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Más que un medio para la educación o para el
entretenimiento, siempre consideré a la televisión como un disparador de
emociones. Un instrumento que moviliza aquello que está latente en uno.
Era nada más que una suposición, no estaba muy seguro.
De lo que no tenía dudas era de mi incapacidad para
canalizar mi odio.
Carecer de esta habilidad nunca significó una amenaza
para la gente que me rodeaba, ni para mí mismo. Sin embargo, cuando sentí
un torbellino en mi interior, por un momento tuve la certeza de que este
desconocimiento era peligroso. Por eso me había entregado a la relajación
momentánea que aprendí a alcanzar en las clases de yoga. Si bien no
estaba convencido de la efectividad del ejercicio, la tranquilidad
ilusoria que me daba conseguiría calmarme por un momento.
Después de unos minutos abrí los ojos y lo que
percibí con mayor precisión no fue una imagen visual, sino la voz de
Norah Jones sonando en la compactera. Seguí como en una especie de ensueño.
Escuché su voz sin estridencias, suave, llena de matices, como un
lamento, plañidera casi. Apagué el radiograbador y encendí la
tele. Estaba puesto canal nueve y no me molesté en cambiar.
Con la mirada recorrí el departamento. El
mantel blanco cubriendo la mesa y la copa de vino tinto; el cuadro frente
a mí justo a la altura de mis ojos; Bárbara, la gata de mi ex
mujer, que deambulaba por el living; objetos varios que denotaban
ausencias, reafirmándolas.
Todo configuraba un ámbito perfecto para representar
el lugar donde vive un hombre soltero. La diferencia era que yo me había
separado hacía dos años. Por lo que en el lugar no solo se podía palpar
la soledad, sino también percibir cierta tristeza, y esa incomodidad
que dejan las expectativas frustradas, extraña mixtura de nostalgia y
rencor contenido.
Bárbara me observaba desde la eternidad, con esa
mirada particular, propia de los gatos.
Presté atención a la tela y empezaron a surgir
los recuerdos.
Cuando contemplábamos ese cuadro con la que fue mi
esposa se originaban ciertos roces, civilizados, sutiles, con la impronta
de lo no dicho, es decir, más evidentes y nítidos. No discutíamos
acaloradamente, mi silencio imponía entre los dos un cierto malestar,
creando una atmósfera ominosa que disimulábamos sacando otros temas de
conversación.
Ella hacía referencia a una hojarasca que escondía
tesoros imaginarios que funcionaban como nexos entre su entusiasmo y la
realidad. Lo que veía detrás de esas hojas le infundía un ímpetu que
la ayudaba a conseguir objetivos diarios. "Hoy me anoto en la
facultad, puedo ver una pipa detrás de ese pliegue", decía y
continuaba explicando la dudosa relación que había entre la pipa y la
facultad de psicología. A mí me parecía un alarde de imaginación, una
pose ligada más a lo cursi que a lo creativo, que reflejaba su
estado de ánimo del momento, y un símbolo de sus eternos proyectos
postergados. Pero nunca se lo dije. Siempre me reservé aquellos
comentarios que podían desencadenar un conflicto. No soy partidario de la
violencia en ninguna de sus formas. Y soy consciente de que la confrontación
verbal abre distancias difíciles de desandar. Cuando le comentaba
que para mí esa imagen no era otra cosa que manchas de sangre con
apariencia de vegetación, me decía que mi forma de interpretar el arte
era siniestra.
Yo callaba.
Había traído de la calle un tronco para que Bárbara
pudiera afilarse las uñas. Con un cuchillo de campo empecé a tallar su
nombre en la madera, haciendo caladuras simétricas. Las tareas manuales
eran otras de las actividades que me tranquilizaban. La primera letra me
estaba saliendo casi perfecta. Mi artista oculto y desconocido, pensé.
Las noticias del canal nueve eran fieles a su estilo, "un decapitado
en Irak", no quise ver las imágenes y aparté a Bárbara de mis
piernas con un movimiento suave. Quería comida y su actitud hipócrita de
simular afecto para conseguir algo me recordó a su dueña. "Le
amputaron un dedo a un secuestrado". No miré el televisor, veía
distintas imágenes en mi memoria, sucesivas escenas de mis hijos llenando
el lugar con su presencia, escuché sus risas, sus permanentes reclamos de
atenciones. Despojado de las obligaciones familiares y sumido en la
impotencia de elaborar proyectos de familia, uno se acerca a esa soledad
existencial que por momentos nos abate. Mi parcialidad dictaminó que mi
ex mujer era la responsable de los sentimientos sombríos que en ese
momento me invadían. Por un movimiento brusco y fuera de todo cálculo
casi me hago un corte en el dedo.
De un salto la gata se subió a mis piernas. Siempre
me ganaron los sentimientos y cedí ante su insistencia, como cedí también
a la nueva realidad que me imponía su dueña cuando me dijo que ya no me
amaba. Después vendrían el dolor, el refinado sufrimiento espiritual que
solo el tiempo calma pero que no logra acallar del todo, el descubrimiento
de su traición y los sucesivos daños que originó su actitud. Los chicos
y el abandono paulatino, el distanciamiento cruel de quien se descubre
padre de fin de semana, la cotidianeidad perdida y las heridas abiertas...
A la tercera letra tallada no la reconocí como una "R", se
aproximaba más a una "O". "Tres muertos y dos heridos en
un choque en la ruta 8". Las heridas abiertas. Levanté la vista y mi
mirada se topó con la pantalla del televisor. Después con la gata.
El cuchillo la atravesó casi sin ofrecer resistencia.
Pude ver la punta sobre el lomo.
Simultáneamente y por un instante que me pareció
interminable, sentí algo parecido a un grito, a ese lamento prolongado
que se acostumbra a escuchar por las noches, similar al llanto de un
bebé.
Un movimiento brutal hacia arriba y las puñaladas
repetidas hicieron el resto.
Jirones de piel cubrían ahora el mantel que junto a
la copa de vino derramada parecía una cruenta prolongación del cuadro.
Confirmé entonces lo que
suponía: la televisión puede significar, a veces, un beneficio
peligroso.
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Concurso "La televisión y las letras"
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