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"Historias de amor"

Cuento elegido por El Escriba:

 

 

 

 

 

La olla

de Daniela Roitstein, Ciudad de Buenos Aires, Argentina.

 

Era tal su paciencia que nadie podía esperar que se convirtiera en un hombre furibundo. Se sentaba, siempre a la hora de la sopa, a meditar en Guaraní, su lengua natal. Su rostro se serenaba más, su boca se entreabría, la frente se alisaba como un llano. Los párpados barrían todo rictus de la mirada. Entonces ocurría el milagro. Todos nos volvíamos repentinamente, increíblemente, hombres y mujeres pacientes. Tranquilos como seda mecida por una brisa liviana, mansos como fieras dormidas a la sombre de un árbol añejo y generoso.

Ahí él se levantaba como levitando. Caminaba entre nosotros sin rozarnos. Los ojos cerrados, pero viéndonos. Pasaba acariciándonos con la túnica leve, larga hasta los tobillos. Nosotros sentados, mudos y pacientes, increíblemente pacientes.

Iba hasta las ollas inconmensurables, repletas, prometedoras. Se acercaba con parsimonia, con medida calma. Olía. Probaba. Agregaba, quitaba. Sal, jugo de lo que alguna vez fue tomate, más agua, había que aumentar todas las cantidades, más papa buscaba, más arroz.

Y entonces se daba vuelta. Llamaba con una inclinación de cabeza a sus ayudantes, pacientes y serenas como él. Nosotros sabíamos que había llegado la hora.

La fila se formaba en igual inconcebible calma. Llevábamos nuestro plato, vasija, tazón, o cualquier cosa cóncava que sirviera para contener el alimento. Y una cuchara, o similar. Y un brillo en los ojos que nadie de ustedes conoció ni conocerá jamás: el del hambriento que va a comer.

Entonces él servía. Parecía que el alimento ese, siempre el mismo, salía directo de su mano, siempre creíamos que él servía con su mano, y que de su mano salía la sopa con papa molida, y que de su mano salía el sabor más necesario que exquisito, más agradecido con miradas que con palabras. Y creíamos que era el hombre más hermoso del mundo.

Y ahí él sonreía. Y nos decía vuelvo como siempre, a la hora de la sopa.

Y no decía “mañana”. O dentro de dos días, aunque a veces tardaba casi dos días en juntar para nuestro alimento. Decía a la hora de la sopa, porque eso era soportable, Él nos había enseñado a esperarla, con paciencia de ruidos gástricos, con paciencia de reflejos condicionados por horarios. Pero con paciencia, porque cumplía.

Un día me miró cuando me sirvió. Fue más de lo que yo podía aguantar. Le dije: te amo. Él mantuvo la mirada fija en mis labios. Me sonrío leve pero seguro. Me dijo: todos aman a quien les da de comer.

Otro día se lo volví a decir.

Y otro día también.

Desde hace un año se lo repito siempre a la hora de la sopa. Y él ya no me contesta nada. Simplemente me acaricia la nuca y vuelve a meter el cucharón en la olla para servirle al siguiente.

Esta rutina de la fila, la sopa y la frase, es el amor más grande que he conocido. Aunque él no me diga nada, y yo no le deje de decir.

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