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"Cuentos de jazz":

Cuento elegido por El Escriba

 

El día en que El Mono no habló

por Jorge Feldman, Buenos Aires, Argentina.

 

El bar Pecos era poco más que un pasillo en el barrio de Caballito con una larga barra en la que se acodaba un grupo de amantes del jazz, tipos entre dieciocho y treinta años, dispuestos a beberse unos tragos y a escuchar los mejores discos de alta fidelidad editados en Estados Unidos y contrabandeados vía Uruguay por el vasco, un petiso casi enano que juraba estar dispuesto a casarse con Ella Fitzgerald —entonces en el pináculo de su obesidad— sólo para que le cante. Allí muchos descubrieron que el jazz no terminaba con Armstrong-Fitzgerald y Sinatra-Doris Day. En ese pequeño santuario muchos se deslumbraron con orquestas, conjuntos y solistas que ni imaginaban que existían. Y los oían a través de un equipo de altísima fidelidad estereofónica, el non plus ultra de los audiófilos, que el dueño del reducto, el yugoslavo Vladimiro, había mandado hacerlo a medida.

Después de visitar el Pecos varias semanas, el gordo Paz se hizo habitual y se entusiasmó tanto con lo que oía que empezó a comprar discos de jazz. Todo lo que ganaba y todo lo que lograba exprimirle a su madre y a su abuela lo gastaba en álbumes que le encargaba al vasco cada vez que anunciaba que viajaba a Montevideo.

El gordo tenía una hermana menor a la que, cuando cumplió trece años, le compraron un piano. El día en que el instrumento llegó a la casa, Paz, que tenía sólo diecinueve, levantó la tapa, apoyó la mano derecha sobre el teclado, movió los dedos de meñique a pulgar y sonó la primera frase de “Llévame volando a la luna”; cinco notas descendentes que cantan claramente “fly-me-to-the-moon”. Milagro; en su vida había estudiado música y jamás había tocado ni el estuche de un instrumento. Decía que había escuchado tanto ese tema que, inexplicablemente, brotó de sus dedos.

En realidad, el gordo era una gran oreja capaz de tocar de oído cualquier cosa, pero sólo con la mano derecha. Cuando intentaba con la izquierda eran martillazos que sólo algunas veces armonizaban con la otra mano.

No obstante, era tenaz; todos los días dedicaba un par de horas a torturar a su familia con los acordes fallidos de “Fly me to the moon”. Cuando le rogaban que parase, decía que algún día lo iba a sacar igualito al disco y los gratificaba con otros temas más sencillos mejor tocados.

El tema se le volvió una obsesión. Viendo que no avanzaba todo lo que él quería, le pidió ayuda a la profesora de la hermana, pero como no sabía leer música, la profesora le escribió en un papel el nombre de las notas, le pegó cartelitos en las teclas con el orden en que debía tocarlas pero no había caso: para ese intrincado tema la mano izquierda estaba divorciada de la derecha.

Dos años después de haberse sumado a la barra de jazzmaníacos del Pecos, el yugoslavo vendió el local y abrió un salón de té en Belgrano que, por la noche, era reducto de los que se mudaron detrás de él para seguir disfrutando de su exclusiva discoteca y de un equipo de sonido superior. El local era como una gran sala de estar a media luz, con un piano de cola en una esquina y un rectángulo libre para que, por las tardes, las parejas hicieran sus juegos amorosos bailando arrullados por algún saxo romántico. En las noches de jazz para conocedores, ese espacio lo ocupaban desde solistas hasta quintetos. Por allí desfilaron las más  grandes figuras del jazz argentino y los músicos extranjeros que nos visitaron. En ese sitio maravilloso el vasco y el gordo eran como de la casa y compartían la mesa del yugoslavo.

Una noche de sábado lluviosa y fría, un gran número de habituales y caras nunca vistas colmaban el local a la espera de Enrique Villegas, pianista impredecible que tocaba maravillosamente pero que, a veces, le daba por hablar y desvariar y se iba de sus “shows” sin hacer sonar una sola nota. La figura del día venía con atraso y en un momento dado, tal vez impulsado por la melancolía de la noche desapacible y el crepitar de los leños que caldeaban el ambiente, el gordo puso su humanidad en la banqueta del piano, levantó la tapa del teclado y arrancó tímidamente con el fraseo del tema que lo obsesionaba; esas cinco notas descendentes que dicen: “fly me to the moon”. Lentamente fue capturando la atención de toda la audiencia con la melodía pulsada con la mano derecha con un toque muy personal, sencillo y triste. A medida que crecía el entusiasmo y el público enviaba señales de aliento, el gordo arremetió a dos manos y, aunque el tema se desbarrancó un poco, a los que compartían la espera les pareció una buena interpretación, ya que se trataba de un aficionado que tocaba de oído y llevaba practicando la misma pieza desde hacía más de dos años.

Por fin llegó Villegas, al que le decían “El Mono” por la manera en que se bamboleaba y alzaba sobre el teclado, y se quedó escuchando; cuando el gordo terminó y volvió a la mesa cacheteándose la mano izquierda con cara de “ya vas a aprender”, el pianista fue al instrumento, hizo un chiste sobre lo caliente que estaba la banqueta y comenzó su versión de “Llévame…” introduciendo improvisaciones insospechadas que los mantuvieron hipnotizados por más de un cuarto de hora. Para los habituales fue más que el mejor disco en alta fidelidad; era Villegas en vivo: genial y, para gloria mayor, sin discursos.

Cuando El Mono terminó, por encima de los aplausos se oyó un estrépito que venía de la trastienda. Vladimiro y el vasco corrieron a ver qué sucedía y se encontraron con que el gordo estaba en la cocina y pisoteaba frenéticamente su mano izquierda recién amputada de un hachazo.

Frente a esa escena demencial los dos se quedaron sin saber qué hacer . De la sala llegaban las notas del piano en el que El Mono continuaba su presentación y le sacaba chispas al teclado tocando “Qué alta está la luna”.

El frenesí del gordo cesó al oír ese tema y, mientras se desplomaba, se le oyó decir:

—Inalcanzable.

El yugoslavo corrió al teléfono para pedir ayuda y, desde el mostrador, entre sollozos y con fuerte acento croata, le gritó a Villegas:

—¿Por qué no hablaste, eh?

Pero El Mono no lo oyó y siguió tocando un popurrí de temas que en sus títulos hablaban de la luna.

 

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