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"La protesta":

Cuento elegido por El Escriba

 

 

LA PROTESTA

por Gustavo Grabia, Ciudad de Buenos Aires

 

Casarse nunca es buena opción. Por lo pronto, si viene rodeado de malos augurios. Cierto, cómo saberlo. Pero hay indicios que sólo los inconscientes dejan pasar, creyendo que se trata de paranoia. “No te confundas, Néstor. Una cosa es ser paranoico y otra muy distinta, leer correctamente los datos de la realidad”, me dijo Carlos, un amigo ferretero que tengo en Wilde. Si hubiese entendido antes el mensaje, vamos, no me habría casado. Pero uno nunca sabe hasta que se casa. Eso también me lo dijo Carlos, un domingo a la mañana, mientras atendía su negocio esperando la entrada de alguna vecina de sexualidad avasallante, para olvidarse por un rato de que está casado.

            Lo que quiero decir es que yo me casé, a pesar de los malos augurios y de los consejos de Carlos. Y al mes, al volver de la luna de miel en Chapadmalal, en el complejo que tienen los ferroviarios junto al mar, aunque en julio siempre es difícil meterse al mar, Trenes Metropolitanos Sociedad Anónima me despidió. Entonces con Mirta tuvimos que achicar gastos. Porque ella, claro, no trabajaba. No podía, no quería, no encontraba, no sé. Lo que sé es que no trabajaba. Y yo tampoco, porque cuando volví de Chapadmalal, donde no pude meterme al agua porque en julio hace frío y justo este año hubo heladas, recibí el telegrama de despido. Dinero, entonces, no entraba. Y cuando no entra, algo sale. Dicho y hecho. Nosotros salimos del departamento de dos ambientes que alquilábamos en Villa Crespo.

            Beto y Chita son buena gente. Y nos recibieron como a sus hijos. Bueno, claro, Mirta era su hija. Pero yo no. Era el yerno. Y no todos los suegros reciben a sus yernos como hijos. Ese es el tema. Acomodamos nuestras cosas en medio armario y nos dieron una pieza. La de Betty, la hermana menor de Mirta. Dos años le llevaba Mirta. Buena gente también Betty, que aceptó compartir su habitación con nosotros. Todos me parecían buena gente. Será por eso que cuando tuve presentimientos de que la cosa iba a empeorar, los deseché de plano. “Otra vez la paranoia no te deja disfrutar, César”, me dije. Y pensé en positivo.

            Los primeros días nos fuimos acomodando. Pusimos la cama de dos plazas contra la pared y, al pie, la de una plaza, la de la Betty. Las sábanas no hacían juego porque nosotros las habíamos comprado rosa, para que no desentonaran con el rococó del departamento de Villa Crespo, y las de Betty eran grises, más apropiadas para el blanco descascarado de su pieza. “A pieza prestada no se le miran las fundas, César”, me dije y no me preocupé. Eso sí, la TV de 14 que nosotros habíamos traído, Betty la puso sobre el rincón izquierdo de la cómoda, bien oblicua a mi posición. “Para lo que hay que ver, César” me dije y ni importancia que le dí.

 Me dolió más que, por el escaso lugar que teníamos, sólo hubiera una mesita de luz, y ésta la compartieran entre las hermanas. “Nosotras tenemos más ropa interior y necesitamos el velador por si, de noche, queremos delinearnos las pestañas”, me dijeron. Está bien, si igual no podía leer porque a ellas les molestaba el chasquido de las hojas al pasar. Y si a uno no lo dejan leer, para qué quiere velador. Lo que no me gustó mucho, lo admito, fue lo del incienso. Porque podría aceptarlo si compartiera un cuarto con alguien que despida mal olor, pero por una moda, no. Betty decía que te purificaba el alma, y Mirta que en India era una costumbre milenaria que alejaba las malas ondas. Qué malas ondas había que alejar. Estaba claro que las cosas iban a mejorar. Pero lo acepté, porque al fin y al cabo yo soy democrático, si casi me crié con Alfonsín, y bue, perdí la votación dos a uno.

            Lo que no había, claro, era mucha privacidad. No sólo porque Betty no nos dejaba ni un minuto a solas, sino también porque Mirta no se lo pedía. “¿Será que tiene otro tipo afuera”, pensé. Pero se me pasó rápido. No tiene ganas porque la situación no da, es la casa de sus padres, la pieza de Betty que a nosotros nos trata como a hermanos, que Mirta lo es pero yo no e igual tiene la mejor... Esa es la cuestión:  hacer una lectura correcta de los datos.

            A los tres días fui a la ferretería. Porque la verdad, que muchos avisos pidiendo maquinistas no hay, y para perder el tiempo en colas inútiles, mejor tomarse unos mates con Carlos. Me preguntó y yo le conté cómo la estábamos llevando en esos primeros días en lo de los padres de Mirta. “Típico de familia tana, típico. Te matan de a poco, César. Cuando te quieras dar cuenta ya estás con los gusanos” me dijo, mientras le vendía una tapita de luz a un vecino que en realidad le pidió de fiado.

            Volví a casa y cuando llegué ya estaban cenando. Ahí pergeñé mi protesta. Mastiqué un poco de pan que me alcanzó Beto, y después nos fuimos los tres a la pieza. Ellas vieron una novela y yo intenté dormir. Cuarenta minutos después de que apagaron la luz, le encajé a Mirta la almohada en la cara hasta que no se movió más, y a Betty la acogoté con mis propias manos, las que hacía tiempo no manejaban el ferrocarril. Es que entendí lo que Carlos me insinuó: una cosa es ser paranoico y otra no saber leer los datos de la realidad.

 

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