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"Cuentos de jazz":

Cuento elegido por El Escriba

 

El armisticio

de María Laura, Rosario, Argentina.

 

Hacía cuarenta minutos se había sentado en el sillón de la sala junto a la ventana; hacía veinte que no conseguía dejar ese sitio. Hasta que lo atravesó una sombra oblicua: una momentánea imposibilidad de olvido. Lo mejor sería no esperar demasiado de esa noche, sólo empezar por algún bar.

Era jueves, noche de jazz en lo de Berto. Ya no hacía tanto frío, no era necesario el suéter. Pensó que era un alivio que no lloviese; de lo contrario, su andar, su consabido rictus, hubieran sido la imagen perfecta de la desolación.

El precio de los cigarrillos había aumentado. El rojo del neón lo hería en el estómago. Con frecuencia le parecía verla, en la cara o la espalda de otra mujer; esa figura duraba dos o tres minutos, hasta que la manera de caminar o algún otro detalle la disipaban. Luego quedaba doliéndole su voz  en todas las otras que no lo eran.

Cuando entró al bar, sonaba Don’t sing me the blues. Buen presagio.

No era casual su convergencia en el jazz esa noche en la que aparecía, con inédita urgencia, la necesidad de olvidarla. Era imperioso recurrir a la improvisación: los músicos, en síncopas que estallaban en ondas azules; él, inaugurando entre cada whisky vanos intentos de olvido. La música era su antídoto habitual, pero había dejado de ser suficiente.

El humo ascendía en volutas constantes.  Veía sólo la luz que bordeaba su pelo, apenas el contorno de su hombro izquierdo, pero podía adivinar el verde excesivo del licor que bajaba lento en la copa; casi podría predecirlo recorrer, trémulo, el pasaje oscuro de la garganta.

El saxo empezaba a disparar Les feuilles mortes. A esa hora era previsible.

No podía ser, en ese momento debería estar en la guardia. Pero esa manera de estar sentada como sin querer estar ahí, las piernas cruzadas, el codo del brazo izquierdo apoyado sobre una de ellas, el dedo índice pegado a la sien, la cabeza inclinada.

Lo increíble era que permaneciera durante tanto tiempo sin un mínimo movimiento, sobre todo porque no era amante de los compositores franceses. Excepto ese detalle, se podía afirmar que era ella.

Un hombre en la mesa de la izquierda trataba de disimular la tos, que se entrecortaba en los aplausos. Había demasiado murmullo, aunque disminuyó un poco con Around midnight.

Pensaba en Chet: ¿qué silencio insoportable querría abolir, hundiéndose en esas espirales negras?.

En la espesura del humo, el vecino tosigoso se había tornado difícil de conciliar con la sensualidad de la noche. Se le ocurrió que no sería tan inconveniente al fin y al cabo un breve armisticio para volver luego, confortado, a las armas del olvido.

Iría hasta la mesa.

El ritmo que marcaba el pulgar de su mano derecha sobre el mantel se había divorciado completamente del oficial.

Saludarla. Sólo eso.

La mujer de la mesa de adelante volvió la cabeza a su paso; no eran sus ojos.

Hizo un ademán modesto y siguió caminando hacia un pasillo que no sabía hacia dónde conducía. Se detuvo. Era tan previsible como las hojas del otoño.

Hacía casi dos horas que lo esperaba. Las señas eran equívocas: había dicho  abrigo a cuadros, cuarenta años; pero no hacía frío y la mayoría de los concurrentes podía tener esa edad. Conjeturó que nunca sabría si, instalado en alguna mesa vecina, la observara sin darse a conocer. Mejor dejar ese lugar. ¿Y si no hubiera llegado? Un embotellamiento, un inconveniente de índole familiar. Nunca había mencionado a su familia.

Recontó dos billetes, extendiéndolos sobre una quemadura del mantel. Un hombre se paró a su lado, la miró como si fuera a decirle algo, siguió caminando hacia la puerta que daba al pasillo, volvió. No podía ser, tendría menos de treinta y cinco, además faltaba el abrigo. Lo vio sentarse en el fondo del salón.

Ahora la mujer que no era ella lo miraba. El piano tiritaba bemoles oscuros. Demasiado sombrío para Gershwin, un poco más adecuado para Stan. Pensó que debería acercarse. Conocía muy bien el itinerario: frases inútiles, indagaciones fingidas, casi siempre su casa, las flores amarillas del empapelado, el cigarrillo, la renovada desazón ante otra pobre figura que la emula sin éxito. En ese punto, ni siquiera quedan fuerzas para la cortesía. Pero la mujer seguía mirándolo, además era tarde y los cigarrillos se habían acabado. Fue hasta la mesa, le pidió un cigarrillo, se sentó.

Para su sorpresa, no se mencionó el abrigo; tampoco quiso preguntar por qué había mentido en la edad. Él hacía preguntas como si recién se conocieran, como si no hubieran pasado horas en el ordenador, jugando a adivinarse detrás de los acertijos.

Juzgó esa farsa indigna, quiso decirle que no era él, que el tipo que esperaba nunca había venido, de la misma manera que no era ella a quien buscaba cuando la miró en su mesa. Pero empezaba a sonar First song for Ruth y ella reía, costaba tan poco y eran dos barcos solos en el mar inmenso de la noche. Además de los cigarrillos.

(Tampoco antes había dicho ser amante del jazz. De haberlo sabido, hubiera comprado algunos discos).

Se despidió de ella y salió del bar. Pensó que todavía era temprano para prescindir del suéter. ¿De qué color sería el de Chet? Subió a un taxi. Cuando pasó por Los Árboles, la vio salir con un hombre. Era su pelo. Sin embargo, algo más claro.

 

 

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