. Hay un escritorio desordenado con papeles, libros y cds; una silla arrumbada en el suelo; y en el ambiente flota la forzada voz de Bob Marley cantando “One Love”. El escritorio está justo debajo de la ventana. Un poco más atrás y a un costado hay una cama de una plaza desecha. Sobre el colchón sin funda hay un puñado de sábanas echas un bollo. A  un lado de la cama hay una mesa de luz con dos cajones abiertos, sobre la mesita un velador encendido que proporciona la única luminosidad al ambiente. Dentro de uno los cajones sobresale nítidamente sobre el resto de los objetos una libretita con anotaciones en color rojo; en el otro cajón la competencia es más sana, lo único que hay es el libro “El castillo de los destinos cruzados” de Italo Calvino.

En el minúsculo baño que tiene el departamento del lado izquierdo si uno ingresa por la puerta o del lado derecho si tomamos como referencia la ventana hay un joven sentado sobre el inodoro. Su cuerpo desnudo descansa en el sillón imaginario que le ofrece la tabla baja y los azulejos blancos que tiene a sus espaldas. El ambiente está a oscuras y la poca luz que hay la suministran el velador de la pieza y el rojo que se hace más intenso después de cada pitada. Apretado en la mano derecha de ese joven de pelo corto y ojos hinchados hay un cigarrillo de marihuana.

El reloj marca las 23.53 de un jueves perdido en el inmenso almanaque del año 2002.

 

Laura tiene veintitrés años y una vida sin demasiados sobresaltos. Recostada sobre una cama de dos plazas dibuja garabatos en su diario haciendo fuerza con sus ojos. El dormitorio está en penumbras, apenas iluminado por el televisor encendido y sin volumen. En el ambiente, reina el silencio, apenas cortado por una imperceptible música. La joven está recostada boca abajo con su cuerpo hacia el televisor, hacia los pies de la cama. Mueve el pie izquierdo al compás de la música. En sus oídos pueden verse auriculares, y en el walkman girar un casete de La Portuaria. La inconfundible voz de Diego Frenkel susurra “Escenas de la vida amorosa”. Lo único que lleva puesto la joven es una bombacha de algodón blanca con motivos infantiles, sus pequeños pero erguidos pechos rozan tan involuntaria como sistemáticamente la sábana de seda gris.

No presta atención a la televisión, cada tanto levanta la vista y observa las personas que pueblan la pantalla, esa acción la hace sentir menos sola. Muchas veces pensó en comprarse un gato negro.

La ventana de la habitación permanece cerrada, odia abrirla, odia no poder ver nada y que entre tanto edificio no pueda siquiera adivinarse una mísera estrella.

 El reloj marca las 23.53 de un jueves perdido en el inmenso almanaque del año 2002.

 

El reloj marca mucho más que las 23.53 de un jueves perdido en el inmenso almanaque del año 2002. Marca un día menos en la vida de tres personas que no se conocen y desconocen el uno del otro pese a vivir en el mismo edificio. Un gran edificio con muchas puertas, con muchas ventanas, con muchas personas, con tanto de mucho que es tanto que al fin de cuentas termina siendo nada, nada en una inmensa ciudad, nada en un inmenso edificio, nada en la vida de tres personas perdidas en la noche de un jueves cualquiera mientras el reloj marca las 23.53 de un día más del almanaque del año 2002, de un año más.        

 

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