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Cuando
desperté aquella mañana sentí un fresco sudor que impregnaba mi cuerpo,
volviéndose frío con las suaves batidas del viento que entraba por la
ventana y hacía bailar las cortinas. Levanté la cabeza. Siri estaba en
el balcón, casi oculto su cuerpo por la infinidad de plantas. Sólo
distinguí un trozo de su espalda y una extremidad de sus pantalones de
jean. Se me acercó cuando me
vio despierto y nos dimos un beso. Su cabello estaba totalmente
despeinado. Estuvimos un rato quietos, Siri miraba perdidamente hacia el
balcón. En un momento me hizo un comentario, sobre una de las azaleas que
tardaba en florecer. Luego volvió a sonreír.
Nos
quedamos en silencio. Me levanté quizá un poco subrepticiamente, fui
invadido por un terrible mareo que pareció estar allí escondido,
esperando un momento semejante para sorprenderme. Siri me tomó del brazo.
-
Con cuidado – dijo, y me acompañó hasta el vestíbulo.
Nos
dimos un segundo beso lo suficientemente intenso como para revitalizar el
mareo; Siri abrió la puerta, salí un poco en una caída, asiéndome del
marco de la puerta. Luego nos miramos a los ojos. Siri hizo un gesto de
cariño y cerró su puerta suavemente.
Me
volví hacia el pasillo y tuve, por primera y única vez en aquella casa,
la sensación de extrañeza. Ni Siri, ni el balcón, ni las plantas me habían
resultado extraños al despertar. Sin embargo, allí ante la escalera
estuve seguro de que eso no había sido así durante la noche. Todas las
cosas parecían distintas, quizá porque las estaba mirando desde arriba,
desde la perspectiva contraria a la que tenía cuando llegamos a la casa.
Era, a fin de cuentas, algo intrascendente.
Salí
a la calle y mis ojos se resintieron un poco con el sol. Miré a un lado y
otro. No sabía dónde estaba, ni qué hora era ni cómo volver a mi casa.
Empecé a caminar maquinalmente, pensando en recobrar la plenitud de mis
facultades y hacer las averiguaciones pertinentes. La estación de subte
en la primera esquina simplificó en mucho la cuestión.
Durante
el viaje caí en un extraño sopor, provocado seguramente por la monotonía
rítmica y queda de los ruidos y por las luces que constantemente se
apagaban y volvían a encenderse. Tuve que hacer un gran esfuerzo para
levantarme del asiento, nunca tan cómodo, cuando el tren llegó a la
estación de la que había cien metros hasta mi habitación.
Al
salir a la calle me encontré con una lluvia sorpresiva y reciente, a
juzgar por el suelo aun seco. Caminé con torpeza entre la multitud que
inundaba la plaza, cuyo desánimo contrastaba con la expansión de las
hojas de los árboles, la turgencia de sus ramas y la sonrisa que parecían
proferir al amparo del agua que con más furia las golpeaba a medida que
la lluvia se volvía torrencial.
Subí
a mi habitación, me eché en la cama y fui invadido, casi víctima del
recuerdo de la noche anterior. Yo estaba sólo, en un parque, con
necesidad de evacuar. Divisé a lo lejos unos baños públicos, me dirigí
a ellos con algún temor. Dos tenían la puerta trabada. Entré al
tercero, con la sensación incontrastable de que seguramente era el peor
de los tres. La necesidad fisiológica me sometió a soportar y hasta
compartir los imborrables recuerdos de parejas de amantes, onanistas, y
sujetos sangrantes por una razón u otra que habían pasado por allí.
Salí
del baño con la sensación de que era mejor olvidar. Salí también del
parque, y me desagradó ver que en la primera esquina un café abierto
ofrecía seguramente toilettes más dignos. Pensé que la situación
conservaba alguna ventaja, podía ir a lavarme las manos, lo pensé luego
de cruzar la calle hacia el café, ese destiempo entre el acto y su razón
me produjo temor.
Entré,
pedí permiso, me lavé las manos, observé el espejo. Bajé la escalera,
miré las mesas. Contra la ventana, en soledad, estaba Siri.
No
importa quizá lo mucho que me maravilló sino las diversas asociaciones
de ideas que me atosigaron en ese instante cósmico en que nos miramos.
Supe que me iba a arrepentir toda mi vida si salía de aquel lugar sin
hablarle, pero recordé que solía ser tímido. Intenté leer una señal
positiva. Toda su mirada era una señal positiva. Me invitaba sin discreción,
pero esperaba que yo diera el paso.
Repasé
lugares comunes. Debía obrar naturalmente, pensar me impedía obrar
naturalmente. Una instantánea desesperación terminó cuando recordé la
primera línea de una novela, “Puis-je, monsieur, vous proposer mes
services, sans risquer d’être importun?”
Era
soltarlo en francés, suprimiendo el monsieur, o gastar un segundo crucial
en traducir, de manera que di un paso y comencé:
-
Puis-je... – y Siri extendió su brazo ofreciéndome la silla, y pude
callar y disfrutar el hecho incomprensible de que estaba allí sentado.
Me
obstiné en que ella debía decir algo antes que yo. Mientras nos mirábamos
me sentí juzgado, favorablemente juzgado, y supe que le costaba hablar
cuando no era necesario.
Se
acercó el mozo. Pedí una cerveza, sólo porque Siri estaba tomando
cerveza.
-
La cerveza no es buena – dijo entonces. Era un comentario casi sin
posibilidades de conversación.
-
No importa.
Sonrió
con malicia. Allí supe que íbamos a hacer el amor, una extraña
seguridad que sólo se mantenía si era rigurosamente puesta en duda. Como
íbamos a hacer el amor, pensaba yo, debíamos conversar, seducirnos,
desearnos hasta el hartazgo, recién entonces darnos un beso. De lo
contrario, jamás haríamos el amor.
Empezó
a sonar una canción de los Beatles cuyo nombre no recordé. Siri la
cantaba. Tuve el impulso destructivo de preguntarle si sabía cómo se
llamaba, pero callé. Esa pregunta idiota denotaría el esfuerzo de una
conversación difícil, y acabaría con la nobleza del momento en que una
chica tararea la canción gastada de la radio. Descubrí, además, que
preguntarle por un nombre que no fuese el suyo la ofendería.
El
mozo trajo una cerveza en botella, odiosa como todas. No supe nunca si fue
por un criterio novedoso o arcaico que no hubo vaso, pero me vi obligado a
beber del pico. Siri debió notar que no sabía hacerlo, la dejé pues en
un costado, con gesto de desprecio.
-
Es cierto, no es buena – y allí nomás iniciamos una fluida conversación
sobre cervezas. Coincidimos en que la industrial sabe a pis, en que es
maravillosa la que sirven en cierta cervecería del barrio de R***.
-
También me gusta la jardinería – dije, y Siri se sorprendió.
-
Ah, sí, a mí me gustan las plantas - habló con la humildad del
aficionado a la música que se confiesa ante un compositor de renombre;
seguramente supuso que yo era ducho en jardinería, cuando en realidad sólo
me gustaba abstractamente, en su concepto, casi como una alegoría. Temí
que se hablase de jardinería, que se evidenciase la ignorancia y con ella
la mentira. Además, los gustos de una persona son infinitos, pasar de uno
a otro en la conversación abre la posibilidad de no callar jamás.
Tomé,
pues, un aire solemne, y le pregunté cómo se llamaba.
-
Siri – dijo, muy melódica. Mientras esperaba la repregunta pude sentir
plena vergüenza de mi nombre - ¿y vos?
-
Oliverio.
-
¡Como Girondo! – dijo sonriente, exultante y luego avergonzada, y yo
sentí, ambos sentimos, algo extraño y maravilloso, pues no se trató de
la coincidencia en un gusto, en este caso la poesía de Girondo, o en
general, la literatura, sino de un fenómeno más secreto, que la mención
evidenció y avergonzó un poco a Siri, como pueden hacerlo un beso aun no
contestado o la primera mala palabra. Allí cruzamos una puerta, cruzamos,
sentí, la única puerta que había entre nosotros, y con los ojos
perdidos, sibilino, repetí, casi canté:
mi
lu tan luz tan tu que me enlucielabisma
y
descentratelura
y
venusafrodea
y
comenzamos a hablar de literatura con la fuerza y la imposibilidad con que
se refieren posturas amatorias. Noté que empezábamos a no soportar el no
hacer el amor. Siri se levantó para ir al baño. Quise que ese fuese el
final de la cerveza que tomamos; debía, pues, pagar. Allí entendí que
no tenía dinero ni para lo mío. Confieso que se trató de una sensación
espantosa. Al bajar del baño, Siri pagó en el mostrador.
Ese
acto me resultó delicioso; no lo hizo por capricho o por ostentación
sino porque sabía que era posible que yo no tuviese dinero, pues yo me
había sentado a su mesa incondicionalmente, lo hubiera hecho aun
moribundo o perseguido por un asesino.
Salimos
a la calle, espontáneamente tomados del brazo.
A
partir de allí el recuerdo se bifurca. Hubo lunas, hubo abrazos, hubo
veredas de tres baldosas y perfume de hierbas en una esquina oscura.
Recuerdo a Siri con una botella imprevisible de licor de menta, que sabía,
no dejamos de decirlo, a fluorato de sodio.
Luego
la casa. La escalera, giratoria, con sus lámparas de sepelio. El ya
innecesario licor de menta que se estrelló contra el suelo, risas, y Siri
habló de un vino que guardaba.
No
puedo saber si es bueno o malo no recordar lo que finalmente pasó. Tal
vez quise que fuese un sueño e intenté, con el alcohol, darle esa
materialidad. Conservo algunas vislumbres de la desnudez, ciertas
caricias, pero eso no garantiza nada. Lo que vale, quizá, es esa íntima
satisfacción del despertar, el saber que fuimos felices.
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Concurso "Un amor de verano"
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