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"La protesta":

Cuento elegido por El Escriba

 

 

LA OLLA, LA CACEROLA Y OTROS ENSERES DOMÉSTICOS

por Sergio Agoff, Ciudad de Buenos Aires

 

Me encontré en la esquina de la asamblea con Pablo, con quien discutíamos los avatares del contrapoder, mientras la asamblea continuaba con unas cincuenta personas cortando la calle Paysandú, custodiados todos por dos motos de la policía.

En la asamblea los oradores hacían uso de la palabra a través de un megáfono, gentilmente cedido por un grupo político que se distribuía a intervalos irregulares y en la  periferia concentrica de la ronda, entreteniéndose en conciliábulos que luego atiborraban la lista de oraciones de los oradores. Me molestaban esas charlitas tácticas, tanto como, después pensé, nuestra tenida filosófica con Pablo, molestaría a otros allí. Lo cierto es que estábamos concentrados en nuestros argumentos y nos desentendimos por un rato de la  asamblea.

Pablo empezó por decirme que allí, en la asamblea, se expresaba en forma directa, sin mediaciones, el poder popular. Que la representación se había agotado y que aún los que hablaban en nombre de un “programa revolucionario” debían cuidarse muy bien de sus pretensiones totalizadoras. Yo le respondí que en parte estaba de acuerdo pero que no era tan optimista, porque entendía que la cacerola, emblema de la protesta, aparecía como la individuación y domesticación de la olla, instrumento popular callejero por antonomasia.

Pablo me dijo que la exterioridad de la cacerola, convertía a la calle en un espacio hogareño, familiar pero distinto. Yo le contesté que era una mezcla de Démeter, el hogar, femenino, y Hermes, el movimiento, masculino. Pablo me dijo que no era un tema de género, sino de generación, de producción de subjetividad. Yo le dije que la subjetividad también sujeta y si no te queda bien la podés cambiar. El sostuvo que el cambio no es una promesa, sino una acción, y que esa acción ya tenía lugar allí. Yo le dije que el saber no ocupa lugar pero que el no saber no ocupa no lugar. El me dijo que justamente, que no había allí nada  parecido a un no lugar, que la ciudad se llenaba de marcas reconocibles, aunque sin finalidad, sin un telos. Yo le dije que si estaba de levante que se dejara de joder y le dejase el lugar a alguien más serio y le pregunté si habiá visto algo interesante. El me apunto dos minas que, cacerola en mano, escuchaban al orador de turno mientras hablaban entre ellas. Yo le dije que podía avanzar para ver si querían, terminada la asamblea, ir a tomar algo. El me dijo que se acabaron las vanguardias iluminadas y la representación y que también iría conmigo, a la par. Yo le dije que, tácticamente, no convenía porque las intimidaríamos. El mme dijo que justamente se trataba de intimidad. Yo mire las luces de la intersección de las avenidas y le pregunté si estaba en pedo. El me insultó sonriendo y me dijo que yo no entendí nada. Yo no le entendí bien porque habían comnezado a sonar las cacerolas y le pedí que me repitiera. El me gritó que no me escuchaba bien. Yo alcancé a escuchar que el me gritaba y entonces le grité que era imposible escuchar. El se dio vuelta y vio que las minas, las cacerolas y la asamblea se estaban yendo. Yo me di vuelta y me fui para mi casita. Pablo se dio vuelta y me mandó al carajo. Yo lo escuche, pero me hice el boludo. El me gritó boludo. Y nos despedimos hasta la próxima asamblea.

 

 

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