Principal
Qué es El Escriba
Talleres
Concursos de El Escriba
Notas
Textos seleccionados
Frases sobre escritura y creación
Informacion y concursos
Ejercicios de escritura
Dicen los escribas
Corresponsales
Suscripciones
Servicios de redacción
Contenidos
Los libros de EL ESCRIBA
Contacto

"Historias de amor"

Cuento elegido por El Escriba:

 

 

 

 

 

Algo de verdad y de presagio

de Gastón Virkel, Miami, Estados Unidos.

 

El aroma del de menta ayuda a ordenar mi mente. Sólo así voy a poder contarte lo sucedido.

Son las tres de la mañana en un Buenos Aires lluvioso.

Anoche fui a comer con mis amigos a “Las Dunas”, el restaurante de nuestra última noche juntos en Buenos Aires. ¿Te acordás? Hasta nos sentamos en la misma mesa. Fue un festejo, más bien: después de tanto tiempo había logrado convencer a la dueña del departamento que alquilo. En un par de horas más, la vieja me estará esperando en la escribanía para cerrar el trato y firmar los papeles. Claro que no voy a ir.

Brindamos con un Cabernet Sauvignon que ordenó Juan José. Como siempre, Marcelo, Inés y yo, apenas una copita. Me sorprendieron distraído un par de veces. A Inés le gusta preguntar “¿En qué pensabas?”. Mentí. Dije que en la casa, que ahora podría, finalmente, hacer las refacciones planeadas tanto tiempo antes. No quise contarle de aquella noche. Compartir con ella ciertas cuestiones es como publicarlas.

Cuando salíamos, un pordiosero gritaba y peleaba con el personal del lugar. Uno de los gigantes le dio un empujón que lo hizo trastabillar y caer en medio de la calle. Y entonces, un tipo, que parecía ser el encargado del lugar o tal vez el dueño, se le acercó. Le apoyó el pie en una de sus muñecas y, lentamente, fue descargando todo el peso de su cuerpo. El viejo no pudo más que abrir su mano dejando caer una bolsa de papel madera. Un lustroso zapato la examinó y la pateó. Oímos rodar una botella que fue a dar al cordón de la vereda.

—Escuchame bien, Bernardo —dijo el tipo acuclillándose a distancia prudencial—: se me acabó la paciencia. La próxima llamo a la policía, ¿estamos? Ahora, perdete. Dale.

Se levantó y regresó al local.

El viejo se sentó en los fríos adoquines, resignado. La inclemencia de unos faros lo encegueció. El bmw debió subirse a la vereda para evitarlo.

—Trabajé veinte años como un burro —decía babeando sangre—; nunca ni me acerqué a la caja.

Uno de los mozos no conseguía que se incorporara. El ciruja no colaboraba, no podía hacerlo.

—Bere, Bere —el mozo meneaba la cabeza, como quien reta a un chico—. Otra vez. Dale, tratá de levantarte.

Una suave brisa meció aquella larga y canosa barba.

Sin saber por qué, lo tomé del brazo. El pobre apenas mantenía el equilibrio. Pero logramos que se sostuviera en pie.

—Tenés que creerme —dijo una boca escondida bajo la inmensa y maloliente barba—. ¡Tienen que creerme!

—Le creo —contesté mientras lo cargaba en mis hombros.

Las caras se transformaron. La de Inés, en repulsión. La del mozo, en sorpresa. La del viejo, en distensión y sabiduría milenarias. Fue un instante apenas, y el brillo se perdió.

—Yo me encargo —le dije al mozo.

—Dios te lo pague, hermano. —Deslizó unos pesos en el bolsillo del pordiosero. Y dirigiéndose a él, agregó—: Cuidate, Bere. Descansá, andate a pescar.

El viejo no contestó. Pesaba cada vez más.

—¿Estás loco? —me dijo Juanjo—. Ya hiciste demasiado. Alcanzalo hasta la vereda y que se arregle.

—Dejame en paz —le grité—. ¿Volvés conmigo o no?

Juanjo, que vive cerca de casa, siempre vuelve conmigo. La pregunta lo dejó inmóvil. Bueno, para eso la formulé. Inés, como siempre, se cree llamada a intervenir y decidir por los demás.

—Yo te llevo —le dijo con un nudo múltiple en el ceño.

—Ok —suspiró Juanjo.

—Suerte —dije, decepcionado y aliviado a la vez—; nos vemos mañana.

Deseando que ese “mañana” se convirtiera en “nunca”, me concentré en el viejo. Un peso muerto.

—Yo no fui —murmuraba desangelado—. Yo no fui.

Apestaba. Lo subí al auto; pensé que jamás quitaría ese olor del tapizado. Quise colocarle el cinturón de seguridad. Lo rechazó de mala manera. Volvíamos por Libertador con onda verde y con todo el mundo en la dirección opuesta.

—¿Un poco de aire? —dije, bajando su ventanilla.

El viejo alzó los hombros. Balbuceaba vaya a saber qué. Un rato después, sacó un brazo por la ventanilla y lo mantuvo suspendido en el aire. Asomó la cabeza. Había cerrado los ojos, y el viento jugaba con la barba y descubría un rostro milenario y sabio disfrutando de las cosas simples. Creí percibir un aroma de mar y desierto invadiendo el auto. El viejo se acomodó y se ajustó el cinturón de seguridad.

Llegamos a casa. Se dio una ducha, le regalé ropas que ya no usaba. Improvisé un filet de merluza con una ensaladita.

—¿Cuánto hace que no come?

Engullía con desesperación. No me contestó. No hacía falta. Bebimos thé de menta.

—¿Le gusta pescar?

Tragó ruidosamente el sorbo del té y me clavó una mirada furiosa.

—Su amigo, el mozo —insistí—. Él le recomendó que se fuera a pescar.

—Nací en un pueblito del Paraná —dijo mirando la taza—; a todos nos gusta pescar.

—No parece un mal consejo.

—Qué dice. No tengo ni para el ómnibus.

Tomé el saco desvencijado.

—Su amigo —dije, mostrándole el dinero.

—Es un pingazo —suspiró.

Nos quedamos callados.

—Tal vez debería hacerle caso —dije, envalentonado por el silencio—; empezar de nuevo, en casa.

—¿Por qué me ayuda? —preguntó, desconfiado, acomodándose en el sofá.

—Una dulce voz me lo sugirió.

(Anne: esa voz es la tuya, ¿te acordás? Cuando te conté de aquel viaje por Marruecos y el viejo pescador bereber que me invitó a su casa. “Ahora tenés una deuda” —dijiste con la severidad que sólo muestran las certezas—. “El te dio su casa, su pescado, su thé de menta, y vos tendrás que saldar esa deuda en algún momento.” Recuerdo haber quedado perplejo. Era evidente la deuda contraída, pero resultaba imposible hallar una situación inversa en la que yo pudiera saldarla con el bereber. Vos hiciste que me diera cuenta de que debía buscar esa oportunidad. En aquel momento me pareciste increíblemente hermosa. Y toda belleza tiene algo de verdad y de presagio.)

El viejo se acostó en el sofá. Dejé la puerta entornada. Mil imágenes se sucedían, una tras otra sin sentido aparente. El viejo bereber, la dueña del departamento, el pordiosero. El thé de menta, tu rostro, la última cena.

Me despertó el ruido de un cajón. El viejo revisaba frenéticamente el escritorio. Me quedé inmóvil sin decidirme a intervenir. Un rato más tarde —del cual no tengo registro— me levanté. Encendí la luz del living. El viejo continuó revisando como si la justicia divina hubiera sido la responsable de iluminarlo, de facilitarle las cosas. Cuando notó mi presencia, se volvió. Pero no se mostró contrariado. Retrocedió buscando agazaparse para responder a un ataque que nunca le llegó. Lucía indefenso. Desesperadamente indefenso. El escritorio lo detuvo, tambaleó. Su mano buscó apoyo y, en el intento, volcó la taza. El thé frío se esparció sobre el vidrio alcanzando unos papeles: una fotocopia del boleto de compra-venta del departamento. Se tomó la muñeca con un gesto de dolor. Cuando vio la taza, la rompió contra el escritorio. Me amenazaba con el borde de la loza, sosteniéndola por el asa. Lejos de amenazador, resultaba patético. Levanté las manos y, lentamente, me senté a esperar el desenlace.

—Dame la guita —tartamudeó blandiendo la taza—. Dame la guita o te punteo.

Tal vez se haya referido a la billetera.

Con un gesto le indiqué el maletín. El viejo, dándome la espalda, lo tomó con ambas manos como si fuera un bebé y lo depositó sobre el escritorio. Después de varios intentos logró abrirlo. Tomó una carpeta y la tiró al suelo. Vi la fotocopia de mi documento y la carta del banco. El pordiosero no podía creerlo. ¿Habría visto alguna vez setenta y cinco mil dólares, todos juntos? Tardó en volver en sí. Cerró el maletín y se lo llevó al pecho. Se acercó a mí. Vi aquel rostro milenario, una vez más.

—¿Las llaves? —dijo y, antes de que pudiera responderle, se dirigió al esquinero.

La taza fue a dar al suelo. El viejo abrió la puerta, salió. Oí la cerradura y sus pasos en las escaleras.

Mi casa se fue con él; mi deuda también.

Los bolsillos del saco abandonado guardan cincuenta pesos, sus documentos y una postal gratis de “Las Dunas”.

Mientras termino el de menta, espero que atiendas mi llamado. Es muy temprano en París pero necesito escucharte. Escuchar tu voz con algo de verdad y de presagio.

 

Volver a la página del concurso "Historias de amor"