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"La protesta":

Cuento elegido por El Escriba

 

 

LA PROTESTA

por Luciana Rizzo, Ciudad de Córdoba

 

A las cuatro en lo de Luca- había dicho Beba. Faltaban unos minutos y Pol y
Lidia todavía no lograban salir del departamento. Pol cargaba la pintura y
los pinceles, mientras Lidia terminaba de enrollar las cartulinas con una
mano y con la otra iba metiendo sus cosas en la mochila.
Cuando lograron salir a la calle, se cruzaron en la puerta con la portera,
que los miró de arriba a abajo y después (lógicamente) de abajo a arriba y
los saludó con un gesto de asco. Durante las cuadras que los separaban de la
casa de Luca tuvieron que parar dos veces porque a Lidia se le caían las
cartulinas, que de blanco liso iban pasando a veteado.
Llegaron al edificio en el mismo momento en el que Beba acaba de tocar el
portero. Luego de los saludos de rutina y de la voz de Luca un poco
distorsionada, el sonido del portero eléctrico les franqueó la entrada.
No hacía mucho que se conocían los cuatro. Lidia y Pol vivían juntos desde
hacía un año. Beba había conocido a Pol hacía seis meses en una asamblea en
la facultad y por ese mismo tiempo cursaba una materia con Lidia. De a poco
se fueron conociendo y empezaron a notar las afinidades. Los últimos en
conocerse fueron Pol y Luca, quienes por intermedio de las chicas se
encontraron en un asado.
Casi por casualidad se había ido formando lo que ellos llamaban "la
cofradía". Cada vez que tenían ganas se telefoneaban y en un rato estaban
los cuatro reunidos para planear una salida, para comentar el último número
de la revista Lea, para trocar libros y sugerencias o para pensar en la
manera de cambiar el mundo. Esto último era lo que más entusiasmaba al
grupo, que en los últimos tiempos había llevado adelante varios "proyectos
de acción", como la última serenata en casa del asesor del Ministerio de
Educación con la desgarradora colaboración de la guitarra de Pol, acción que
llamaron no sin discusiones "La expresión".

Pol los estaba esperando con el piso cubierto de papeles de diario, para
cuidar el parquet del departamento que le prestaba aquel tío ortiva.
- Bueno, por donde empezamos?- le gustaba decir siempre a Beba.
- Che, yo creo que tenemos muy pocas cartulinas. Si querés hacerlo a lo
grande yo propongo que hagamos unos cuantos originales y después les
saquemos fotocopias, así podemos pegarlos en muchas escuelas y otros lugares
donde pasen muchas familias.
- Genial! Se ve que cuando quiere, piensa, éste. ¡No se van a olvidar rápido
de "La protesta"! - adhirió entusiasmado Luca.
- Che, "éste" se llama Pol - dijo Pol, - ¿y quién decidió que se va a llamar
"la protesta"? Aunque no está nada mal. ¿Qué te pasa a vos que estás tan
callada?
Sentada en el piso, Lidia parecía pensativa -Estoy viendo cuánto vamos a
tener que poner cada uno. Ponéle que hagamos 6 o 7 modelos distintos, y 50
copias de cada uno, serían 6 por 50: 300, por 5 centavos cada fotocopia son
15 pesos. Más o menos 4 pesos cada uno.
- Yo conozco un flaco acá a la vuelta que si son más de cien me las deja a
0,035; así que más o menos con 3 pesos cada uno, yo creo que salen.
- Mejor. Bueno, pongámonos a laburar. Yo tengo unas hojas oficio ahí en el
primer cajón al lado tuyo, Beba. Buscálas y empecemos.

Una vez que tuvieron las fotocopias se empezaron a organizar. El primer
objetivo eran las escuelas. Después de buscar en la guía las direcciones de
las escuelas, Beba y Luca salieron de noche con 50 carteles para los barrios
del sur y Lidia y Pol se llevaron otros 50 para los demás barrios.
Manteniéndose alertas a los posibles testigos, cada uno de los grupos fue
pegando los dos tipos de carteles en las paredes de las cuadras cercanas a
cada escuela. En uno se leía, con letras grandes "¿Le preguntaste a tus
padres o a tu maestra qué es un orgasmo?". En la otra versión, la leyenda,
"¿Sabés lo que es un homosexual?", con esta última palabra destacada con
trazo más grueso.
A las 2 horas se encontraban otra vez en lo de Beba para salir con el tercer
afiche. Beba y Luca habían llegado antes y mientras esperaban a los otros
concordaron en que era mejor salir con todos los carteles juntos, y a medida
que divisaban un objetivo ir colocándolos. Ellos ya se habían perdido un
montón de lugares en su excursión a los colegios. Cuando llegaron Pol y
Lidia, Beba y Luca ya habían bajado los carteles y los dos tarros grandes de
pegamento. Todos estuvieron de acuerdo con la nueva metodología, así que
luego de intercambiar algunas impresiones salieron para los dos sectores.
Cerca de las iglesias no había nadie a esas horas, por lo que a los dos
grupos les resultó fácil pegar los carteles que decían "¿Por qué no luchar
contra la injusticia en vez de poner la otra mejilla?".
Los carteles que iban cerca de las fábricas y las comisarías fueron los que
más problemas les trajeron. La mayoría de las fábricas se concentraban en un
barrio apartado dentro del sector que les tocaba a Pol y Lidia. En las
inmediaciones de casi todas había gente de seguridad, y tuvieron que pegar
los carteles con la frase "¿Por qué los que menos se cansan son los que más
ganan?" en las paredes de los baldíos que se intercalaban en las manzanas
con casas.
Para pegar los afiches cerca de la comisaría las dos parejas tuvieron
problemas. Beba y Luca tuvieron que pasear varias veces por las cercanías de
algunas para poder pegarlos, y Lidia y Pol no pudieron pegarlos en al menos
dos de las comisarías del sector que cubrían. A pesar de las dificultades, a
la mañana se podría leer "¿Por qué los policías pueden matar y nosotros no?"
cerca de las prefecturas.
Los carteles que decían "¿Y si los locos son ustedes y nos encierran porque
supimos ver más allá?" fueron los que más amontonados quedaron, porque las
clínicas psiquiátricas no abundaban ni en los barrios del sur ni en los
otros.

Justo antes que amaneciera los cuatro se encontraron en lo de Beba para
reponer fuerzas.
- Estoy destruida - gimió Lidia. - Pero me encantó lo que hicimos, no veo la
hora de enterarme de las reacciones.
- Va a estar buenísimo - dijo Luca - Tendríamos que pensar en más carteles y
seguir pegando en todos lados.
- Pero para eso tenemos que esperar, porque si se arma mucho lío van a estar
re-pendientes de todos los movimientos. Habría que dejar pasar un tiempo
para que nadie sospeche.
- Ay, mi vida, siempre tan sensato - lo mimó Lidia. Pol le devolvió una
sonrisa.
- A nosotros casi nos pescan dos canas que andaban de ronda. Decí que Luca
justo los vio y nos hicimos los boludos. ¡Mirá si llegaban a ver esos
carteles!
- En ese caso, mi querida Beba, íbamos a tener que telefonear a tu tío el
juez para que nos haga el favor - Todos festejaron la broma de Luca. Pero
enseguida Lidia - Che, vos querés cambiar esta sociedad y hacés las mismas
garcadas que ellos.
A los cuatro se les iban achicando los ojos del cansancio. Beba propuso que
durmieran un poco porque a las seis había que estar en la facultad y a esa
clase no se podía faltar. Lidia y Pol podían dormir en el colchón y ella y
Luca en cada una de las camas.
Antes de cerrar los ojos Pol comentó en voz alta, para que se oyera en la
otra pieza -Che, te imaginás la cara de los curas?, y la de los canas?
- ¡La de las madres que van a llevar a los hijos a la escuela!- Se
entusiasmó Beba.
- ¡Mirá si se imaginaran los vecinos que fuimos nosotros los de los
cartelitos en toda la ciudad! - Arriesgó Luca.
- ¿Y la portera? - casi gritó Lidia - ¡¿Te imaginás la portera?!

 

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