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El
hijo del presidente
yacía postrado. Detrás de todo estaba siempre la misma mujer rojiblanca,
pálida, de apariencia impresionantemente nítida, potente, asfixiante.
Ella guardaba en su poder a todos los postrados, los miserables, y los
arrepentidos. Traía consigo el brillo de la luna en una noche despejada
de Buenos Aires; también traía el frío del invierno porteño.
Cuando
entró la Mujer al cuarto de Miguel - el hijo mayor del presidente- su
aura de escalofrío recorrió una a una las camas de los postrados, los
miserables, y los arrepentidos.
Los
internados del quinto piso del Hospital General vibraron al unísono,
oyeron la música espantosa de su belleza e intentaron cantarla pese a que
apenas podían respirar. Los sueros se agitaron como maremotos
monumentales dentro de sus bolsas plásticas, las sábanas flamearon como
banderas en tiempos de guerra y los monitoreos se silenciaron como los
hombres libres en tiempos de dictaduras. Caminaba ella por entre los
lechos, las enfermedades, tocando con la punta de sus largos y finos dedos
las frentes de los desahuciados y calmándolo todo...
Era
julio cuando el presidente, los médicos y enfermeras se impacientaron al
notar que todo el internado del quinto piso del hospital permanecía
estable desde hacía ya once meses. El hijo del presidente en su letargo:
tenía veintitrés años de salud el invierno pasado; ahora solo contaba
con casi veinticuatro años de soledad, mutismo y ensoñación.
La
verdad era que la Mujer de la Luz había estado paseando por ahí, visitándolos
noche a noche a todos en el quinto piso, dejando tras de sí halos de
almas y espíritus inexistentes que servían a los enfermos como remedio.
Entonces era lógico que entre tanto abandono y depresión, tanta angustia
y caridad, la mujer más hermosa se hiciera un tiempecito para visitar a
los enfermos en el hospital - al hijo del presidente, el del lechero, del
carpintero, del maestro, del viceministro, del embajador, del director de
la revista de lectores-escritores, etcétera -, y también lógico sería
que los aquejados le diesen gracias del único modo posible - ya que no
podían hablar -, quedándose para siempre a esperar su visita en las
noches agudas de silencio, aquéllas en las cuales los dolores se les
intensificaban por demás y ningún empleado del hospital estaba
disponible para aliviarlos.
Miguel
veía a su padre con los ojos cerrados. Podía imaginarlo quieto, sentado
al pie de su cama de hierro, con ambas manos entrelazadas delante de la
frente, rezándole al Dios en el que siempre creyó, casi llorando. Podía
imaginarlo triste y no entendía por qué. ¿Por qué, si la mujer más
bella que soñó conocer lo visitaba cada noche y le acariciaba la frente,
y lo hacía tan feliz como nunca hubiera imaginado antes?
¿Por qué, si el piso entero del hospital estaba soñando un sueño
azul del cual nadie querría despertar jamás?
El
presidente abría los ojos y veía a su hijo: Miguel, otrora futuro
abogado, médico cardiólogo o anestesista, escribano público, gerente de
la Coca-Cola... Pero no. Ahí yacía el presente de Miguel: un vegetal con
clorofila color rosada y savia color roja.
La
noche y la visita tan esperada: la Mujer llegaba segura, repartiendo
halagos y palabras bonitas sin hablar. Los internos, también Miguel, la
escuchaban embelesados, enamorados, aunque no podían escuchar. Ella solía
reponer las flores en los jarrones de las mesitas de luz empotradas en las
paredes hospitalarias, volvía a acariciar sus frentes, los miraba, los
aturdía de amor. Miguel intentó atraparla cuando la tuvo al pie de su
lecho, quiso abrir los ojos para verla, estirar los brazos para tocarla...
Desapareció. Una bruma invisible como todo aquello copó la sala; cayéndose
estaba Miguel al suelo.
Despertó
el hijo del presidente por la mañana, cuando su padre le tomaba el brazo
derecho y una enfermera el izquierdo para llevarlo de nuevo a la cama.
Desconcierto. Desilusión. La Mujer más bella se había fugado corriendo
velozmente por los pasillos del Hospital General y nadie la había visto.
Fue
entonces cuando Miguel comprendió, muy a su pesar, que nunca podría
tocarla, alcanzarla.
La
Mujer de la Luz volvía a enamorar a los hombres para hacerlos sufrir
luego, destrozándolos. Tenía el poder para hacerlo todo: cautivar las
almas sin brillo, las más perdidas, colocándolas en un cuarto único de
sueños delirantes, altos e imposibles: inalcanzables. El cuarto tenía
frutas amarillas: plátanos, peras. Entonces, en el sueño recurrente de
Miguel, la mujer hermosa le convidaba los más jugosos frutos que él
ansiaba comer: el hijo del presidente los asía y los saboreaba, disfrutándolos.
Luego emprendían un paseo de ensueño: recorrían el cuarto entero viendo
plantas verdes, césped y arbustos fértiles, gente feliz que sonreía
entre el verde - Miguel advirtió que se trataba de sus compañeros de
cuarto del hospital - y más personas desconocidas que pensó serían los
internos del quinto piso que no conocía pues nunca los había visto.
Había
despertado del plácido sueño al intentar tocarla, llegar a ella. Sintió
el suelo blando al caer, al golpearse. El golpe más duro lo sintió al
verla que se iba, desapareciendo.
Infinitas
y sufridas fueron las noches desiertas en la sala muda, que volvió a
coparse de enfermos lloriqueantes y dolorosos, insatisfechos y solos. La
Mujer se había escapado de aquel jardín de ilusión que en las noches
hacía gozar a los mártires, los hacía disfrutar de su tan triste estado
y no querer rehabilitarse jamás. Habría emprendido otro viaje de
quimeras, de mentiras agradables para los oídos de otros miserables.
Estaría
en hospitales y clínicas; o en casas de familias desesperadas observando
un cuerpo semi muerto producto de algún ataque accidental o
cuidadosamente planeado; o en neuropsiquiátricos grises y azules
acechando y alentando esas locuras; o iría por las calles, buscando la cínica
Mujer de la Luz, -tan hiriente como antes, como siempre-, un nuevo
postrado, un miserable, un arrepentido.
Huyó
del Hospital General para aleccionar a Miguel, para explicarle -como
siempre, sin palabras- que nunca podría tocarla, que no debía intentar
hacerlo. La Mujer de la Luz era de un claro y recurrente accionar:
enamoraba y enloquecía a los hombres míseros y cuando éstos intentaban
abordarla, tocarla o llegar a ella, desaparecía.
Mientras
esa mala mujer vagaba, el quinto piso era un gran llanto, una enorme queja
común. Los otrora sonrientes encamados aullaban de dolor en las tardes y
las noches, en los mediodías, desde que la belleza había partido, había
dejado de visitarlos.
Miguel
continuó desarrollando su enfermedad luego de once meses de suspenso
misterioso. El monstruo rojo que subía por su ya única pierna avanzó
sin más piedad que la de permitirle gritar ante cada latido de dolor,
retumbándole la gangrena por todo el cuerpo joven hasta el pecho y la
cabeza.
Ella,
aún a lo lejos, podía sentirlo. Caminaba y por cada paso, un latido del
hijo del presidente la acompañaba. También los gritos. La mujer sabía
que todo el piso quinto la necesitaba, el hospital la estaba reclamando.
Pero no podía regresar.
Siempre
había actuado así: brindaba sueños complacientes, mentiras de
felicidad, breves momentos inolvidables de regocijo. Dio once meses de
amor y canciones dulces a los enfermos; aletargó sus organismos asesinos
con ansias de llevarlos por la irreversible ruta de la muerte a
velocidades fantasmales; detuvo por un tiempo la realidad del tiempo...
Pero eso era todo. Se acabó su larga hora.
La
sala de internados como una sopa metálica de camas y jeringas
esterilizadas, sigilosos catéteres y algodones exultantes en sus modestos
recipientes.
La
sala de internados como una sopa humana de llantos varios, virus y
enfermedades expuestos como en galería, quejas y reclamos, enfermeras y
tuberculosos, cirrósicos y enfermeros. Gangrena.
El
paciente joven de una sola pierna bramaba desde su pequeña cama, y ahora
se sumaba a la sopa humana el presidente, que llegaba a visitarlo. Traía
flores multicolor y las colocaba en el jarrón de la mesita de luz
empotrada en la pared, sin el arte con que lo hacía la mujer más hermosa
del mundo unos días atrás.
El
presidente estorbaba en el trabajo de los camilleros y demás empleados
del hospital, ubicándose tan torpemente entre las sondas y las jeringas,
entre el bullicio hospitalario de un día operatorio. Entonces las
enfermeras, sintiendo a la vez miedo y hartazgo, se movían ente los
lechos medicando a los internos con la inyección en la mano, mostrándosela
al gobernante cuando querían abrirse paso. Este las miraba azorado, y,
silenciosamente, se relegaba a un costadito junto a la cama de su hijo,
que continuaba aullando.
Se
trataba de un hombre algo tosco que había decidido resignar su carrera
probablemente opaca como abogado para entregarse a la actividad político-partidaria.
Sus únicas esperanzas de lograr la profesionalidad tan mentada en sus
triviales valores estaban depositadas en su hijo mayor, Miguel. Sus
esperanzas carecían de la pierna derecha y padecían una gangrena aguda
en la izquierda. Sus esperanzas tenían solo veinticuatro años de edad.
Veía
venir el hijo del presidente otra vez una mancha roja entrecerrando los
ojos, con su mirada fija en el techo blanco de la sala del hospital. La
mancha, poco a poco, se hacía gigante, se le acercaba, pinchaba todo su
cuerpo, y luego se iba. La enfermedad estaba consumiéndolo todo.
Mientras
tanto ella, tanto o más miserable que los que tenía en su poder,
visitaba a otros postrados, acariciaba sus frentes con amor, salvaba sus
vidas por un tiempo. Al acabarse el tiempo, todo sería igual: el intento
de alcanzarla de algún desvalido, la huída, el abandono.
La
infértil mujer seguía repartiendo infelicidades por doquier, dejando a
los hombres después de amarlos. Era aquella maldición que prometía lo
bello, lo próvido, lo bueno; más nunca lo daba: todos eran sueños y
farsas.
Alaridos
feroces inundaban su cabeza. Era la encrucijada: las vidas de muchachos y
muchachas se estaban extinguiendo. Entonces abrió los ojos verdes,- esos
que no miraban desde hacía ya tanto tiempo-, y empezó a sentirse tan
mal, que todo el daño que había hecho en su pobre vida, todas sus
quimeras y mentiras, todo lo que le alimentó su alma pútrida, todo se
volvía contra ella. Comenzaba a percibir la culpa creciente, se iba
atormentando con los enfermos que había suspendido unos meses antes de
sus muertes para luego abandonarlos y dejarlos sucumbir.
Cargaba
en su mente enferma con mil difuntos de amor que de vez en cuando se le
aparecían carcomiéndola un poco más; pero nunca la habían abordado con
tanto furor como sabían hacerlo ahora.
La
Mujer recorrió Boedo cinco eternos minutos, rodeada de cadáveres que le
hablaban gozando de muy buena salud. Recogió su cabello del color del
petróleo alborozado surgiendo de los subsuelos marítimos, fijó esos
ojos tan suyos en el horizonte invisible entre las calles de Buenos Aires,
y emprendió el único camino que nunca había imaginado, que jamás
hubiera querido recorrer.
Una
vez más la noche azulina y paralítica. El aire helado del invierno subía
por los cuerpos débiles de los infectos, tiritantes. El quinto piso en
otra oscuridad quieta y estéril. Los internados más graves que nunca.
Un
golpe de viento fresco, claro, inundó la poblada sala. Entró por las
ventanas y desde las puertas todas, colmando las almohadas, las camas de
hierro, los sueros y las pestilencias varias.
Resurgieron
los suspensos eternos y misteriosos para las enfermedades en el quinto
piso.
El
hijo del presidente y su pierna izquierda otra vez entre los postrados,
los miserables, y los arrepentidos.
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