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El
aroma del té de menta ayuda a
ordenar mi mente. Sólo así voy a poder contarte lo sucedido.
Son
las tres de la mañana en un Buenos Aires lluvioso.
Anoche
fui a comer con mis amigos a “Las Dunas”, el restaurante de nuestra última
noche juntos en Buenos Aires. ¿Te acordás? Hasta nos sentamos en la
misma mesa. Fue un festejo, más bien: después de tanto tiempo había
logrado convencer a la dueña del departamento que alquilo. En un par de
horas más, la vieja me estará esperando en la escribanía para cerrar el
trato y firmar los papeles. Claro que no voy a ir.
Brindamos
con un Cabernet Sauvignon que ordenó Juan José. Como siempre, Marcelo,
Inés y yo, apenas una copita. Me sorprendieron distraído un par de
veces. A Inés le gusta preguntar “¿En qué pensabas?”. Mentí. Dije
que en la casa, que ahora podría, finalmente,
hacer las refacciones planeadas tanto tiempo antes. No quise contarle de
aquella noche. Compartir con ella ciertas cuestiones es como publicarlas.
Cuando
salíamos, un pordiosero gritaba y peleaba con el personal del lugar. Uno
de los gigantes le dio un empujón que lo hizo trastabillar y caer en
medio de la calle. Y entonces, un tipo, que parecía ser el encargado del
lugar o tal vez el dueño, se le acercó. Le apoyó el pie en una de sus
muñecas y, lentamente, fue descargando todo el peso de su cuerpo. El
viejo no pudo más que abrir su mano dejando caer una bolsa de papel
madera. Un lustroso zapato la examinó y la pateó. Oímos rodar una
botella que fue a dar al cordón de la vereda.
—Escuchame
bien, Bernardo —dijo el tipo acuclillándose a distancia prudencial—:
se me acabó la paciencia. La próxima llamo a la policía, ¿estamos?
Ahora, perdete. Dale.
Se
levantó y regresó al local.
El
viejo se sentó en los fríos adoquines, resignado. La inclemencia de unos
faros lo encegueció. El bmw
debió subirse a la vereda para evitarlo.
—Trabajé
veinte años como un burro —decía babeando sangre—; nunca ni me
acerqué a la caja.
Uno
de los mozos no conseguía que se incorporara. El ciruja no colaboraba, no
podía hacerlo.
—Bere,
Bere —el mozo meneaba la cabeza, como quien reta a un chico—. Otra
vez. Dale, tratá de levantarte.
Una
suave brisa meció aquella larga y canosa barba.
Sin
saber por qué, lo tomé del brazo. El pobre apenas mantenía el
equilibrio. Pero logramos que se sostuviera en pie.
—Tenés
que creerme —dijo una boca escondida bajo la inmensa y maloliente
barba—. ¡Tienen que creerme!
—Le
creo —contesté mientras lo cargaba en mis hombros.
Las
caras se transformaron. La de Inés, en repulsión. La del mozo, en
sorpresa. La del viejo, en distensión y sabiduría milenarias. Fue un
instante apenas, y el brillo se perdió.
—Yo
me encargo —le dije al mozo.
—Dios
te lo pague, hermano. —Deslizó unos pesos en el bolsillo del
pordiosero. Y dirigiéndose a él, agregó—: Cuidate, Bere. Descansá,
andate a pescar.
El
viejo no contestó. Pesaba cada vez más.
—¿Estás
loco? —me dijo Juanjo—. Ya hiciste demasiado. Alcanzalo hasta la
vereda y que se arregle.
—Dejame
en paz —le grité—. ¿Volvés conmigo o no?
Juanjo,
que vive cerca de casa, siempre vuelve conmigo. La pregunta lo dejó inmóvil.
Bueno, para eso la formulé. Inés, como siempre, se cree llamada a
intervenir y decidir por los demás.
—Yo
te llevo —le dijo con un nudo múltiple en el ceño.
—Ok
—suspiró Juanjo.
—Suerte
—dije, decepcionado y aliviado a la vez—; nos vemos mañana.
Deseando
que ese “mañana” se convirtiera en “nunca”, me concentré en el
viejo. Un peso muerto.
—Yo
no fui —murmuraba desangelado—. Yo no fui.
Apestaba.
Lo subí al auto; pensé que jamás quitaría ese olor del tapizado. Quise
colocarle el cinturón de seguridad. Lo rechazó de mala manera. Volvíamos
por Libertador con onda verde y con todo el mundo en la dirección
opuesta.
—¿Un
poco de aire? —dije, bajando su ventanilla.
El
viejo alzó los hombros. Balbuceaba vaya a saber qué. Un rato después,
sacó un brazo por la ventanilla y lo mantuvo suspendido en el aire. Asomó
la cabeza. Había cerrado los ojos, y el viento jugaba con la barba y
descubría un rostro milenario y sabio disfrutando de las cosas simples.
Creí percibir un aroma de mar y desierto invadiendo el auto. El viejo se
acomodó y se ajustó el cinturón de seguridad.
Llegamos
a casa. Se dio una ducha, le regalé ropas que ya no usaba. Improvisé un
filet de merluza con una ensaladita.
—¿Cuánto
hace que no come?
Engullía
con desesperación. No me contestó. No hacía falta. Bebimos thé
de menta.
—¿Le
gusta pescar?
Tragó
ruidosamente el sorbo del té y me clavó una mirada furiosa.
—Su
amigo, el mozo —insistí—. Él le recomendó que se fuera a pescar.
—Nací
en un pueblito del Paraná —dijo mirando la taza—; a todos nos gusta
pescar.
—No
parece un mal consejo.
—Qué
dice. No tengo ni para el ómnibus.
Tomé
el saco desvencijado.
—Su
amigo —dije, mostrándole el dinero.
—Es
un pingazo —suspiró.
Nos
quedamos callados.
—Tal
vez debería hacerle caso —dije, envalentonado por el silencio—;
empezar de nuevo, en casa.
—¿Por
qué me ayuda? —preguntó, desconfiado, acomodándose en el sofá.
—Una
dulce voz me lo sugirió.
(Anne:
esa voz es la tuya, ¿te acordás? Cuando te conté de aquel viaje por
Marruecos y el viejo pescador bereber que me invitó a su casa. “Ahora
tenés una deuda” —dijiste con la severidad que sólo muestran las
certezas—. “El te dio su casa, su pescado, su thé
de menta, y vos tendrás que saldar esa deuda en algún momento.”
Recuerdo haber quedado perplejo. Era evidente la deuda contraída, pero
resultaba imposible hallar una situación inversa en la que yo pudiera
saldarla con el bereber. Vos hiciste que me diera cuenta de que debía
buscar esa oportunidad. En aquel momento me pareciste increíblemente
hermosa. Y toda belleza tiene algo de verdad y de presagio.)
El
viejo se acostó en el sofá. Dejé la puerta entornada. Mil imágenes se
sucedían, una tras otra sin sentido aparente. El viejo bereber, la dueña
del departamento, el pordiosero. El thé
de menta, tu rostro, la última cena.
Me
despertó el ruido de un cajón. El viejo revisaba frenéticamente el
escritorio. Me quedé inmóvil sin decidirme a intervenir. Un rato más
tarde —del cual no tengo registro— me levanté. Encendí la luz del
living. El viejo continuó revisando como si la justicia divina hubiera
sido la responsable de iluminarlo, de facilitarle las cosas. Cuando notó
mi presencia, se volvió. Pero no se mostró contrariado. Retrocedió
buscando agazaparse para responder a un ataque que nunca le llegó. Lucía
indefenso. Desesperadamente indefenso. El escritorio lo detuvo, tambaleó.
Su mano buscó apoyo y, en el intento, volcó la taza. El thé
frío se esparció sobre el vidrio alcanzando unos papeles: una fotocopia
del boleto de compra-venta del departamento. Se tomó la muñeca con un
gesto de dolor. Cuando vio la taza, la rompió contra el escritorio. Me
amenazaba con el borde de la loza, sosteniéndola por el asa. Lejos de
amenazador, resultaba patético. Levanté las manos y, lentamente, me senté
a esperar el desenlace.
—Dame
la guita —tartamudeó blandiendo la taza—. Dame la guita o te punteo.
Tal
vez se haya referido a la billetera.
Con
un gesto le indiqué el maletín. El viejo, dándome la espalda, lo tomó
con ambas manos como si fuera un bebé y lo depositó sobre el escritorio.
Después de varios intentos logró abrirlo. Tomó una carpeta y la tiró
al suelo. Vi la fotocopia de mi documento y la carta del banco. El
pordiosero no podía creerlo. ¿Habría visto alguna vez setenta y cinco
mil dólares, todos juntos? Tardó en volver en sí. Cerró el maletín y
se lo llevó al pecho. Se acercó a mí. Vi aquel rostro milenario, una
vez más.
—¿Las
llaves? —dijo y, antes de que pudiera responderle, se dirigió al
esquinero.
La
taza fue a dar al suelo. El viejo abrió la puerta, salió. Oí la
cerradura y sus pasos en las escaleras.
Mi
casa se fue con él; mi deuda también.
Los
bolsillos del saco abandonado guardan cincuenta pesos, sus documentos y
una postal gratis de “Las Dunas”.
Mientras
termino el té de menta, espero
que atiendas mi llamado. Es muy temprano en París pero necesito
escucharte. Escuchar tu voz con algo de verdad y de presagio.
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del concurso "Historias de amor"
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