|
Era una estancia muy grande. Nadie sabía
a ciencia cierta cuántas hectáreas la conformaban. Todos aseguraban que
era tan grande que llegaba al río, y que hasta el río era de propiedad
del Jefe como algunos le llamaban al dueño.
El casco era muy elegante y con todas las
comodidades, con una casona estilo colonial español, que combinaba
madera, hierro y mampostería blanca. A una distancia de mil metros, recién
estaban los ranchos de los peones o como el Patrón los llamaba, mis
campesinos.
Durante muchos años, más de cincuenta,
los primeros peones trabajaron de sol a sol a las órdenes del Jefe, y
lograron buenas producciones: algodón, maíz, tomate, cebolla, y toda
verdura conocida. También se hacían quesos de leche de vaca y se faenaba
hacienda de buena calidad. Esa prosperidad permitió que gracias al Jefe
pudieran construir sus casas y tener sus familias.
Todos tenían un agradecimiento y devoción
por el Patrón que casi llegaba al fanatismo.
Pasó el tiempo y los peones tuvieron
hijos y nietos, y si bien todo era tranquilo, los más jóvenes sentían
que no estaban a gusto en ese lugar.
El Jefe era bueno porque les prestaba la
tierra en la que tenían sus casas, les daba el trabajo y hasta la
escuela. Claro, que había reglas muy estrictas, las que siempre fueron
cumplidas. Nadie podía pensar en las soluciones a los diferentes
problemas que se presentaban, sólo el Patrón podía hacerlo y dar las órdenes.
Recuerdan que una vez a un peón se le
ocurrió plantar estacas de olivos, pensando que algún día sus hijos
podrían disfrutar de ese fruto tan rico, o tal vez, si la cosecha era
abundante, venderlo. Las estacas eran muchas, las había conseguido de un
vecino, cuando tuvo que buscar a un toro cojudo durante seis días, y llegó
a lugares desconocidos, en los que vio cosas y personas diferentes. Le
pareció que vivían mejor que en la estancia.
Cuando el Patrón se enteró, por
supuesto nadie salió en defensa del peón, al contrario, todos lo
catalogaron de traidor y desagradecido. Una a una se sacaron las estacas y
las quemaron. El reto, fue feroz y la vergüenza familiar duró años,
hasta que un día el Patrón los perdonó.
Los peones viejos, sus mujeres e hijos
nunca se animaron a desairar al Jefe, por que reconocían su inteligencia
algunos, otros, por temor al castigo, y la mayoría por comodidad, por
indolencia.
Entre los nietos y bisnietos la cosa era
diferente, durante las horas de trabajo conversaban con disimulo evitando
ser escuchados por sus padres y abuelos, pero los jóvenes no todos
estaban de acuerdo en la crítica, unos evitaban hablar, otros eran
temerosos, y la mayoría indiferentes.
Los que pensaban se sentían solos, pero
no se rendían, al contrario consideraban que los que no estaban con
ellos, eran débiles y confundían el agradecimiento con la esclavitud, términos
estos que aprendieron en la escuela, cuando el maestro les permitió leer
los libros de la biblioteca.
Las reglas se convirtieron, con el
tiempo, en hábitos, costumbres, leyes no escritas, en pautas culturales.
Los peones en su gran mayoría no discutían las bondades o perjuicios de
las reglas, estaban tan convencidos del valor de las mismas que ya no era
necesario que el Patrón las controlara, ellos mismos las hacían cumplir,
pero el castigo siempre lo determinaba el Jefe.
Y el tiempo siguió pasando y los peones
estaban tranquilos por no pensar, los problemas siempre eran solucionados
por el Jefe.
Un día un jovencito de doce años hizo
un dibujo o plano de lo que él consideraba un canal de riego, el que
saliendo del río, por pendiente natural, llevaría agua a todas las
casas, evitando el traslado del líquido en bordalezas o tachos con burros
o mulas, a los calicantos de sus ranchos. A la casa de Patrón no era
necesario porque tenía aljibe, que se llenaba con el agua de lluvia que
recogía el techo de tejas, único de material que había en la estancia,
pues los otros en su totalidad eran de tierra.
La gente se entusiasmó, pero, los más
viejos se manejaron con mucha cautela, había que consultarle al Patrón.
Se formó una comisión en la que por supuesto estaba el niño autor de la
idea. El Jefe los atendió y ofuscado después de escuchar los pedidos,
con lágrimas en los ojos les reclamó el porqué de la desobediencia,
sobre todo a los más viejos. Sus órdenes
desde un comienzo fueron claras, nadie debía pensar soluciones.
Pasados
unos días reunió a todos los peones y les dijo, que él ya había
pensado mucho antes en la solución a ese problema, pero como castigo por
la traición, no se llevaría a cabo hasta que los perdonase, y recién
consideraría su idea.
Los
jóvenes pensantes estaban muy preocupados porque la familia del niño
inventor, se desmoronaba. Por un lado apreciaban a ese hijo que parecía
inteligente, y también sufrían el tormento de haber traicionado al Patrón.
Había que hacer algo rápido, si no los pocos que pensaban se pasarían
al otro bando y todo estaría perdido.
Una
noche calurosa, que no permitía dormir, juntó a unos pocos rebeldes y
entre tema y tema, se animaron a elaborar un plan de protesta. Como
primera medida había que comprometerse a no contar a nadie lo conversado,
luego, todos serían los responsables ante las consecuencias negativas.
El
plan se fue armando despacio y en cada paso, el consenso era mayor. El
Patrón tenía que entender que estaba equivocado y debía permitir pensar
a los peones, ya que si él no estaba, podían pasar cosas lamentables, al
no tener las soluciones. Entonces para hacerle dar cuenta de esto, tenían
que generar un inconveniente en el cual quedase demostrado la necesidad de
que alguien más pensase. Como era época de seca, había abundante
cantidad de ramas y hojas, en los patios de la casona, que caían de los
árboles que daban sombra en ese lugar. Si se producía un fuego alrededor
de la casa, seguramente con el agua del aljibe se iba a demorar mucho para
apagarlo, y así tal vez, el Patrón recordaría la idea del canal,
aceptando íntimamente que los pensamientos, que él no los consideraba,
igual existían, y por lo tanto ahora debía tenerlos en cuenta.
La
siesta era un momento de descanso, casi nadie se animaba a enfrentarse al
calor. Los pensante prendieron el fuego según lo planeado, y rápidamente
se concretó la idea. Todo iba bien, los peones de la casona se alarmaron
y a los gritos despertaron al Patrón. Las órdenes fueron claras, sacar
agua del aljibe y apagar el fuego, y como este era pequeño, el Jefe volvió
a su cama a descansar.
Los
peones no advirtieron que una brisa llevó chamizas al interior de la
casona. Mientras ellos se preocupaban por el incendio de afuera, se producía
otro mucho más grande adentro. Cuando se percataron de ello, nuevamente a
los gritos, preguntaban al Patrón qué iban a hacer, y este ahogado por
el humo, no contestaba. La casona era un solo fuego y los peones esperaban
inmóviles las órdenes que no llegaban. El Jefe asfixiado, no podía
gritar. No entendía porqué los peones no entraban a la casa con los
tachos con agua para apagar el fuego. A medida que pasaban los segundos
todo se hacía más difícil.
Un
peón, desesperado por lo que sucedía dijo: -hay que llamar a los
pensantes para que nos digan qué hacer, y salió corriendo en su búsqueda.
Cuando volvió el fuego ya había destruido todo.
Con
el paso del tiempo la estancia se dividió en fincas, en las que cada peón
tenía su casa. Unos esperaban que un nuevo patrón los convocase a
trabajar para él, otros subsistían con la ayuda de los vecinos y con
algunas changas que realizaban. La mayoría se reunían en diferentes
grupos, a pensar cómo ayudarse entre ellos. Los pensantes formaron al
poco tiempo una cooperativa.
En
algunas ocasiones cuentan los vecinos, que cuando se reúnen en bautismos
cumpleaños, casamientos o velorios, siempre los “campesinos de la
estancia” hacen la misma referencia: “ el Patrón con el silencio nos
ordenó su muerte”.
Volver a la página
del concurso "La protesta"
|