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El hijo del presidente miraba el mar con una sensación
de angustia reflejada en el rostro. Las olas batían con bravura contra el arrecife y sus salpicaduras
llegaban cada cierto tiempo al rostro del joven.
Estaba sentado en el muro del malecón. El malecón es para los habaneros, verdaderamente, "el Malecón": un
grueso muro de cemento que bordea el litoral oeste de la bahía de La Habana. Miles de cubanos y de
visitantes han colocado en él sus sitios de sentarse y
a su vera, delante, encima, a través de él, se han
escuchado apasionadas declaraciones de amor, algunas
de las cuales han hecho mella en corazones más duros
que su muda piedra; ha sido testigo silencioso de
rupturas, discusiones, negocios, confabulaciones,
conspiraciones, deliberaciones, carreras y juegos
infantiles y aun de pesquerías soñadoras. Es, por todo
lo dicho y mucho más que no voy a decir, un sitio
entrañable para una enorme cantidad de seres humanos.
No hay habanero o morador de esta urbe que no tenga un recuerdo relacionado con él. Desde ningún otro lugar
se puede contemplar el mar como desde allí. En ningún
otro corre la brisa como a lo largo de su extensión. A
sus pies están los arrecifes, unos metros más
adelante, el mar, con sus cambiantes colores que
hablan de las diferentes profundidades de sus fondos;
mirarlo, es como mirar el alma humana. Caminar a su
lado o sobre él es el paseo de los que no tienen a
donde ir, de los románticos, de los que quieren ser
escuchados por solo un oído aunque estén a la vista
del mundo, de quienes quieren abrazarse y besarse con
la complicidad de la noche. Bien sé de novios que han
desafiado la entrada de un gélido frente frío, y lo
han ignorado al calor de su amor. Bien sé de amantes
que han corrido, unidas las manos, riendo mientras les
bañaba una ola atrevida. Pero lo que preocupaba al
hijo del presidente no era ninguna de estas cosas.
Se pasó la mano por el cabello y bajó la cabeza con
desgano como quién acepta, resignado, su destino. "No
tengo otra opción", pensó, "debo enfrentarme a este
problema que, en definitiva, he creado yo mismo". Miró
una ves más el mar, que lo había ayudado a decidirse.
Se bajó del muro, respiró profundo y se encaminó hacia
su casa, no sin antes recibir una última salpicadura
que era como la despedida marina. En el hogar le
esperaba su padre, "el presidente". Sonrió... "si
supieras, papá, lo que ha hecho tu hijo. Bueno, de
hecho, lo vas a saber pronto. Yo te lo voy a contar".
La casa no estaba lejos; casa de ladrillos rojos
desgastados por el tiempo, que el abuelo había
decorado con conchas del mar. Era una casa pequeña,
pero su madre se las ingeniaba para que siempre
resultara acogedora. Ella, seguramente lo
comprendería, incluso estaba convencido de que iba a
justificarlo, pero su padre... ese sí que no entendía
de explicaciones. "Cuando yo tenía tu edad...", así
comenzaban todos sus discursos, al menos, la parte que
él escuchaba. "Hoy tendré que escucharlo completo", se dijo.
Cuando llegó a la calle donde vivía, su corazón
comenzó a latir con fuerza. Sus manos sudaban y
estaban tan frías que, pensó, podía helar una cerveza
caliente con sólo colocarla entre ellas. Allí estaba
la puerta y detrás de la ella, su padre. Se detuvo. No
sabía si tendría el valor suficiente para trasponer el
umbral y revelarle la verdad. En un instante vinieron
a su mente los momentos buenos y malos que la familia
había vivido; sus esperanzas, sus fracasos, sus
alegrías y sus penas, siempre juntos. Todo había sido
perfecto. Hasta ahora.
Dudó una vez más y estaba a punto de emprender la
retirada cuando la puerta de la casa se abrió y su
madre apareció bajo el dintel de la misma. "¿Qué haces
ahí parado, hijo? Pasa, que tu padre te está
esperando. Necesita hablar contigo". La sangre huyó
del corazón del hijo del presidente. Su padre sabía...
Lo estaba esperando para sermonearlo, ya tendría
preparado un largo discurso o, quizás, otra medida
peor. De todas maneras, ya no había escapatoria, así
que entró en la casa y fue al encuentro de su padre.
"El presidente" era un hombre de unos cincuenta años,
de corta estatura y amplio bigote todavía negro. Le
esperaba con un periódico en la mano y, en cuanto lo
vio llegar, le dijo: "Buenos días, jovencito, le
estaba esperando. Tengo que hablar muy seriamente con usted". El muchacho comprendió que, si no le robaba la
iniciativa a su padre, perdería la única oportunidad
de, al menos, tratar de justificar lo que había hecho.
De manera que, casi sin pensarlo, interrumpió a su
padre y le dijo: "Yo también tengo algo que decirle,
papá". El presidente le miró inquieto, pues no le
gustaba ser interrumpido. Él también estaba ansioso
por terminar aquella conversación, que lo ponía
nervioso, aunque no lo demostrara. Pero accedió a
escuchar al muchacho primero.
"Papá, yo me he portado mal. Y le he puesto a usted en
una posición incómoda. Verá, tengo que reconocer que
siempre he estado orgulloso de ustedes pero, en la
escuela, me siento inferior a los otros. Algunos se
burlan de mí, la muchacha que me gusta ni me mira...
en fin. Tuve que inventarme una personalidad que me
ayudara ante mis compañeros, y no se me ocurrió otra
cosa que decir que tú eras el presidente de la
corporación donde trabajas. ¿Te imaginas? yo era el
hijo del presidente. Pensé que no hacía daño a nadie
y, además, ¡funcionó! Funcionó hasta ayer, cuando un
compañero de aula me vio entrando aquí y lo dijo a
todos en la escuela: que yo era un mentiroso. En ese
momento comprendí mi error y lo sentí, sobre todo por
ustedes, porque de seguro los llamarán de la escuela y
puede que lo lleguen a saber incluso en tu trabajo.
Perdóname, papá..."
El padre le miró fijamente a los ojos y guardó
silencio por un rato. La mentira había entrado a su
hogar por primera vez. Cuando, por fin, se decidió a
hablar, no se refirió a la época en que tenía la edad
de su hijo, simplemente le dijo: "Has actuado mal, muy
mal. Uno siempre debe estar orgulloso de ser quien es.
Y si quiere ser más, debe luchar por serlo". Las
palabras golpearon el corazón del joven, mientras su
padre agitaba delante de él el periódico que tenía en
la mano. "Yo tenía algo que decirte, pero ahora
prefiero no hablar más". Se levantó lentamente, con
pesar y con dolor, y abandonó la habitación. Se le
veía reflejada la pena en el rostro. La conversación
que quería tener con su hijo quedó pospuesta para
mejor ocasión, a pesar de que tanto le ilusionaba lo
que, en un principio, tenía que comunicarle.
"El hijo del presidente" permaneció sentado, con una
lágrima pugnando por salir de sus ojos, tanta era la
pena de haberle fallado al viejo. Permaneció allí,
mirándolo alejarse por el pasillo. Lo veía ir, con los
hombros caídos como si estuvieran soportando un gran
peso. En la mano, llevaba el periódico, que no había
abandonado en ningún momento de la conversación.
Dentro del mismo, en un sobre que le iba a ser
enseñado unos momentos antes, estaba el nombramiento de su padre como presidente de la corporación.
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del concurso El hijo del presidente
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