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"Música y Literatura":

Cuento elegido por El Escriba

 

 

 

 

 

Ceremonial de expiación

de Edgardo Martín Gelos, Bahía Blanca, Buenos Aires, Argentina.

 

 

 

Había tenido una semana complicada en el trabajo, pero ya era viernes por la tarde y podría descansar hasta el lunes. Mientras entraba al edificio de departamentos donde vivía, iba elaborando una lista de  las cosas que debía hacer durante ese tiempo.

Al subir al ascensor recordó que le habían regalado un compacto con los conciertos para piano de Beethoven. Amaba esos conciertos y la sola evocación del andante del número cuatro lo inundó de placer. De repente se sintió acalorado, se quitó el saco, se abrió la camisa y se pasó la mano por el pecho. Sabia que no era una buena idea pero estaba seguro de no poder eludir la tentación de escucharlo.

El piano había sido la gran pasión de su vida y por años estudió para dedicarse a la música. Al morir su padre, la realidad familiar terminó con sus sueños de adolescente. Había que trabajar.

Entró al departamento decidido a darse un baño antes de poner manos a la obra a las tareas que se había propuesto. Ahora vivía solo y tenía que ocuparse de todo. Su hermana se había casado y residía en el extranjero. Él, que no había tenido tiempo ni para el amor ni para el piano, había tenido que hacerse cargo de su madre por largos años hasta el día en que murió.

Comenzó a desnudarse. Camino al baño vio el retrato de su madre sobre un mueble y, como un ritual cotidiano, se detuvo a contemplarlo. Entonces vio el compacto Un impulso cruel lo empujo a tomarlo en sus manos. Pensó oírlo mientras se duchaba. Estudió el índice de las obras, eligió la pista con su parte predilecta y lo colocó en el equipo de audio. La dolorosa desolación del andante del cuarto concierto fue entonces una presencia sólida que borró la realidad de su entorno.

Cuando surgió del piano la súplica angustiosa de su solo, sus manos, imperceptiblemente, comenzaron a moverse  como si no le pertenecieran. Los dedos se le contrajeron con una leve crispación y luego se abrieron lentamente como los tentáculos de un pulpo en acecho. Como obedeciendo a un reclamo sobrenatural. comenzaron a ascender hacia su torso. Sentía que ellos entraban en un bosque de marfil y ébano jugando a ser duendecitos perversos.

Su madre lo contemplaba desde la foto con una expresión autoritaria y despectiva. Ella no había amado nunca la música clásica. Siempre se  burlaba de él cuando lo descubría escuchándola. Cuando su padre lo autorizó a que estudiara piano, luego de muchos ruegos y la promesa de que continuaría con sus estudios, ella se opuso y siempre le machacaba que  eso sólo le serviría para morirse de hambre. Pero él quería llegar a ser un gran concertista y pasaba horas sumergido en escalas, arpegios y estudios. No le importaban las burlas de su madre y,  soportándolo todo, seguía buscando el momento en que sus dedos fueran capaces de hablar el lenguaje de los sonidos.

La música era ahora parte de la semipenumbra de la habitación que, poco a poco, se fue poblando con  un presagio hechizado que iniciaría el ritual. Él, con la armonía deshumanizada de un autómata, empezó a moverse hacia ningún lugar. Sus manos, como pájaros en acecho, comenzaron a volar hacia sus costillas. Cada dedo era un pequeño monje en procesión, en un peregrinaje por su tórax, sus brazos, sus hombros.

Había voces entrecortadas en aquella música, que fluía como una marea de baba viscosa que lo empujaba hacia el abismo de sus disonancias interiores.

Una voz sublime que le decía “mis dedos son ágiles” “mis dedos viven”. Y aquella otra, mordaz y despectiva que le repetía “ para lo que te van a servir” “sólo para una cosa”.

Despaciosamente, a medida que la danza de sus dedos adquiría el frenesí de la posesión demoníaca,  se fue deslizando hacia el suelo en un rincón ya casi tragado por las sombras. Era un muñeco penitente que algún mago perverso había condenado a un  ceremonial de expiación.

En ese aquelarre de voces y sonidos, las palabras finales cargadas de ironía y grabadas en su dolor insondable lo golpearon brutalmente: “para rascarte”.

La sangre comenzó a manar de su cuerpo desnudo, esclavo de la macabra danza de sus uñas.

Entonces, estalló el silencio.

 

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