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El bar Pecos era poco más que un pasillo en el barrio de
Caballito con una larga barra en la que se acodaba un grupo de amantes del
jazz, tipos entre dieciocho y treinta años, dispuestos a beberse unos
tragos y a escuchar los mejores discos de alta fidelidad editados en
Estados Unidos y contrabandeados vía Uruguay por el vasco, un petiso casi
enano que juraba estar dispuesto a casarse con Ella Fitzgerald —entonces
en el pináculo de su obesidad— sólo para que le cante. Allí muchos
descubrieron que el jazz no terminaba con Armstrong-Fitzgerald y
Sinatra-Doris Day. En ese pequeño santuario muchos se deslumbraron con
orquestas, conjuntos y solistas que ni imaginaban que existían. Y los oían
a través de un equipo de altísima fidelidad estereofónica, el non
plus ultra de los audiófilos, que el dueño del reducto, el yugoslavo
Vladimiro, había mandado hacerlo a medida.
Después de visitar el Pecos varias semanas, el gordo Paz se
hizo habitual y se entusiasmó tanto con lo que oía que empezó a comprar
discos de jazz. Todo lo que ganaba y todo lo que lograba exprimirle a su
madre y a su abuela lo gastaba en álbumes que le encargaba al vasco cada
vez que anunciaba que viajaba a Montevideo.
El gordo tenía una hermana menor a la que, cuando cumplió
trece años, le compraron un piano. El día en que el instrumento llegó a
la casa, Paz, que tenía sólo diecinueve, levantó la tapa, apoyó la
mano derecha sobre el teclado, movió los dedos de meñique a pulgar y sonó
la primera frase de “Llévame volando a la luna”; cinco notas
descendentes que cantan claramente “fly-me-to-the-moon”. Milagro; en
su vida había estudiado música y jamás había tocado ni el estuche de
un instrumento. Decía que había escuchado tanto ese tema que,
inexplicablemente, brotó de sus dedos.
En realidad, el gordo era una gran oreja capaz de tocar de oído
cualquier cosa, pero sólo con la mano derecha. Cuando intentaba con la
izquierda eran martillazos que sólo algunas veces armonizaban con la otra
mano.
No obstante, era tenaz; todos los días dedicaba un par de
horas a torturar a su familia con los acordes fallidos de “Fly me to the
moon”. Cuando le rogaban que parase, decía que algún día lo iba a sacar
igualito al disco y los gratificaba con otros temas más sencillos mejor
tocados.
El tema se le volvió una obsesión. Viendo que no avanzaba
todo lo que él quería, le pidió ayuda a la profesora de la hermana,
pero como no sabía leer música, la profesora le escribió en un papel el
nombre de las notas, le pegó cartelitos en las teclas con el orden en que
debía tocarlas pero no había caso: para ese intrincado tema la mano
izquierda estaba divorciada de la derecha.
Dos años después de haberse sumado a la barra de jazzmaníacos
del Pecos, el yugoslavo vendió el local y abrió un salón de té en
Belgrano que, por la noche, era reducto de los que se mudaron detrás de
él para seguir disfrutando de su exclusiva discoteca y de un equipo de
sonido superior. El local era como una gran sala de estar a media luz, con
un piano de cola en una esquina y un rectángulo libre para que, por las
tardes, las parejas hicieran sus juegos amorosos bailando arrullados por
algún saxo romántico. En las noches de jazz para conocedores, ese
espacio lo ocupaban desde solistas hasta quintetos. Por allí desfilaron
las más grandes figuras del
jazz argentino y los músicos extranjeros que nos visitaron. En ese sitio
maravilloso el vasco y el gordo eran como de la casa y compartían la mesa
del yugoslavo.
Una noche de sábado lluviosa y fría, un gran número de
habituales y caras nunca vistas colmaban el local a la espera de Enrique
Villegas, pianista impredecible que tocaba maravillosamente pero que, a
veces, le daba por hablar y desvariar y se iba de sus “shows” sin
hacer sonar una sola nota. La figura del día venía con atraso y en un
momento dado, tal vez impulsado por la melancolía de la noche desapacible
y el crepitar de los leños que caldeaban el ambiente, el gordo puso su
humanidad en la banqueta del piano, levantó la tapa del teclado y arrancó
tímidamente con el fraseo del tema que lo obsesionaba; esas cinco notas
descendentes que dicen: “fly me to the moon”. Lentamente fue
capturando la atención de toda la audiencia con la melodía pulsada con
la mano derecha con un toque muy personal, sencillo y triste. A medida que
crecía el entusiasmo y el público enviaba señales de aliento, el gordo
arremetió a dos manos y, aunque el tema se desbarrancó un poco, a los
que compartían la espera les pareció una buena interpretación, ya que
se trataba de un aficionado que tocaba de oído y llevaba practicando la
misma pieza desde hacía más de dos años.
Por fin llegó Villegas, al que le decían “El Mono” por
la manera en que se bamboleaba y alzaba sobre el teclado, y se quedó
escuchando; cuando el gordo terminó y volvió a la mesa cacheteándose la
mano izquierda con cara de “ya vas a aprender”, el pianista fue al
instrumento, hizo un chiste sobre lo caliente que estaba la banqueta y
comenzó su versión de “Llévame…” introduciendo improvisaciones
insospechadas que los mantuvieron hipnotizados por más de un cuarto de
hora. Para los habituales fue más que el mejor disco en alta fidelidad;
era Villegas en vivo: genial y, para gloria mayor, sin discursos.
Cuando El Mono terminó, por encima de los aplausos se oyó
un estrépito que venía de la trastienda. Vladimiro y el vasco corrieron
a ver qué sucedía y se encontraron con que el gordo estaba en la cocina
y pisoteaba frenéticamente su mano izquierda recién amputada de un
hachazo.
Frente a esa escena demencial los dos se quedaron sin saber
qué hacer . De la sala llegaban las notas del piano en el que El Mono
continuaba su presentación y le sacaba chispas al teclado tocando “Qué
alta está la luna”.
El frenesí del gordo cesó al oír ese tema y, mientras se
desplomaba, se le oyó decir:
—Inalcanzable.
El yugoslavo corrió al teléfono para pedir ayuda y, desde
el mostrador, entre sollozos y con fuerte acento croata, le gritó a
Villegas:
—¿Por qué no hablaste, eh?
Pero El
Mono no lo oyó y siguió tocando un popurrí de temas que en sus títulos
hablaban de la luna.
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del concurso "Cuentos de jazz"
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