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"La protesta":

Cuento elegido por El Escriba

 

 

EL REGRESO

por María Eliana Carrasco Linford, Santiago de Chile

 

   El sol desciende y el horizonte se va cubriendo de sombras mientras avanza el viento en su carrera interminable.

   Estela Vivar se arreboza con el chal cuando siente el primer escalofrio a sus espaldas.

   El mismo quejido ronco de todas las noches sale desde el fondo del rancho y la estremece.

   Hace tiempo le atormenta ese estallido entre las costillas, cerca del pecho, recorriendo cada cartílago, enfriándole la sangre.

   Para qué preocuparse, piensa Estela, ya da lo mismo, aquí afuera o adentro igual me espantan los fantasmas y seguirá sobresaltándome el recuerdo.

   Antonio Frigerio se había ido de madrugada dejando ese vacío. Entre sus ropas desordenadas en un rincón del cuarto, aún aletea el olor ácido a sudor y a madera de espino.

   Cuando la fiebre se le metía en el cuerpo nada ni nadie podía detenerlo. Sería como detener al viento, decía Estela. Salía sin hacer ruido, amparado por las sombras de los árboles del huerto, como si yo no lo hubiese sabido desde hace tiempo.

    Se internaba a lo largo del camino, pero mis temores seguían a su lado por más que tratara de esconderse. Luego de algunos dias, cuando se me descuidaba el pensamiento, desaparecía sin dejar rastro ni esperanza de regreso. Entonces yo sabía que lo estaba perdiendo.

   Los frijoles continuaron remojándose en la cazuela de greda hasta formar una capa gris como la pena. Estela Vivar no quiso encender el fuego : que el fogón helado fuera también testigo.

   Desde entonces encendió la lumbre debajo del castaño, allí, mientras veía a las ramas vestirse de negro, se le iba desgranando el tiempo.

    Pero el espacio entre la partida de Antonio Frigerio y aquella tarde se había hecho demasiado extenso. Con el sonido del viento y el entrechocar de las ramas que rasguñan el alero, la huella de sus pasos comienza a desdibujarse en los recuerdos.

   Estela puede esperar, no así el vientre de las espigas maduras. Tomó entonces el corbo y empujó el rastrillo. El cansancio se encargó de cerrarle los ojos que hasta entonces se habían mantenido alerta.

    Entre las sábanas guardó puñados de trigo para despertar con el aroma de su tierra fértil, idéntica amiga del mismo desencanto.

   Esa noche Estela Vivar tuvo la certeza del regreso, el viento le trajo el primer indicio cuando el aroma a carmín de fresas se le incrustó en el pecho, pero también se le espantaron los temores y los fantasmas se quedaron quietos.

   La mujer supo entonces lo que vendría luego.

   El chal, como animal herido, cae desde sus hombros. Ella endereza la espalda. El fogón oscuro vuelve a escuchar el crepitar de los leños, la cazuela de greda se posa otra vez en su nido caliente y los borbotones llenan el rancho de melodías nuevas.

   Estela Vivar viste su traje de lienzo blanco, ése que tenía perfume de promesas. La falda forma pliegues  mientras barre la losa oscura, repasando huellas.

   Antonio Frigerio se plantó de espaldas a la noche naranja. Las piernas firmes semejan dos vigas poderosas y sus botas escudos y coraza.

   - Ya estoy de vuelta - dijo su voz entera - como siempre, estoy de vuelta.

   A Estela Vivar se le enredan las palabras viejas de su madre, el callar resignado, su soledad sin lágrimas, historia de mujeres mil veces repetida.

   Antonio Frigerio se despoja, sin apuro, de la camisa y desenrolla la faja de grueso estambre. Queda al descubierto su pecho de hombre fuerte que se sabe amo y señor de sus acciones.

    Estela Vivar ubica las pupilas en un punto de ese pecho moreno y calla.

   Estela  sonrió toda la noche y continuó haciéndolo por la mañana.

   El alba la encontró lejos del rancho, los pies se le abrían como jugosas granadas y se enredaron las zarzas a sus faldas. En el fondo de los ojos se le atoraban de niebla los espejos.

   Como es mujer, el alba adopta su sonrisa  y, curiosa, entra al rancho. Antonio Frigerio tiene los párpados cerrados. Junto a él le esperan las herramientas de trabajo. Fieles, ordenadas, limpias... tal como una mujer debe esperar al hombre.

   Mientras Estela Vivar se aleja, Antonio Frigerio comienza a estirar los brazos al sentir el aleteo alegre del alba.

 

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