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Nacido en Nueva York en 1891, Henry
Miller decidió dedicar su vida a la escritura después de más de tres
décadas de trabajos infames y amoríos muy complicados, que devinieron
material de una obra única, básicamente autobiográfica, que estalló
con el célebre Trópico de Cáncer, publicada en Francia en 1934 y
censurada en los Estados Unidos hasta 1961. Famoso en todo el mundo,
Miller se dio el lujo de publicar, en 1950, Los libros en mi vida, un
conjunto de ensayos sobre sus influencias literarias, el modo de leer de
un escritor consagrado y otras cuestiones muy particulares y originales.
He aquí un insólito llamado a la reflexión acerca de nuestros
hábitos intelectuales y sanitarios.
Hay
un tema relacionado con la lectura de libros que creo que vale la pena
desarrollar porque implica un hábito que es muy generalizado y sobre el
cual, que yo sepa, muy poco se ha escrito: me refiero a la lectura en
el retrete. Siendo joven, en busca de un lugar seguro donde devorar
los clásicos prohibidos, a veces acudía a refugiarme en el
cuarto de retrete. Desde esa época juvenil ya nunca volví a leer en el
retrete. Cuando busco paz y quietud tomo el libro y me marcho al bosque.
No conozco mejor lugar para leer un buen libro que las profundidades de
la floresta. Con preferencia junto a un arroyo.
Inmediatamente
busco objeciones. "¡Pero no todos tenemos la fortuna de usted!
Tenemos empleos, vamos al trabajo y regresamos de él en tranvías, ómnibus
y subterráneos atestados; a duras penas tenemos un minuto que podamos
llamar nuestro."
Yo
mismo fui “trabajador” hasta los treinta y tres años. Fue en este
período temprano de mi vida cuando realicé la mayor parte de mis
lecturas. Invariablemente leía en condiciones difíciles. Recuerdo que
cierta vez me reprendieron al sorprenderme leyendo a Nietzsche, en vez
de corregir el catálogo de pedidos por correo, que era entonces mi
ocupación. Ahora que lo pienso comprendo que fue afortunado que me
hayan despedido. ¿Acaso Nietzsche no fue mucho más importante en mi
vida que el conocimiento del negocio de los pedidos por correo?
Por
cuatro años consecutivos, en el trayecto de ida y vuelta entre las
oficinas de la Everlasting Portland Cement Co. y mi casa, leí los
libros más "pesados". Leía de pie, apretujado por los cuatro
costados por pasajeros como yo. No solamente leía durante estos viajes
en el ómnibus sino que memorizaba extensos pasajes de esos tomos
demasiado compactos. Aunque no hubiera
servido para otra cosa, fue un valioso ejercicio en el arte de la
concentración. En este empleo muchas veces me quedaba trabajando hasta
muy avanzada la noche, por lo general sin almorzar, no porque quisiera
leer durante la hora del almuerzo sino porque no tenía dinero para
comer. De noche cenaba de prisa y corría a reunirme con mis compañeros.
En esos años, y por muchos años más, raras veces dormí más de
cuatro a cinco horas diarias, pero leía enormemente. Además, repito,
leí -por lo menos para mí- los libros más difíciles y no los fáciles.
Nunca leí para matar el tiempo. Raras veces leo en la cama, a menos que
me sienta indispuesto o finja sentirme para gozar de un breve descanso.
Contemplando el pasado, me parece que siempre leía en posición incómoda.
(Que es la forma en que escriben la mayoría de los escritores y pintan
la mayoría de los pintores, según compruebo.) Pero lo leído penetró.
Lo importante es, y debo recalcarlo, que leía sin desviar la atención
y con todas las facultades que poseía. Cuando jugaba me sucedía lo
mismo.
De
vez en cuando iba a pasar la noche en la biblioteca pública, para leer.
Eso era como ocupar un palco en el paraíso. A menudo, cuando abandonaba
la biblioteca, decía para mis adentros: "¿Por qué no vienes más
a menudo?" El motivo de que no lo hiciera, por supuesto, era que la
vida se interponía en el camino. Uno muchas veces dice la
"vida" para indicar el placer o cualquier distracción tonta.
De
vez en cuando iba a pasar la noche en la biblioteca pública, para leer.
Eso era como ocupar un palco en el paraíso. A menudo, cuando abandonaba
la biblioteca, decía para mis adentros: "¿Por qué no vienes más
a menudo?" El motivo de que no lo hiciera, por supuesto, era que la
vida se interponía en el camino. Uno muchas veces dice la
"vida" para indicar el placer o cualquier distracción tonta.
Por lo que he podido establecer mediante conversaciones con
amigos íntimos, la mayor parte de la lectura que se hace en el retrete
es lectura inútil. Las revistas gráficas, los folletines, las novelas
policiales y de aventuras, y todos los cabos sueltos de la literatura,
esto es lo que la gente lleva al baño para leer. Algunos, según me
dicen, tienen estantes con libros en el cuarto de baño. Su material de
lectura los espera, por así decirlo, como los espera en el consultorio
del dentista. Es sorprendente la avidez con que la gente examina el
"material de lectura", según se lo llama, que encuentra en
grandes pilas en las salas de espera de los profesionales. ¿Será para
distraer la mente de la dolorosa prueba que los aguarda? Mis limitadas
observaciones me indican que estos individuos ya han absorbido más de
lo que les corresponde en cuanto a los "acontecimientos de
actualidad": guerra, accidentes, más guerra, desastres, guerra
otra vez, homicidios, más guerra, homicidios, más guerra, suicidios,
guerra de nuevo, asaltos de bancos, nuevamente guerra y más guerra, fría
y caliente. No cabe duda de que estos son los mismo individuos que
tienen la radio funcionando prácticamente todo el día y la noche, que
van al cine con la máxima frecuencia posible -donde reciben más
noticias frescas, más “acontecimientos de actualidad”- y que
compran televisores para sus hijos. ¡ Todo para estar informados! ¿Pero
saben algo que realmente valga la pena saber sobre estos acontecimientos
que conmueven al mundo?
La
gente podrá insistir en que devora los diarios o pega las orejas a la
radio (a veces las dos al mismo tiempo) para mantenerse al corriente de
las actividades del mundo, pero esa es pura ilusión. Lo cierto es que
apenas estos tristes individuos no están activos, no están ocupados,
adquieren noción de un siniestro y doloroso vacía dentro de sí
mismos. Francamente no importa con qué papilla se harten, lo importante
es no ponerse cara a cara frente a sí mismos. Meditar sobre el
problema del día, o siquiera sobre los problemas personales, es lo último
que el individuo normal quiere hacer.
Inclusive
en el retrete, donde uno creería innecesario hacer algo, pensar
algo, donde por lo menos una vez por día uno se encuentra a solas
consigo mismo y todo lo que suceda sucede automáticamente, hasta este
momento de gloria, porque es en realidad un tipo de gloria menor, debe
ser interrumpido mediante la concentración en el material impreso. Creo
que cada cual tiene su tipo de lectura preferida para la intimidad del
excusado. Algunos navegan por largas novelas; otros, en cambio, sólo
leen la hojarasca más superficial. Algunos, no cabe la menor duda,
simplemente vuelven las páginas y sueñan. ¿Cómo son los sueños que
sueñan?, nos preguntamos. ¿De qué se tiñen sus sueños?.
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