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"Cuentos de jazz":

Cuento elegido por El Escriba

 

Laura

por María Aurelia Martínez, Córdoba, Argentina.

 

El hueco entre las cuatro paredes internas cae en la profundidad de los once pisos. Un hueco que desde la ventana de Laura, mirando hacia abajo, se adelgaza hasta que el estómago se arruga de puro mareo y miedo. Y ese olor propio del smog urbano que se hace espeso hacia arriba.

 Es desde esa ventana abierta que Laura podía ver la otra ventana que ahora tenía la cortina de lienzo corrida, tanto como para tapar el interior del departamento, todo. Son las doce de la noche. No ha vuelto.

La noche era de verano puro, el aire apenas se movía, apretó el play y en el edificio en silencio “The lady is a tramp” se elevó en la voz provocativa de Lena Horne. Octava vez que la escuchaba. Laura se recostó sobre el sofá y tomó una cerveza para mojarse por dentro y sentirse bien por fuera. Cuando la latita quedó vacía, se incorporó y miró una vez más, y no se movió. Tal vez si no se movía y no sacaba los ojos de la cortina sería imposible no verlo llegar.

Las doce y cuarenta, no había vuelto y Lena ya había cantado muchas veces. Cambió el cd y el saxo de Coltrane comenzó su ronda encantadora. Ella estaba descorazonada, sin embargo sintió hambre.

Mientras se preparaba un sándwich, Laura miró la carpeta con los esbozos. ¿A quien se le ocurría un sábado por la noche pensar en una publicidad de jabón de lavar que tiene que estar lista para el lunes?. Mordió el pan sintiendo el sabor del jamón crudo. “My favorite things” hacía sus piruetas en el aire del departamento, casí las veía girar a su alrededor y salir por el cuadrado de su ventana, balancearse en el vacío y rebotar sobre la cortina corrida, toda.

Cuando Coltrane acabó con “But not for me”, ella ya se había dormido por primera vez, suavemente, sobre los almohadones, en la alfombra.

Se despertó a las cuatro de la mañana en medio de un feroz desconcierto. Mientras las cosas comenzaban a tomar sentido se secó la boca. La luz de la lámpara estaba encendida, la heladera abierta, la música en fuga, la noche afuera. Miró otra vez la cortina. No se había movido, tampoco se habían movido los hipnóticos reflejos de la oscuridad del hueco, desde la ventana hacia abajo.

¿Estaría ella sola levantada y esperando en toda esta gran ciudad?

Se acostó desnuda, esta vez en su cama. El sueño la venció por segunda vez.

El domingo trajo más calor. A las once estuvo despierta y a las once y media terminó de desperezarse. Mirarse en el espejo no tuvo nada de gracioso, le devolvía su mal humor. El agua le lavó la película del sueño. Y la cortina seguía corrida.

El primer movimiento del día iba a corresponder a Basie-Vaughan con “Teach me tonight”, aunque ella desayunara medialunas del día anterior y completara una docena con un café fenomenal y un retirado sentimiento de culpa.

Las hojas sueltas en la carpeta la esperaban, trató de tener ideas. Imaginó a su abuela lavando sobre la pileta del lavadero con ese jabón blanco sin pretensiones que dejaba todo inmaculado. Mientras “You go to my head” se arracimaba en la cuadratura de la ventana.

El calor del café la había invadido por dentro y por fuera. Un baño vendría bien, pensó.

Antes de entrar a la ducha terminaba “Until I met you” y se dio el permiso de creer en una premonición. Y se dejó hechizar por la caricia del agua.

Con el pelo mojado y una musculosa encima, se miraba la pancita algo flácida. ¿No hubiese sido mejor irse a la casa de mamá? En el jardín, en el patio, bajo los naranjos y con la pileta al lado... ¿Por qué ese estúpido “tengo mucho trabajo” que había largado apurada y sin estar convencida?. Enojada consigo misma, miró otra vez por la ventana. Nada.

Eran las cuatro cuando  vio que la cortina estaba corrida apenas unos veinte centímetros del marco izquierdo. Elevó el volumen para que Charlie Parker atravesara la siesta. Apenas podía ver lo que creía era el respaldar de una silla, era todo. Como molestaban las uñas ya crecidas de los pies, encontró el motivo para sentarse sobre el alféizar y cortarlas despacio, con el alicate, siempre exponiéndose, siempre esperando que la cortina se desplazase para alguno de los lados pero, terminada la operación, no se veía a nadie.

Dio vueltas, regó las plantitas, limpió uno por uno los objetos de la mesa ratona, acomodó los CD sabiendo que no durarían y  “My old flame” la puso triste.

Lo había cruzado tres veces. La primera vez cuando él se mudaba al departamento. Un hola necesario, un comentario sobre el perno de mudarse, chau, todo. La segunda vez, saliendo del edificio de mañana, con apuro y algo dormidos, nuevo saludos. ¿Llevaba él una maleta con algún instrumento musical?. Tenía el pelo enrulado, lindo, sobre los hombros y una barbita cuidada y la ropa colgando  por todas las partes de su cuerpo. Un espantapájaros, pensó. Pero no espantaba a nadie, claro.

La tercera vez, por la ventana, se habían mirado fijo, frente a frente y quietos no habían sabido decirse nada. Eso el viernes. Y hasta ese  eterno domingo, nada. Nada más.

Se acabó Charlie y siguió con Billy Holliday, cantando el delicioso “You go to my Heart” y ella lo tarareó desorejada, como su padre decía siempre.

Tiró ideas con sus técnicas de siempre, rescató un par que le gustaron, imaginó situaciones, nombres, títulos, colores, luces, cuando se dio cuenta, ya Billy había terminado de cantar y estaba silencioso otra vez el domingo.

Se hizo la tarde y la noche, Laura terminó su trabajo junto con los solos de David “Fathead”  Newman y Craig Handy haciendo un inigualable “I left my baby”. Eso la redimió de toda la espera. Todo el día con la cortina apenas corrida. Tenía el sueño largo y terminó cansada, dormida en su cama, soñando que conocía a Robert Altman cuando filmaba Kansas City.

Lunes. Se terminó de bañar mirando el agua perderse, espumosa y deshuesada, en el misterioso agujerito de la bañera. Un café de parada y el abandono de la taza sucia en la bacha. Una ojeada a la ventana. Quedó solidificada. ¿La cortina totalmente corrida a las ocho de la mañana? Y entonces, acto seguido, lo vio que se asomaba, otra vez  miradas y un hola y  un guiño. ¿Qué quería decir eso?.  Respondió como pudo, como le salió hacerlo y cuando él desapareció otra vez, Laura se tomó el tiempo para respirar y salir al mundo.

Trabajo hecho, almuerzo con la productora, tarde de correcciones sobre las ideas para la nueva revista. Vuelta a casa.

Se acercó a  la ventana como si fuera una escollera para asomarse y tirarse al mar. Oscuridad y cortina cerrada otra vez.

El sofá abundante de almohadones cargó otra vez con el peso de  su mal humor y  el saxo de Coleman más el frío de la cerveza mejoró su malestar pero Coleman perdió unos segundos de potencia  bajo ese otro saxo que sonaba imprevisto, notas  fuertes  y graves, desde atrás de la otra cortina. Miró con avidez. Estuvo así hasta que, como en las novelas “alguien tocó a la puerta”. No se había quitado la ropa de su día. Abrió sin preguntar.

–Me encanta la música que tenés, ¿puedo pasar? –dijo él.

 

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