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El
hijo del presidente, Kiko, seguía una maestría en Economía, lo cual,
considerando la tupida agenda de su padre, les dejaba poco tiempo para
estar juntos.
Una
tarde, de las pocas que podían compartir, mientras almorzaban, Kiko dijo:
“Papá, qué lindo sería ir a pescar”.
Días
después, el presidente sorprendió a su hijo con un obsequio: una caja
con un equipo de pesca.
—¿Qué
te parece si salimos mañana a las cinco, antes que amanezca, y regresemos
a las ocho? A tiempo para asistir a nuestras labores —le preguntó a su
hijo.
Al
día siguiente, se dirigieron a la playa. Tras bajar del auto, indicaron a
los guardias de seguridad que se quedaran allí, y ellos se fueron
caminando descalzos por la orilla del mar. Ansiosos de gozar de la
naturaleza, se alejaron lo suficiente como para ser los únicos humanos
hasta donde alcanzara la vista. Entre las peñas, las olas se agitaban en
un vaivén incesante, subiendo y bajando para, finalmente, reventar contra
las rocas.
—Ese
peñasco parece seguro —dijo el presidente.
En
dicho lugar armaron el equipo y se dispusieron a pescar. Kiko lanzó
repetidas veces los anzuelos, aunque después le indicó a su padre que éstos
se llamaban señuelos, ya que la carnada era artificial. El presidente,
poco ducho en el arte de la pesca con caña, tiró algunas veces sólo por
curiosidad, pues lo que le interesaba era la mecánica del aparato.
Pronto,
un sol resplandeciente iluminó el firmamento y, con él, aparecieron
cientos de aves marinas. Sentados en la arena, disfrutaron viendo cómo
las gaviotas se zambullían en espectacular picada y resurgían con su
presa atenazada en el pico.
—Cómo
me agrada tenderme y reposar en la arena para recibir el sol sobre mi piel
—pensó el presidente—. Siento como si mi cuerpo flotara, casi me
parece sentir cómo mis neuronas se van reparando. Aquí sí que reina la
paz y el sosiego, lejos de las multitudes. ¿Cómo explicar a mis hijos
que la vida no es una carrera desenfrenada si mi propia vida fue toda una
maratón?
Arrullado
por el graznido de las aves y el murmullo de las olas, Kiko se quedó
dormido. No había pasado mucho tiempo, cuando el celular de su padre
empezó a sonar. Esto lo sobresaltó: la solemne quietud se había
interrumpido. A Kiko le sobrecogió algo muy parecido a la angustia; sintió
invadida su privacidad y no pudo menos que pensar: “Mi padre lleva
consigo su celular hasta cuando va al baño. ¡Odio ese maldito
aparato!”.
Cuando
el presidente terminó de hablar, padre e hijo quedaron mirándose. Como
si se leyeran las mentes, mientras el presidente apagó el teléfono el
muchacho prendió el radio, y se pusieron a cantar. El malestar se fue
como por encanto.
—Estos
peces son criollos —dijo el presidente mirando al mar—. Ponles algo
que huela y que tenga sabor, en lugar de señuelos plásticos con los
ojitos pintados. —Ambos rieron.
—Mira,
papá —dijo Kiko, mientras con el brazo izquierdo estrechaba a su padre
y con el derecho le señalaba la oscura silueta de un bufeo que se
desplazaba contorneándose.
—Allá
hay otro —señaló el presidente. Luego, abrazados caminaron un largo
trecho por la orilla. Entre las olas centelleantes al fulgor del sol,
divisaron algunas lanchas de pescadores que se hacían a la mar.
A
diferencia de ellos, que terminaron con las manos vacías, aves, bufeos y
lancheros pescaron en abundancia.
El
presidente se percató de la hora y previó que pronto las bárbaras
lenguas de la multitud quebrarían la serena quietud de la playa y que éstas,
al reconocerlo, traerían ruidosas escenas e insulsas parlerías. Volviéndose
hacia su hijo le preguntó:
—Hijo
¿tienes hambre?
—Me
comería una ballena, papá —contestó Kiko, mientras se restregaba el
vientre con las manos.
Fueron
a desayunar en un restaurante donde servían chicharrones. Sin apuro
regresaron, a tiempo para cumplir con sus obligaciones.
A
las nueve de la mañana, el presidente ya se encontraba despachando en el
salón presidencial. Haciendo un alto en sus labores se puso a recordar lo
mucho que habían disfrutado en la playa. Esbozó una sonrisa y se dijo a
sí mismo: “Hoy sí pescamos. El pescadito fuiste tú, hijo; y yo, el
pescador”.
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del concurso El hijo del presidente
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