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El sol desciende y el horizonte se va cubriendo de sombras mientras
avanza el viento en su carrera interminable.
Estela Vivar se arreboza con el chal cuando siente el primer
escalofrio a sus espaldas.
El mismo quejido ronco de todas las noches sale desde el fondo del
rancho y la estremece.
Hace tiempo le atormenta ese estallido entre las costillas, cerca
del pecho, recorriendo cada cartílago, enfriándole la sangre.
Para qué preocuparse, piensa Estela, ya da lo mismo, aquí afuera
o adentro igual me espantan los fantasmas y seguirá sobresaltándome el
recuerdo.
Antonio Frigerio se había ido de madrugada dejando ese vacío.
Entre sus ropas desordenadas en un rincón del cuarto, aún aletea el olor
ácido a sudor y a madera de espino.
Cuando la fiebre
se le metía en el cuerpo nada ni nadie podía detenerlo. Sería como
detener al viento, decía Estela. Salía sin hacer ruido, amparado por las
sombras de los árboles del huerto, como si yo no lo hubiese sabido desde
hace tiempo.
Se internaba a lo largo del camino, pero mis temores seguían a su
lado por más que tratara de esconderse. Luego de algunos dias, cuando se
me descuidaba el pensamiento, desaparecía sin dejar rastro ni esperanza
de regreso. Entonces yo sabía que lo estaba perdiendo.
Los frijoles continuaron remojándose en la cazuela de greda hasta
formar una capa gris como la pena. Estela Vivar no quiso encender el fuego
: que el fogón helado fuera también testigo.
Desde entonces encendió la lumbre debajo del castaño, allí,
mientras veía a las ramas vestirse de negro, se le iba desgranando el
tiempo.
Pero el espacio entre la partida de Antonio Frigerio y aquella
tarde se había hecho demasiado extenso. Con el sonido del viento y el
entrechocar de las ramas que rasguñan el alero, la huella de sus pasos
comienza a desdibujarse en los recuerdos.
Estela puede esperar, no así el vientre de las espigas maduras.
Tomó entonces el corbo y empujó el rastrillo. El cansancio se encargó
de cerrarle los ojos que hasta entonces se habían mantenido alerta.
Entre las sábanas guardó puñados de trigo para despertar con el
aroma de su tierra fértil, idéntica amiga del mismo desencanto.
Esa noche Estela Vivar tuvo la certeza del regreso, el viento le
trajo el primer indicio cuando el aroma a carmín de fresas se le incrustó
en el pecho, pero también se le espantaron los temores y los fantasmas se
quedaron quietos.
La mujer supo entonces lo que vendría luego.
El chal, como animal herido, cae desde sus hombros. Ella endereza
la espalda. El fogón oscuro vuelve a escuchar el crepitar de los leños,
la cazuela de greda se posa otra vez en su nido caliente y los borbotones
llenan el rancho de melodías nuevas.
Estela Vivar viste su traje de lienzo blanco, ése que tenía
perfume de promesas. La falda forma pliegues
mientras barre la losa oscura, repasando huellas.
Antonio Frigerio se plantó de espaldas a la noche naranja. Las
piernas firmes semejan dos vigas poderosas y sus botas escudos y coraza.
- Ya estoy de vuelta - dijo su voz entera - como siempre, estoy de
vuelta.
A Estela Vivar se le enredan las palabras viejas de su madre, el
callar resignado, su soledad sin lágrimas, historia de mujeres mil veces
repetida.
Antonio Frigerio se despoja, sin apuro, de la camisa y desenrolla
la faja de grueso estambre. Queda al descubierto su pecho de hombre fuerte
que se sabe amo y señor de sus acciones.
Estela Vivar ubica las pupilas en un punto de ese pecho moreno y
calla.
Estela sonrió toda la
noche y continuó haciéndolo por la mañana.
El alba la encontró lejos del rancho, los pies se le abrían como
jugosas granadas y se enredaron las zarzas a sus faldas. En el fondo de
los ojos se le atoraban de niebla los espejos.
Como es mujer, el alba adopta su sonrisa y, curiosa, entra al rancho. Antonio Frigerio tiene los párpados
cerrados. Junto a él le esperan las herramientas de trabajo. Fieles,
ordenadas, limpias... tal como una mujer debe esperar al hombre.
Mientras Estela Vivar se aleja, Antonio Frigerio comienza a estirar
los brazos al sentir el aleteo alegre del alba.
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del concurso "La protesta"
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