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"Cuentos de jazz":

Cuento elegido por El Escriba

 

Jazz

por Alberto Fernández, San Antonio de Padua, provincia de Buenos Aires, Argentina

 

Sangre africana en las venas. Mezcla de tuberculosis y sífilis. Retazos de memorias de tambores y bailoteos. Madre negra. Ramera por tradición. Quien fuera el padre nadie lo sabía. Ni siquiera ella podía recordarlo. Las calles del Bronx lo conocían. Algunos lo pateaban a un costado de la escalera para salir de sus casas.

Escapado a los seis años. Vagabundo interminable del gueto en busca de algo de alimentos y protección. ¿Quién puede negar a un hermano un pedazo de pan?

Era inevitable. El viejo sin techo errante como él y el encuentro inexcusable. Sin edad, sin tiempo, cargando un abollado saxofón. Traía en su interior sonidos lejanos. De otras tierras, lamentos, dolores contenidos. Con su pasado a cuestas de humillaciones y vergüenzas. Canciones que venían de los primeros retumbos de distantes tiempos hasta llegar de boca en boca hasta su viejo saxofón.

Encuentro silente. Uno junto al otro. Como abuelo y nieto entendiéndose en el mutismo. Iguales sangres dolientes. Parados ambos en la esquina de la ciento cuarenta y nueve y la Avenida Brodway. Haciendo llorar su bronce. La gorra en el suelo. De vez en cuando un quarter por piedad o por vibrar sentimientos de los transeúntes.

Con eso comían y bebían sin nada que decirse. Sin preguntar ni contestar. De todos modos las historias eran bien conocidas.

Un día el viejo lo invitó a tocar el saxo. Ya tenía 16 años. Con la música del alma. La del milenario dolor.

Las notas eran legendarios lamentos. La libertad perdida de antaño y la innecesaria de ahora. Los grilletes de antes suplantados por el hambre y la marginación.

Tocando en esquinas apareció el desconocido. "¿Me reconoces?". Era el famoso Charlie. El que aparece a menudo en las mugrientas paredes de los edificios incendiados. Carteles invitando a recitales. Subiendo alguna vez del Manhattan de la gloria al Yankee Stadium del Bronx. Para sus hermanos. Para recordar lo que él fue.

El viejo quedó sólo con su abollado saxo. Siempre tocando en las esquinas. Con una lata por colector.

Pasaron algunos años y apareció su vagabundo compañero. Vestía como los blancos. Por vergüenza no se hizo reconocer. Escuchó un rato y dejó una gorra con cien dólares.

Como con golpes de tambores en su corazón, bajó al Sur, pasó la noventa y seis, donde había dejado estacionado su auto.

 

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