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"Cuentos de jazz":

Cuento elegido por El Escriba

 

El jazz me entristece

por Mabel Vidal, Buenos Aires, Argentina.

 

Mis padres pensaban que yo andaba mal de la cabeza porque escuchaba a los grandes cantantes del jazz sin saber una palabra de inglés. No creían que, para mí, la voz era un instrumento más y, prácticos y exigentes como eran, me obligaron a estudiar el idioma para que no me pasara horas con los auriculares sin saber qué estaba oyendo.

Mi sorpresa fue enorme cuando descubrí que las canciones que me conmovían eran tan triviales como los boleros de Manzanero.

¿Qué mujer con cero en inglés no se conmovió con El hombre que amo (The Man I Love) sufrido por Billie Holiday y el resto de las cantantes que la sucedieron hasta nuestros días? Sin embargo, la letra es un fiasco. Primero, no es el hombre que ama (un tipo conocido) sino el que espera amar (cuando lo encuentre algún día de estos, vaya una a saber dónde). ¿Y para qué? ¿Para nadar desnudos en los tormentosos mares del amor? ¿Para desvanecerse en horas de lujuria? No. Simplemente, la muchachita espera y sueña con un hombre grande y fuerte (textual) que le haga la casita de la que, unos versos más adelante, promete no irse nunca jamás. ¡Cómo se va a ir si el grandote forzudo la va a mantener en una casa chiquita, con poco para limpiar! Suena a lo mismo que nos enseñaron a desear desde la época de las cavernas, mucho antes de que se inventara el dinero o compitiéramos con los varones por los mismos empleos.

Con esta decepción poética, ratifiqué mi convicción de que en el jazz lo importante es la música y me dediqué a gozarla con Ella Fitzgerald y la Divina Sarah (Vaughan), reinas del “scat”, forma de canto con silabeo sin significado en la que la voz realmente suena como un instrumento y lo que importa es el prodigio de la técnica, lo imaginativo de las improvisaciones, privilegio de algunos pocos cantantes negros.

Bueno, ese prejuicio de que el “scat” es cosa de negros se me resquebrajó un poco cuando, en el suplemento de espectáculos del diario, leí sobre la llegada a la Argentina de Justy Hunter, la cantante de jazz nacida en Buenos Aires y reconocida en las principales ciudades del mundo como la reina blanca del “scat”.

Yo nunca había oído hablar de Justy Hunter, aunque el nombre estaba registrado en algún recoveco de mi memoria. Me metí en una disquería y pedí CDs de la cantante pero no figuraba en los catálogos. La busqué en Internet y tampoco encontré nada. Pensé que era una estrategia de prensa para crear expectativas sobre una desconocida y me olvidé de ella.

Un mes después, un aviso notable anunciaba la presentación de Justy Hunter, acompañada por un cuarteto, en el piano bar de un gran hotel. Su foto me remitió a un pasado no muy lejano y descubrí en ella a una vecina y compañera de juegos infantiles: Justicia Egolátrica Sangüeso, la hija del anarquista del cuarto B asesinado en los ochenta, a quien dejé de ver al día siguiente de esa muerte.

Di por descontado que ella se alojaría en el mismo hotel y me presenté sin aviso previo el día del debut, una hora antes del comienzo del espectáculo. La hora más intensa de mi vida.

Justy me recibió de inmediato. Recordaba perfectamente todas nuestras travesuras de la infancia y cómo atormentábamos a los vecinos del edificio cuando, en las tardes de verano, cantábamos los temas que nos gustaban sentadas en la fresca escalera que envolvía el hueco enrejado del ascensor, en un idioma inventado por nosotras que decíamos con total desparpajo que era inglés: “buba bubi dú, pipi pipi iuu”.

En esa charla surgió la posición divergente de nuestros padres: a mí me mandaron a estudiar para que no hiciera la tonta oyendo cosas que no entendía y a ella se lo prohibieron porque Don Salvatore Sangüeso era un ácrata que consideraba al inglés el idioma del demonio imperialista y al jazz como una forma de penetración cultural peligrosísima.

Recordamos que Justy había aprendido a leer y escribir a los cuatro años pero perdió el primer ciclo de la escuela primaria porque el padre no quería que le lavaran el cerebro con una educación pública burguesa. Luego un juez lo obligó a mandarla al colegio y, hasta su muerte, le revisó los libros y cuadernos donde subrayaba y contradecía todo lo que le parecía que atentaba contra la libertad de las personas según su propia interpretación del ideario anarquista.

Cuando mataron a Don Salvatore en la puerta de nuestro edificio, Justy estaba por terminar el sexto grado. La madre y mi amiga abandonaron el departamento de inmediato y se ocultaron hasta que un tío que vivía en Nueva York las mandó llamar como refugiadas políticas. Junto con la escuela pública neoyorquina Justy, que tuvo siempre una hermosa voz, estudió música orientada al bel canto y en una de las clases hizo una demostración de lo que ejecutábamos —nunca mejor empleado este verbo— en la escalera de nuestra casa y, para burlarse, los profesores le dijeron que habíamos inventado el “scat” argentino.

Ahondó en el jazz hasta los orígenes sorprendiéndose al saber que había sido música de negros celebratoria de su libertad. Comprobó que las formas de improvisación más contemporáneas también tienen que ver con la libertad y el vuelo creativo y decidió que ese sería su camino. No se veía sobre un escenario como una heroína de la lírica y, a los diecinueve años, emprendió el camino bohemio del jazz, enamorada de un guitarrista al que siguió en una gira de bolsillos vacíos.

Justy hoy se veía una mujer plena; los gustos musicales del público masivo viraron a otras formas de las nuevas culturas urbanas y sabía que no tenía posibilidades de convertirse en estrella, pero había encontrado la forma de ganarse la vida con presentaciones en festivales, cruceros de lujo y cadenas de hoteles cinco estrellas donde el jazz tenía sus seguidores y compraba sus discos de edición limitada. Estaba soltera porque era parte de las enseñanzas recibidas de don Salvatore, quien descreía del matrimonio pero no renegaba del amor. Cantando había dado dos veces la vuelta al mundo, le había comprado una casa a su madre y tenía una buena vida asegurada.

Me contó que cargar con el nombre de Justicia Egolátrica ya no era un calvario porque, desde que nació, su madre la llamó Justy. En un momento de nuestra conversación le pregunté si el viejo Salvatore no se revolvería en su tumba si la viera instalada en el país del demonio y cantando jazz. Me contestó que estaría contento porque la vería feliz. Además, hacerse cantante de jazz y destacarse en “scat” no fue una falta de respeto sino un homenaje a ese tano empecinado y anacrónico que murió por sus ideales y supo transmitirle el valor de ser libre, sencilla y generosa.

Asistí a sus cinco presentaciones desde una butaca privilegiada y en todas me invitó a subir al escenario para hacer juntas uno de los “buba bubi dú” de nuestra infancia que divirtió a la platea. Esa semana bastó para que me enamorara del pianista y nos prometiéramos, como adolescentes, volver a vernos y amarnos para siempre. Llegué a soñar que me sumaba a ese conjunto artístico maravilloso y recorría el mundo encerrada y mimada en su burbuja musical balbuceando “buba bubi dú” el resto de mi vida.

El día de su partida recibí un CD con la grabación completa de “nuestro” recital y fotos con mensajes cariñosos de todos los músicos y técnicos del grupo. Estaba leyéndolos cuando la televisión dio la noticia de que el avión que los llevaba a Chile se había estrellado.

Desde entonces, el jazz me entristece.

 

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