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I
hate mondays no. Era algo como I don’t like mondays. Eso, I don’t like
mondays. ¿Y el grupo? ¿Boomtown
Rats? Boomtown Rats. La
banda de Bob Geldof, el tipo de la película The wall. Bien, tu cabeza de
lunes no está tan mal parada como creías. Un tipito que odia los lunes y
sale a matar gente. Bonita melodía para una historia tan sórdida.
¿Cuántas
parejas se amaron en español una noche de sábado con esa música? Bonita
melodía para una historia tan sórdida. La de la canción digo. Bueno, es
mejor que “Lunes otra vez”, una canción estúpida que te hace odiar
todos los días de la semana. De cualquier manera, I hate mondays casi
tanto como los feriados.
Mientras
reviso el estado de mis encías cada vez más blancas en el espejo
neblinoso de este baño de lunes, chequeo mentalmente mi provisión de
cigarrillos después de una noche como la de anoche. El cenicero no me
deja ser optimista. Alguien debería poder decir hasta acá está bien. Me
voy. No necesito esto para tapar aquello. O algo por el estilo, no sé.
Por eso odio los lunes. No hay un día más estrecho, más moralista. El
mundo debió empezar un lunes, y desde entonces vivimos en la resaca del
domingo, aturdidos por el humo en común y los agujeros incomunicables.
Evidentemente, la filosofía berreta también es cosa de lunes.
Acción.
La vieja con el carrito del súper tiene la mueca endurecida, y el portero
de noche la sonrisa adormecida, como Dirk Bogarde. Los dos me miran antes
de mirarse. Yo los miro y sé tanto de ellos como lo que ellos creen saber
de mí. Tampoco es tan así, pero bueno. La calle está llena de
adolescentes, que me ignoran tanto como cuando yo era adolescente, y los
carteles me hablan como si nos conociéramos de toda la vida. Últimamente
hasta me tutean, justo cuando la quiosquera de la esquina ha empezado a
tratarme de usted. Lo que se dice estar en el lugar justo en el momento
apropiado. Nada como empezar bien la semana.
Me
subo a un taxi, y el tachero se parece bastante al del video de los Red
Hot. Tranquilo, yo no soy Anthony Keadis, ni canto, ni nada.
Apenas
muto de manera imperceptible para mí, pero evidente para todos. El tipo
se da vuelta, un poco alterado, y me pregunta la dirección. Me cuesta
encontrar la respuesta, a pesar de que es el
lugar
adonde voy todos los días de nueve a dieciséis. Cuando se la digo, las
cosas vuelven a caer en su lugar. La ciudad empieza a moverse líquidamente
a los costados, detrás de las ventanillas, y sólo
se detiene de a ratos, en las esquinas, donde un pibe lanzallamas con
aliento a querosén me pide una moneda. El tachero arranca y prende la
radio. Se
escucha I don’t like mondays.
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del concurso "Música y Literatura"
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