|
Una
legión de gigantes blancos a lo largo de la autopista oficiaba de
interminable cortejo de bienvenida. Vera volvía al país y los carteles
vacíos de publicidad la recibían
impávidos. Los enormes monstruos de hierro delataban,
con su mudez, la patética realidad de la crisis y se ofrecían al
costado de la ruta como decadentes prostitutas. Sólo un número de teléfono, cifras muertas que dibujaban
rasgos siniestros en
los nevadas figuras.
“La nada es absolutamente
irrepresentable”, había leído hace poco. Pero esa nada de los carteles
representaba, para Vera, la
historia del país durante su
ausencia. La ausencia es un género
de la nada. .
No
entendía cómo el gobierno, a cambio de eximición
impositiva, no aprovechaba esos magníficos espacios. Recordaba
aquel afiche francés que invitaba a bañarse con un amigo para ahorrar
agua; las siluetas desnudas y abrazadas de un hombre y una mujer,
tapizaban los túneles del
metro en París. Seguramente
los mensajes criollos hubieran sido imperativos: “ no derroche
agua”, “compre argentino”, "tomá mate y avivate”
o algo por el estilo.
Cuando
el taxi dejó la avenida General Paz para tomar el acceso norte
vio el primer cartel con mensaje
y para su sorpresa , en él pudo leer su propio nombre: “
Bienvenida, Vera”. Era realmente una gran casualidad. Seguramente se
trataba de alguna nueva crema importada contra la celulitis. Nadie sabía que regresaba al
país y si alguien se hubiera enterado no gastarían una fortuna por darle
una sorpresa, a lo sumo una pancarta frente a la casa de sus padres, pero
no, ni siquiera eso .
El
segundo cartel repetía el mensaje pero ahora no había duda, se referían
a ella , una foto suya actual ocupaba la mitad del afiche. Vera sonreía
desde el anuncio con el pelo moreno al viento y los labios pintados de
rojo.- Soy yo- dijo aturdida. El taxista la miró por el espejo sin
entender, no pudo reconocerla como la chica de
la publicidad. Era una locura, ninguno de sus conocidos tenía el
dinero suficiente para hacerle tamaño homenaje.
Los
carteles con el mensaje de bienvenida siguieron apareciendo a lo largo del
camino. Vera de pie , sentada en la playa, con el pelo recogido, con el
diploma en la mano, Vera joven, Vera niña, siempre sonriente.
Increpó al taxista para descartar la posibilidad de una
alucinación: - mire, esa soy yo. - ¡Ah, no me había dado cuenta!, la
felicito, ¿es modelo?- preguntó
el chofer repentinamente interesado por su pasajera - No, arquitecta-
contestó Vera un poco más
tranquila pero no menos desconcertada.
Seguramente
se trataba de algún programa
de esos con cámaras ocultas ¿el taxista no sería un animador, Julián
Weich disfrazado?. No, ese programa ya no salía al aire según tenía
entendido. Otro que lo copiaba. ¡Qué ocurrencia la de su madre! , ¡Siempre
tan cholula! .¿Cómo se abría enterado de su viaje?.
Ahora
sólo quedaba bajar del taxi y poner cara de supersorprendida al llegar a
su casa. Abrirían la puerta y seguramente, después, la fiestita para la
tele. Estaba cansada, pero tenía que hacer el sacrificio por mamá que
era, ciertamente, la que había pergeñado todo.
Su
casa estaba igual a no ser por las altas
rejas que reemplazaban la antigua verja de madera verde que su papá
pintaba todos los años. El taxista la ayudó con el equipaje. Le dio una
propina y lo despidió. Tomó aire en una profunda inspiración que la
preparó para la salida, o mejor dicho, la entrada a escena.
Sus madre abrió la puerta y cuando la vio
quedó muda del asombro, parecía
realmente que no la esperaba. Vera la abrazó y la mujer aún
desconcertada llamó a su marido a los gritos: -¡Roberto, Roberto!¡La
chica del aviso! ¡Seguro que nos ganamos algo!.
Volver a la página
del concurso "Literatura ajustada"
|