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"Música y Literatura":

Cuento elegido por El Escriba

 

 

 

 

 

(Sin título)

Obra de Aníbal Chicco Ruiz, Ciudad de Santa Fe, Argentina.

 

 

Tras un concierto vacío —otro más, como me venía sucediendo desde no sé cuanto tiempo— me dispongo a beber una cerveza lentamente en la calidez universal de un bar para distraer el hastío de una inquietud que volvía a repetirse. Hago estos conciertos, estas giras, para buscar lo que me ha dejado. Para ver a dónde han ido a parar mis canciones que ya no salen, mi melomanía sin límites, el goce profundo que sentía al componer, la revelación de la vida bien vivida parada frente a mí cada vez que cantaba. Todas estas cosas se han ido, o a lo mejor están todavía dentro de mí, pero hay algo, como un bloque de cemento oscuro que les impide salir. Da lo mismo, la cosa es que no están, que estoy vacío, que toco mis viejas canciones automáticamente y no les encuentro ningún sentido, es más: ni siquiera me doy cuenta que terminan cuando lo hacen.

Mi cerveza no sabe muy bien pero está bien fría; el bar es oscuro, dorado y apagado. Bien mexicano (estoy en un pueblo de México pues esta gira me ha traído hasta acá). Hay unas pocas personas; entre ellas un viejo que busca quien le pague una copa a cambio de una buena historia que le ha pasado. Como estoy a su lado en la barra, me insiste tanto que accedo. Le pido su tequila. El viejo le da un sorbo, exhala una pequeña nube de alcohol y me cuenta: “Bueno, que una vez conocí al gran José Alfredo Jiménez, nos tomamos juntos casi un botella y después me cantó una canción; ¿qué me dice, eh?”

El viejo me mira sonriendo, como esperando alguna exclamación de admiración o sorpresa.

—¿Esa es la historia?— le respondo indignado, —esperaba algo más por un trago—.

—Es mas larga, chamaco— dice, dejando de sonreír —y más interesante, ya verás, deja que te cuente—.

Se acomoda en la barra y empieza: “Fue en este mismo bar, pero la verdad, no se hace cuantos años ya. Yo estaba en este mismo banquito y de golpe lo veo a Don José Alfredo entrando a tropezones. Pero al principio no me di cuenta de que era él, pues estaba vestido con un traje de mariachi, y que carajo iba a hacer el maestro con un pinche traje de mariachi. Eso es para cantores que buscan turistas, no para alguien de su calaña. Al comprobar que era él, lo invito a sentarse aquí, donde estas tu ahora. Yo estaba que explotaba de alegría, aunque a él lo veía medio raro, como tristón”.

Intento imaginarme a José Alfredo Jiménez en este lugar, tambaleándose en su traje de mariachi. Nunca lo he visto físicamente, pero sé que era medio gordo y con bigotito. Sin embargo, he oído sus leyendas y también las he sentido; cada vez que oigo a Chavela que lo canta, cada vez que me llega eso de que nada me han enseñado los años, siempre caigo en los mismos errores.

La historia sigue por diversos lados, entre ellos las razones de que hacía allí y por qué estaba vestido así:

“Me dijo que había sacado su querido traje de los comienzos por que estaba tratando de recuperar algo que tenía y que lo había perdido o algo así, no entendí muy bien. Pero eso no importa. Lo interesante es lo que le había pasado la noche anterior. Me dijo que estaba en su casa, con una borrachera extraña, que se desmayaba y se recuperaba a cada rato. En un momento agarró la guitarra y, sin explicarse cómo, compuso diez canciones que lo hicieron llorar. Y él que nunca había llorado antes por una canción, pues le parecía muy cursi, dijo que no podía evitarlo, que no podía parar. Que él a sus canciones las hacía para que lloren otros en su lugar, pero que ninguna lo había desarmado así. Que se sentía débil, que tenía un miedo inexplicable, que no sabía que mierda le sucedía. Que todo era culpa de esas canciones nuevas que le habían llegado de un lugar que no conocía. Y él, que creía haberlo visto todo, a ese lugar no lo conocía”.

Termino mi cerveza con un trago profundo; me pido un tequila. Esta historia me hace sentir raro, como si la situación fuese la mía y el momento alguno de mi pasado, pero todo está difuso. Nada hay en común conmigo y con José Alfredo, ni con este viejo acá a mi lado, ni con este pueblo de un país ajeno, ni con este bar tan diferente al hogar de una fonda porteña. Sin embargo, se me da por cantar una melodía que tenía olvidada. Es una música melancólica e intensa, con una letra que había tenido un extraño poder de encantamiento y resignación sobre mi. Yo la había sentido muy tanguera, pero acá se deforma. Igual, vuelvo a sentir la angustia dulzona que emanaba, hace varios (vaya a saber cuantos) años.

El viejo me mira sorprendido y por la mitad de la canción se me une.  Sigo cantando a pesar de estar paralizado. Esa canción la había escrito yo, y nunca la saqué de un círculo pequeño. Por lo menos era casi imposible que llegara hasta México. Terminamos de cantar en un complejo silencio cargado de interrogantes, con el aire todavía dulzón.

—Cada vez son más tristes las canciones de amor— le digo.

—Lo mismo me dijo Don José Alfredo cuando terminó de cantarla. Esta era la última de aquellas canciones extrañas, la número diez de aquella noche—.

Suspiro. Pienso: “parece que secretamente a viajado a Buenos Aires para hacerme creer que surgió de mí”. La había escuchado antes; eso explicaba todo. Pero en ese entonces (ahora recuerdo bien) no parecía mexicana. Tampoco se parecía a nada de lo que yo había escrito: muy profunda, muy intensa, muy viva; demasiado viva para mí.  El viejo me mira desconfiado y me pregunta de donde saqué esa canción. Estoy por decirle que es mía pero no veo la razón para hacerlo.

—La habré escuchado en algún lado, no me acuerdo cuándo ni dónde, pero jamás se me olvidó—  le respondo. Tampoco jamás volví a escribir, después de conocerla, pero a ese dato me lo guardo para mí.

Me tomo un tequila tras otro mientras el viejo me confiesa que esa era la última canción que José Alfredo Jiménez había podido escribir. Se la cantó solo a él  por amabilidad y porque le hacía acordar a un amigo o a un pariente, o algo así, pero que no volvería a cantarla jamás, porque lo ponía demasiado triste; y que tampoco volvería a componer, porque no podía, o no quería, o no se animaba. Ni esta canción ni ninguna de las otras habían tenido repercusión alguna. Nadie, ni José Alfredo ni el viejo, se habían encargado de dárselas.

Nos ensimismamos por separado durante un rato, cada uno en su trago y en sus pensamientos, tratando de buscarle la lógica y la magia a esos hechos, cada uno desde su propio punto de vista, desde su parte en la historia.

Pago y saludo al viejo. Este mueve la cabeza y lo dejo mirándome un poco torcido. Seguramente me habrá empezado a odiar, por haber puesto en duda la veracidad de su historia o por haberle hecho sospechar de la honestidad del maestro, quien le habría obsequiado la última interpretación de su canción más triste. Pero mis pensamientos están en otro lado. A la historia me la creí y pienso que, a pesar de lo fantástica, cierra bastante bien en mi vida y en lo que ha venido pasándome desde aquel momento. Ahora recuerdo que esa  fue la última canción de un proceso angustioso de varias horas de donde habían salido nueve más.

Bajo la luz amarilla de un farol que está sobre un quiosco de revistas, hojeo unas páginas en donde se habla sobre el encierro de Joaquín Sabina. Leo que lleva cinco años sin salir de su casa, posiblemente a causa de una depresión, y que se corre la leyenda de que tiene un disco grabado con diez canciones que nadie ha escuchado y que por alguna razón no quiere editar.

Mientras camino envuelto en neblinas, pienso que hubiera sido bueno para mí, bueno para todos, que alguien, cinco años atrás, hubiese advertido a Joaquín sobre un grupo de canciones tristes que hay dando vueltas, que tienen como vida propia y que cargan una maldición, que bloquea a los compositores y les destruye las defensas. Hubiera sido bueno, para no sentirme privado de su música. A lo mejor ahí, en su mundo, hubiese encontrado, como otras veces, la razón de ser o el consuelo de mi melancolía.

 

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