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El
hueco entre las cuatro paredes internas cae en la profundidad de los once
pisos. Un hueco que desde la ventana de Laura, mirando hacia abajo, se
adelgaza hasta que el estómago se arruga de puro mareo y miedo. Y ese
olor propio del smog urbano que se hace espeso hacia arriba.
Es
desde esa ventana abierta que Laura podía ver la otra ventana que ahora
tenía la cortina de lienzo corrida, tanto como para tapar el interior del
departamento, todo. Son las doce de la noche. No ha vuelto.
La
noche era de verano puro, el aire apenas se movía, apretó el play y
en el edificio en silencio “The lady is a tramp” se elevó en la voz
provocativa de Lena Horne. Octava vez que la escuchaba. Laura se recostó
sobre el sofá y tomó una cerveza para mojarse por dentro y sentirse bien
por fuera. Cuando la latita quedó vacía, se incorporó y miró una vez más,
y no se movió. Tal vez si no se movía y no sacaba los ojos de la cortina
sería imposible no verlo llegar.
Las
doce y cuarenta, no había vuelto y Lena ya había cantado muchas veces.
Cambió el cd y el saxo de Coltrane comenzó su ronda encantadora. Ella
estaba descorazonada, sin embargo sintió hambre.
Mientras
se preparaba un sándwich, Laura miró la carpeta con los esbozos. ¿A
quien se le ocurría un sábado por la noche pensar en una publicidad de
jabón de lavar que tiene que estar lista para el lunes?. Mordió el pan
sintiendo el sabor del jamón crudo. “My favorite things” hacía sus
piruetas en el aire del departamento, casí las veía girar a su alrededor
y salir por el cuadrado de su ventana, balancearse en el vacío y rebotar
sobre la cortina corrida, toda.
Cuando
Coltrane acabó con “But not for me”, ella ya se había dormido por
primera vez, suavemente, sobre los almohadones, en la alfombra.
Se
despertó a las cuatro de la mañana en medio de un feroz desconcierto.
Mientras las cosas comenzaban a tomar sentido se secó la boca. La luz de
la lámpara estaba encendida, la heladera abierta, la música en fuga, la
noche afuera. Miró otra vez la cortina. No se había movido, tampoco se
habían movido los hipnóticos reflejos de la oscuridad del hueco, desde
la ventana hacia abajo.
¿Estaría
ella sola levantada y esperando en toda esta gran ciudad?
Se
acostó desnuda, esta vez en su cama. El sueño la venció por segunda
vez.
El
domingo trajo más calor. A las once estuvo despierta y a las once y media
terminó de desperezarse. Mirarse en el espejo no tuvo nada de gracioso,
le devolvía su mal humor. El agua le lavó la película del sueño. Y la
cortina seguía corrida.
El
primer movimiento del día iba a corresponder a Basie-Vaughan con “Teach
me tonight”, aunque ella desayunara medialunas del día anterior y
completara una docena con un café fenomenal y un retirado sentimiento de
culpa.
Las
hojas sueltas en la carpeta la esperaban, trató de tener ideas. Imaginó
a su abuela lavando sobre la pileta del lavadero con ese jabón blanco sin
pretensiones que dejaba todo inmaculado. Mientras “You go to my head”
se arracimaba en la cuadratura de la ventana.
El
calor del café la había invadido por dentro y por fuera. Un baño vendría
bien, pensó.
Antes
de entrar a la ducha terminaba “Until I met you” y se dio el permiso
de creer en una premonición. Y se dejó hechizar por la caricia del agua.
Con
el pelo mojado y una musculosa encima, se miraba la pancita algo flácida.
¿No hubiese sido mejor irse a la casa de mamá? En el jardín, en el
patio, bajo los naranjos y con la pileta al lado... ¿Por qué ese estúpido
“tengo mucho trabajo” que había largado apurada y sin estar
convencida?. Enojada consigo misma, miró otra vez por la ventana. Nada.
Eran
las cuatro cuando vio que la
cortina estaba corrida apenas unos veinte centímetros del marco
izquierdo. Elevó el volumen para que Charlie Parker atravesara la siesta.
Apenas podía ver lo que creía era el respaldar de una silla, era todo.
Como molestaban las uñas ya crecidas de los pies, encontró el motivo
para sentarse sobre el alféizar y cortarlas despacio, con el alicate,
siempre exponiéndose, siempre esperando que la cortina se desplazase para
alguno de los lados pero, terminada la operación, no se veía a nadie.
Dio
vueltas, regó las plantitas, limpió uno por uno los objetos de la mesa
ratona, acomodó los CD sabiendo que no durarían y “My old
flame” la puso triste.
Lo
había cruzado tres veces. La primera vez cuando él se mudaba al
departamento. Un hola necesario, un comentario sobre el perno de mudarse,
chau, todo. La segunda vez, saliendo del edificio de mañana, con apuro y
algo dormidos, nuevo saludos. ¿Llevaba él una maleta con algún
instrumento musical?. Tenía el pelo enrulado, lindo, sobre los hombros y
una barbita cuidada y la ropa colgando
por todas las partes de su cuerpo. Un espantapájaros, pensó. Pero
no espantaba a nadie, claro.
La
tercera vez, por la ventana, se habían mirado fijo, frente a frente y
quietos no habían sabido decirse nada. Eso el viernes. Y hasta ese
eterno domingo, nada. Nada más.
Se
acabó Charlie y siguió con Billy Holliday, cantando el delicioso “You
go to my Heart” y ella lo tarareó desorejada, como su padre decía
siempre.
Tiró
ideas con sus técnicas de siempre, rescató un par que le gustaron,
imaginó situaciones, nombres, títulos, colores, luces, cuando se dio
cuenta, ya Billy había terminado de cantar y estaba silencioso otra vez
el domingo.
Se
hizo la tarde y la noche, Laura terminó su trabajo junto con los solos de
David “Fathead” Newman y Craig Handy haciendo un inigualable
“I left my baby”. Eso la redimió de toda la espera. Todo el día con
la cortina apenas corrida. Tenía el sueño largo y terminó cansada,
dormida en su cama, soñando que conocía a Robert Altman cuando filmaba
Kansas City.
Lunes.
Se terminó de bañar mirando el agua perderse, espumosa y deshuesada, en
el misterioso agujerito de la bañera. Un café de parada y el abandono de
la taza sucia en la bacha. Una ojeada a la ventana. Quedó solidificada.
¿La cortina totalmente corrida a las ocho de la mañana? Y entonces, acto
seguido, lo vio que se asomaba, otra vez
miradas y un hola y un
guiño. ¿Qué quería decir eso?. Respondió
como pudo, como le salió hacerlo y cuando él desapareció otra vez,
Laura se tomó el tiempo para respirar y salir al mundo.
Trabajo
hecho, almuerzo con la productora, tarde de correcciones sobre las ideas
para la nueva revista. Vuelta a casa.
Se
acercó a la ventana como si
fuera una escollera para asomarse y tirarse al mar. Oscuridad y cortina
cerrada otra vez.
El
sofá abundante de almohadones cargó otra vez con el peso de
su mal humor y el saxo de Coleman más el frío de la cerveza mejoró su
malestar pero Coleman perdió unos segundos de potencia
bajo ese otro saxo que sonaba imprevisto, notas
fuertes y graves,
desde atrás de la otra cortina. Miró con avidez. Estuvo así hasta que,
como en las novelas “alguien tocó a la puerta”. No se había quitado
la ropa de su día. Abrió sin preguntar.
–Me
encanta la música que tenés, ¿puedo pasar? –dijo él.
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del concurso "Cuentos de jazz"
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