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Era
tal su paciencia que nadie podía esperar que se convirtiera en un hombre
furibundo. Se sentaba, siempre a la hora de la sopa, a meditar en Guaraní,
su lengua natal. Su rostro se serenaba más, su boca se entreabría, la
frente se alisaba como un llano. Los párpados barrían todo rictus de la
mirada. Entonces ocurría el milagro. Todos nos volvíamos repentinamente,
increíblemente, hombres y mujeres pacientes. Tranquilos como seda mecida
por una brisa liviana, mansos como fieras dormidas a la sombre de un árbol
añejo y generoso.
Ahí
él se levantaba como levitando. Caminaba entre nosotros sin rozarnos. Los
ojos cerrados, pero viéndonos. Pasaba acariciándonos con la túnica
leve, larga hasta los tobillos. Nosotros sentados, mudos y pacientes,
increíblemente pacientes.
Iba
hasta las ollas inconmensurables, repletas, prometedoras. Se acercaba con
parsimonia, con medida calma. Olía. Probaba. Agregaba, quitaba. Sal, jugo
de lo que alguna vez fue tomate, más agua, había que aumentar todas las
cantidades, más papa buscaba, más arroz.
Y
entonces se daba vuelta. Llamaba con una inclinación de cabeza a sus
ayudantes, pacientes y serenas como él. Nosotros sabíamos que había
llegado la hora.
La
fila se formaba en igual inconcebible calma. Llevábamos nuestro plato,
vasija, tazón, o cualquier cosa cóncava que sirviera para contener el
alimento. Y una cuchara, o similar. Y un brillo en los ojos que nadie de
ustedes conoció ni conocerá jamás: el del hambriento que va a comer.
Entonces
él servía. Parecía que el alimento ese, siempre el mismo, salía
directo de su mano, siempre creíamos que él servía con su mano, y que
de su mano salía la sopa con papa molida, y que de su mano salía el
sabor más necesario que exquisito, más agradecido con miradas que con
palabras. Y creíamos que era el hombre más hermoso del mundo.
Y
ahí él sonreía. Y nos decía vuelvo como siempre, a la hora de la sopa.
Y
no decía “mañana”. O dentro de dos días, aunque a veces tardaba
casi dos días en juntar para nuestro alimento. Decía a la hora de la
sopa, porque eso era soportable, Él nos había enseñado a esperarla, con
paciencia de ruidos gástricos, con paciencia de reflejos condicionados
por horarios. Pero con paciencia, porque cumplía.
Un
día me miró cuando me sirvió. Fue más de lo que yo podía aguantar. Le
dije: te amo. Él mantuvo la mirada fija en mis labios. Me sonrío leve
pero seguro. Me dijo: todos aman a quien les da de comer.
Otro
día se lo volví a decir.
Y
otro día también.
Desde
hace un año se lo repito siempre a la hora de la sopa. Y él ya no me
contesta nada. Simplemente me acaricia la nuca y vuelve a meter el cucharón
en la olla para servirle al siguiente.
Esta
rutina de la fila, la sopa y la frase, es el amor más grande que he
conocido. Aunque él no me diga nada, y yo no le deje de decir.
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del concurso "Historias de amor"
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