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Me
encontré en la esquina de la asamblea con Pablo, con quien discutíamos
los avatares del contrapoder, mientras la asamblea continuaba con unas
cincuenta personas cortando la calle Paysandú, custodiados todos por dos
motos de la policía.
En
la asamblea los oradores hacían uso de la palabra a través de un megáfono,
gentilmente cedido por un grupo político que se distribuía a intervalos
irregulares y en la periferia
concentrica de la ronda, entreteniéndose en conciliábulos que luego
atiborraban la lista de oraciones de los oradores. Me molestaban esas
charlitas tácticas, tanto como, después pensé, nuestra tenida filosófica
con Pablo, molestaría a otros allí. Lo cierto es que estábamos
concentrados en nuestros argumentos y nos desentendimos por un rato de la
asamblea.
Pablo
empezó por decirme que allí, en la asamblea, se expresaba en forma
directa, sin mediaciones, el poder popular. Que la representación se había
agotado y que aún los que hablaban en nombre de un “programa
revolucionario” debían cuidarse muy bien de sus pretensiones
totalizadoras. Yo le respondí que en parte estaba de acuerdo pero que no
era tan optimista, porque entendía que la cacerola, emblema de la
protesta, aparecía como la individuación y domesticación de la olla,
instrumento popular callejero por antonomasia.
Pablo
me dijo que la exterioridad de la cacerola, convertía a la calle en un
espacio hogareño, familiar pero distinto. Yo le contesté que era una
mezcla de Démeter, el hogar, femenino, y Hermes, el movimiento,
masculino. Pablo me dijo que no era un tema de género, sino de generación,
de producción de subjetividad. Yo le dije que la subjetividad también
sujeta y si no te queda bien la podés cambiar. El sostuvo que el cambio
no es una promesa, sino una acción, y que esa acción ya tenía lugar allí.
Yo le dije que el saber no ocupa lugar pero que el no saber no ocupa no
lugar. El me dijo que justamente, que no había allí nada
parecido a un no lugar, que la ciudad se llenaba de marcas
reconocibles, aunque sin finalidad, sin un telos. Yo le dije que si estaba
de levante que se dejara de joder y le dejase el lugar a alguien más
serio y le pregunté si habiá visto algo interesante. El me apunto dos
minas que, cacerola en mano, escuchaban al orador de turno mientras
hablaban entre ellas. Yo le dije que podía avanzar para ver si querían,
terminada la asamblea, ir a tomar algo. El me dijo que se acabaron las
vanguardias iluminadas y la representación y que también iría conmigo,
a la par. Yo le dije que, tácticamente, no convenía porque las intimidaríamos.
El mme dijo que justamente se trataba de intimidad. Yo mire las luces de
la intersección de las avenidas y le pregunté si estaba en pedo. El me
insultó sonriendo y me dijo que yo no entendí nada. Yo no le entendí
bien porque habían comnezado a sonar las cacerolas y le pedí que me
repitiera. El me gritó que no me escuchaba bien. Yo alcancé a escuchar
que el me gritaba y entonces le grité que era imposible escuchar. El se
dio vuelta y vio que las minas, las cacerolas y la asamblea se estaban
yendo. Yo me di vuelta y me fui para mi casita. Pablo se dio vuelta y me
mandó al carajo. Yo lo escuche, pero me hice el boludo. El me gritó
boludo. Y nos despedimos hasta la próxima asamblea.
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del concurso "La protesta"
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