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"Historias de amor"

Cuento elegido por El Escriba:

 

 

 

 

 

Cosas de uno

de Jorge Miceli, Ciudad de Buenos Aires, Argentina.

 

Al niño le gustaba andar con el abuelo. Le encantaba recorrer los potreros, enancado en el tobiano y bien agarrado de la campera del añoso hombre, ajustando los alambrados de púas, enderezando los palos, poniendo los panes de sal para el ganado y en época de cosecha, acurrucarse al ladito de él - en la máquina trilladora - preguntando y preguntando con esa ansiedad que da el descubrir, metro a metro, nuevos caminos a sabiendas que el próximo nos volverá a deslumbrar con nuevas sensaciones y así... hasta nunca.

También le encantaba salir de caza y recorrer los montes en busca de las presas (siempre y únicamente para comer), a dos pasos atrás de ese hombre tan grande como un álamo en estatura, años y sabiduría.

Pero lo que le hacía relamer de gusto era ir a pescar con el abuelo. En realidad la cosa no pasaba por la cantidad de piezas cobradas ya que, cazando se recaudaban más y sabrosas liebres coloradas que su madre - junto a perdices y codornices - preparaba en escabeche para luego  envasarlas en frascos de vidrio que cerraba herméticamente con un papel y la tapa a rosca o tapón de corcho, según correspondía, para ser degustadas en el próximo invierno. La cuestión transitaba por la cantidad de cuentos que le narraba el abuelo mientras esperaban que algún bagre, pejerrey o boga curiosa y hambrienta se prendiera al anzuelo para cumplir una vez más con aquello de que el pez por la boca muere.

Claro que el muchacho alimentaba sus conocimientos a través de la boca del abuelo que, con palabras de sapiencia, revivía interminables historias reales transformadas en imaginarias a través de los años transcurridos y tan lejanos para éste púber asomándose - en puntitas de pie -  al mundo.

Esto unido a la sabiduría del abuelo que le respondía a todas las preguntas por estúpidas que éstas parecieran, lo confortaban a punto tal de no querer que pasara el día y menos aún que los curiosos o hambrientos peces del arroyo picaran.

El abuelo, para el muchacho de unos once años, era un amigo y al amigo se le pueden consultar cosas que al papá no. ¡El papá era el papá! Estaba a muchos metros de distancia de un amigo. El papá es para decirle que sí y no para interrogarlo. El papá está para que uno observe todo lo que él hace e imitarlo, no para cuestionarlo. El papá es palabra santa y como tal, se desliza por la casa, por el campo y por su vida como flotando en un halo de ternura y consejos indiscutibles. Entonces... ¿Cómo le va a hacer preguntas de cosas de uno?

Las preguntas, si las hay, deberán ser de cosas del campo, de la caza, de los animales, de montar a caballo... ¡Pero de uno, nada!.

Es como la mamá. Ella está ahí, junto a él, pero jamás se le ocurriría hablarle de las dudas, de los interrogantes que se le presentaban. ¡Ni loco le hablaría de sus cosas!.. La mamá es la mamá y aunque él la adoraba y ella a él, no olvidaba que era mujer y una mujer no puede ser confidente de un hombre.

La verdad es que le daría mucha vergüenza contarle cosas de uno a una mujer y mucho más si ésta es su mamá. Pero afortunadamente ahí estaba el abuelo... ¡Su amigo!

- Abuelo - llamó con voz queda al fuerte anciano que dormitaba sostenido de la caña de pescar como quien lo hace tomado del pasamanos de un colectivo o tren.

- ¿Qué? - contestó el hombre saliendo rápidamente de su modorra, de igual modo que cuando uno se da cuenta que se pasó del lugar en donde debía bajarse.

- Abuelo... ¿Qué es el amor?.. - preguntó con turbación el niño.

- A ver... A ver... ¿Qué es el amor? - se preguntó el anciano quitándose la ajada boina y rascándose la coronilla, como si con esto abriera el libro de su sabiduría y en donde estarían las adecuadas palabras para hacer inteligible, a un niño de once años, la respuesta a tamaña pregunta.

- ¿Qué es el amor? - volvió a repetirse el hombre.

- Ajá - asintió el niño mirando de reojo y con la cabeza gacha a su abuelo.

- Tá bien... - afirmó el añoso hombre colocándose la boina y con un brillo complaciente en sus cegatosos ojos gastados por los fuertes soles, los violentos vientos y las inclemencias de su propia vida; para continuar con la simple interpretación de lo que para él, que aún lo experimenta profundamente, es el amor.

- Usted ya aprendió a hacer asado... ¿no?..

- Ajá... Bueno... más o menos... - contestó el niño sorprendido.

- Tá bien... El amor es como hacer un buen asado... Primero se juntan las ramas... Buscando las más chicas y secas, ¡las mejores!.. Luego...

- Se las apila en un lugar apropiado - cortó el niño.

- Así es - aseveró el anciano, para continuar - luego se le prende fuego y  surge la gran llamarada que puede continuar o no...

- ¿Y si no continúa?... - volvió a cortar el muchacho.

- Bueno, si no lo hace... vuelta a empezar, pero si por el contrario éste toma forma, se le agrega la leña para que se hagan las brasas y así tener un gran fuego para cocinar el asado...

- ¿Y después? - preguntó sumamente interesado el muchacho, reacomodándose en el montículo de tierra y pasto en el que se hallaba sentado a la vera del arroyo que continuaba, indiferente, su camino al río y de ahí al mar para recomenzar su milenaria rutina.

- Después la parrilla, la carne, las achuras, los chorizos... Y dejar que se cocinen a fuego lento... Cuando la cosa está a punto... ¡A comer!

El niño miraba fijo al viejo. Los ojos del niño seguían inquiriendo dado que su mente no entendía muy bien esta historia del asado. Los ojos del viejo comprendieron la duda y la boca del anciano volvió a abrirse.

- Las brazas quemantes de un principio, se cubren de ceniza gris y debajo de la parrilla parece que nada sucede, pero el calor está ahí y ¡guay de poner la mano en ellas!..

- ¡Se quema hasta los huesos! - dijo admirado el niño.

- Así es... Por eso es que mientras se come, se pone la pava pa'el mate, cosa que después de comer bien y si el asado ha estado bueno... Tomar esos matecitos lentos... muy lentos, hasta que el agua se acabe y las brazas se consuman del todo... Y en eso estamos su abuela y yo, tomando mate...

- Entonces... El papá y la mamá... ¡ Todavía están comiendo el asado! - exclamó con picardía el niño.

- Así es m'hijito... Así es...

 

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