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"Literatura ajustada":

Cuento elegido por El Escriba

 

 

INFORME SOBRE SECTA SUDAMERICANA

por Diego Arandojo, de Buenos Aires

 

            Creo que fue Sir Charles Share el que me relató la extraña fábula de un país sudamericano extraviado en sus propios errores históricos, maniatado por sus líderes y derrumbado en el fondo del océano por siempre jamás. Precisar el origen, la fuente de dicha información no viene –sinceramente–  al caso. Lo que me interesa es abundar un poco en la etimología de la secta que influyó en su caída.

            Para el holandés Johannes Herventhor, Buenos Aires era el centro comercial y político de esta legendaria tierra. Evitando reproches, se justifica aludiendo a inexorables pruebas que obtuvo en su prolongada estadía en la costa de las Falklands Islands. Algunas cintas magnéticas halladas retratan fragmentariamente la vida de los extintos habitantes.

            La secta pareció estar presente desde el momento de formación del estado. Como una lombriz que descansa en la ignorancia estomacal, se alimentó
 –principalmente– de políticos o escritores con gran influencia entre las masas, cuyos deseos de poder sobrepasaron comprensión alguna. Esta peste peregrinó junto a la historia impregnando con ideas perversas a sus miembros. Obligó a torcer los cuellos de los rivales, a disparar armas de fuego contra sus hermanos, a eliminar las fuerzas que pudieran llegar a desestabilizarla.

            Llegó el glorioso día en que la humanidad comprendió que su destino era unirse a la globalización. Las noticias repercutieron positivamente en la gran mayoría de los gobiernos de la antigua Sudamérica. Menos en la tierra a la que hago mención, cuyo pueblo –según el último tape encontrado– intentó derrocar a la secta por apoyar el cambio mundial. Se cortaron las principales rutas de acceso a Buenos Aires, generando de esta manera un caos inimaginable. La clase regente comenzó una afiebrada carrera contra el tiempo. Los involucrados se reunieron en una suerte de búnker llamado “Olivos”, donde platicaron sobre el problema largos y oscuros días. Finalmente llegaron a una conclusión: reducir el salario de los ciudadanos.

            Esta técnica pareció funcionar. El obrero, al verse amenazado de no poder alimentar a su familia, detuvo la agresión de inmediato. Lentamente se recuperó la normalidad. El Gran Maestre de la secta se sintió halagado cuando sus subordinados le agasajaron, celebrando la victoria. Bebieron copas de champaña y deglutieron carne de cerdo. Para la medianoche regresaron a sus casas. Alguno que otro evacuó la cena en el borde de la carretera.

            El final estaba muy cerca. Más de lo que cualquier sectario pensaba. Entre la impaciente masa se gestaba un odio de proporciones apocalípticas. Día tras día, mes tras mes, los habitantes tramaban la forma de derrocar el imperio sempiterno de la secta. Hasta que surgió aquel misterioso personaje llamado “El Moya”. Su voz
 –completamente transparente, sincera– provocó el comienzo de la destrucción total. Por las noches utilizó el sueño de los líderes para su conveniencia. Agrupó cientos de miles en las vías subterráneas de Buenos Aires. Narró allí sus encantadores discursos que provocaban la excitación de los sometidos.

            No sabemos cuándo aconteció, pero sí su envergadura. Cargados con armas de fuego robadas, los hombres y mujeres se arrojaron sobre los miembros de la secta. Les masacraron sin dubitaciones. Rápidamente actuó el ejército. Los soldados se vieron entrenzados con sus congéneres. Ante el inminente triunfo de la gente, el general a cargo apretó el botón rojo y el país se borró automáticamente del mapa.

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