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Creo que fue Sir Charles Share el que me relató la extraña fábula
de un país sudamericano extraviado en sus propios errores históricos,
maniatado por sus líderes y derrumbado en el fondo del océano por
siempre jamás. Precisar el origen, la fuente de dicha información no
viene –sinceramente– al
caso. Lo que me interesa es abundar un poco en la etimología de la secta
que influyó en su caída.
Para el holandés Johannes Herventhor, Buenos Aires era el centro
comercial y político de esta legendaria tierra. Evitando reproches, se
justifica aludiendo a inexorables pruebas que obtuvo en su prolongada
estadía en la costa de las Falklands Islands. Algunas cintas magnéticas
halladas retratan fragmentariamente la vida de los extintos habitantes.
La secta pareció estar presente desde el momento de formación del
estado. Como una lombriz que descansa en la ignorancia estomacal, se
alimentó
–principalmente– de políticos
o escritores con gran influencia entre las masas, cuyos deseos de poder
sobrepasaron comprensión alguna. Esta peste peregrinó junto a la
historia impregnando con ideas perversas a sus miembros. Obligó a torcer
los cuellos de los rivales, a disparar armas de fuego contra sus hermanos,
a eliminar las fuerzas que pudieran llegar a desestabilizarla.
Llegó el glorioso día en que la humanidad comprendió que su
destino era unirse a la globalización. Las noticias repercutieron
positivamente en la gran mayoría de los gobiernos de la antigua Sudamérica.
Menos en la tierra a la que hago mención, cuyo pueblo –según el último
tape encontrado– intentó derrocar a la secta por apoyar el
cambio mundial. Se cortaron las principales rutas de acceso a Buenos
Aires, generando de esta manera un caos inimaginable. La clase regente
comenzó una afiebrada carrera contra el tiempo. Los involucrados se
reunieron en una suerte de búnker llamado “Olivos”, donde platicaron
sobre el problema largos y oscuros días. Finalmente llegaron a una
conclusión: reducir el salario de los ciudadanos.
Esta técnica pareció funcionar. El obrero, al verse amenazado de
no poder alimentar a su familia, detuvo la agresión de inmediato.
Lentamente se recuperó la normalidad. El Gran Maestre de la secta se
sintió halagado cuando sus subordinados le agasajaron, celebrando la
victoria. Bebieron copas de champaña y deglutieron carne de cerdo. Para
la medianoche regresaron a sus casas. Alguno que otro evacuó la cena en
el borde de la carretera.
El final estaba muy cerca. Más de lo que cualquier sectario
pensaba. Entre la impaciente masa se gestaba un odio de proporciones
apocalípticas. Día tras día, mes tras mes, los habitantes tramaban la
forma de derrocar el imperio sempiterno de la secta. Hasta que surgió
aquel misterioso personaje llamado “El Moya”. Su voz
–completamente
transparente, sincera– provocó el comienzo de la destrucción total.
Por las noches utilizó el sueño de los líderes para su conveniencia.
Agrupó cientos de miles en las vías subterráneas de Buenos Aires. Narró
allí sus encantadores discursos que provocaban la excitación de los
sometidos.
No sabemos cuándo aconteció, pero sí su envergadura. Cargados
con armas de fuego robadas, los hombres y mujeres se arrojaron sobre los
miembros de la secta. Les masacraron sin dubitaciones. Rápidamente actuó
el ejército. Los soldados se vieron entrenzados con sus congéneres. Ante
el inminente triunfo de la gente, el general a cargo apretó el botón
rojo y el país se borró automáticamente del mapa.
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del concurso "Literatura ajustada"
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