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El
hijo del presidente se había tragado todas las gallinas. Los empresarios,
estupefactos como garrafas marplatenses, se levantaron y corrieron hacia
la salida de la residencia de Olivos. Para su mala suerte: una tropa de
ciegos con escobas biónicas los esperaban. Al grito de ¡Vendidos!
fueron cayendo uno por uno. Cuerpos transformados en marañas de carne
picada. Lentes negros por doquier. Caos.
El
hijo del presidente acabó la tarta de manzana poco antes de decir las
buenas noches. Su madre le beso la mejilla izquierda. Juntos incineraron
una foto del Papa católico. El bowl metálico resplandeció. Recuerda,
mi amor, que tu abuela era descendiente de musulmanes. Existe un solo
Dios, cuyo profeta es Baphomet. El niño respondió con un eructo
suave. Cerraron las doce puertas que componen su vasta habitación.
Silencio con hedor a orines. Obscuridad.
El
Hijo del presidente despertó por la inacción de sus piernas. Al levantar
la sábana halló la decapitada cabeza de su progenitor. Golpes de estados
en las ventanas. Cifras extrañas. Un militar con naranjo en flor
entonando el himno patrio. Un buldog triste tomando un poco de jarabe para
la tos.
El
Hijo del presidente atado como un mártir en el obelisco. Ligadas sus vértebras
a un sinfín de hilos. Cada miembro de la sociedad tira al unísono. Sin
la piel dorada que cubría sus órganos internos, aúlla como hombre lobo
de balas de plomo.
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del concurso El hijo del presidente
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