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Cuento elegido por El Escriba

 

 

HEPATOSCOPÍA

por Maximiliano Tomás, Ciudad de Buenos Aires

 

Si te duele la cabeza, tomá cafiaspirina.

            El jingle del centenario analgésico sonaba en los parlantes de los televisores (iba y venía, en realidad, en ondas, difícil, por el aire espeso) que colgaban del techo. Segundos antes habías dudado entre enfilar para la derecha o para la izquierda, Juramento o Catedral. Te decidiste a subir las escaleras de la línea D, porque las puertas de salida te llevan directo a la Plaza de Mayo, y seguro que ahí arriba era un lindo día, y la plaza debía estallar en colores, ahora que habían plantado flores alrededor de la pirámide, y el sol caería recto sobre el asfalto, y las frentes transpiradas y los anteojos oscuros, cuarteando los portafolios de cuero que ahora estarían cruzando la calle, y perdiéndose en la marea, que algunos todavía afirman como humana, de Florida. Una aspirina, una bayaspirina, una cafiaspirina: distintas maneras de llamar a una pastillita blanca que cura los dolores de cabeza, y que a vos ni efecto te iba a hacer, si a vos te duele el corazón, pensaste, qué boludez no, de dónde habrá venido esa idea, la de que los sentimientos se aprietan en el corazón. Pensaste y no se te ocurrió quién podría haber sido el primero, allá lejos, invirtiendo una imaginaria sucesión evolutiva y en línea recta, en vincular el músculo del pecho con las desaveniencias del alma.

Los egipcios.

            Recordás: creo que los egipcios.

Pero podrían haber sido, también, los etruscos; ellos ubicaban -o buscaban- tanto los bienes como los males del mundo en el hígado. La hepatoscopía, dicen, era entonces una práctica común entre los pueblos, que había dado pie a creencias, más o menos religiosas, incluso antes que los griegos exportaran sus dioses, culminaran su teogonía: antes de oficializar los oráculos, que se seguían a rajatabla. Antes, pensaste, las raíces de las enfermedades, de las futuras invasiones, de los buenos vientos, se descubrían en la carne blanda y viscosa del hígado, y una mancha despareja -algún tumor, sabríamos, occidentalizados al fin, y civilizados, siglos después- podía signar los futuros de pueblos enteros.

Pero no, alguien llegó y decretó que iba a ser el corazón la cueva de los sentimientos y ahora los chicos, después de aprender a dibujar la casita con la chimenea, el humito y el caminito, incluso antes de trazar, firmes los dedos, las líneas de los cuerpos de papá y mamá, dibujaban esa especie de globo, bien rojo, con una hendidura en la parte de arriba, que quería decir amor, te amo, te quiero, me gustás. O: te imagino, te deseo. A veces, hasta cruzado con una flecha, que seguro sería del inquieto Cupido.

Los escalones te resbalaban bajo los pies, no estabas en una escalera mecánica, y afuera debía estar tan lindo, y no acá adentro, pero había que caminar unos pocos metros más todavía, detrás de ese hermoso culo, por ejemplo, o esas piernas tan tentadoras, que cambian de fisonomía, de color, de texturas todos los días, según se visten. Todos los días lo mismo y un poquito más adelante también, porque el último vagón para justo ahí, y la última puerta se abre justo delante de tus ojos, a veces otro par te busca y espía desde adentro, a veces no. Y vos siempre tan solo, pero tan exacto en los cálculos que casi nunca le errás, y las puertas se abren con el ruido del aire que se va, justo adelante tuyo, y hace como que te despeina y te despega los pelos, mojados, de la frente. Esa misma puerta, del mismo vagón, en 9 de Julio, se abre después, un minuto y medio, a lo sumo dos, justo en la salida de Catedral, donde están los molinetes y ahí sí la escalera mecánica que te lleva hasta Avenida de Mayo, el viejo Concejo Deliberante, la casa de música y las cuatro cuadras a pie, librerías de viejo al paso, que te separan de vos, de todos los días.

Y serás vos el único que se da cuenta de esto, porque en Lacroze, en la línea B, se ve que varios conocen el secreto, que pasando la primera columna -ésa donde juraste dejarte mensajes todas las mañanas con ella, y nunca lo hiciste- es donde se abre la puerta del anteúltimo vagón, no vaya a ser cosa de que quedes en la unión, en esa especie de fuelle, y en unos segundos la gente se amontone y te empuje, y te quedes sin asiento, de parado hasta Pellegrini donde hacés la combinación, o cosa peor, que alguno apriete demasiado -a veces hay tanta gente- y caigas al vacío, que tantas veces lo pensaste, no hay de dónde agarrarse.

Serás vos el único que piensa en esas cosas, bueno, el secreto de la B ya lo conocen algunos, porque a veces las personas se amontonan en grupito apenas después de la primera columna, y dejan un blanco de unos dos metros entre aglomeración y aglomeración, y los nuevos seguro se preguntan por qué nadie se para ahí, y después se quieren morir, porque cuando el subte frena se quedan con las narices pegadas a los cables y el acordeón que une un vagón con otro. Pero el de la D es un descubrimiento tuyo, porque casi nadie se para ahí, unos metros después de la escalera que te lleva a Catedral -si vas hasta el fondo combinás con la C a Constitución-, y los que lo hacen es de casualidad, o porque prefieren que les seque la transpiración de la cara el ventilador que también cuelga del techo, porque afuera, seguro, está tan lindo, y el sol pega derecho sobre el asfalto, o porque, es cierto, a vos la televisión te quedó muy atrás, y sólo podés escuchar que dice tomá cafiaspirina.

No, la mayoría de la gente no piensa en eso, y a vos la satisfacción te va entrando de a poquito, porque sabés algo que ellos todavía no, aunque ellos, algunos, vayan de a dos y vos estés solo. Y los mirás, así, cómo van de la mano por el andén, puta que hace calor, y parecen contentos, porque felices sería decir mucho, y vaya a saber uno a dónde se irían a perder esos dos, o los otros, que se atornillan en un beso ahí enfrente, los ves a través de las columnas, los espiás con envidia, que cómo va a ser sana si es envidia. No entendés a esos que te miran y te dicen, no, te envidio, pero bien, como si hubiera envidia sana y envidia enferma. Pero preferís perderte por el túnel, por el pasillo, por el que a veces casi ni cabés, y vas pasando y tu bolso golpea a la gente que pasa también, y se bambolea, pero ahora ya llegaste y ocupaste tu lugar; el culo que seguías, ajeno, irá a parar a otras manos esta noche, se fundirá en otras transpiraciones, que, se ve, viven para el lado de Constitución.

Afuera la plaza te espera, y también el sol, que debe estar tan lindo y tan alto, y algún que otro pasacalles, y vas a escuchar los pájaros y las bocinas, que a veces se parecen demasiado. El televisor te quedó muy atrás, y casi no escuchás la publicidad del analgésico que acaba de cumplir cien años, cien años de curar dolores de cabeza, qué castigo, habrá existido siempre el dolor de cabeza, habrá sido siempre el mismo, o también habrá dolores de cabeza buenos o malos, sanos y enfermos, pero es por el temblor que no se escucha, por, en realidad, la vibración que viene como del piso o del techo, que se escucha con interferencia, y ahora sólo rescatás un cortado te-uele-tom-yaspirina y el ruido de unos frenos neumáticos -o hidráulicos-, aunque la luz del farol que ya llega te deje ciego, y a vos te duela la cabeza justo ahora, y estás tan sólo, y te duele también el corazón, y era verdad, no hay de dónde agarrarse, y arriba el aire debe estar tan fresco, y el sol del mediodía tan arriba, y las flores estallan.

 

 

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