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Tras
un concierto vacío —otro más, como me venía sucediendo desde no sé
cuanto tiempo— me dispongo a beber una cerveza lentamente en la calidez
universal de un bar para distraer el hastío de una inquietud que volvía
a repetirse. Hago estos conciertos, estas giras, para buscar lo que me ha
dejado. Para ver a dónde han ido a parar mis canciones que ya no salen,
mi melomanía sin límites, el goce profundo que sentía al componer, la
revelación de la vida bien vivida parada frente a mí cada vez que
cantaba. Todas estas cosas se han ido, o a lo mejor están todavía dentro
de mí, pero hay algo, como un bloque de cemento oscuro que les impide
salir. Da lo mismo, la cosa es que no están, que estoy vacío, que toco
mis viejas canciones automáticamente y no les encuentro ningún sentido,
es más: ni siquiera me doy cuenta que terminan cuando lo hacen.
Mi
cerveza no sabe muy bien pero está bien fría; el bar es oscuro, dorado y
apagado. Bien mexicano (estoy en un pueblo de México pues esta gira me ha
traído hasta acá). Hay unas pocas personas; entre ellas un viejo que
busca quien le pague una copa a cambio de una buena historia que le ha
pasado. Como estoy a su lado en la barra, me insiste tanto que accedo. Le
pido su tequila. El viejo le da un sorbo, exhala una pequeña nube de
alcohol y me cuenta: “Bueno, que una vez conocí al gran José Alfredo
Jiménez, nos tomamos juntos casi un botella y después me cantó una
canción; ¿qué me dice, eh?”
El
viejo me mira sonriendo, como esperando alguna exclamación de admiración
o sorpresa.
—¿Esa
es la historia?— le respondo indignado, —esperaba algo más por un
trago—.
—Es
mas larga, chamaco— dice, dejando de sonreír —y más interesante, ya
verás, deja que te cuente—.
Se
acomoda en la barra y empieza: “Fue en este mismo bar, pero la verdad,
no se hace cuantos años ya. Yo estaba en este mismo banquito y de golpe
lo veo a Don José Alfredo entrando a tropezones. Pero al principio no me
di cuenta de que era él, pues estaba vestido con un traje de mariachi, y
que carajo iba a hacer el maestro con un pinche traje de mariachi. Eso es
para cantores que buscan turistas, no para alguien de su calaña. Al
comprobar que era él, lo invito a sentarse aquí, donde estas tu ahora.
Yo estaba que explotaba de alegría, aunque a él lo veía medio raro,
como tristón”.
Intento
imaginarme a José Alfredo Jiménez en este lugar, tambaleándose en su
traje de mariachi. Nunca lo he visto físicamente, pero sé que era medio
gordo y con bigotito. Sin embargo, he oído sus leyendas y también las he
sentido; cada vez que oigo a Chavela que lo canta, cada vez que me llega
eso de que nada me han enseñado los años, siempre caigo en los mismos
errores.
La historia sigue por diversos lados, entre ellos las razones
de que hacía allí y por qué estaba vestido así:
“Me dijo que había sacado su querido traje de los
comienzos por que estaba tratando de recuperar algo que tenía y que lo
había perdido o algo así, no entendí muy bien. Pero eso no importa. Lo
interesante es lo que le había pasado la noche anterior. Me dijo que
estaba en su casa, con una borrachera extraña, que se desmayaba y se
recuperaba a cada rato. En un momento agarró la guitarra y, sin
explicarse cómo, compuso diez canciones que lo hicieron llorar. Y él que
nunca había llorado antes por una canción, pues le parecía muy cursi,
dijo que no podía evitarlo, que no podía parar. Que él a sus canciones
las hacía para que lloren otros en su lugar, pero que ninguna lo había
desarmado así. Que se sentía débil, que tenía un miedo inexplicable,
que no sabía que mierda le sucedía. Que todo era culpa de esas canciones
nuevas que le habían llegado de un lugar que no conocía. Y él, que creía
haberlo visto todo, a ese lugar no lo conocía”.
Termino
mi cerveza con un trago profundo; me pido un tequila. Esta historia me
hace sentir raro, como si la situación fuese la mía y el momento alguno
de mi pasado, pero todo está difuso. Nada hay en común conmigo y
con José Alfredo, ni con este viejo acá a mi lado, ni con este pueblo de
un país ajeno, ni con este bar tan diferente al hogar de una fonda porteña.
Sin embargo, se me da por cantar una melodía que tenía olvidada. Es una
música melancólica e intensa, con una letra que había tenido un extraño
poder de encantamiento y resignación sobre mi. Yo la había sentido muy
tanguera, pero acá se deforma. Igual, vuelvo a sentir la angustia dulzona
que emanaba, hace varios (vaya a saber cuantos) años.
El viejo me mira sorprendido y por la mitad de la canción
se me une. Sigo cantando a
pesar de estar paralizado. Esa canción la había escrito yo, y nunca la
saqué de un círculo pequeño. Por lo menos era casi imposible que
llegara hasta México. Terminamos de cantar en un complejo silencio
cargado de interrogantes, con el aire todavía dulzón.
—Cada vez son más tristes las
canciones de amor— le digo.
—Lo mismo me dijo Don José Alfredo
cuando terminó de cantarla. Esta era la última de aquellas canciones
extrañas, la número diez de aquella noche—.
Suspiro. Pienso: “parece que secretamente a viajado a
Buenos Aires para hacerme creer que surgió de mí”. La había escuchado
antes; eso explicaba todo. Pero en ese entonces (ahora recuerdo bien) no
parecía mexicana. Tampoco se parecía a nada de lo que yo había escrito:
muy profunda, muy intensa, muy viva; demasiado viva para mí.
El viejo me mira desconfiado y me pregunta de donde saqué esa
canción. Estoy por decirle que es mía pero no veo la razón para
hacerlo.
—La habré escuchado en algún
lado, no me acuerdo cuándo ni dónde, pero jamás se me olvidó—
le respondo. Tampoco jamás volví a escribir, después de
conocerla, pero a ese dato me lo guardo para mí.
Me tomo un tequila tras otro mientras el viejo me
confiesa que esa era la última canción que José Alfredo Jiménez había
podido escribir. Se la cantó solo a él
por amabilidad y porque le hacía acordar a un amigo o a un
pariente, o algo así, pero que no volvería a cantarla jamás, porque lo
ponía demasiado triste; y que tampoco volvería a componer, porque no podía,
o no quería, o no se animaba. Ni esta canción ni ninguna de las otras
habían tenido repercusión alguna. Nadie, ni José Alfredo ni el viejo,
se habían encargado de dárselas.
Nos ensimismamos por separado durante un rato, cada uno
en su trago y en sus pensamientos, tratando de buscarle la lógica y la
magia a esos hechos, cada uno desde su propio punto de vista, desde su
parte en la historia.
Pago y saludo al viejo. Este mueve la cabeza y lo dejo
mirándome un poco torcido. Seguramente me habrá empezado a odiar, por
haber puesto en duda la veracidad de su historia o por haberle hecho
sospechar de la honestidad del maestro, quien le habría obsequiado la última
interpretación de su canción más triste. Pero mis pensamientos están en otro lado. A la
historia me la creí y pienso que, a pesar de lo fantástica, cierra
bastante bien en mi vida y en lo que ha venido pasándome desde aquel
momento. Ahora recuerdo que esa fue
la última canción de un proceso angustioso de varias horas de donde habían
salido nueve más.
Bajo
la luz amarilla de un farol que está sobre un quiosco de revistas, hojeo
unas páginas en donde se habla sobre el encierro de Joaquín Sabina. Leo
que lleva cinco años sin salir de su casa, posiblemente a causa de una
depresión, y que se corre la leyenda de que tiene un disco grabado con
diez canciones que nadie ha escuchado y que por alguna razón no quiere
editar.
Mientras camino envuelto en neblinas, pienso que
hubiera sido bueno para mí, bueno para todos, que alguien, cinco años
atrás, hubiese advertido a Joaquín sobre un grupo de canciones tristes
que hay dando vueltas, que tienen como vida propia y que cargan una
maldición, que bloquea a los compositores y les destruye las defensas.
Hubiera sido bueno, para no sentirme privado de su música. A lo mejor ahí,
en su mundo, hubiese encontrado, como otras veces, la razón de ser o el
consuelo de mi melancolía.
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del concurso "Música y Literatura"
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