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Literatura caliente:

Cuento elegido por El Escriba

 

 

EL CAPRICHO DE EOLO

por Ileana Guerra

 

"Yo Eolo, hijo de Zeus y ciudadano ilustre de este Monte Olimpo, he decidido no soplar hoy. Según el pronóstico, esta jornada tendrá una máxima de 36º, 43 de sensación térmica y 97% de humedad. Así que me tomaré un día de merecido descanso, permaneciendo en mi lecho divino. Si así no lo hiciere, que Zeus y los dioses me lo demanden", declaró solemne esa mañana de junio, el joven dios del viento.

Eolo vio por la ventana que Apolo ya había trepado alto y disparaba sin piedad sus rayos hirvientes a los pobres mortales. ¡Y ese cuarto suyo era un horno! Entonces haciendo un gran esfuerzo se levantó nada más que para encender el acondicionador y regresó casi volando a la cama con la sana intención de volverse a dormir.

Pero la reacción de Zeus no tardó en llegar. Sudoroso y agitado recorría con furia los pisos del Olimpo en dirección a la suit de su hijo, mientras los dioses menores trataban de escapar de las iras del supremo, que aumentaban aún más la temperatura ambiente.

- ¡Eolo! ¡Eolo! ¿No me digas que aún no te has levantado?

Eolo asomó somnoliento su divina cabeza.

-          ¿Qué pasa, pa'?

-          ¿Cómo, qué pasa? ¡Pasa que son casi las once y no has soplado aún! ¡No te das cuenta que los griegos se nos están asfixiando.

-          Bueno, viejo, por un día...

-          ¡Ni un día, ni una hora, ni nada! ¡Lo que pasa es que sos un irresponsable, y de eso tiene la culpa tu madre que siempre te ha malcriado dejándote dormir hasta cualquier hora!

-          Bueno, papá, no te la tomes con la vieja, para variar.

-          Mirá, Eolo...

Notando la frescura que salía por la puerta entreabierta, Zeus entró decidido al cuarto de su hijo. Se sentó en el borde de la cama, se secó la cara con el borde de su vestidura de dios supremo y tratando de recuperar la serenidad, lo miró a los ojos y le preguntó:

-          Eolito, hijo mío... ¿sabés lo que es nuestro mar en este momento?

-          Sí, pa', agua salada.

-          ¡No seas irrespetuoso, chiquilín! Si pusieras un poco de interés en la empresa familiar verías que nuestro mar se ha convertido en un plato azul. No hay ni siquiera un proyecto de ola, por lo que las naves no podrán navegar a toda vela. Los árboles son cartón pintado, las banderas y estandartes no flamean y tampoco se ven túnicas al viento en todo el mundo griego.

-          ¡Ay, che! ¡Tanto despelote por un día!

-          ¿Un día? Justamente ese día es hoy y hoy está por llegar una excursión de japoneses que vienen a navegar  por el Egeo.

-          Y bue, dadi, que naveguen mañana. ¡A lo mejor esta noche sopla el pampero y refresca!

-          Mirá, m'hijito, no me voy a poner a discutir con vos. Sabés de sobra que nosotros vivimos de los griegos y los turistas, y que este Olimpo que tanto te gusta se mantiene gracias a toda esa gente.

Eolo no perdió la oportunidad que se le ofrecía:

-          Gracias a toda esa gente y a los romanos.

-          ¡Por favor, no los nombres! Zeus buscó rápidamente algo para tocar madera. Entonces Eolo, acostumbrado a

las supersticiones de su padre, le alcanzó su bate de béisbol y agregó:

-          Viejo, sé realista. ¡Gracias a ellos tuvimos y tenemos difusión internacional!

-          Mirá Eolo, yo en esto hablo sólo por mí y vuelvo a decirte, como que me llamo Zeus, que nunca seré Júpiter. Lo que hagan vos y tu madre es cosa de ustedes y allá cada uno con su conciencia griega. Pero, bue... volvamos a lo nuestro. Esta vez no me vas a hacer engranar con el tema de los romanos, para terminar discutiendo de política y  poder zafar.

-          ¿Yo? ¿Qué hice ahora yo?

-          Nada tesoro mío, nada. Ése es tu problema de hoy:  que no estás haciendo nada. Así que es la última vez que te lo digo: si tenés una tarea, debés cumplirla. Si no, voy a recurrir a mi sobrina, La Brisa. Tan atenta esa chica, tan responsable, que con poco que se esfuerce...

-          Ya escuché que la mosquita muerta de mi prima me quiere serruchar el piso. Falsa, trepadora... esa copiona es un asco,  ¡puaj!

-          Bueno, hijo -Zeus no pudo menos que sonreír- entonces, si querés conservar tu lugar, cumplí como corresponde. Levantate y empezá a soplar, suave al principio, no quiero huracanes fuera de programa, pero soplá ¡ya!

-          Eh... tampoco la pavada. Tranqui, papi, tranqui. Ahora hace recalor y me puedo insolar. Te prometo que a la tardecita, con la fresca, soplaré como el mejor.

-          ¿Cómo a la tardecita? ¡Ahora y basta! Los griegos nos adoran y los turistas nos dejan fuertes dividendos ¡Cómo se te ocurre cambiar sus planes a tu antojo!

-          ¡Claro, como que vos no hacés con ellos lo que querés!

-          Oíme, pendejo malcriado, acá yo soy el patrón. Tengo miles de años en este oficio y puedo decidir sin dar explicaciones. No se las doy a tu madre ¡mirá si te las voy a dar a vos! Así que, o hacés bien tu trabajo o te vas.

-          Estás creisi, pa'. Con este calor ¿a dónde podría ir?

-          A La Tierra. Hacete mortal y viví como quieras. Yo no alimento vagos.

Harto ya de tanta rebeldía adolescente Zeus se levantó y salió del cuarto dando un portazo, para reafirmar su autoridad. "Viejo, seré caprichoso pero no soy gil", pensó Eolo, "mirá si me voy a ir del Olimpo, justamente ahora que reciclaste todo el monte a ful y hasta me pusiste el aire acondicionado."

Y cuentan las crónicas que esa mañana de junio, en la que se pronosticaban una máxima de 36º, 43 de sensación térmica y 97% de humedad, Eolo sopló con maestría, leve al principio y poderoso después, contentando así a su padre Zeus y asegurándose para siempre un lugar en el Olimpo, aquel que por nacimiento le correspondía entre los dioses.

 

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