|
Susana había sabido ocultar muy bien su defecto.
Mauro no lo notó hasta el tercer encuentro, cuando ella misma sacó el
brazo de su abrigo azul con capucha y le dejó ver un muñón derecho
terso, limpio, con forma de punta de hueso. Lo puso sobre la mesa
heroicamente, mirándolo empequeñecida. Y casi con lágrimas le dijo que
la perdonara, no me atreví a decírtelo antes, creo que esto va a
cambiarlo todo entre nosotros. Mauro, que todavía se buscaba en el fondo
de esos expresivos ojos verdes, no supo al principio de qué carajo estaba
hablando aquella chica que lo daba vuelta. Cuando bajó la vista y vio el
extremo de su brazo derecho, carente de la mano entera, creyó desmayar.
Pero era un caballero, y sólo le tomó un segundo rearmarse anímicamente
y sonreír de la manera más convincente, tranquilizándola.
-Eso no me afecta. Y cruzó la mesa con su mano
derecha, con lentitud, para tomarla por el muñón, con tal torpeza que
tiró un vaso con agua hasta la mitad, de esos que te sirven en las
confiterías de Buenos Aires junto con el café y que por lo general
quedan ahí, intocados, porque a muy poca gente le gusta diluir el gustito
de esa infusión con agua de la canilla, pero fresca. Le salpicó el
vestido de gasa y el abrigo que no se había quitado alegando que sentía
frío, pero alcanzó a embeber servilletas de papel para impedir que la
masa líquida serpenteara hasta el borde de la mesa y cayera al piso
encerado.
La reacción de Susana fue espontánea, pero tenía
habitualidad en ese movimiento de retracción, como si muchas veces
hubiese devuelto rápidamente la inexistente mano al bolsillo azul para
ocultar su miseria. El accidente había cambiado todo en ella: su infancia
rodeada de chicos crueles para quienes el escarnio era una diversión, la
escuela secundaria con recreos solitarios y ausencia de amigos a quienes
seguir viendo, el trabajo desventajoso, la relación con hombres
impresionables que la llevaban a cenar a los mejores restaurantes pero
nunca “a conocer a mis padres”. Sin
embargo Mauro era el primero que intentaba tocarla en su zona más
sensible, más protegida, más sensual. Pues ella, a diferencia de la
mayoría de las mujeres que sueñan con que el furtivo amante o el esposo
abúlico encuentren aquel “punto G” que al fin de cuentas les resulta
tan difícil de demostrar como su propio orgasmo, sabía que bastaba con
que rozaran su muñón para encenderla como a Roma, apasionarla hasta la
entrega total y llevarla a los límites de su sexualidad, lejanos e
inaccesibles si era grande la habilidad del partenaire, o inalcanzables si
se trataba de Mauro.
Poco tiempo les llevó descubrir su afinidad, esa
fiebre que los consumía por igual. Mauro pagó la cuenta al mozo, y
salieron de ahí con ansiedad, dejando detrás de ellos la mesa
enchastrada con agua, servilletas y sobrecitos servidos de azúcar.
La habitación del hotel también quedó hecha un
despelote, cuando lo abandonaron. Pero habían descubierto su interna
ligazón, su éxtasis sagrado. Mauro la miraba mientras atravesaban los
pasillos con alfombra de terciopelo y luces tenues de color rojo, y no podía
creer lo que le acababa de suceder en ese cuarto de hotel. La camarera bajó
los ojos cuando la cruzaron al pie de la escalera, y en ese momento a
Mauro le pareció que aquel entorno era demasiado burdo y soez para
albergar tanta pasión y tan pura. Primero repasó mentalmente la lista de
hoteles que conocía, y de ellos seleccionó a los mejores. Una nueva
selección le indicó cuáles eran los de mayor categoría, para disfrutar
ahí del amor de esa mujer, y al fin de cuentas acabó notando que estaban
en el albergue transitorio más distinguido del centro de la ciudad. Y aún
así, el escenario no había estado a la altura de las circunstancias.
Aquella pasión era demasiado animal y brutal, pura e insaciable, para
adornarla con almohadones de terciopelo, espejos en el techo, yacuzzi a
temperatura ambiente, hidromasaje, servicio de habitación con bebidas
espirituosas, música cuidadosamente seleccionada y videos de alto
contenido erótico en la pantalla de 29 pulgadas. Nada de eso había sido
necesario para amarse de aquella forma morbosa en que lo hicieron. Y habían
llegado juntos al clímax, y ascendido en una anábasis heroica a otro
plano más luminoso y puro, donde todo lo que los rodeaba terminó por
desaparecer: la música, alejándose, la imagen de la TV. difuminada, las
luces de colores fundidas con el aire, la lujosa cama perdida allá abajo,
donde todo comenzó. Sólo estaban él, mirando su cara, y ella,
que soportaba los embates del amor y lo devoraba con los
movimientos de la pelvis, acompasados y suaves en un instante, y en el
siguiente provistos de la violencia de un latigazo.
Mauro cayó exhausto sobre ella, y así, abrazados, se
quedaron gimiendo durante unos dulces e interminables minutos.
Susana tenía sangre en la comisura de los labios, y él la despedía
por la nariz. Una vez más la besó, y su savia se mezcló y les pintó
los rostros, pero no se dieron cuenta. Y una vez más acarició su muñón
suave y tibio, para sentirla trémula y dispuesta nuevamente. Y cada nueva
unión tenía más fuerza, más violencia y amor que las anteriores. Mauro
había descubierto que si acariciaba el muñón de Susana tenía debajo
del peso de su cuerpo, escondida y alelante, a la multiorgásmica mujer
que infructuosamente había buscado entre las más aguerridas putas de los
sofisticados lupanares citadinos.
Devolvió la llave al conserje, y éste le cobró el
exceso de tiempo sin mirar a la mujer que esperaba algo más atrás,
cortesía que sólo te ofrecen en hoteles de cinco estrellas. Tampoco hizo
comentarios por el escándalo que habían provocado en las últimas cinco
horas, y hasta los despidió con un irónico “vuelvan pronto”. Mauro
tomó a Susana por el brazo y la sacó rápidamente de ahí, porque quería
salir antes de que la mucama del segundo piso descubriese que la habitación
había sido devastada, y se comunicase para que le cobraran los trabajos
extras.
Caminaron hasta la terminal de trenes, sin hablar, sin
tocarse.
-Aún no lo creo –expresó él al rato, evitando
mirarla. Y por toda respuesta, Susana sonrió y le agradeció que la
hubiese acariciado en los exactos centímetros de su piel que parecían
relacionarse directamente con su sistema hormonal. –Eso es muy complejo
para mí, pero lo que sentí en este día modifica todo lo que
creía saber acerca del sexo.
-Para mí también es nuevo, nadie me había querido
tocar ahí.
Llevaba el brazo derecho dentro del bolsillo del
abrigo azul, y con su única mano gesticulaba al hablar. Caía una fina
lluvia sobre la ciudad, que contrastaba con el radiante sol de invierno
que los entibiaba cuando entraron en el hotel, y les pareció que en esas
horas habían transcurrido dos estaciones del año. Susana se despidió
con un beso, que el guardia del andén espió con atención y excesiva
curiosidad. Mauro quería decirle muchas cosas, pero prefirió no
apresurarse y darse un tiempo para elaborar sus sentimientos, pensando,
además, que un “¡te quiero!” le habría resultado estúpido en aquel
instante. Caminó unos pasos junto al tren en marcha, pero se detuvo y lo
dejó ir. Después, regresando a casa, pergeñaba una idea, y espantaba
las últimas dudas que aún lo atormentaban sobre el hecho de que era esa
y no otra la mujer de su vida. Había encontrado algo más que una pareja:
Susana era su exacto complemento físico y mental, el instrumento en el
que mejor sonaría la melodía de su amor. Entonces sí, se dijo, ningún
sacrificio es demasiado grande para que estos sentimientos se exacerben,
para que estas sensaciones alcancen la plenitud. Nunca había
estado más convencido de algo como de que la simbiosis entre los dos podía
ser aún mejor y más intensa, si tan sólo él sacrificara el auto que
tenía pensado comprar la semana siguiente, aquel Ford azul metálico con
llantas deportivas e interior computarizado. El dinero estaba depositado
en su cuenta, y quería que su primer auto fuese lo mejor del mercado; en
eso consistió el esfuerzo laboral de los últimos tres años, y las
largas y tediosas charlas de las dos semanas previas con el vendedor de la
concesionaria. Luis, se llamaba. Un tipo que trabajaba de amable, y hábil
en su negocio. Vender un auto no era lo mismo que despachar galletitas, y
lo había convencido de que el mejor era el Ford.
-Lo siento, Luis, pero cambié de idea. –Ya era
tarde, pero no quería volver a casa sin compartir antes con el vendedor
sus nuevas decisiones. Todavía respiraba el olor del cuerpo de Susana,
cuando la tibieza de su unión volatilizó los últimos restos de perfume.
Se apartó un poco de Luis para que no percibiera aquella fragancia, pero
de inmediato cayó en la cuenta de que no estaba impregnada en él, sino
en un recóndito territorio de su mente donde todavía seguía sobre la
mujer, empujándola con violencia.
-Es una verdadera lástima que no podamos concretar el
negocio, ahora que te había conseguido el color que me pediste. Te
sugiero que lo reconsideres; el precio que te di es el mejor de plaza.
Luis ya no era el tipo amable que conocía, y le exponía
sus argumentos con otros modales. Había dejado de ostentar su permanente
sonrisa de dientes amarillos por la nicotina, y tamborileaba nerviosamente
con sus dedos sobre el cristal de un escritorio desprovisto de útiles de
oficina. Al final se despidieron como viejos amigos, como personas que se
conocen desde la infancia y que en realidad ignoran sus apellidos. En
verdad Mauro estaba decidido a dejar que Luis le vendiese su primer auto,
salvando el hecho de que también sabía que nunca iba a manejar, al menos
no legalmente.
Susana volvió a ostentar su abrigo azul, amplio y cálido.
En él ocultaba no sólo su defecto, sino también su maravilloso cuerpo
de mujer pletórica de deseo, como si tanto uno como otro le provocaran
pudor. Mauro pensaba que ambos aspectos de ella no eran más que una íntegra
e indivisible realidad que sólo podían apreciar sus sentidos, tensos y
afinados como la cuerda de un violín. Se distrajo un momento cuando el
mozo dispuso frente a ellos sendas tazas de café, con crema para Susana,
amargo para él. Cuando estuvieron nuevamente solos intentó una disculpa
por no haberla llamado en tres meses. Susana lo tranquilizó con una
sonrisa tierna y relajada.
-Entiendo por lo que pasaste, y sé que has deseado
hacerlo solo. Ahora estamos juntos, y es lo que importa... –Sacó del
abrigo su solitaria mano, y la puso sobre la mesa, mirándolo
profundamente a los ojos. Agregó, con una modulación muy pausada y un
tono en la voz que le sonó como una caricia, que de ahora en adelante, y
para siempre, sería perfecta la unión entre ambos...
Mauro no tuvo necesidad de agregar una palabra.
Terminaron de beber en silencio, observando por la ventana que la tarde
aterrizaba sobre la calle como una sábana vieja.
-El departamento está cerca de aquí, podemos llegar
caminando. –Pagó la cuenta y agregó, por decir algo:- Te gustará...
Salieron de allí, caminaron. Nadie los esperaba de
regreso en casa. Desde aquel día, nunca volverían a vivir separados, en
otro sitio que no fueran aquellas dos habitaciones que Mauro tenía
reservadas desde 1995 para una soltería despreocupada y banal.
-Esta vez será perfecto. Tu pérdida habrá valido la
pena.
Quiso responderle que la amaba... Esperaría unas
horas más. Pero la amaba. También quiso tomar su mano, y no pudieron...
Así que caminaron con paso seguro, y hablaron de su futuro impreciso.
Luego iban a descubrir que la vida valía la pena,
si podían compartirse el corazón y esquivar las miradas piadosas
de los demás.
Mauro terminó por acostumbrarse a usar un abrigo
azul con botones de madera, igual al de ella; y con el tiempo y el
esmerado entrenamiento de Susana, el amplio bolsillo vertical derecho se
convirtió también en su concha de mar.
Volver a la página
del concurso "Historias de amor"
|