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Sangre
africana en las venas. Mezcla de tuberculosis y sífilis. Retazos de
memorias de tambores y bailoteos. Madre negra. Ramera por tradición.
Quien fuera el padre nadie lo sabía. Ni siquiera ella podía recordarlo.
Las calles del Bronx lo conocían. Algunos lo pateaban a un costado de la
escalera para salir de sus casas.
Escapado
a los seis años. Vagabundo interminable del gueto en busca de algo de
alimentos y protección. ¿Quién puede negar a un hermano un pedazo de
pan?
Era
inevitable. El viejo sin techo errante como él y el encuentro
inexcusable. Sin edad, sin tiempo, cargando un abollado saxofón. Traía
en su interior sonidos lejanos. De otras tierras, lamentos, dolores
contenidos. Con su pasado a cuestas de humillaciones y vergüenzas.
Canciones que venían de los primeros retumbos de distantes tiempos hasta
llegar de boca en boca hasta su viejo saxofón.
Encuentro
silente. Uno junto al otro. Como abuelo y nieto entendiéndose en el
mutismo. Iguales sangres dolientes. Parados ambos en la esquina de la
ciento cuarenta y nueve y la Avenida Brodway. Haciendo llorar su bronce.
La gorra en el suelo. De vez en cuando un quarter por piedad o por vibrar
sentimientos de los transeúntes.
Con
eso comían y bebían sin nada que decirse. Sin preguntar ni contestar. De
todos modos las historias eran bien conocidas.
Un día
el viejo lo invitó a tocar el saxo. Ya tenía 16 años. Con la música
del alma. La del milenario dolor.
Las
notas eran legendarios lamentos. La libertad perdida de antaño y la
innecesaria de ahora. Los grilletes de antes suplantados por el hambre y
la marginación.
Tocando
en esquinas apareció el desconocido. "¿Me reconoces?". Era el
famoso Charlie. El que aparece a menudo en las mugrientas paredes de los
edificios incendiados. Carteles invitando a recitales. Subiendo alguna vez
del Manhattan de la gloria al Yankee Stadium del Bronx. Para sus hermanos.
Para recordar lo que él fue.
El
viejo quedó sólo con su abollado saxo. Siempre tocando en las esquinas.
Con una lata por colector.
Pasaron
algunos años y apareció su vagabundo compañero. Vestía como los
blancos. Por vergüenza no se hizo reconocer. Escuchó un rato y dejó una
gorra con cien dólares.
Como con golpes de tambores en
su corazón, bajó al Sur, pasó la noventa y seis, donde había dejado
estacionado su auto.
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del concurso "Cuentos de jazz"
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