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"Literatura ajustada":

Cuento elegido por El Escriba

 

 

CARTELES BLANCOS CON NÚMEROS NEGROS

por Ana Irene Morales, de Villa Adelina, Buenos Aires

 

Una legión de gigantes blancos a lo largo de la autopista oficiaba de interminable cortejo de bienvenida. Vera volvía al país y los carteles vacíos de publicidad la recibían   impávidos. Los enormes monstruos de hierro delataban,  con su mudez, la patética realidad de la crisis y se ofrecían al costado de la ruta como decadentes  prostitutas.  Sólo un número de teléfono, cifras muertas que dibujaban  rasgos  siniestros en los nevadas figuras.

 “La nada es  absolutamente irrepresentable”, había leído hace poco. Pero esa nada de los carteles  representaba,  para Vera,  la historia del país  durante su ausencia.  La ausencia es un género de la nada. .

No entendía cómo el gobierno, a cambio de eximición  impositiva, no aprovechaba esos magníficos espacios. Recordaba aquel afiche francés que invitaba a bañarse con un amigo para ahorrar agua; las siluetas desnudas y abrazadas de un hombre y una mujer, tapizaban  los túneles del metro  en París. Seguramente los mensajes criollos hubieran sido  imperativos: “ no derroche  agua”, “compre argentino”, "tomá mate y avivate”   o algo por el estilo.

Cuando el taxi dejó la avenida General Paz para tomar el acceso norte  vio el primer cartel con mensaje  y para su sorpresa , en él pudo leer su propio nombre: “ Bienvenida, Vera”. Era realmente una gran casualidad. Seguramente se trataba de  alguna nueva crema  importada contra la celulitis. Nadie sabía que regresaba al país y si alguien se hubiera enterado no gastarían una fortuna por darle una sorpresa, a lo sumo una pancarta frente a la casa de sus padres, pero no, ni siquiera eso .

El segundo cartel repetía el mensaje pero ahora no había duda, se referían a ella , una foto suya actual ocupaba la mitad del afiche. Vera sonreía desde el anuncio con el pelo moreno al viento y los labios pintados de rojo.- Soy yo- dijo aturdida. El taxista la miró por el espejo sin entender, no pudo reconocerla como la chica de  la publicidad. Era una locura, ninguno de sus conocidos tenía el dinero suficiente para hacerle tamaño homenaje.

Los carteles con el mensaje de bienvenida siguieron apareciendo a lo largo del camino. Vera de pie , sentada en la playa, con el pelo recogido, con el diploma en la mano, Vera joven, Vera niña, siempre sonriente.

 Increpó al taxista para descartar la posibilidad de una alucinación: - mire, esa soy yo. - ¡Ah, no me había dado cuenta!, la felicito, ¿es modelo?-   preguntó el chofer repentinamente interesado por su pasajera - No, arquitecta- contestó Vera  un poco más tranquila pero no menos desconcertada.

Seguramente se trataba de  algún programa de esos con cámaras ocultas ¿el taxista no sería un animador, Julián Weich disfrazado?. No, ese programa ya no salía al aire según tenía entendido. Otro que lo copiaba. ¡Qué ocurrencia la de su madre! , ¡Siempre tan cholula! .¿Cómo se abría enterado de su viaje?.

Ahora sólo quedaba bajar del taxi y poner cara de supersorprendida al llegar a su casa. Abrirían la puerta y seguramente, después, la fiestita para la tele. Estaba cansada, pero tenía que hacer el sacrificio por mamá que era, ciertamente, la que había pergeñado todo.

Su casa estaba igual a no ser por las altas  rejas que reemplazaban la antigua verja de madera verde que su papá pintaba todos los años. El taxista la ayudó con el equipaje. Le dio una propina y lo despidió. Tomó aire en una profunda inspiración que la preparó para la salida, o mejor dicho, la entrada a escena.  Sus madre abrió la puerta y cuando la vio  quedó muda del asombro,  parecía realmente que no la esperaba. Vera la abrazó y la mujer aún desconcertada llamó a su marido a los gritos: -¡Roberto, Roberto!¡La chica del aviso!  ¡Seguro que nos ganamos algo!.

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