|
Por obligación aprendemos a leer y
escribir. Pero una vez liberados de la escuela, el liceo y otras
imposiciones, si los maestros y profesores nos motivaron acertadamente,
la lectura que libremente elegimos o nos elige, se descubre arriesgando
al viejo método del acierto y el error. Si erramos, se puede disimular.
Se descarta la lectura como ocio y quedamos en paz con la mayor parte de
la humanidad que nos tocó en suerte para compartir la realidad que nos
rodea, esa que no concibe que
perdamos tanto tiempo en leer existiendo tantas historias ajenas
más reales y divertidas en la televisión.
El serio problema es cuando acertamos y
los textos que nos abrazan comienzan a despertar el deseo de producir
uno propio, de relatar lo que las voces interiores ruegan a gritos que
liberemos al fin escribiéndolas.
Muchos tienen suerte. Lo descubren
temprano, se arriesgan, desarrollan el oficio y, aunque no se vuelvan
famosos ni millonarios, al menos confiesan que los hace felices.
¿Pero el resto? ¿Los que tarde
descubren el llamado y de golpe quieren arriesgar? ¿Se aprende a ser
escritor de profesión o se nace para serlo irremediablemente? ¿Qué o
quién puede ayudar a encontrar la respuesta?
El sentido común, ese que comenzamos a
desarrollar a fuerza de no contar con otro sexto más original, se
encarga de responder. Por lo que parece, en estos casos, un taller
literario puede ser el punto de partida más acertado.
Dudas y búsquedas. Según
Mario Delgado Aparaín, uno de esos felices por escribir y el más
reciente Premio Bartolomé Hidalgo por "lo mejor del año
2002", Montevideo es un fenómeno en la materia. "En todo el
continente no debe haber tantos talleres de letras como en esta
ciudad", afirma.
Pero como todo blanco tiene su negro,
Adolfo Bioy Casares, que de invenciones literarias sabe y bastante, no
duda en asegurar que "para lo único que sirven los talleres
literarios es para congregar a gente que tiene ganas de hablar de
literatura y que allí puede hacerlo. No creo que se aprenda a escribir.
Como modelo para aprender literatura no tengo más que un solo modelo:
el mío, y yo aprendí mediante el método de ensayo y error. Uno se va
curando de sus errores y encontrando el camino nuevo", instalando
otra vez el fantasma del método freinetiano. Así que mejor comenzar a
ensayar en la búsqueda, que es el constante errar lo que nos hace
humanos.
La primera y más recomendable búsqueda
es recurrir a las fuentes escritas, que para algo así se dejan.
Delgado tiene razón. Un repaso de la
prensa da cuenta de que al primer encuentro de Talleres Literarios
montevideanos concurrieron casi una veintena. Muchos orientados por
reconocidos nombres como los de Jorge Albístur, Roberto Appratto, Jorge
Arbeleche, Silvya Lago, Michel Boulet, Rafael Courtoisie, Luis Bravo,
Helena Corbellini, Mario Levrero, Jorge Castro Vega, Rodolfo Fattoruso,
Carlos Liscano, Ana Solari, Lauro Marauda, Walter Ortiz y Ayala, Elena
Romitti, Nélida Riccheto, Suleika Ibáñez, Milton Schinca y Hugo
Giovanetti Viola.
Este no será seguramente el universo
completo, pero para comenzar la búsqueda no está mal. El siguiente
paso es la elección. ¿Será cuestión de buenos o malos, de confianza
o fe? En principio, todos coinciden en una premisa fundamental: aseguran
que es imposible fabricar un escritor y lo que se hace en sus talleres
es orientar las ganas de escribir.
La búsqueda puede ser puerta por puerta,
a través de incómodas llamadas telefónicas, algún 0900
todorespuestas o recurriendo al mayor banco de datos público universal:
esa cosa llamada Internet, que promete la ilusión de hallarlos todos
allí y descubrir qué elementos nos pueden ayudar en la decisión de
encontrar al guía que oriente al fin esa voz interior que quiere
hacerse letra.
Los resultados son desalentadores. Al
menos en lo que refiere a los nombres anteriores. La suerte virtual nos
regala apenas algunas minibiografías incompletas y sin actualizar, pero
-salvo reducidas excepciones- ni noticia de los talleres que conducen.
No será esta carencia de datos la única
razón, pero por testimonios de talleristas, en la mayoría de los
casos, el boca a boca, la casualidad y publicaciones cuasi "under"
fueron los caminos más útiles para llegar al cielo tan deseado que
exorciza el infierno tan temido de la famosa "página en
blanco".
La historia oficial. Aunque
las formalidades casi siempre conspiran con la fantasía, ello no
significa que la comunión con lo lúdico pueda residir también en el
ámbito universitario. Aquellos que comparten la idea que para aprender
y enseñar literatura es mejor pasar por la casa de altos estudios, la
Universidad de la República y el Ministerio de Educación y Cultura
(MEC) ofrecen sus posibilidades.
En la Facultad de Humanidades y Ciencias
de la Comunicación puede cursarse la Licenciatura en Letras, mediante
un plan que no dura menos de cuatro años. Parece mucho para los que
aspiran al "escriba bien ya". Sin embargo, la ventaja reside
en que el sistema de materias optativas que se ofrece en forma gradual
permite acceder a una especialización posterior a ser desarrollada en
el nivel de postgrado para una Maestría. Prevé también un mínimo de
tres seminarios de literatura y se recomienda un cuarto que versa sobre
Teoría Literaria, obligatorio para quienes aspiren a esa especialidad
superior.
Por su parte, el MEC, dentro de un marco
concebido como "educación permanente", ofrece capacitarse
mejor en la expresión escrita a través de Talleres Literarios pensados
para adultos jóvenes y mayores. Aquí la cosa va pareciéndose más a
la dinámica que el imaginario de un aspirante a "Gabo"
supone. La heterogeneidad en edades, medio socioeconómico y formación
curricular de sus participantes, permite que las rutinas comunicativas
tengan otro tipo de encanto. Los diferentes códigos y léxicos que
lleguen a cruzarse prometen generar una riqueza particular en el trabajo
e intercambio de experiencias entre los talleristas: no habrá otra opción
que aprender a escucharse y a respetarse en la particularidad de cada
uno de los lenguajes escritos y hablados de los que compartan la
aventura. Si el "dime quién orienta y te diré hasta dónde podrás
llegar" es importante a la hora de decidirse, conviene repasar -si
no se conoce- la trayectoria de Washington Benavidez, responsable
general de la coordinación de estos talleres en los que se ha
contemplado hasta la posibilidad del uruguayísimo "no tengo
tiempo". Seminarios y cursillos breves permiten el acercamiento de
ese público cuya cargada agenda le impide comprometerse a una
asistencia prolongada, pero sí tiene interés por temas literarios o
busca su perfeccionamiento profesional.
La certeza y el azar. Mencionar
sólo dos casos particulares frente a la supuesta proliferación
de talleres privados montevideanos en funcionamiento puede parecer egoísta,
poco profesional y propagandístico. Pero se trata simplemente de un
recurso práctico ante la ausencia de datos cuya búsqueda puede
eternizarse y aún permanecer siendo pecadora por incompleta.
Uno de ellos es de fácil acceso a través
de la red de redes (www.onetto.net), y su elección no obedece a la
simple facilidad. Posee información detallada de sus actividades y,
como si fuera poco, los resultados obtenidos están a la vista en
cualquier buena librería que se precie de tal.
Se trata del que orienta el multifacético
Mario Levrero (fotógrafo, librero, guionista de cómics, constructor de
crucigramas y, por supuesto, escritor) quien, en la opinión de su
colega Elvio Gandolfo, "ha cumplido con abundancia y generosidad
esa tarea de acicatear talentos ajenos: los jóvenes (y las jóvenes)
que escriben hoy en Montevideo encuentran en él a una de las pocas
figuras indiscutibles, generadoras". En su taller -también
adaptado totalmente al formato virtual- que coordina junto a Gabriela
Onetto se trabaja a partir de ejercicios de imaginación con fines
creativos y orientado a cualquier persona que quiera profundizar en su
mundo interior a través de la palabra. Actualmente dirige la colección
literaria "De los Flexes Terpines", que publica Cauce
Editorial y cuyos autores formaron parte de su taller. Sobre ellos
Levrero expresa: "Los libros de esta serie inicial han sido todos
elegidos por mí. Son auténticos escritores, de alma, no escriben
"para" sino que escriben "por": escriben por
necesidad de escribir, que es la única fuente de la que surge auténtica
literatura."
El otro caso resulta del simple azar,
bendito fenómeno en el que muchos no creen, pero que puede determinar
el fin de una búsqueda, el encuentro del espacio propio que nos
reconoce.
Perderse por las calles del barrio del
Cordón por el solo hecho de disfrutar los climas que propone, siempre
regala algún hechizo. Sobre una de ellas, un rojo apasionado contrasta
con el gris de su corta extensión. Es el frente de "El último café"
(Lauro Müller 1970), uno de esos acogedores reductos que eligió
ubicarse en un lugar preciso. Ese en el que cualquier caminante melancólico
puede ser atacado a traición por las fuerzas de "comprender mi
soledad sin para qué...". Pero contiene más que un simple espacio
para superar -tacita de café y buena música mediante-, ese "vértigo
final". En una de sus salas el escritor Rafael Courtoisie reúne
cada jueves a las ocho de la noche a un grupo de aspirantes a
desarrollar, no sólo en el papel, la sensibilidad y la expresividad que
necesitará un potencial hacedor de relatos o poesía.
Pese a la casualidad, tampoco es
antojadiza la elección. Convencido de que el universo está lleno de
historias nunca dichas y alguien tiene que contarlas, que la realidad
supera a la ficción, entonces la ficción despierta y supera a la
realidad, Courtoisie asegura que una conversación escuchada en un bar o
en la calle, puede ser el disparador de un cuento y que la poesía será
un artículo de primera necesidad en el siglo XXI.
Lo más reciente de su extensa
trayectoria da pruebas de esa seguridad. En su última novela
"Caras extrañas" se expone su técnica narrativa y la reunión
de varias de las claves de su imaginativo universo, mientras que su último
poemario "Música de sordos" acaba de ser elegido por
unanimidad del jurado como el merecedor del "Premio Internacional
de Poesía Jaime Sabines 2002", uno de los más importantes de México
y en el que participan cientos de obras provenientes de los cinco
continentes.
Ha
quedado dicho. La búsqueda es larga, cruel y mucha. Todo depende de la
voluntad para comenzar de una buena vez.
Volver a la página de Notas de El
Escriba
|