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Talleres literarios en Montevideo

La bendita manía de querer escribir

 

por Héctor Balbis Vivián (hectorbalbis@hotmail.com), corresponsal de El Escriba en Montevideo, Uruguay.

Por obligación aprendemos a leer y escribir. Pero una vez liberados de la escuela, el liceo y otras imposiciones, si los maestros y profesores nos motivaron acertadamente, la lectura que libremente elegimos o nos elige, se descubre arriesgando al viejo método del acierto y el error. Si erramos, se puede disimular. Se descarta la lectura como ocio y quedamos en paz con la mayor parte de la humanidad que nos tocó en suerte para compartir la realidad que nos rodea, esa que no concibe que perdamos tanto tiempo en leer existiendo tantas historias ajenas más reales y divertidas en la televisión.

El serio problema es cuando acertamos y los textos que nos abrazan comienzan a despertar el deseo de producir uno propio, de relatar lo que las voces interiores ruegan a gritos que liberemos al fin escribiéndolas.

Muchos tienen suerte. Lo descubren temprano, se arriesgan, desarrollan el oficio y, aunque no se vuelvan famosos ni millonarios, al menos confiesan que los hace felices.

¿Pero el resto? ¿Los que tarde descubren el llamado y de golpe quieren arriesgar? ¿Se aprende a ser escritor de profesión o se nace para serlo irremediablemente? ¿Qué o quién puede ayudar a encontrar la respuesta?

El sentido común, ese que comenzamos a desarrollar a fuerza de no contar con otro sexto más original, se encarga de responder. Por lo que parece, en estos casos, un taller literario puede ser el punto de partida más acertado.

Dudas y búsquedas. Según Mario Delgado Aparaín, uno de esos felices por escribir y el más reciente Premio Bartolomé Hidalgo por "lo mejor del año 2002", Montevideo es un fenómeno en la materia. "En todo el continente no debe haber tantos talleres de letras como en esta ciudad", afirma.

Pero como todo blanco tiene su negro, Adolfo Bioy Casares, que de invenciones literarias sabe y bastante, no duda en asegurar que "para lo único que sirven los talleres literarios es para congregar a gente que tiene ganas de hablar de literatura y que allí puede hacerlo. No creo que se aprenda a escribir. Como modelo para aprender literatura no tengo más que un solo modelo: el mío, y yo aprendí mediante el método de ensayo y error. Uno se va curando de sus errores y encontrando el camino nuevo", instalando otra vez el fantasma del método freinetiano. Así que mejor comenzar a ensayar en la búsqueda, que es el constante errar lo que nos hace humanos.

La primera y más recomendable búsqueda es recurrir a las fuentes escritas, que para algo así se dejan.

Delgado tiene razón. Un repaso de la prensa da cuenta de que al primer encuentro de Talleres Literarios montevideanos concurrieron casi una veintena. Muchos orientados por reconocidos nombres como los de Jorge Albístur, Roberto Appratto, Jorge Arbeleche, Silvya Lago, Michel Boulet, Rafael Courtoisie, Luis Bravo, Helena Corbellini, Mario Levrero, Jorge Castro Vega, Rodolfo Fattoruso, Carlos Liscano, Ana Solari, Lauro Marauda, Walter Ortiz y Ayala, Elena Romitti, Nélida Riccheto, Suleika Ibáñez, Milton Schinca y Hugo Giovanetti Viola.

Este no será seguramente el universo completo, pero para comenzar la búsqueda no está mal. El siguiente paso es la elección. ¿Será cuestión de buenos o malos, de confianza o fe? En principio, todos coinciden en una premisa fundamental: aseguran que es imposible fabricar un escritor y lo que se hace en sus talleres es orientar las ganas de escribir.

La búsqueda puede ser puerta por puerta, a través de incómodas llamadas telefónicas, algún 0900 todorespuestas o recurriendo al mayor banco de datos público universal: esa cosa llamada Internet, que promete la ilusión de hallarlos todos allí y descubrir qué elementos nos pueden ayudar en la decisión de encontrar al guía que oriente al fin esa voz interior que quiere hacerse letra.

Los resultados son desalentadores. Al menos en lo que refiere a los nombres anteriores. La suerte virtual nos regala apenas algunas minibiografías incompletas y sin actualizar, pero -salvo reducidas excepciones- ni noticia de los talleres que conducen.

No será esta carencia de datos la única razón, pero por testimonios de talleristas, en la mayoría de los casos, el boca a boca, la casualidad y publicaciones cuasi "under" fueron los caminos más útiles para llegar al cielo tan deseado que exorciza el infierno tan temido de la famosa "página en blanco".

La historia oficial. Aunque las formalidades casi siempre conspiran con la fantasía, ello no significa que la comunión con lo lúdico pueda residir también en el ámbito universitario. Aquellos que comparten la idea que para aprender y enseñar literatura es mejor pasar por la casa de altos estudios, la Universidad de la República y el Ministerio de Educación y Cultura (MEC) ofrecen sus posibilidades.

En la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Comunicación puede cursarse la Licenciatura en Letras, mediante un plan que no dura menos de cuatro años. Parece mucho para los que aspiran al "escriba bien ya". Sin embargo, la ventaja reside en que el sistema de materias optativas que se ofrece en forma gradual permite acceder a una especialización posterior a ser desarrollada en el nivel de postgrado para una Maestría. Prevé también un mínimo de tres seminarios de literatura y se recomienda un cuarto que versa sobre Teoría Literaria, obligatorio para quienes aspiren a esa especialidad superior.

Por su parte, el MEC, dentro de un marco concebido como "educación permanente", ofrece capacitarse mejor en la expresión escrita a través de Talleres Literarios pensados para adultos jóvenes y mayores. Aquí la cosa va pareciéndose más a la dinámica que el imaginario de un aspirante a "Gabo" supone. La heterogeneidad en edades, medio socioeconómico y formación curricular de sus participantes, permite que las rutinas comunicativas tengan otro tipo de encanto. Los diferentes códigos y léxicos que lleguen a cruzarse prometen generar una riqueza particular en el trabajo e intercambio de experiencias entre los talleristas: no habrá otra opción que aprender a escucharse y a respetarse en la particularidad de cada uno de los lenguajes escritos y hablados de los que compartan la aventura. Si el "dime quién orienta y te diré hasta dónde podrás llegar" es importante a la hora de decidirse, conviene repasar -si no se conoce- la trayectoria de Washington Benavidez, responsable general de la coordinación de estos talleres en los que se ha contemplado hasta la posibilidad del uruguayísimo "no tengo tiempo". Seminarios y cursillos breves permiten el acercamiento de ese público cuya cargada agenda le impide comprometerse a una asistencia prolongada, pero sí tiene interés por temas literarios o busca su perfeccionamiento profesional.

La certeza y el azar. Mencionar sólo dos casos particulares frente a la supuesta proliferación de talleres privados montevideanos en funcionamiento puede parecer egoísta, poco profesional y propagandístico. Pero se trata simplemente de un recurso práctico ante la ausencia de datos cuya búsqueda puede eternizarse y aún permanecer siendo pecadora por incompleta.

Uno de ellos es de fácil acceso a través de la red de redes (www.onetto.net), y su elección no obedece a la simple facilidad. Posee información detallada de sus actividades y, como si fuera poco, los resultados obtenidos están a la vista en cualquier buena librería que se precie de tal.

Se trata del que orienta el multifacético Mario Levrero (fotógrafo, librero, guionista de cómics, constructor de crucigramas y, por supuesto, escritor) quien, en la opinión de su colega Elvio Gandolfo, "ha cumplido con abundancia y generosidad esa tarea de acicatear talentos ajenos: los jóvenes (y las jóvenes) que escriben hoy en Montevideo encuentran en él a una de las pocas figuras indiscutibles, generadoras". En su taller -también adaptado totalmente al formato virtual- que coordina junto a Gabriela Onetto se trabaja a partir de ejercicios de imaginación con fines creativos y orientado a cualquier persona que quiera profundizar en su mundo interior a través de la palabra. Actualmente dirige la colección literaria "De los Flexes Terpines", que publica Cauce Editorial y cuyos autores formaron parte de su taller. Sobre ellos Levrero expresa: "Los libros de esta serie inicial han sido todos elegidos por mí. Son auténticos escritores, de alma, no escriben "para" sino que escriben "por": escriben por necesidad de escribir, que es la única fuente de la que surge auténtica literatura."

El otro caso resulta del simple azar, bendito fenómeno en el que muchos no creen, pero que puede determinar el fin de una búsqueda, el encuentro del espacio propio que nos reconoce.

Perderse por las calles del barrio del Cordón por el solo hecho de disfrutar los climas que propone, siempre regala algún hechizo. Sobre una de ellas, un rojo apasionado contrasta con el gris de su corta extensión. Es el frente de "El último café" (Lauro Müller 1970), uno de esos acogedores reductos que eligió ubicarse en un lugar preciso. Ese en el que cualquier caminante melancólico puede ser atacado a traición por las fuerzas de "comprender mi soledad sin para qué...". Pero contiene más que un simple espacio para superar -tacita de café y buena música mediante-, ese "vértigo final". En una de sus salas el escritor Rafael Courtoisie reúne cada jueves a las ocho de la noche a un grupo de aspirantes a desarrollar, no sólo en el papel, la sensibilidad y la expresividad que necesitará un potencial hacedor de relatos o poesía.

Pese a la casualidad, tampoco es antojadiza la elección. Convencido de que el universo está lleno de historias nunca dichas y alguien tiene que contarlas, que la realidad supera a la ficción, entonces la ficción despierta y supera a la realidad, Courtoisie asegura que una conversación escuchada en un bar o en la calle, puede ser el disparador de un cuento y que la poesía será un artículo de primera necesidad en el siglo XXI.

Lo más reciente de su extensa trayectoria da pruebas de esa seguridad. En su última novela "Caras extrañas" se expone su técnica narrativa y la reunión de varias de las claves de su imaginativo universo, mientras que su último poemario "Música de sordos" acaba de ser elegido por unanimidad del jurado como el merecedor del "Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines 2002", uno de los más importantes de México y en el que participan cientos de obras provenientes de los cinco continentes.

Ha quedado dicho. La búsqueda es larga, cruel y mucha. Todo depende de la voluntad para comenzar de una buena vez.

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