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Había
tenido una semana complicada en el trabajo, pero ya era viernes por la
tarde y podría descansar hasta el lunes. Mientras entraba al edificio de
departamentos donde vivía, iba elaborando una lista de las
cosas que debía hacer durante ese tiempo.
Al
subir al ascensor recordó que le habían regalado un compacto con los
conciertos para piano de Beethoven. Amaba esos conciertos y la sola
evocación del andante del número cuatro lo inundó de placer. De repente
se sintió acalorado, se quitó el saco, se abrió la camisa y se pasó la
mano por el pecho. Sabia que no era una buena idea pero estaba seguro de
no poder eludir la tentación de escucharlo.
El
piano había sido la gran pasión de su vida y por años estudió para
dedicarse a la música. Al morir su padre, la realidad familiar terminó
con sus sueños de adolescente. Había que trabajar.
Entró
al departamento decidido a darse un baño antes de poner manos a la obra a
las tareas que se había propuesto. Ahora vivía solo y tenía que
ocuparse de todo. Su hermana se había casado y residía en el extranjero.
Él, que no había tenido tiempo ni para el amor ni para el piano, había
tenido que hacerse cargo de su madre por largos años hasta el día en que
murió.
Comenzó
a desnudarse. Camino al baño vio el retrato de su madre sobre un mueble
y, como un ritual cotidiano, se detuvo a contemplarlo. Entonces vio el
compacto Un impulso cruel lo empujo a tomarlo en sus manos. Pensó oírlo
mientras se duchaba. Estudió el índice de las obras, eligió la pista
con su parte predilecta y lo colocó en el equipo de audio. La dolorosa
desolación del andante del cuarto concierto fue entonces una presencia sólida
que borró la realidad de su entorno.
Cuando
surgió del piano la súplica angustiosa de su solo, sus manos,
imperceptiblemente, comenzaron a moverse
como si no le pertenecieran. Los dedos se le contrajeron con una
leve crispación y luego se abrieron lentamente como los tentáculos de un
pulpo en acecho. Como obedeciendo a un reclamo sobrenatural. comenzaron a
ascender hacia su torso. Sentía que ellos entraban en un bosque de marfil
y ébano jugando a ser duendecitos perversos.
Su
madre lo contemplaba desde la foto con una expresión autoritaria y
despectiva. Ella no había amado nunca la música clásica. Siempre se
burlaba de él cuando lo descubría escuchándola. Cuando su padre
lo autorizó a que estudiara piano, luego de muchos ruegos y la promesa de
que continuaría con sus estudios, ella se opuso y siempre le machacaba
que eso sólo le serviría para morirse de hambre. Pero él quería
llegar a ser un gran concertista y pasaba horas sumergido en escalas,
arpegios y estudios. No le importaban las burlas de su madre y,
soportándolo todo, seguía buscando el momento en que sus dedos
fueran capaces de hablar el lenguaje de los sonidos.
La
música era ahora parte de la semipenumbra de la habitación que, poco a
poco, se fue poblando con un
presagio hechizado que iniciaría el ritual. Él, con la armonía
deshumanizada de un autómata, empezó a moverse hacia ningún lugar. Sus
manos, como pájaros en acecho, comenzaron a volar hacia sus costillas.
Cada dedo era un pequeño monje en procesión, en un peregrinaje por su tórax,
sus brazos, sus hombros.
Había
voces entrecortadas en aquella música, que fluía como una marea de baba
viscosa que lo empujaba hacia el abismo de sus disonancias interiores.
Una
voz sublime que le decía “mis dedos son ágiles” “mis dedos
viven”. Y aquella otra, mordaz y despectiva que le repetía “ para lo
que te van a servir” “sólo para una cosa”.
Despaciosamente,
a medida que la danza de sus dedos adquiría el frenesí de la posesión
demoníaca, se fue deslizando
hacia el suelo en un rincón ya casi tragado por las sombras. Era un muñeco
penitente que algún mago perverso había condenado a un
ceremonial de expiación.
En
ese aquelarre de voces y sonidos, las palabras finales cargadas de ironía
y grabadas en su dolor insondable lo golpearon brutalmente: “para
rascarte”.
La
sangre comenzó a manar de su cuerpo desnudo, esclavo de la macabra danza
de sus uñas.
Entonces,
estalló el silencio.
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del concurso "Música y Literatura"
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