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Hacía
cuarenta minutos se había sentado en el sillón de la sala junto a la
ventana; hacía veinte que no conseguía dejar ese sitio. Hasta que lo
atravesó una sombra oblicua: una momentánea imposibilidad de olvido. Lo
mejor sería no esperar demasiado de esa noche, sólo empezar por algún
bar.
Era
jueves, noche de jazz en lo de Berto. Ya no hacía tanto frío, no era
necesario el suéter. Pensó que era un alivio que no lloviese; de lo
contrario, su andar, su consabido rictus, hubieran sido la imagen perfecta
de la desolación.
El
precio de los cigarrillos había aumentado. El rojo del neón lo hería en
el estómago. Con frecuencia le parecía verla, en la cara o la espalda de
otra mujer; esa figura duraba dos o tres minutos, hasta que la manera de
caminar o algún otro detalle la disipaban. Luego quedaba doliéndole su
voz en todas las otras que no
lo eran.
Cuando
entró al bar, sonaba Don’t sing me the blues. Buen presagio.
No
era casual su convergencia en el jazz esa noche en la que aparecía, con
inédita urgencia, la necesidad de olvidarla. Era imperioso recurrir a la
improvisación: los músicos, en síncopas que estallaban en ondas azules;
él, inaugurando entre cada whisky vanos intentos de olvido. La música
era su antídoto habitual, pero había dejado de ser suficiente.
El
humo ascendía en volutas constantes.
Veía sólo la luz que bordeaba su pelo, apenas el contorno de su
hombro izquierdo, pero podía adivinar el verde excesivo del licor que
bajaba lento en la copa; casi podría predecirlo recorrer, trémulo, el
pasaje oscuro de la garganta.
El
saxo empezaba a disparar Les feuilles mortes. A esa hora era
previsible.
No
podía ser, en ese momento debería estar en la guardia. Pero esa manera
de estar sentada como sin querer estar ahí, las piernas cruzadas, el codo
del brazo izquierdo apoyado sobre una de ellas, el dedo índice pegado a
la sien, la cabeza inclinada.
Lo
increíble era que permaneciera durante tanto tiempo sin un mínimo
movimiento, sobre todo porque no era amante de los compositores franceses.
Excepto ese detalle, se podía afirmar que era ella.
Un
hombre en la mesa de la izquierda trataba de disimular la tos, que se
entrecortaba en los aplausos. Había demasiado murmullo, aunque disminuyó
un poco con Around midnight.
Pensaba
en Chet: ¿qué silencio insoportable querría abolir, hundiéndose en
esas espirales negras?.
En
la espesura del humo, el vecino tosigoso se había tornado difícil de
conciliar con la sensualidad de la noche. Se le ocurrió que no sería tan
inconveniente al fin y al cabo un breve armisticio para volver luego,
confortado, a las armas del olvido.
Iría
hasta la mesa.
El
ritmo que marcaba el pulgar de su mano derecha sobre el mantel se había
divorciado completamente del oficial.
Saludarla.
Sólo eso.
La
mujer de la mesa de adelante volvió la cabeza a su paso; no eran sus
ojos.
Hizo
un ademán modesto y siguió caminando hacia un pasillo que no sabía
hacia dónde conducía. Se detuvo. Era tan previsible como las hojas del
otoño.
Hacía
casi dos horas que lo esperaba. Las señas eran equívocas: había dicho
abrigo a cuadros, cuarenta años; pero no hacía frío y la mayoría
de los concurrentes podía tener esa edad. Conjeturó que nunca sabría
si, instalado en alguna mesa vecina, la observara sin darse a conocer.
Mejor dejar ese lugar. ¿Y si no hubiera llegado? Un embotellamiento, un
inconveniente de índole familiar. Nunca había mencionado a su familia.
Recontó
dos billetes, extendiéndolos sobre una quemadura del mantel. Un hombre se
paró a su lado, la miró como si fuera a decirle algo, siguió caminando
hacia la puerta que daba al pasillo, volvió. No podía ser, tendría
menos de treinta y cinco, además faltaba el abrigo. Lo vio sentarse en el
fondo del salón.
Ahora
la mujer que no era ella lo miraba. El piano tiritaba bemoles oscuros.
Demasiado sombrío para Gershwin, un poco más adecuado para Stan. Pensó
que debería acercarse. Conocía muy bien el itinerario: frases inútiles,
indagaciones fingidas, casi siempre su casa, las flores amarillas del
empapelado, el cigarrillo, la renovada desazón ante otra pobre figura que
la emula sin éxito. En ese punto, ni siquiera quedan fuerzas para la
cortesía. Pero la mujer seguía mirándolo, además era tarde y los
cigarrillos se habían acabado. Fue hasta la mesa, le pidió un
cigarrillo, se sentó.
Para
su sorpresa, no se mencionó el abrigo; tampoco quiso preguntar por qué
había mentido en la edad. Él hacía preguntas como si recién se
conocieran, como si no hubieran pasado horas en el ordenador, jugando a
adivinarse detrás de los acertijos.
Juzgó
esa farsa indigna, quiso decirle que no era él, que el tipo que esperaba
nunca había venido, de la misma manera que no era ella a quien buscaba
cuando la miró en su mesa. Pero empezaba a sonar First song for Ruth
y ella reía, costaba tan poco y eran dos barcos solos en el mar inmenso
de la noche. Además de los cigarrillos.
(Tampoco
antes había dicho ser amante del jazz. De haberlo sabido, hubiera
comprado algunos discos).
Se
despidió de ella y salió del bar. Pensó que todavía era temprano para
prescindir del suéter. ¿De qué color sería el de Chet? Subió a un
taxi. Cuando pasó por Los Árboles, la vio salir con un hombre. Era su
pelo. Sin embargo, algo más claro.
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del concurso "Cuentos de jazz"
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