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"Un amor de verano": El cuento ganador

 

 

 

 

 

UN AMOR DE VERANO   

por Claudio Iglesias, de Ciudad de Buenos Aires

 

Cuando desperté aquella mañana sentí un fresco sudor que impregnaba mi cuerpo, volviéndose frío con las suaves batidas del viento que entraba por la ventana y hacía bailar las cortinas. Levanté la cabeza. Siri estaba en el balcón, casi oculto su cuerpo por la infinidad de plantas. Sólo distinguí un trozo de su espalda y una extremidad de sus pantalones de jean.  Se me acercó cuando me vio despierto y nos dimos un beso. Su cabello estaba totalmente despeinado. Estuvimos un rato quietos, Siri miraba perdidamente hacia el balcón. En un momento me hizo un comentario, sobre una de las azaleas que tardaba en florecer. Luego volvió a sonreír.

Nos quedamos en silencio. Me levanté quizá un poco subrepticiamente, fui invadido por un terrible mareo que pareció estar allí escondido, esperando un momento semejante para sorprenderme. Siri me tomó del brazo.

- Con cuidado – dijo, y me acompañó hasta el vestíbulo.

Nos dimos un segundo beso lo suficientemente intenso como para revitalizar el mareo; Siri abrió la puerta, salí un poco en una caída, asiéndome del marco de la puerta. Luego nos miramos a los ojos. Siri hizo un gesto de cariño y cerró su puerta suavemente.

Me volví hacia el pasillo y tuve, por primera y única vez en aquella casa, la sensación de extrañeza. Ni Siri, ni el balcón, ni las plantas me habían resultado extraños al despertar. Sin embargo, allí ante la escalera estuve seguro de que eso no había sido así durante la noche. Todas las cosas parecían distintas, quizá porque las estaba mirando desde arriba, desde la perspectiva contraria a la que tenía cuando llegamos a la casa. Era, a fin de cuentas, algo intrascendente.

Salí a la calle y mis ojos se resintieron un poco con el sol. Miré a un lado y otro. No sabía dónde estaba, ni qué hora era ni cómo volver a mi casa. Empecé a caminar maquinalmente, pensando en recobrar la plenitud de mis facultades y hacer las averiguaciones pertinentes. La estación de subte en la primera esquina simplificó en mucho la cuestión.

Durante el viaje caí en un extraño sopor, provocado seguramente por la monotonía rítmica y queda de los ruidos y por las luces que constantemente se apagaban y volvían a encenderse. Tuve que hacer un gran esfuerzo para levantarme del asiento, nunca tan cómodo, cuando el tren llegó a la estación de la que había cien metros hasta mi habitación.

Al salir a la calle me encontré con una lluvia sorpresiva y reciente, a juzgar por el suelo aun seco. Caminé con torpeza entre la multitud que inundaba la plaza, cuyo desánimo contrastaba con la expansión de las hojas de los árboles, la turgencia de sus ramas y la sonrisa que parecían proferir al amparo del agua que con más furia las golpeaba a medida que la lluvia se volvía torrencial.

Subí a mi habitación, me eché en la cama y fui invadido, casi víctima del recuerdo de la noche anterior. Yo estaba sólo, en un parque, con necesidad de evacuar. Divisé a lo lejos unos baños públicos, me dirigí a ellos con algún temor. Dos tenían la puerta trabada. Entré al tercero, con la sensación incontrastable de que seguramente era el peor de los tres. La necesidad fisiológica me sometió a soportar y hasta compartir los imborrables recuerdos de parejas de amantes, onanistas, y sujetos sangrantes por una razón u otra que habían pasado por allí.

Salí del baño con la sensación de que era mejor olvidar. Salí también del parque, y me desagradó ver que en la primera esquina un café abierto ofrecía seguramente toilettes más dignos. Pensé que la situación conservaba alguna ventaja, podía ir a lavarme las manos, lo pensé luego de cruzar la calle hacia el café, ese destiempo entre el acto y su razón me produjo temor.

Entré, pedí permiso, me lavé las manos, observé el espejo. Bajé la escalera, miré las mesas. Contra la ventana, en soledad, estaba Siri.

No importa quizá lo mucho que me maravilló sino las diversas asociaciones de ideas que me atosigaron en ese instante cósmico en que nos miramos. Supe que me iba a arrepentir toda mi vida si salía de aquel lugar sin hablarle, pero recordé que solía ser tímido. Intenté leer una señal positiva. Toda su mirada era una señal positiva. Me invitaba sin discreción, pero esperaba que yo diera el paso.

Repasé lugares comunes. Debía obrar naturalmente, pensar me impedía obrar naturalmente. Una instantánea desesperación terminó cuando recordé la primera línea de una novela, “Puis-je, monsieur, vous proposer mes services, sans risquer d’être importun?”

Era soltarlo en francés, suprimiendo el monsieur, o gastar un segundo crucial en traducir, de manera que di un paso y comencé:

- Puis-je... – y Siri extendió su brazo ofreciéndome la silla, y pude callar y disfrutar el hecho incomprensible de que estaba allí sentado.

Me obstiné en que ella debía decir algo antes que yo. Mientras nos mirábamos me sentí juzgado, favorablemente juzgado, y supe que le costaba hablar cuando no era necesario.

Se acercó el mozo. Pedí una cerveza, sólo porque Siri estaba tomando cerveza.

- La cerveza no es buena – dijo entonces. Era un comentario casi sin posibilidades de conversación.

- No importa.

Sonrió con malicia. Allí supe que íbamos a hacer el amor, una extraña seguridad que sólo se mantenía si era rigurosamente puesta en duda. Como íbamos a hacer el amor, pensaba yo, debíamos conversar, seducirnos, desearnos hasta el hartazgo, recién entonces darnos un beso. De lo contrario, jamás haríamos el amor.

Empezó a sonar una canción de los Beatles cuyo nombre no recordé. Siri la cantaba. Tuve el impulso destructivo de preguntarle si sabía cómo se llamaba, pero callé. Esa pregunta idiota denotaría el esfuerzo de una conversación difícil, y acabaría con la nobleza del momento en que una chica tararea la canción gastada de la radio. Descubrí, además, que preguntarle por un nombre que no fuese el suyo la ofendería.

El mozo trajo una cerveza en botella, odiosa como todas. No supe nunca si fue por un criterio novedoso o arcaico que no hubo vaso, pero me vi obligado a beber del pico. Siri debió notar que no sabía hacerlo, la dejé pues en un costado, con gesto de desprecio.

- Es cierto, no es buena – y allí nomás iniciamos una fluida conversación sobre cervezas. Coincidimos en que la industrial sabe a pis, en que es maravillosa la que sirven en cierta cervecería del barrio de R***.

- También me gusta la jardinería – dije, y Siri se sorprendió.

- Ah, sí, a mí me gustan las plantas - habló con la humildad del aficionado a la música que se confiesa ante un compositor de renombre; seguramente supuso que yo era ducho en jardinería, cuando en realidad sólo me gustaba abstractamente, en su concepto, casi como una alegoría. Temí que se hablase de jardinería, que se evidenciase la ignorancia y con ella la mentira. Además, los gustos de una persona son infinitos, pasar de uno a otro en la conversación abre la posibilidad de no callar jamás.

Tomé, pues, un aire solemne, y le pregunté cómo se llamaba.

- Siri – dijo, muy melódica. Mientras esperaba la repregunta pude sentir plena vergüenza de mi nombre - ¿y vos?

- Oliverio.

- ¡Como Girondo! – dijo sonriente, exultante y luego avergonzada, y yo sentí, ambos sentimos, algo extraño y maravilloso, pues no se trató de la coincidencia en un gusto, en este caso la poesía de Girondo, o en general, la literatura, sino de un fenómeno más secreto, que la mención evidenció y avergonzó un poco a Siri, como pueden hacerlo un beso aun no contestado o la primera mala palabra. Allí cruzamos una puerta, cruzamos, sentí, la única puerta que había entre nosotros, y con los ojos perdidos, sibilino, repetí, casi canté:

mi lu tan luz tan tu que me enlucielabisma

y descentratelura

y venusafrodea

y comenzamos a hablar de literatura con la fuerza y la imposibilidad con que se refieren posturas amatorias. Noté que empezábamos a no soportar el no hacer el amor. Siri se levantó para ir al baño. Quise que ese fuese el final de la cerveza que tomamos; debía, pues, pagar. Allí entendí que no tenía dinero ni para lo mío. Confieso que se trató de una sensación espantosa. Al bajar del baño, Siri pagó en el mostrador.

Ese acto me resultó delicioso; no lo hizo por capricho o por ostentación sino porque sabía que era posible que yo no tuviese dinero, pues yo me había sentado a su mesa incondicionalmente, lo hubiera hecho aun moribundo o perseguido por un asesino.

Salimos a la calle, espontáneamente tomados del brazo.

A partir de allí el recuerdo se bifurca. Hubo lunas, hubo abrazos, hubo veredas de tres baldosas y perfume de hierbas en una esquina oscura. Recuerdo a Siri con una botella imprevisible de licor de menta, que sabía, no dejamos de decirlo, a fluorato de sodio.

Luego la casa. La escalera, giratoria, con sus lámparas de sepelio. El ya innecesario licor de menta que se estrelló contra el suelo, risas, y Siri habló de un vino que guardaba.

No puedo saber si es bueno o malo no recordar lo que finalmente pasó. Tal vez quise que fuese un sueño e intenté, con el alcohol, darle esa materialidad. Conservo algunas vislumbres de la desnudez, ciertas caricias, pero eso no garantiza nada. Lo que vale, quizá, es esa íntima satisfacción del despertar, el saber que fuimos felices.

 

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