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"La televisión y las letras": El cuento ganador

 

Un beneficio peligroso   

por Leonel Moranelli, Ciudad de Buenos Aires, Argentina.

 

Más que un medio para la educación o para el entretenimiento, siempre consideré a la televisión como un disparador de emociones. Un instrumento que moviliza aquello que está latente en uno. Era nada más que una suposición, no estaba muy seguro.

De lo que no tenía dudas era de mi incapacidad para canalizar mi odio.

Carecer de esta habilidad nunca significó una amenaza para la gente que me rodeaba, ni para mí mismo. Sin embargo, cuando sentí un torbellino en mi interior, por un momento tuve la certeza de que este desconocimiento era peligroso. Por eso me había entregado a la relajación momentánea que aprendí a alcanzar en las clases de yoga. Si bien no estaba convencido de la efectividad del ejercicio, la tranquilidad ilusoria que me daba conseguiría calmarme por un momento.

Después de unos minutos abrí los ojos y lo que percibí con mayor precisión no fue una imagen visual, sino la voz de Norah Jones sonando en la compactera. Seguí como en una especie de ensueño. Escuché su voz sin estridencias, suave, llena de matices, como un lamento,  plañidera casi. Apagué el radiograbador y encendí la tele. Estaba puesto canal nueve y no me molesté en cambiar.

Con la mirada recorrí  el departamento. El mantel blanco cubriendo la mesa y la copa de vino tinto; el cuadro frente a mí justo a la altura de mis ojos; Bárbara, la gata de mi ex mujer, que deambulaba por el living; objetos varios que denotaban ausencias, reafirmándolas.

Todo configuraba un ámbito perfecto para representar el lugar donde vive un hombre soltero. La diferencia era que yo me había separado hacía dos años. Por lo que en el lugar no solo se podía palpar la soledad, sino también percibir cierta tristeza, y esa incomodidad que dejan las expectativas frustradas, extraña mixtura de nostalgia y rencor contenido.

Bárbara me observaba desde la eternidad, con esa mirada particular, propia de los gatos.

Presté atención a la tela y empezaron a surgir los recuerdos.

Cuando contemplábamos ese cuadro con la que fue mi esposa se originaban ciertos roces, civilizados, sutiles, con la impronta de lo no dicho, es decir, más evidentes y nítidos. No discutíamos acaloradamente, mi silencio imponía entre los dos un cierto malestar, creando una atmósfera ominosa que disimulábamos sacando otros temas de conversación.

Ella hacía referencia a una hojarasca que escondía tesoros imaginarios que funcionaban como nexos entre su entusiasmo y la realidad. Lo que veía detrás de esas hojas le infundía un ímpetu que la ayudaba a conseguir objetivos diarios. "Hoy me anoto en la facultad, puedo ver una pipa detrás de ese pliegue", decía y continuaba explicando la dudosa relación que había entre la pipa y la facultad de psicología. A mí me parecía un alarde de imaginación, una pose  ligada más a lo cursi que a lo creativo, que reflejaba su estado de ánimo del momento, y un símbolo de sus eternos proyectos postergados. Pero nunca se lo dije. Siempre me reservé aquellos comentarios que podían desencadenar un conflicto. No soy partidario de la violencia en ninguna de sus formas. Y soy consciente de que la confrontación verbal abre distancias difíciles de desandar. Cuando  le comentaba que para mí esa imagen no era otra cosa que manchas de sangre con apariencia de vegetación, me decía que mi forma de interpretar el arte era siniestra.

Yo callaba.

Había traído de la calle un tronco para que Bárbara pudiera afilarse las uñas. Con un cuchillo de campo empecé a tallar su nombre en la madera, haciendo caladuras simétricas. Las tareas manuales eran otras de las actividades que me tranquilizaban. La primera letra me estaba saliendo casi perfecta. Mi artista oculto y desconocido, pensé. Las noticias del canal nueve eran fieles a su estilo, "un decapitado en Irak", no quise ver las imágenes y aparté a Bárbara de mis piernas con un movimiento suave. Quería comida y su actitud hipócrita de simular afecto para conseguir algo me recordó a su dueña. "Le amputaron un dedo a un secuestrado". No miré el televisor, veía distintas imágenes en mi memoria, sucesivas escenas de mis hijos llenando el lugar con su presencia, escuché sus risas, sus permanentes reclamos de atenciones. Despojado de las obligaciones familiares y sumido en la impotencia de elaborar proyectos de familia, uno se acerca a esa soledad existencial que por momentos nos abate. Mi parcialidad dictaminó que mi ex mujer era la responsable de los sentimientos sombríos que en ese momento me invadían. Por un movimiento brusco y fuera de todo cálculo casi me hago un corte en el dedo.

De un salto la gata se subió a mis piernas. Siempre me ganaron los sentimientos y cedí ante su insistencia, como cedí también a la nueva realidad que me imponía su dueña cuando me dijo que ya no me amaba. Después vendrían el dolor, el refinado sufrimiento espiritual que solo el tiempo calma pero que no logra acallar del todo, el descubrimiento de su traición y los sucesivos daños que originó su actitud. Los chicos y el abandono paulatino, el distanciamiento cruel de quien se descubre padre de fin de semana, la cotidianeidad perdida y las heridas abiertas... A la tercera letra tallada no la reconocí como una "R", se aproximaba más a una "O". "Tres muertos y dos heridos en un choque en la ruta 8". Las heridas abiertas. Levanté la vista y mi mirada se topó con la pantalla del televisor. Después con la gata.

El cuchillo la atravesó casi sin ofrecer resistencia. Pude ver la punta sobre el lomo.

Simultáneamente y por un instante que me pareció interminable, sentí algo parecido a un grito, a ese lamento prolongado que se acostumbra a escuchar por las noches, similar al llanto de un bebé.

Un movimiento brutal hacia arriba y las puñaladas repetidas hicieron el resto.

Jirones de piel cubrían ahora el mantel que junto a la copa de vino derramada parecía una cruenta prolongación del cuadro.

Confirmé entonces lo que suponía: la televisión puede significar, a veces, un beneficio peligroso.

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