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"Literatura ajustada":

Cuento elegido por El Escriba

 

 

TINTA

por Ricardo Sorzoni, de Buenos Aires

 

            Otro ajuste pensó Ramiro mientras caminaba lentamente las cuarenta cuadras que lo separaban de su casa.  Otro ajuste y van...   Caminando se ahorraba el viaje en el micro estatal con lo que podría comprar el papel.  Pasó por la librería que ya conocía,.tenía el papel más barato pero no tan absorvente.  Con esas tres preciadas hojas podría concursar y ganar -estaba seguro- el primer premio que consistía en ingresar a las largas filas para conseguir trabajo en el ministerio de la poesía.  Ya estaba harto de trabajar en el laboratorio de análisis clínicos del estado.  Calculaba haber atendido ya millones de personas que traían sus heces para verificar su pureza. El día se les iba a él y a su mujer en largas caminatas para conseguir los mínimos elementos indispensables para sobrevivir, comida, alguna ropa cuando ya no había tela donde remendar.  La tinta, había ahorrado quince días para poder comprar una ampolla de tinta con la cual escribir sus poemas.  Estaba celosamente guardada entre sus objetos personales en el último cajón del ropero.  Algo le pinchó el pié y lo sacó de sus pensamientos.  Se sentó en una piedra del camino y examinó la suela del botín.  Los diferentes parches hechos con pedazos de suela y planchitas metálicas extraídas de la basura estaban tan delgadas como un papel.  Examinó el campo yermo buscando algo con que protegerse el pié y divisó un bulto prometedor entre los yuyos.  Saltando en un pié llegó hasta ahí para descubrir unos viejos trapos semipodridos.  Eligió los mejores, los más resistentes y fue forrando el interior del borceguí haciendo un grueso acolchado contra la suela.  Todavía faltaban seis meses para que el ministerio de medicina le entregara un par de borceguíes.  Un par usado, de alguien que ya hubiera muerto, tenía la esperanza de que estuvieran en mejor estado que estos.

            Recordaba una infancia feliz y nebulosa, fragmentaria, donde había papel en las casas y lápices de colores como para dibujar hoja tras hoja de dibujos infantiles.  Donde su padre llegaba tarde a la noche y cansado, pero su trabajo rendía frutos en las comidas que podían ingerir.  Nutritivas sopas de verdura y los viernes carne, excelsa carne de caballo que hoy solo era una mención en el museo del hombre.  Las ropas, casi sin remiendos compradas sin excepción en la gran feria americana de once.  Ropas suaves y enteras, usadas pero enteras, que lo abrigaban en invierno y no mostraban partes de su cuerpo como estos harapos que usaba ahora.  Si pudiera sacar un guardapolvos del laboratorio... pero mejor no.  El último que había sacado algo, una delgada tira de madera de un viejo escritorio para reparar una entrada de aire en su departamento, había sido entregado a la justicia sumarial del ministerio.  Encontrado con las manos en la masa fue ejecutado por el ejército del ministerio, a pedradas.  Las balas habían desaparecido hacía más de veinte años.

            Se puso de pié y siguió caminando lentamente.  Ya podía divisar mejor los detalles de la ciudad en la que vivía y a la que se estaba acercando.  Al rato entró en los suburbios, pequeños grupos de gente agrupada alrededor de barriles metálicos donde se consumían ramas aún semiverdes trataban de calentarse los cuerpos luego de una noche fría.  Los chicos, indiferentes a las enfermedades, envueltos en harapos corrían por la calle de tierra persiguiéndose en la inmortal mancha.  El aire estaba lleno de humo, era un paisaje onírico en el que los sonidos se apagaban contra la tierra.  De una casilla salieron dos hombres con un cadáver envuelto en un sudario.  Lo subieron a un carro botellero tirado por un petiso y se lo llevaron hacia la quema.  Las lágrimas bordearon sus ojos sin saber si era el humo o la situación lo que lo ponía en ese estado melancólico.

            A medida que se acercaba a su departamento recobró los bríos, pensando poemas y al mismo tiempo tratando de no pensarlos para que no se le escaparan de la mente.

            Llegó a su casa, no había nadie.  Sobre la mesa dispuso las preciosas tres hojas de papel.  Se dirigió hacia el ropero y buscó la ampolla de tinta.  No estaba, su espíritu se derrumbó mientras revolvía los trapos de los cajones.  Revisó el estrecho departamento y en el rincón que ocupaba su hijo la encontró.  Abierta y vacía.  En el suelo, pedazos de cartón, seguramente recogidos en la calle, estaban cubiertos de dibujos hechos con palitos mojados en la tinta. 

            Desanimado, con los hombros caídos, la cabeza gacha se sentó en una silla mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas resecas. 

            Recordando un refrán de un antiguo maestro pensó: “Si uno quiere escribir, escribe”.  Tomó un afilado cuchillo de la cocfdina y se abrió la yema del pulgar, mojó el plumín en la sangre y comenzó a escribir el primero de los tres poemas que mandaría al concurso.

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